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2/24/2022

Jacarandas de CDMX

MILENIO DIGITAL, Ciudad de México
Un mapa para localizar las jacarandas


Alberto Díaz Cayeros, economista, politólogo y director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Stanford, creó un mapa para localizar los árboles de jacarandas que durante la primavera colorean de morado las calles de la Ciudad de México.
      A través de la plataforma Medium comentó el proceso para elaborar este mapa en Google Earth sobre la ubicación de estos árboles en el Centro Histórico y las motivaciones que tuvo para hacerlo. 
    Explicó que el verdadero interés para ver las jacarandas además de su belleza fue su inquietud por geocodificar los arboles sobrevivientes a la época pehispánica y las acequias, que son canales abiertos que sirvieron para drenar el lago en donde se localizaba la Ciudad de México.
      Desde 1753 había un mapa hecho por José Antonio de Villaseñor y Sánchez en el que se mostraban las iglesias principales y puntos de interés, la acequia real con aguas fluidas y otras más pequeñas, así como el acueducto que suministra agua desde la época prehispánica desde los manantiales de Chapultepec.
      "Mi suposición inicial fue que muchos árboles en la actualidad, especialmente cualquier árbol viejo que sobrevive en el centro de la ciudad, se ubicaría en los patios y en los alrededores de las primeras edificaciones de la iglesia o en las acequias", explicó el también economista.

     En su búsqueda, Díaz Cayeros encontró que los árboles más viejos en la Ciudad de México son los sauces mexicanos, mejor conocidos como ahuehuetes, cuyo significado es "ancianos de agua", pero no podía mapearlos con imágenes satelitales y en ese análisis halló a las jacarandas: "Cuando comencé a examinar imágenes satelitales, la característica verdaderamente sorprendente que encontré fueron las jacarandas", confesó.
     El académico reconoció que le gustaría crear un proyecto para mapear a los ahuehuetes y que sean el testimonio de la persistencia de las fuerzas naturales en una ciudad pavimentada y construida como la Ciudad de México. "Estoy seguro de que un algoritmo podría programarse y el proceso de aprendizaje automático podría encontrarlos y catalogarlos", escribió el politólogo.
      Díaz Cayeros incluyó en el mapa cerca de unas 400 jacarandas en las áreas que codificó, que son principalmente el Centro Histórico, aunque reconoce que este mapa puede ampliarse.

      Las jacarandas, que son originarias de Sudamérica, fueron adaptados al clima de la Ciudad de México y el académico cree que estos árboles no sólo están cerca de iglesias, donde probablemente echan raíces los árboles por la cercanía con las acequias, sino también en amplios bulevares y complejos habitacionales como Tlatelolco.
     Díaz Cayeros concluyó que este método para georeferenciar a las jacarandas se puede mejorar y realizar mejores visualizaciones que permitan conocer de forma automática la geolocalización de los árboles de jacarandas en toda la ciudad, que permitarán contribuir a su conservación. 
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La llegada de las jacarandás a Ciudad de Mexico 
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5/11/2018

TATSUGORO MATSUMOTO
Las Jacarandas de CDMX (Ciudad de México)

El origen de este artículo es la pequeña noticia del florecimiento de las jacarandas en CDMX, México Capital. 

Tatsugoro Matsumoto y su esposa
     Cuando florecen las jacarandas que innundan Ciudad de México y cubren el pavimento de color lila  quiere decir que ha llegado la primavera a esta inmensa urbe, la estación lluviosa que todos los ciudadanos esperan.
     La jacaranda no es un árbol endémico de México y los antecedentes históricos de su plantación en Ciudad de México no están muy claros y ciertos relatos rayan en la leyenda. El origen de este árbol hay que buscarlo muy al sur, en la América intertropical y subtropical. Es un género de unas 50 especies aceptadas, de la familia de las bignoniáceas. Se conoce vulgarmente como jacarandá, jacaranda, gualanday o tarco


