Mostrando entradas con la etiqueta Ecología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ecología. Mostrar todas las entradas

21 agosto 2026

A.L.M. CANTERA, en "El País"
Por cada niña, un bosque, Piplantri, India

El pueblo de Piplantri, en el estado indio de Rajastán, celebra el nacimiento de cada mujer con la plantación de 111 árboles para asegurar su futuro y concienciar contra los feticidios

Pura y su marido Shubhum Singh plantan un árbol en honor al nacimiento de su hija Disha, en Piplantri (India), en junio de 2013. Prahlad Paliwal

Disha parecía loca de gusto. Su madre masajeaba su cuerpecito con un ungüento de aloe vera. Hábiles y atentos, sus dedos subían y bajaban, animados por una danza tan sinuosa como tenaz. Desde el vientre hasta los talones y la planta de los pies, y desde las nalgas hasta las aletas de la nariz. Pura celebraba con ese baño y la consiguiente puja –rito espiritual hindú– el año y poco de vida de su hija. El baile de caricias hacía brotar carcajadas de felicidad en el bebé, como crecen más de un centenar de árboles en su nombre en Piplantri.
     La árida localidad del estado indio de Rajastán no sólo honra la llegada al mundo de los varones con danzas, cantos y proclamas a las deidades hindúes. Sino que también las niñas son bienvenidas con un ritual más terrenal y menos efímero; la plantación de 111 árboles en su honor. “Cuidamos de los árboles como parte de nuestra familia. Porque son el fruto de la tierra y porque también nos darán el fruto para mantener a nuestras hijas", explica Pura, una de las mujeres de la aldea de 8.500 habitantes que se benefician del proyecto.
     Desde hace seis años, las madres de Piplantri pueden formar parte de la iniciativa Kiran Hadhi Yogana, de forma voluntaria. Al entrar en el proyecto, las familias se responsabilizan de la plantación y cuidado de 111 árboles por cada niña que nazca en su hogar. También de forma voluntaria, los padres se comprometen a aportar un depósito fijo de 21.000 rupias (271,5 euros) para el futuro de sus hijas. “El resto del pueblo contribuye con 10.000 rupias más para hacer un total de 31.000 (400 euros) para cada niña. Si las familias no pueden aportar la cantidad más alta, ésta correría a cargo de la comunidad”, explica el sarpancha –alcalde– de la localidad y creador del proyecto. Shyam Sundal Paliwal concibió la idea cuando asumió el cargo del departamento de saneamiento y medio ambiente de Piplantri, pero fue la muerte por deshidratación de su hija Kiran en 2007 lo que puso la simiente final. “Kiran Hadhi Yogana beneficia a todos. Más de 60 familias se han sumado al programa y hemos plantado 285.000 árboles en un espacio de 2.000 hectáreas”, apunta Shyam, quien asegura que ahora las familias están más predispuestas a aceptar el nacimiento de niñas por la ayuda económica que ello conlleva.
     La concepción de una niña en India supone un contratiempo debido a las imposiciones de una sociedad patriarcal y patrilineal. Los varones son el sustento de la economía doméstica mientras que las hijas son casadas previa dote, lo que implica un gasto añadido para su familia. Pese a que la ley india prohíbe esta costumbre desde 1961, el pago de sumas de dinero por parte de los padres de la novia a la familia del esposo, quien se hace cargo de la mujer, sigue siendo habitual en todos los estados indios. La permanencia de este atavismo conduce, indirectamente, a prácticas que son ya un silencio a gritos en el país asiático, los feticidios femeninos.
     No existen datos certeros acerca de este drama clandestino. Pero las cifras referentes a la proporción de hombres y mujeres en India, reflejados en el último censo de 2011, son reveladoras: 940 mujeres por cada 1.000 hombres. En el estado de Rajastán el fenómeno deja un ratio aun menor, 928 por cada 1.000. Mientras que en el caso de menores de 6 años, los números son contundentes: sólo hay 888 niñas por cada 1.000 niños –una relación muy baja si se compara con la proporción natural de sexos entre recién nacidos, establecida en valores de 103 a 107 varones por cada 100 hembras–. El Gobierno indio ha intentado poner freno al aborto selectivo de niñas mediante la actualización en 2003 de la Ley sobre las Técnicas de Diagnóstico Prenatal (1994), prohibiendo las sonografías y otros métodos de predicción del sexo del feto. Aunque lleva una década en vigor, sólo un pueblo de Rajastán ha interpuesto una denuncia por feticidio en base a la ley. Y únicamente en 13 de los 35 estados de India se han recogido casos judiciales por incumplimiento de la misma.
