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7/06/2024

Chapel Rock, del narrador de historias

TOMÁS CASAL PITA
El pino blanco de Chapel Rock

 

 

Foto de 1900
El lago Superior, en la región de los grandes lagos entre EEUU y Canadá, tiene una superficie de unos 82.000 Km² (algo más de 87.000 tiene Andalucía) siendo el mayor de todos ellos. Realmente es un auténtico mar interior de agua dulce, cuya costa sur pertenece, casi toda, al estado de Michigan. Allí, en el condado de Alger, está la conocida como “Roca de la Capilla”.  
     Originalmente, el área fue nombrada por los primeros exploradores franceses y se encuentra en los primeros mapas como “La Chappelle”, debido a su curiosa forma. Luego los ingleses y sus descendientes norteamericanos tradujeron el nombre y pasaron a denominarla “Chapel Rock”. La Roca de la Capilla, está en el extremo de una playa, en una zona conocida como Pictured Rocks National Lakeshore. Para llegar hasta allí, partiendo de la población más cercana, con unos 2.300 habitantes, hay que recorrer unos 24 km por la única carretera estatal de la zona, luego desviarse 8 km. hasta el aparcamiento más próximo y continuar a pie otros 4 kilómetros más por senderos de bosque bien marcados. Normalmente los visitantes no vienen sólo por un día, puesto que es un área de campamentos y mochileros, pero aquellos que si lo hacen, suelen caminar mucho más. La mayoría se desplazan también a ver alguna de las muchas cataratas que hay por la zona con lo que al final, entre ida y vuelta, nadie hace menos de 10 km por los bosques.  
     La Roca de la Capilla, está formada por roca arenisca del período Cámbrico, que une a su curiosa forma, la no menos curiosa presencia de un pino blanco americano (Pinus strombus) que se encuentra cerca del límite norte de su área de distribución natural. Al pino, que tiene su base sobre la roca pero se alimenta desde tierra firme, se le calculan unos 250 años. Parecen muchos para su pequeño tamaño, pero las suyas son también unas circunstancias muy poco corrientes. Cerca hay un cartel interpretativo en el que está escrita una nota tomada del diario de Charles Penny, un miembro de una expedición de 1840 dirigida por Douglass Houghton, el geólogo que exploró la costa sur del lago Superior y que murió ahogado en el propio lago. El texto dice así: “Desayunamos en La Chapelle (Chapel Rock) esta mañana de Pictured Rocks. La Chapelle es una parte de estas rocas; cuyas partes más blandas se han desgastado, dejándolo en forma de costoso templo. … Este techo tiene alrededor de seis pies de espesor y no tiene goteras. Hay algo de tierra en el techo, y en el centro crece un gran pino recto a modo de aguja. Pero creo que todavía no hay ninguna campana que crezca allí". De modo que hace ya 180 años el pino crecía allí, y su tamaño le permitía hacerse notar lo suficiente para que el explorador tomase nota de él. 

     Chapel Rock formó parte, en el pasado, de una zona de costa más compacta, pero la erosión de la arenisca la ha ido aislando de tierra firme. No sabemos cómo era cuándo la vieron los franceses por vez primera, pero sí sabemos que en el pasado más reciente estaba unida a tierra por un arco de roca, como se ve en esta foto tomada en 1900. El arco se cayó en los años 40, quedando la roca casi como una isla en las orillas del lago, cuyo nivel de aguas varía con frecuencia hasta más de un metro. El pino, consiguió sobrevivir a la rotura del arco porque sus raíces estaban en tierra firme, de donde se alimenta, puesto que la roca sólo le ofrece un mínimo apoyo y posiblemente ningún alimento. Alimentado a distancia y sin una buena sujeción, puesto que carece de raíz pivotante, el futuro de este árbol es poco halagüeño. Lleva allí un cuarto de milenio, pero cualquier tormenta puede acabar derribándolo, a él, o al conjunto Chapel Rock, (a la que está prohibido escalar) como sucedió en el pasado con el arco. Siempre nos quedarán sus fotos como recuerdo.


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1/20/2024

ANTONIO AGUDO, en COPE, feb21
El pino "Galapán", el señor de la Sierra de Segura, cumple más de 4 siglos

Este pino preside, con 40 metros de altura y 400 años, una de las laderas del parque natural de Cazorla, Segura y Las Villas
 


El parque natural de Cazorla, Segura y Las Villas se extiende por las tres serranías del mismo nombre al este de la provincia de Jaén por más de 200.000 hectáreas. Se trata de una zona de bosques y espesuras madereras que le dieron, en tiempos pretéritos, la denominación de Provincia Marítima a Jaén. De su masa forestal salieron las maderas que se convirtieron en buques de la Armada Española. Troncos que bajaban los almadieros río Guadalquivir abajo para ser convertidos en las herramientas del poderío marítimo del Imperio Español. Centenarios árboles fueron talados para convertirse en mástiles y soportar el velamen desde el palo mayor al de mesana con el empuje de los vientos oceánicos.
     Uno de los árboles supervivientes al hacha y a la necesidad naviera fue este ejemplar de pino laricio, “Galapán” que fue bautizado con ese apelativo por los lugareños “por ser tan espigado y buen mozo” mientras que otras versiones aseguran que el mote le viene por dar sombra a la guarida de un ladrón también conocido como “Galapán”. Bandido que escondía sus botines en una cueva en la que se hunden las añosas raíces de este enorme árbol. Sea como fuera Galapán sobrevivió a la voraz demanda de madera y alcanza una altura de casi 40 metros, un tronco de más de 10 metros de perímetro y una edad, se calcula, en más de 400 años.