La historia de TATSUGORO MATSUMOTO
     Una de las historias cuenta que Oscar Heeren, acaudalado comerciante alemán establecido en la ciudad portuaria de Yokohama, cerca de Yedo (hoy Tokio), residía en Tsukiji, una zona para extranjeros en la que antiguamente se levantaban los palacios de los señores feudales del interior del país, que por obligación debían de vivir medio año en la capital del imperio. Su residencia era una de los más grandes y poseía un jardín de estilo japonés con un gran lago artificial.
     Heeren fue nombrado en 1872 primer Cónsul General Honorario del Perú en el Japón. Su conocimiento de la sociedad japonesa fue una importante contribución al establecimiento de las relaciones diplomáticas entre el Perú y Japón, que se concretaron el 21 de agosto de 1873, con la firma de Tratado de Paz, Amistad, Comercio y Navegación.
     Cuando se trasladó a Lima, construyó su famosa "Quinta El Carmen" de estilo austro-húngro,  denominación que algunos dicen se debió a que su esposa se llamaba Carmen Ignacia; otros, encuentran la razón en la cercanía que Heeren tenía con la iglesia y monasterio de El Carmen.
     Como recuerdo de su anterior residencia, encargó un jardín japonés -el primero en Perú- a una de las más prestigiosas casas de jardinería de Tokio. En 1892 el jardinero imperial Tatsugoro Matsumoto fue enviado a Lima. Matsumoto era paisajista y floricultor, experto en el arte de la jardinería japonesa, reconocida desde la era Muromachi (1336-1573), y destacada por el gusto por los jardines, los arreglos florales y la ceremonia del té.
     Antes de llegar a Lima nuestro personaje recaló en Ciudad de México llamándole la atención el aprecio especial por las flores y las plantas que había en ese país.
     En Perú trabajó unos años y allí conoció al mexicano José Landero y Cos, un rico hacendado negociante de la minería, quién le invitó que creara un jardín japonés que incluyera un lago en su hacienda de San Juan Hueyapan, cerca de la ciudad de Pachuca (Hidalgo-México). Matsumoto decidió trasladarse a México pero antes viajó a Japón para visitar a su familia, prometiendoles que volvería con fortuna. En el regreso realizó una corta estancia en Estados Unidos donde trabajó en el mantenimiento del gran jardín japonés que se construyó como parte de una exposición internacional que tuvo lugar en el año de 1894 en la ciudad de San Francisco, en el Golden Gate Park.
     Al término de su trabajo en Pachuca se trasladó a la Ciudad de México, donde la Colonia Roma se encontraba en su apogeo siendo el barrio más elegante y el preferido de los nuevos ricos. La mayoría de las casas eran muy grandes con un extenso terreno. Matsumoto, sin duda, era el indicado para diseñar y cuidar los jardines de las residencias elegantes de todo el barrio. La fama de su trabajo hizo que fuera contratado por el presidente Porfirio Díaz (1880-1910), en el final de su presidencia, para que se hiciera cargo tanto de los arreglos florales de la residencia presidencial  como del mismo bosque que rodeaba el enorme castillo de Chapultepec, Ciudad de México.
     En 1910, en el primer centenario de la independencia, el presidente Porfirio invitó a delegaciones de todo el mundo, entre ellas la de Japón. Esta delegación patrocinó una importante exposición de productos japoneses en el “Palacio de Cristal” que hoy se conoce como el Museo del Chopo. Al lado  del palacio, Matsumoto construyó un jardín con un pequeño lago artificial que inauguraron el propio presidente Díaz y la delegación diplomática japonesa.
     Ese mismo año llegó el hijo de Matsumoto a México, Sanchiro Matsumoto, quien le ayudó a administrar su negocio al que su padre no le ponía cuidado. Juntos comenzaron a crear un gran emporio, a pesar del periodo convulso que vivió México en los años sucesivos.
     Al estabilizarse la situación política, después del enfrentamiento armado, los Matsumoto recomendaron al presidente Álvaro Obregón (1920-1924) plantar en las principales avenidas de la ciudad de México árboles de jacaranda que Tatsugoro había introducido desde Brasil y había reproducido con éxito en sus viveros. Las condiciones climáticas eran las adecuadas para que en el inicio de la primavera el árbol floreciera, y consideró que la flor duraría más tiempo que en su lugar natal ante la ausencia de lluvia en la Ciudad de México durante esa temporada.
     La visión de Matsumoto fue certera, el árbol de jacaranda se reprodujo ampliamente en la Ciudad de México, y hasta algunos la consideraron flor nativa. Desde entonces podemos disfrutar de la magia de las Jacaranda en los meses de marzo y abril.
     En los años siguientes, los Matsumoto comprarían una casa en la Colonia Roma donde además instalaron uno de sus viveros para reproducir las plantas y árboles que cultivaban con gran esmero. En el año de 1922, la joven Maso Matsui llegó a México para casarse con Sanshiro; ella y su suegra abrirían una floristería en la parte frontal de su casa.
     La segunda guerra mundial hizo que la comunidad japonesa se viera desamparada ante la represión ejercida desde EE.UU. Los Matsumoto fueron de gran ayuda, llegaron a tener en su finca y bajo su protección a más de 900 inmigrantes japoneses, gracias a los contactos que guardaban con la clase dirigente.
     Tatsugoro Matsumoto murió en Ciudad de México en 1955, a los 94 años de edad.