     El proyecto en Piplantri está dando sus frutos. Según el propio Shyam, la proporción de niñas y niños se ha invertido en los últimos seis años hasta llegar a los 48 niños y 52 niñas; con una natalidad anual de 50 a 62 niñas. Además de mejorar el entorno natural, la plantación de 111 árboles por cada niña nacida en Piplantri también previene los matrimonios infantiles, otra de las lacras sociales de India. “Mis padres me casaron cuando tenía 14 años. Pero mi hija tiene la oportunidad de esperar hasta que sea mayor de edad”, cuenta Lalitha, mientras acuna a Puja en sus brazos. Para formar parte del proyecto, Lalitha y su marido Gehari Lal Bhalai tuvieron que firmar una declaración jurada ante el panchayat –ayuntamiento– en la que se comprometían a cuidar de los árboles plantados así como a mantener el depósito concedido hasta que su hija cumpla 18 años, cuando lo podrán usar para su educación o para la dote matrimonial.
     El matrimonio infantil es un fenómeno global, por el que cada tres segundos una niña es obligada a casarse. Pero según el último informe de UNICEF sobre matrimonio infantil, de junio de 2014, India es el sexto país del mundo con mayor incidencia de matrimonios prematuros. El mismo informe confirma que el 58% de las mujeres indias de entre 20 y 49 se casaron antes de cumplir 18 años, y más de un cuarto de la población femenina contrajo matrimonio siendo menores de 15 años.
     El depósito de las familias sirve para diseñar un futuro mejor para las niñas. El valor natural de los árboles también augura más prosperidad para el pueblo de Piplantri. Según cálculos del propio Shyam, después de 18 años de vida –cuando las niñas alcanzan la mayoría de edad– cada árbol llega a valer 50.000 rupias, lo que supone un total de más de 5 millones de rupias (71.000 euros). “El proyecto también hace que el 80% de las mujeres sean el motor del desarrollo del campo, mientras sus maridos trabajan en las minas de mármol”, señala Jeetender Updhayay, responsable del distrito al que pertenece Piplantri. La explotación de las canteras de mármol es la principal fuente de ingresos de las familias de la zona, pero también la razón última de la deforestación de su entorno natural. En una región desértica como la de Rajastán, los desechos generados por la minería no hacen más que degradar un suelo ya yermo. Durante las lluvias del monzón, el agua no se filtraba a las capas freáticas sino que arrastraba la poca vegetación de la superficie. “Con la repoblación del entorno, hemos conseguido mantener el agua y las sales minerales necesarias en el suelo. Hace cinco años, teníamos que cavar 200 metros para encontrar agua, mientras que hoy se puede encontrar a 3,5 metros de profundidad”, concluye Jeetender.
     El Gobierno indio ha premiado la iniciativa por su conjugación de un entorno limpio junto al desarrollo de los derechos de las niñas, y expertos como el reconocido ambientalista de Rajastán, Harsh Vardhan, han descrito este movimiento en términos de eco-feminismo. Pero el proyecto no se ha quedado ahí, sino que ha evolucionado hasta el punto de servir de sustento para algunas mujeres de Piplantri organizadas en cooperativas de producción y venta de productos de aloe vera. Se empezó a sembrar aloe vera junto a los árboles plantados para evitar que las termitas acabasen con los árboles, y los más de 270.000 arbustos de aloe vera que florecen en la actualidad sirven para proteger el entorno y para generar beneficios económicos. “Esta idea ha revolucionado la forma de vida en el pueblo. Las familias no tienen problemas en tener hijas y el proyecto de aloe vera da trabajo a diez mujeres por 200 rupias diarias además de los dividendos de lo vendido mensualmente”, explica Kala Devi, encargada desde hace tres años de la cooperativa de las cremas, zumos y gel de baño creadas con aloe vera. El éxito de los productos con aloe vera ha hecho que la cooperativa piense ya en los posibles usos de la madera y el bambú para la fabricación artesanal de mobiliario casero, y así dar trabajo y generar ingresos para otras mujeres del pueblo.
     La revolución natural de Piplantri está relacionada con el ciclo vital, ya que también se plantan 11 árboles cada vez que alguien muere, para honrar la memoria del difunto. Y como se celebran los nacimientos y las defunciones, también las relaciones entre mortales se glorifican en conexión con la naturaleza. Muchos de los árboles del pueblo están adornados con diminutos cordeles de colores. En una alegoría a la fiesta hindú del Raksha Bandhan –en la que las chicas atan un hilo en la muñeca de los chicos como símbolo de hermandad–, las niñas de Piplantri también enhebran cuerdas en los troncos de los árboles como señal de respeto y protección. “Ahora las familias son conscientes de que los árboles y la naturaleza son una parte importante de la familia”, cuenta Shyam, orgulloso de estar repoblando su tierra con lo vital para asegurar el fruto del mañana. Junto con árboles para el medio ambiente.