     Este enorme pino es muy popular en el Parque Natural y la ruta que pasa por su pie se llama del mismos modo: “Ruta Galapán” y que en la guía de la Junta de Andalucía se describe de esta manera: el entorno se sitúa a casi 1.600 metros de altitud y discurre junto al arroyo de la Fuenfría, junto al que se observa un denso pinar con ejemplares esbeltos que se han desarrollado buscando los rayos del sol, y entre ellos el pino descrito que es el que más destaca. Dispersos en la masa se identifica algún abeto (Abies alba), que también se intercala con cipreses en la linde del camino. Los arbustos que aparecen son el majuelo, el herguen, el rosal y la retama.
     El pino Galapán es un autentico tesoro viviente y está catalogado como uno de los gigantes de los bosques españoles y el emblema de la Sierra de Segura. Si quieres visitarlo sigue estas indicaciones:
     Desde Santiago de la Espada hay que seguir la carretera A-317 en dirección a La Matea, y atravesando esta localidad continuar hasta la aldea de Don Domingo. Una vez allí hay que coger una pista forestal en perfecto estado, señalizada para senderismo como GR 144. Esta pista se dirige hacia Rambla Seca y los Campos de Hernán Perea. Al pasar un puente encontrarás un primer cruce donde, a la derecha, está indicada la ruta hasta el Pino Galapán. A 2,6 km de este cruce lo encontrarás en el margen derecho del camino.

Lo hemos leído aquí

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8/20/2023

JAVIER MUNICIO (Agosto, 2019)
El pino andante del arroyo del Henar
  

Hace unos días recorrí el arroyo del Henar. Sin duda un hermoso vallecillo en Tierra de Pinares lleno de bosques. Pinares casi siempre de negrales pero en los que también abundan piñoneros, robles, enebros, encinas e incluso sabinas. En lo alto de sus páramos curiosamente puedes encontrar desde los arenales más penosos de Valladolid, que ya es decir, hasta duros y agujereados lapiaces calcáreos.   
     Pasando por allí no podía dejar de visitar al viejo negral “Andante”. Se trata de un pino con patas que, según cuentan, entrada la noche baja hasta el arroyo del Henar charlan de sus cosas y antes de amanecer vuelve a su arenoso cotarro.


     El pino podría tener unos 80 años, quizás más. Es menudo y alborotado como suelen ser los negrales; sus ramas, caídas y enredadas, parecen mas bien rastas. Lo curioso y peculiar es que tiene media docena de fuertes patas bien articuladas. Con ellas, lógicamente tiene que caminar. El Pino Andante tiene más amigos, de hecho junto a él encontramos un cuadro en el que hay un cariñoso relato manuscrito por alguien llamado Marciano. Por él sabemos que también sufrió los rigores del rayo y de su esfuerzo diario para sobrevivir cuando el viento le llevó la arena bajo su culo.
     Ahora tiene un compañero quizás nacido de alguno de sus piñones. Seguramente le guarda el sitio cuando se ausenta de su duna. Sí sí, “duna”, porque sobre un páramo vallisoletano podemos encontrar este profundo arenal que si no es más dinámico y árido es precisamente por el inmenso pinar, llamado también “El Negral”, que lo fija.
     Aun así, en algunos claros se muestran nítidas las ondulaciones arenosas con la forma con la que el viento las deja al acariciarlas y es en uno de estos claros donde el Pino Andante se ubica cuando descansa, hincando bien sus patas en la arena para reposar tranquilo y recibir a quien quiera visitarlo con respeto.

Lo hemos leído aquí 

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1/04/2023

Los pinos de El Tejarejo, del narrador de historias

TOMÁS CASAL PITA
Setenil de las Bodegas

(...) Se trata de los pinos de El Tejarejo -Pinus pinea-, que crecen en el cortijo del mismo nombre en el término municipal de Setenil de las Bodegas, Cádiz. Son (o más bien, eran) un grupo de cinco pinos piñoneros de extraordinaria talla o grosor de tronco que, acompañados de otros más pequeños, se divisan desde el pueblo, sobre una loma en una explotación agrícola privada, aunque hace unos ochenta años, su número era de al menos unos veinte. En la actualidad están acompañados de un almendro y algunos eucaliptos rojos (E. camaldulensis). En el invierno de 2014, un temporal que dejó unos 100 litros de agua por metro cuadrado, acompañado de rachas de viento de 80 Km/h, derribó al mayor de estos pinos. Era un hermoso ejemplar con un perímetro de casi cuatro metros, un fuste que ascendía recto hasta los nueve, para luego abrirse en las dos ramas principales que sostenían su copa. Copa que, en sus buenos tiempos, se había elevado hasta los 33 metros. Aunque cayó hace seis años, su suerte había declinado ya hace unos años, cuando fue alcanzado por un rayo que secó mitad del árbol y cercenó su copa, descompensándolo. El invierno del 2014 tan sólo puso fin a la crónica de una muerte anunciada.
Setenil de las Bodegas es famoso por sus casas "sin tejado". Varias de las calles son singulares por sus cuevas, las Cuevas de Sol, las Cuevas de la Sombra...