Fuente:
Noticieros.televisa.com 
Sergio Hernández Galindo de "Los que vinieron de Nagano"
https://es.wikipedia.org/wiki/Inmigraci%C3%B3n_japonesa_en_M%C3%A9xico
http://www.perushimpo.com/noticias.php?idp=7637
https://es.wikipedia.org/wiki/Porfirio_D%C3%ADaz
http://sitquije.com/mundo/clima-no-palabra-honor
https://es.wikipedia.org/wiki/Jacaranda
hhttp://www.perushimpo.com/noticias.php?idp=7637ttp://vita.org.mx/la-historia-de-la-llegada-de-las-jacarandas-a-mexico/
https://rotativo.com.mx/turismo/581716-tatsugoro-matsumoto-la-magia-las-jacarandas-mexico/
Alberto Díaz Cayeros ha creado un mapa donde se sitúan las 400 y pico jacarandás del centro de la Ciudad de México

http://www.milenio.com/df/mapa-jacarandas-ciudad-mexico-google-earth-arboles-alberto-diaz-cayeros_0_1150085235.html
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10/20/2014

Pretoria y el Jacarandá

PARAÍSO DEL JACARANDÁ
Pretoria - Sudáfrica

Durante los meses de octubre y noviembre, Pretoria se transforma en una masa de color púrpura brillante !los árboles de Jacarandá en flor! Los Jacarandás se alinean en las calles y salpican los parques y jardines de toda la ciudad y una bóveda de flores atraen a las abejas..
      Se estima que hay entre 40 000 y 70 000 árboles de Jacarandás en Pretoria - apodada  Jacarandá City -. En octubre y noviembre, al final de la primavera austral, despliegan su espectacular show de cada año. También hay cerca de 100 raras Jacarandás blancas que se pueden encontrar en Herbert Baker Street en Groenkloof.
     Los Jacarandás son indígenas de América del Sur, pero su historia en Sudáfrica comienza en la década de 1880, cuando fueron importados de Argentina. En 1888 dos árboles fueron plantados en una escuela en Arcadia. Su popularidad como un árbol de la calle pronto despegó y ahora se alinean muchos kilómetros de calles en todo Pretoria.
      Los Jacarandas se han convertido en una gran parte de la cultura de Pretoria tal, que una estación de radio local incluso ha sido nombrado Jacaranda FM. Por desgracia, ya que el árbol de Jacarandá es exótica, es considerado como una planta invasora, por lo que no se permite plantar nuevos árboles. Se han aprobado recientemente leyes que permiten que a los árboles existentes se les mantenga, pero no podrán ser sustituidos cuando mueran.