08 febrero 2020

RICHARD GONZÁLEZ, en "El País"
Y las moringas frenaron el avance del desierto
Este árbol centenario ha sido clave para ralentizar la pérdida de cultivos en diversas áreas de Túnez gracias a una iniciativa que emplea sobre todo a mujeres agricultoras en situación vulnerable
El nieto de Fátima junto a una moringa en la parcela familiar.
El nieto de Fátima junto a una moringa en la parcela familiar.
      Los caminos que llevan al compromiso medioambiental son variados. A menudo, parten de un interés propio. A veces del amor a una tierra o una persona, como el de una nieta urbanita por su abuela agricultora.
     Este es el caso de Sarah Toumi, fundadora de la ONG Acacias For All (AFA), que tiene como objetivo luchar contra la desertificación y expandir la agricultura ecológica en Túnez. “La tierra cada vez iba dando menos rendimiento. Antes, además de los olivos, mi abuela cultivaba las verduras que consumía. Poco a poco, tuvo que pasar a comprar las verduras en el mercado”, recuerda Toumi, una francotunecina de 32 años residente en París. “Los campesinos locales están sufriendo”, apostilla.
      Aunque sus estudios de Literatura Francesa poco tenían que ver con la agricultura, Toumi empezó a buscar una solución al grave problema de la desertificación en Bir Salah, el pueblo de sus ancestros, y en el que pasaba sus veranos. Tiene 5.000 habitantes y está situado en la franja central del país. A su alrededor, y durante varios kilómetros, el paisaje es monótono: hileras infinitas de olivos, convertidos en el monocultivo de toda la región.
     Según el Observatorio Tunecino del Agua, el país magrebí vive una situación de “estrés hídrico”, pues el consumo anual por habitante es de 480 metros cúbicos, menos de la mitad del umbral fijado por la ONU. Hasta un 75% del territorio nacional sufre de diversos grados de riesgo de desertificación. “La comunidad internacional se preocupa por el Sahel, pero en Túnez es ya una realidad. Si no tomamos medidas, en 30 años buena parte del país será un desierto”, advierte esta emprendedora social.
     A través de su padre, que había vivido en Sudán, Toumi conoció la acacia, un árbol que crece en los climas áridos y necesita poco agua para subsistir. En Túnez, era un árbol común, pero esta especie fue talada para cultivar trigo. En 2012, Toumi lanzó un proyecto de crowfunding, y con los 3.000 euros que recabó compró y plantó 1.000 acacias en Bir Salah. Sin embargo, la idea no acabó de cuajar y no se llegó a replicar la experiencia. “No hay un mercado en Túnez para la goma arabiga, su resina”, explica resignado Taieb Nemissi, un ingeniero agrónomo que trabaja en la ONG desde 2017.
     Aunque sus estudios de Literatura Francesa poco tenían que ver con la agricultura, Toumi empezó a buscar una solución al grave problema de la desertificación en Bir Salah, el pueblo de sus ancestros
      La filosofía detrás de la creación de AFA va más allá de la plantación de este árbol, y consiste en difundir la práctica de la agricultura sostenible entre los campesinos tunecinos y aumentar sus rendimientos, formarles en los principios del cultivo ecológico, e introducir nuevas tecnologías para el ahorro del agua, como el riego gota a gota. A pesar de que este sector representa un 9% del PIB de Túnez y emplea al 15% de su mano de obra, su modernización no ha sido un objetivo prioritario para los últimos Gobiernos.
     En buena parte, la mano de obra es femenina y las condiciones paupérrimas: sueldos de dos euros al día y sin cobertura social. Por eso, muchos hombres prefieren quedarse en los cafés y envían al campo a sus esposas. “Con la finalidad de empoderar a las marginadas mujeres del ámbito rural, trabajamos solo con ellas”, afirma Toumi, que siempre ha querido que AFA no tenga solo una perspectiva ambiental sino también de género.
     Aquella primera iniciativa voluntarista surgida del crowfunding se ha convertido en una organización sólida que da empleo a 15 personas y trabaja con más de 120 agricultoras en tres regiones que abarcan climas diferentes: en Bir Salah, en el centro del país; en Kebili, en el suroeste, en el borde del desierto, y en Zaguan, una región montañosa. El crecimiento ha sido posible gracias al reconocimiento internacional a la iniciativa, que ha ido acumulando premios internacionales para emprendedores sociales: Ashoka, Rolex Award for Enterprise, Echoing Green y La France S'engage Au Sud.
     El crecimiento de la ONG no solo ha sido en volumen, sino también en conocimientos. La investigación sobre las especies mejor adaptadas a cada entorno local les ha llevado, entre otras cosas, a sustituir las acacias por las moringas, un árbol originario de la India y que presenta numerosas cualidades. “Necesita también poca agua, pero además crece muy rápido, y puede hacer de parasol a las especies que crecen debajo suyo, lo que reducirá el agua necesaria para regarlas”, asevera Nemissi. Sus raíces penetran hasta 60 metros en el subsuelo.
     Además, todas sus partes —hojas, vaina, flores, frutos, semilla, raíces— son comestibles. Sus hojas son muy apreciadas en algunos países para la preparación de infusiones que facilitan la disgestión y se utilizan también como condimento (aportan el doble de proteínas que un yogur). De su flor, se produce miel, sus frutos se pueden comer crudos o fritos, y sus semillas se usan para purificar el agua. Nemissi habla con tal entusiasmo del moringa, que uno se pregunta porque no cambiaron el nombre de la organización. “Es una cuestión de marketing. Con Acacias For All nos dimos a conocer, y lo hemos mantenido”, dice con una sonrisa de oreja a oreja. Algunos inversores “verdes” estadounidenses apoyan el proyecto para importar los frutos.