Foto de Mario G.Vargas 
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10/24/2022

Senda por Los Monegros, Pino Otal y Sabina de Castejón de Monegros

EL PINO DE OTAL Y LA SABINA DE CASTEJÓN, LOS MONEGROS - ARAGÓN

"Los Monegros son un ecosistema singular, maduro, único en Europa, cuya riqueza biológica ha demostrado ser excepcionalmente importante en términos cuantitativos y cualitativos. La biocenosis documentada de los Monegros sobrepasa las 5.400 especies biológicas, cifra superior a la conocida de cualquier otro hábitat nacional o europeo, presentando el mayor índice de novedades taxonómicas (nuevas especies para la ciencia) de toda Europa en lo que va de siglo, con un alto grado de endemismos y citas únicas para el continente y con numerosos ejemplos de distribuciones biogeográficas y adaptaciones ecológicas novedosas de enorme interés científico. No existe, con datos objetivos y contrastados, ninguna otra zona o espacio físico en nuestro territorio nacional, y tal vez en toda Europa, que pueda siquiera compararse a las singularidades, novedades, rareza y riqueza biológicas que hoy están documentadas científicamente de los Monegros".
Manifiesto científico por los Monegros


     Esta comarca, en sus partes más elevadas, es un gran sabinar. Se ha escrito y se comenta que el declive de este entorno se inicia con la "Aramda Invencible". Este artículo lo desmiente: "La deforestación de esta comarca fue un proceso gradual cuyos principales motores fueron la transformación del terreno para cultivo de cereal, el pastoreo y el aprovechamiento de la leña". El sabinar ha conocido tiempos mejores pero según algunos datos está recuperándose.
     No es fácil la orientación por estos terrenos para un foráneo, pero, con las indicaciones de las gentes de Castejón de Monegros, me voy a contemplar dos árboles únicos. Como es pleno verano y son las cuatro de la tarde, el riesgo de perderse es alto y opto por llevar el coche. El trak que se ha subido a wikiloc así lo indica. Es una comarca a la que volveré porque merece la pena la contemplación del paisaje desde, por ejemplo, el Plano de la Cruz bajo el cual paso. Las indicaciones me sirvieron para hallar los dos árboles pero tuve mucha suerte.
     El pino de Otal es un expléndido carrasco que lleva el apellido de su ex-dueño que murió durante la pandemia. También se le conoce como "Del Ordinario", apodo del anterior dueño que en 1900 tenía un servicio de diligencias hasta Zaragoza a la que llamó La Ordinaria. Datos: Perímetro 3,40m Altura: 13m.
     La sabina también es magnífica. Está situada a 200 m del pino hacia el este, en un ribazo entre bancales, en un plano inferior. Se le conoce como sabina del Romeiral o de Castejón. No tiene ninguna señal de fuego. Sus cuatro cimales la hacen única. Datos: Perímetro 3,90m Altura: 19m
     Y como la suerte de haber encontrado a estos dos expléndidos árboles no puede ser completa, se me "pierden" un montón de fotos y vídeos, un motivo más para volver.
     La ruta que planteo en Wikiloc tiene 25 km, muy recomendada para bicis. Es una ruta circular donde la primera parte es de subida con 200 m de desnivel.


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3/08/2022

Elba y su pino, del narrador de historias

TOMÁS CASAL PITA
El pino abuelo


La isla de Elba es una pequeña porción de tierra de 225 Km2 (29 x 18 Km) situada en el Mediterráneo, entre Córcega e Italia, que es conocida por ser el primer lugar de destierro de Napoleón. Naturalmente tiene mucha historia anterior y posterior y su posesión siempre fue muy disputada. Durante los siglos XVII Y XVIII fue posesión española y desde 1860 es terreno italiano.  
     Como isla de origen volcánico su relieve es muy irregular. La costa tiene arrecifes muy apreciados por los buceadores y pequeñas playas que contrastan con el interior agreste y montañoso, cuya cota máxima alcanza los 1000 metros. Uno de sus puertos deportivos, y ciudad turística, es Porto Azurro (Puerto Azul Claro, sería la traducción literal), que hasta 1947 se llamaba Porto Longone (Puerto Largo), y cuyo nombre se cambió a petición de los moradores locales. Fue fundado en 1603 por orden del Rey de España Felipe III y posee dos fuertes del siglo XVII: el Fuerte Focardo y el Fuerte San Giacomo, y un pequeño santuario: el santuario de la Madonna di Monserrato, que acabó dando nombre al lugar que lo acoge, el Valle del Monserrato. Los pinares siempre verdes y la forma de las montañas y el agua, recordaron a los españoles de guardia en el Fuerte San Giacomo, a otro valle, el de Montserrat, en Barcelona, donde hay un monumental santuario dedicado al culto de María. Este es el lugar de culto más evocador de la isla que fue construido en 1606 por orden del primer gobernador español en Porto Longone (Porto Azzurro), Don José Pons y León. Está situado en medio del valle, rodeado de montañas escarpadas y rocosas que infunden a los visitantes una sensación de éxtasis y asombro. Es un lugar de peregrinaje y cada 8 de septiembre se celebra un festival dedicado a su Virgen Negra (¿otra moreneta?) que allí se guarda. 