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12/07/2010

EL JACARANDÁ - América 
Cuento popular argentino

     Cuando los españoles empezaron a poblar Corrientes, trayendo consigo sus familias, vino a habitar este suelo un caballero que traía consigo a su hija. La bella jovencita de escasos dieciséis años, de tez blanca, ojos azul oscuro y negra cabellera.
     Se instalaron en una zona no muy retirada de la ciudad de las Siete Corrientes, en una reducción donde los jesuitas cumplían una misión evangelizadora y civilizadora, enseñando no sólo el amor a Cristo sino también a cultivar la tierra a los guaraníes.
     Entre los jóvenes de esa reducción se distinguía Mbareté, un mocetón veinteañero alto y fornido, que trabajaba la tierra con tesón, como queriendo arrancar de sus entrañas toda su riqueza y sus secretos.
     Una tarde en que Pilar -la joven española- salió a caminar en compañía de una doncella que la servía, vio a Mbareté y fue verlo y prendarse de su apostura. El indio también la observó con disimulo al principio, con desenfado después, y admiró su blanca piel, su negro cabello y el color de sus ojos.
     El encuentro fue fugaz. Tan sólo intercambiaron una mirada. Pero Mbareté la siguió con la vista hasta que la joven desapareció entre unos arbustos.
     El indio buscó la forma de que el jesuita le asignara tareas cerca de las casas y, en silencio, hurgaba por cuanta abertura había, para poder ubicar a la joven.
     Pilar, entre tanto, no podía borrar de su retina la imagen del joven aborigen. No podía olvidar lo hermoso que le pareció su torso desnudo, cubierto de gotas de sudor que le parecían chispas del sol que se le pegaban al cuerpo, al estar realizando su rudo trabajo.
     No pasó mucho tiempo y un día Pilar y Mbareté se encontraron. Esta vez las miradas fueron largas y profundas. Tan profundas que -sin palabras- se adentraron en el espíritu de ambos, mutuamente.
     Mbareté pidió al sacerdote que los instruía que le enseñara el castellano. Y aprendió rápido todas aquellas palabras que le sirvieran para expresarle a Pilar que la amaba desde el primer día en que se conocieron. Y buscó la forma de encontrarla a solas y poder hablarle.
     Y esa oportunidad la tuvo el día en que halló a la joven rodeada de indiecitos a quienes les enseñaba el catecismo. El joven se acercó al grupo y sin musitar palabra permaneció observándola hasta que los niños se fueron. Entonces, Mbareté caminó junto a ella y, ante su asombro, le habló en español -balbuceante al principio- para confesarle su amor. Pilar se ruborizó, se sintió confundida, quiso ocultar sus sentimientos, pero sus hermosos ojos azules y su cálida sonrisa la traicionaron y el joven pudo comprobar que era correspondido.
     Los encuentros se repitieron. Mbareté le propuso huir juntos, lejos, donde su padre no pudiera encontrarlos. Le habló de construir una choza, junto al río, para ella y allí unir sus vidas.
     Pilar aceptó y, cuando la choza estuvo construida, amparados en las sombras de una noche en que Yasy les brindó su complicidad, escapó con su amado.
     A la mañana siguiente, el caballero español buscó infructuosamente a su hija, hizo averiguaciones y alguien de la reducción le comentó que la habían visto frecuentemente en compañía de Mbareté y que éste también había desaparecido.
     Furioso, el padre convenció a varios compañeros para que lo ayudaran a encontrar a la pareja y, fuertemente armados, comenzaron la búsqueda. Pasaron varios días hasta que descubrieron la choza junto al río.
     Sigilosamente tomaron posiciones para observar a sus moradores. Así vieron llegar a Mbareté en su canoa con el producto de su pesca, y vieron también salir a Pilar a recibirlo.
     El padre de la joven no resistió la visión de la tierna escena de los amantes abrazados y salió de su escondite gritando el nombre de su hija y apuntando con su arma al indio. La joven vio el fuego del odio en los ojos de su padre y comprendió lo que cruzaba por su mente. Trató de evitarlo, de explicarle su actitud, pero el español siguió avanzando con el dedo en el disparador. Pilar se interpuso entre los dos hombres en el preciso instante en que la carga fue lanzada y cayó con el pecho teñido de rojo, fulminada por el propio padre. Al ver esto, Mbareté quedó atónito, tieso, sin atinar a defenderse.
     Fue entonces cuando otro disparo le dio en plena frente y el joven se desplomó sobre el cuerpo de su amada.
     El padre, dolorido e indignado, no se acercó siquiera a los cuerpos yacentes e instó a sus compañeros a volver a la reducción.
     Esa noche, la imagen de su hija no pudo apartarse de su mente, y con las primeras luces del alba, inició el camino hacia el lugar donde tan tristemente terminara ese amor tan grande que motivó que los jóvenes se olvidaran de sus diferencias de raza.
     Cuando llegó a la choza, el español no halló restos de la tragedia y en el lugar donde la tarde anterior yaciera la pareja -sin que existiera ningún rastro de sangre allí derramada- se erguía un hermoso árbol de tronco fuerte, cubierto de flores azul oscuro que se mecían suavemente con la brisa.


     El hombre no tardó en comprender que Dios había sentido misericordia de los enamorados y había convertido a Mbareté en ese árbol, y que los ojos de su hija lo miraban desde todas y cada una de la azules flores del Jacarandá.
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