Leila en su huerto rodeada de moringas.
Leila en su huerto rodeada de moringas.
      “Este es nuestro tercer año cultivando moringas, y el primero que ya hemos utilizado semillas propias”, explica Nemissi mientras acaricia el fruto del árbol, que se asemeja a la algarroba. “El año pasado, algunas campesinas ya consiguieron doblar beneficios, pasando de los 800 dinares (260 euros) al año, a 1600 dinares (530 euros) en un terreno de 500 metros cuadrados”, asegura orgullosa Toumi.
     Además de formar a los miembros de las cooperativas de las tres regiones donde trabaja, AFA ejerce de conexión con el mercado, creando cadenas de valor. La organización compra la producción a las cooperativas y de sus beneficios, un 20% lo devuelve en forma de primas a las campesinas, un 20% lo dedica a proyectos sociales en Bir Salah (ha renovado la escuela y el dispensario), y el 60% restante lo reinvierte en el crecimiento de la propia asociación.
     Fátima, una mujer que supera los 60 años y acude a su parcela ataviada con un velo rojo y alpargatas, anida esperanzas de que el año próximo será mejor que el pasado. “Un insecto nos mató varios ejemplares poco después de plantarlos, y aún no hemos obtenido los beneficios que preveíamos”, comenta, mientras sus nieto, un niño rubio de ojos azulísimos, escucha atento. La parcela de Fátima es el prototipo diseñado por la ONG: 500 metros cuadrados delimitados por cuatro olivos, cada uno en un vértice. Y entre ellos, filas de moringas alternadas con almendros, manzanos, aloevera, tomates... Todos regados con un sistema de gota a gota. Siguiendo las enseñanzas de la agricultura sostenible, hasta una decena de especies conviven de forma armoniosa en un terreno que antes era arenoso.
     El huerto de Leila no se vio afectada por ninguna plaga, y se muestra “muy satisfecha” con el nuevo sistema. En su parcela, algún árbol ya se acerca a los dos metros. “Cuando era pequeña, llovía más que ahora, y la tierra era más fértil. Solo hacía falta plantar, y las verduras crecían solas”, recuerda con nostalgia esta mujer afable y de sonrisa perenne. “De momento, hemos implantado el nuevo sistema en el huerto al lado de casa. Pero va tan bien, que nos planteamos exportarlo a las tierras de mi hermano”, dice estirando el brazo, dando a entender que se hallan lejos del pueblo.
      Fátima no quiere pensar en el futuro de su terreno de cultivo, cuando ella y su marido ya no tengan fuerzas para ocuparse de él. “Los jóvenes no quieren trabajar la tierra. Prefieren ir a la universidad, y tener un trabajo cómodo y que dé más dinero”, lamenta. Sin embargo, Anís, un estudiante de 21 años que colabora la ONG, discrepa de esta reflexión. A él le gusta el trabajo en el campo, aunque en el futuro espera combinarlo con un empleo relacionado con sus estudios de Ingeniería Civil. “No es cierto que los jóvenes no quieran ser agricultores, pero quieren que sea un trabajo digno, con un sueldo para vivir”, afirma. Al menos en Bir Salah, ello dependerá del éxito y expansión del modelo que quiere implantar AFA.
     La inquieta mente de Toumi ya está desarrollando nuevas y ambiciosas ideas, como la formación de una barrera verde de acacias desde Túnez a Marruecos que frene la expansión del Sáhara. Para este fin, la acacia es más potente que el moringa. “Ya hay algunos inversores interesados. Veremos”, desliza misteriosa. La lucha contra la desertificación y el cambio climático, además de sacrificios y el abandono de algunos malos hábitos y comodidades, también requiere de imaginación. Y a esta emprendedora, que a los 14 años creó la biblioteca de Bir Salah gracias a libros donados en Francia, no le faltan ideas.

-----