     Próximo al santuario se encuentra un hermoso árbol. Se trata de un pino piñonero que el Organismo Nacional Forestal de Italia ha clasificado como árbol monumental. Las dimensiones del pino lo convierten en uno de los más grandes de la Toscana, con una altura de 20 metros, un perímetro de tronco de más de 5 metros y una copa de 30 metros. Sabemos que en 1982 el diámetro era de 4,72 metros y diferentes opiniones le dan  entre 200 y 500 años, así que quédense con la que les parezca mejor…  
   
Durante mucho tiempo fue punto de descanso de los peregrinos que acudían al santuario y se dice que el propio Napoleón y su séquito amarraron sus caballos a él. A finales de los años setenta una inundación erosionó el suelo bajo las raíces e hizo que se inclinara levemente. Por iniciativa de la policía del pueblo, se llevaron camiones de tierra para evitar daños mayores. El pino era conocido por los locales como el “Pinón”. El 2 de octubre de 2010 los niños de primaria del Instituto Comprensivo G. Carducci de Porto Azzurro, con motivo de la fiesta de los abuelos, le dieron el nombre de “Nonno Pino” (Abuelo Pino), apodo con el que ahora se le conoce. Y como les sucede a todos los abuelos, el tiempo no perdona y el Abuelo Pino, el 6 de agosto de 2016, vio como una de sus ramas cedía ante el fuerte viento que sopló esa noche. Desde aquí nuestro deseo de que siga durante mucho tiempo en el valle de Monserrato.


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5/13/2021

En Keroku-en, Kanazawa, Japón

 NEAGARI NO MATSU

Dicen los expertos que Kenroku-en* de Kanazawa es el jardín más bello de Japón. Aquí se practica un estilo de bosay muy laborioso y lento, el neagari, en el que las raíces se trabajan y con tiempo se van descubriendo hasta dejar una porción expuestas al aire. La observación del natural nos demuestra que es un efecto que algunos agentes metereológicos lo generan en ciertas circunstancias. Así pues el neagari es una técnica que provoca ese descubrir (¿se puede decir descabalgar?) la raíz.
     En Kenroku-en hay un neagari inmenso - Neagari no Matsu (traducido: pino de raíces elevadas)-, un Pinus thumbergii o pino negro japonés. Es un pino más que centenario, original de Karasaki, región de Om, llevado al jardín por el Daimyo Maeda Nariyas. Neagari no Matsu fue plantado en un montículo, en medio de Kenroku-en y al lado del gran lago. Tiene una posición privilegiada. Cuando creció y estuvo bien arraigado comenzó el proceso de descabalgar poco a poco sus raíces,  un proceso que llegó a eliminar, según la técnica neagari, el sustrato, dejando un buen volumen de raíces al descubierto. Una raíz al descubierto adquiere la cobertura de la corteza. En cada fase se retiraba la cubierta de musgo, se vaciaba un determinado volumen de sustrato y se volvía a cubrir con el musgo, llegando a quitar hasta los dos metros de sustrato.
     Ahora es el emblema del más renombrado jardín japonés, pero hoy necesita de ayudas para sostener sus grandes cimales. El primer día de cada noviembre un ejército de laboriosos jardineros instalan los yukitsuri, las pértigas de las que salen las cuerdas que sostendrán las ramas para que, llegada la nieve, no se quiebren... el invierno está cerca.

* Kenrokuen significa en japonés «el jardín de los seis aspectos combinados». El nombre viene de un libro de jardinería escrito por Li Gefei, un famoso poeta chino. Combina los seis atributos de un jardín paisajístico perfecto: amplitud que combina y contrasta con la reclusión, artificio que contrasta con la antigüedad y arroyos de agua abundantes que contrastan con las vistas panorámicas.

Fotos de la red

Árbol nº 145

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4/27/2021

Los piñoneros, la memoria del bosque

EUGENIO MONESMA (Huesca, 1952)
Los piñoneros, recogida artesanal 
 
En el centro de Castilla se extiende la llamada Tierra de Pinares. Allí uno de los productos que se obtiene es el piñón. Para coger las piñas, los hombres suben a los altos pinos colgándose de unas largas varas, lo que les ha dado el sobrenombre de "ardillas humanas". En el año 1997 pudimos compartir con los piñoneros de Pedrajas de San Esteban (Valladolid) el difícil trabajo de extraer los piñones.

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4/04/2021

El árbol más solitario del planeta

El solitario árbol de la isla Campbell

Ya se hizo referencia en este blog de un artículo de carácter científico sobre el solitario árbol de la isla Campbell y las eras geológicas...

     La isla Campbell -Motu Ihupuku en maorí-, estuvo "escondida" para el mundo hasta 1810, cuando el capitán Frederick Hasselborough, al mando del bergantín Perseverance, se topó con ella en una serie expediciones patrocinadas por Robert Campbell -de ahí el nombre de la isla- y que partían de Nueva Zelanda. La isla está deshabitada porque las condicones ambientales son realmente durísimas -falta de luz, vientos huracanados, temperatura en torno a los 7ºC y lluvias incesantes-. 
     La vegetación es propia de la tundra: musgos, líquenes, hierbas y algunos arbustos, no había árboles. Pues bien en este entorno, la mente privilegiada de lord Uchter John Mark Knox, por entonces gobernador de Nueva Zelanda (1897-1904), imaginó que podría crearse un gran bosque para el que eligió la especie Picea sitchensis
. Esta pícea de Sitka es un árbol originario de las montañas de la costa del Pacífico de América del Norte, donde ocupa una estrecha franja. Su límite más septentrional es la isla Kodiak (Alaska) y su límite más meridional está en el norte de California. De aquella aventura forestal de 1902 solamente uno sobrevivio (de lo contrario no hablaríamos de él), el que ahora mismo tiene el record Guinness como el árbol más solitario del planeta. Pero este único árbol es en el que se han fijado los científicos del mundo para fijar una nueva geológica y señalar el año de 1965 como el inicio del Antropoceno*. Ya sabeis que los anillos de los árboles guardan la memoria de las condiciones ambientales en las que crece. Este árbol se ha examinado y se ha visto que en sus anillos hay una gran concentración del isótopo carbono-14. Los investigadores vieron un pico de este isótopo en torno a 1965 debido a las pruebas nucleares que contaminaron la atmósfera del planeta. Los árboles guardan esos isótopos en sus anillos pero este es el más alejado de toda fuente radioactiva del planeta.

*Antropoceno: Término acuñado por Eugene Stoerner para asignar la época geológica que se distingue por la actividad del ser humano que está cambiando las condiciones ambientales del planeta, como anteriormente lo hizo la caída del meteorito que estinguió a los dinosaurios u otros acontecimientos sucedidos en el planeta.

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1/16/2021

Luis Gil - Pinares

LUIS GIL  (Catedrático UPM)
Sobre los pinares españoles  



Pocas afirmaciones hay en la vida incuestionables. La mayoría requiere de matices y aclaraciones, a la vez que no es raro que tengan diferente interpretación según la perspectiva desde la que se miren o, incluso, se distorsionen por las creencias, prejuicios o sentimientos de quien las defiende. Y si hay un ámbito donde esto se manifiesta de forma recurrente es en el de las Ciencias de la Naturaleza.
     Un excelente ejemplo son los pinos españoles. Las afirmaciones sobre ellos en las últimas décadas tanto en el ámbito científico como en el divulgativo son de sobra conocidas. Que si han desplazado a la vegetación primigenia, que si son alóctonos, que si acidifican el suelo, que si dependiendo de dónde tienen carácter invasor, que si favorecen los incendios forestales, …. No creo que en ningún país de Europa se haya atacado de forma tan inmisericorde a un género del reino vegetal como a ellos, excepción hecha del eucalipto.
     Recientemente (18 de noviembre de 2018), en un aparente intento por cerrar la cuestión, un artículo titulado Pinos, ¿nativos o exóticos? elaborado por conocidos científicos del CSIC-CREAF concluye que “la presencia de pinos autóctonos en nuestro país es indiscutible”.
     El avance no es poco pues quienes firman son ecólogos de formación biológica, uno de los colectivos más beligerante con los pinos, aunque no el único dada su influencia en otras áreas de conocimiento. Han sido necesarios estudios históricos, culturales y paleobotánicos para que se acredite a los pinos su condición de autóctonos tal como afirma el texto aludido “si analizamos registros de polen en estratos antiguos de turberas, o el registro fósil, o los estudios de biogeografía, vemos que todo indica que han existido pinos en la Península desde hace millones de años, aunque no siempre podamos distinguir las especies concretas”.
     Volver sobre un tema que creíamos cerrado en el mundo científico suponemos lo motiva la presencia en la “web” del nuevo Ministerio para la Transición Ecológica (Miteco) de una página dedicada al “Control y eliminación de especies vegetales invasoras de sistemas dunares” (Fig.1). Para nuestra sorpresa y frustración, en la relación de especies “exóticas invasoras” aparece una ficha dedicada a P. pinaster, P. halepensis y Pinus pinea, los pinos xerófilos más adaptados a los territorios degradados y esquilmados desde hace más de 2000 años. Aunque la ficha es de 2011 no ha sido hasta fechas recientes que se ha constatado su presencia.
     Para muchos forestales desazona lo disparatado de tal catalogación, ya bien entrado el siglo XXI, y me remonta a mi etapa de estudiante de biológicas en la Universidad Complutense allá por los años 70. En sus aulas se me enseñó que la presencia de los pinares se debía a las repoblaciones de los ingenieros de montes durante la dictadura franquista, idea expresada y defendida por profesores destacados en disciplinas como la Botánica, la Geografía Física o la Fitosociología. En un contexto de alumno inmaduro y abierto a toda novedad acepté la idea como una verdad absoluta que no necesitaba ser demostrada dados el prestigio y la excelencia de quienes la emitían. Conforme completé mi formación en la Escuela de Montes de Madrid mi opinión fue cambiando gracias al magisterio del Profesor Juan Ruiz de la Torre quien, en 1993, diría: “contra ellos [los pinos] se monta una auténtica «caza de brujas», repitiendo una serie de argumentos gratuitos, elementales y no probados, a veces hasta basados en experiencias inadecuadas, por su falta de diseño científico”.
      Mi experiencia de campo y el interés por profundizar en la historia de los usos antiguos de los recursos forestales me llevaron a los textos pioneros de la Botánica, como los tratados de Teofrasto, Plinio o Dioscórides que mostraban otras perspectivas por lo que empecé a cuestionar el axioma aceptado. En ellos proliferaban noticias relativas a los pinares y a su empleo en la minería antigua o en la construcción civil o naval –¿con qué si no se calafatearon nuestros barcos durante siglos?– También encontré referencias a pinos y pinares en relatos históricos que describían el paisaje, decorando capiteles románicos, o en las toponimias locales, campo novedoso y aclarador, como que Tiétar y Teide derivan del bereber con el significado de Pinar, o Lérez y Cerler incluyen la voz prerromana ler cuyo equivalente románico es Pinar. Pero fueron definitivos los trabajos de los palinólogos los que permitieron desmontar la falacia de una Arcadia hispánica cubierta de bosques de Quercus maliciosamente destruidos por los ingenieros de montes con sus repoblaciones con pinos, obsesionados con “enresinar” y “maderizar” nuestros montes. De ahí que quiera reconocer a estos científicos, en particular al biólogo y palinólogo José Carrión, de la Universidad de Murcia, cuyos numerosos trabajos culminaron en una de las obras de referencia: Paleoflora y paleovegetación de la Península Ibérica e Islas Baleares, que coordina y publica en 2012. También a la historiadora y antracóloga Tina Badal, de la Universidad de Valencia, por sus estudios publicados en 1998, sobre las especies de pinos (P. nigra, P. halepensis y P. pinea) encontrados en la Cueva de Nerja (Málaga) y, en particular sobre el aprovechamiento nutritivo del piñonero que se hizo durante la prehistoria.
      Más próximos y accesibles son los trabajos de Cavanilles (1795-97) para el Reino de Valencia, de Cipriano Costa (1864) para Cataluña, de Máximo Laguna (1883) Lázaro Ibiza (1896) para el conjunto español, Cuatrecasas (1928) para la Sierra de Mágina, o el del primer ecólogo español Huguet del Villar (1929) quienes describen los pinares como propios de nuestro paisaje, a los que aludían -con frecuencia- como residuales y degradados por la acción humana. No los debía conocer Salvador Rivas-Martínez quien, en 1964, publica su tesis doctoral Estudio de la Vegetación y Flora de las Sierras de Guadarrama y Gredos, en la que rechaza la presencia natural de la práctica totalidad de pinares. Sorprende que nadie rebatiera nada.
     Sin ser discutido, analizado, ni contrastado, los pinares pasaron a ser negados por la fitosociología (a excepción de los de alta montaña y del pino canario en las islas de su nombre). A esta disciplina novedosa se la consideró base indiscutible de la ecología vegetal y fue asumida por el corporativismo de la comunidad universitaria. Bien es verdad que desde el colectivo forestal algunos ayudaron, conscientes o no, a ello. El ingeniero de montes Luis Ceballos, coautor de excelentes mapas de la vegetación forestal de Cádiz (1930) y Málaga (1933), situó en 1942 a los pinos en sus series sin que nunca llegaran a ser la última etapa de evolución de las masas forestales, destinada exclusivamente a las fagáceas ibéricas. En 1959, Ceballos las calificaba como especies “nobles” y al resto de las especies, y en particular a los pinos, de “plebeyas”. Culminación de la pinofobia vendría de la mano de otro destacado forestal, Ángel Ramos, quien en 1984 fabuló con el diálogo entre don Amador de los Robles y del Fresno con don Próspero Pino Foráneo; los nombres lo dicen todo. También colaboró en esta caza de brujas uno de sus discípulos al incluir en el RD 1302/1986, de Evaluación de Impacto Ambiental, además de las obligadas por la normativa europea, a las Primeras repoblaciones ¡cuando entrañen riesgos de graves transformaciones ecológicas negativas! en el Anexo I (los signos de admiración son míos), de obligado sometimiento a dicha evaluación, equiparándolas a las plantas de residuos radioactivos, las de extracción de amianto, la construcción de autopistas o la minería a cielo abierto. No estimó pertinente sin embargo incluir otras acciones objetivamente negativas como la desecación de humedales o la deforestación.
     El ruido de la web del Miteco por su calificación a tres pinos mediterráneos como exóticas invasoras de sistemas dunares propició que, el 27 de septiembre de 2018, el Presidente de la Comisión de Transición Ecológica del Senado solicitara mi presencia ante dicha Comisión en la sesión del 4 de octubre de 2018, en la que expuse mis opiniones sobre los pinos en España y su historia. Lo cierto es que la presencia de senadores fue poco numerosa.
     Las buenas intenciones del texto antes mencionado no sosiegan por cuanto los autores no cierran el debate. Así, aluden a que: “antiguamente, se plantaban árboles (reforestación) para restaurar áreas degradadas sin pensar mucho en su origen, ni teniendo en cuenta si la especie era o no autóctona ni si la variedad era local o no, y sin considerar si las densidades y estructura reflejaban las condiciones naturales y el hábitat para otras especies”. En síntesis, cuestiona las acciones que se acometieron en unas circunstancias sociales, económicas y ambientales que en nada se parecen a las de hoy en día, además de ignorar nuestra historia forestal. Hay mucha literatura al respecto, pero valga una frase recogida en las primeras relaciones de siembras y plantaciones verificadas en los montes públicos (de 1877 a 1893-94): “los ingenieros se han guiado en esta elección de especie, no solo por las buenas reglas de la selvicultura, sino también por lo que el buen sentido aconseja, reducido en la materia de que se trata a esta sencilla máxima: vale más siempre imitar que no enmendar a la Naturaleza”.
 Las Alpujarras con Órgiva (Granada) en la llanura basal. 
A la derecha cerros de Alcalá de Henares (Madrid). 
En ambas, las laderas carecen de cualquier tipo de vegetación arbórea. Fotos: Ortiz Echagüe, 1939 y Legendre,1936.

Cuenca del Guadalentin (Murcia). Foto del libro Las Tierras incultas de Elorrieta 1948 en 1948. Autor: Revista Montes.

     Tampoco atinan al enunciar: “Cuando más adelante se plantaron pinos autóctonos, algunas veces se hizo en zonas típicas de la especie, y otras en zonas donde la especie estaba ausente o en baja densidad”. En concreto, denuncian que allí donde no estaban o quedaban en baja densidad no deberían haberse introducido, volviendo a ignorar nuestra historia. Que los pinos frecuentaban nuestra geografía es información accesible, basta acudír a la ignorada Clasificación General de Montes Públicos de 1859 (reeditada en 1990), donde se estiman en 2.178.849 las hectáreas de pinares dispersas por todo el territorio ibérico; eso si, salpicados de rasos y calveros. Porque una cosa es cuánto llegó y otra en qué estado lo hizo. Salvando los requierimientos ecológicos de cada pino, era frecuente que allí donde no estaban era por que los habían erradicado. A qué si no la alusión a la presencia de los pinos en los registros de polen como demostración de su condición nativa. En gran número de estos diagramas se aprecia que el polen de los pinos falta en los estratos más modernos, a la vez que aumenta de forma exponencial el polen no arbóreo. Tampoco está de más recordar que los pinares, para las sociedades rurales de aquellos tiempos, eran árboles que valían más muertos que vivos, árboles con pies de barro, sin adaptaciones para superar la perturbación humana recurrente, ligada al fuego y a la acción de los ganados. Un ejemplo de extinción demostrado es la de Pinus uncinata en el Pinar de Lillo (León). Este rodal relicto de P. sylvestris solo sube hasta los 1650 m. Las formaciones arbustivas dominan las demás vertientes y llegan hasta la cima del llamado, ¡qué curioso!, el “Pico del Pinar”, a 2000 m de altitud.
     La acción secular de fuego y ganado conllevó que llegaran con gran profusión al siglo XX las especies capaces de rebrotar y de turno corto, tanto Quercus como matorrales. Entre unas cosas y otras, a principios de los 80 del siglo pasado el 50% del territorio, el de los mejores suelos suponía la base de la agricultura más feraz. Incluso fuera de ellos, la agricultura marginal, la ganadería extensiva o el silvopastoralismo eran mejores alternativas económicas que los pinares. En un país que aboga por la biodiversidad los encinares monoespecíficos son las formaciones más extensas por eliminar a otros árboles. Sistemas fosilizados por deseo de sus propietarios de no acotar al ganado. La encina es el roble mediterráneo más productor de bellotas, sus leñas son las mejores para su transformación en carbón tras podas frutícolas, y sus masas abiertas proporcionen excelentes pastos.
El Pinar de Azaba (Salamanca) fue propiedad medieval del concejo de Ciudad Rodrigo. Repartido en el siglo XVIII y, luego, desamortizado se transformó en un encinar. Destacan los tamaños de los escasos ejemplares de pinos sobre las encinas por la rusticidad del suelo arenoso. Foto: Luis Gil, 1993.
     Los pinos, como contrapartida a su incapacidad para rebrotar –por la escasa presencia de células vivas en sus fustes– quedarían relegados a los suelos más rústicos de nuestro territorio; entre ellos, los situados sobre pendientes, donde el rejuvenecimiento edáfico impide la progresión del suelo. No es casualidad que a estos terrenos les califiquemos en español como empinados. ¡Lástima que la RAE no incorpore la acepción de “vertientes cubiertas de pinos” a esta voz!
      La condena definitiva a los pinares culminó con la Memoria del mapa de series de vegetación de España 1:400.000, obra de Rivas-Martínez de 1987, financiada ingenuamente por el ICONA, el organismo repoblador por excelencia. En ella se considera el empleo de los pinos en repoblaciones como ¡inadecuado o regresivo! desde el punto de vista biológico e, incluso, manifiesta como dudosa su viabilidad en gran número de localidades; entre ellas, la comarca segoviana de “Tierra de Pinares” caracterizada como tal por documentos medievales, la toponimia y la paleobotánica.
     Volviendo al texto, al tratar de las diferencias entre las repoblaciones con fines protectores ante la erosión y el resto, se afirma que “…en otras ocasiones, sin embargo, se parecen más a cultivos [las plantaciones de pinos] para producción de madera. Una de las principales diferencias entre estos cultivos de madera y los demás cultivos es que los primeros son más propensos a propagar fuegos intensos, especialmente si están deficientemente gestionados”. Ante esta lectura muchas son las preguntas que se suscitan ¿acaso no arden los matorrales? y los encinares, quejigares o rebollares, ¿no se queman también en verano? o ¿qué culpa tienen los pinares de que nadie los gestione? Y otro tanto cabe decir del olvido de los autores de algo consustancial a los bosques, su multifuncionalidad. ¿O es que esos “cultivos de madera” no retienen y mejoran el suelo, evitando que los embalses se llenen de sedimentos y pierdan su función, fijan CO2, generan paisaje, producen setas, acogen a visitantes además de proporcionar ingresos a sus propietarios? ¿No es esto de lo que va también la sostenibilidad y la bioeconomía?
     Los autores achacan el rechazo a los pinares a que “La sociedad actual convive con plantaciones y restauraciones realizadas con criterios del pasado, donde las percepciones ambientales y el conocimiento ecológico eran muy diferentes. Esta convivencia genera cierto conflicto social y está en el origen de muchos debates sobre la naturaleza nativa o no de los pinares” lo que evidencia un enfoque más que discutible de la realidad. Convive los fines de semana, y no todos, y su sensibilidad –dominada por la “escuela de Rivas-Martínez”– no va más allá de imágenes bucólicas artificialmente construidas y aprendidas en libros escolares poco rigurosos sobre unos bosques que hace siglos que desaparecieron de gran parte de España. Lo que es indiscutible es que nuestros conocimientos son mucho mayores que los de hace medio o un siglo.
Masas naturales de pino carrasco sobre dunas en “Es Trenc” (Campos, Mallorca). Supuesta exótica invasora por la ficha del MITECO: Foto Luis Gil, 2014.
     Como ejemplo del conflicto acuden a los pinares sobre dunas. En esta ocasión “salvan” a los artífices de la repoblación, pero vuelven a evidenciar desconocimiento de nuestra historia: “La finalidad de estas plantaciones era bienintencionada: fijar las dunas, crear puestos de trabajo, y generar un ambiente forestal agradable. En aquella época, se valoraba más cualquier estructura arbolada densa, aunque fuese pobre en especies, que un matorral, por muy diverso en especies que fuera”. Quizás desconozcan los trabajos del botánico Reyes Prósper quien en 1915 afirmaba: “Un suelo que produce escasa ó ninguna riqueza […] puede decirse que no pertenece al patrimonio nacional, y en este caso se encuentran en España en sus estepas, y fuera de las mismas, 30 millones de hectáreas. Es decir, que nuestra Nación posee en realidad varias provincias menos de las que figuran en el mapa”. ¿Alguien se imagina que la mejor política social, económica o ambiental a mediados del siglo XX pasaba por ampliar la superficie de matorrales? Aún hoy, de los 27 millones de ha forestales en España cerca de 10 son no arboladas.
     En su desmedida alabanza a los matorrales, los autores afirman: “…tras el incendio que afectó a los pinares de la zona de Doñana (julio 2017), se ha constatado una regeneración muy satisfactoria de muchas de las especies del mosaico de matorral y brezal que dominaron antes de las plantaciones, mientras que el pino prácticamente no se regenera. Si se facilita y potencia la regeneración de estos matorrales, que son muy diversos en especies, los incendios (inevitables) que ocurran en el futuro serán menos intensos (por la menor biomasa) y se regenerarán más rápidamente; por lo tanto, estas comunidades serían más sostenibles”. No parece acertado poner en plano de igualdad a unas especies (los matorrales) rebrotadoras y anemócoras y a otra (el pino piñonero) que es barócoro y zoócoro, no tiene piñas serótinas y no rebrota. Además, el pinar estaba tan denso que propició, en las condiciones de viento y humedad de aquellos días, que el incendio prosperara y se hiciera inmanejable.

Masas naturalizadas de pino piñonero sobre dunas en Doñana. Libro Unexplored Spain de Abel y Chapman.








     Estamos de acuerdo en que no se justifica la plantación de pinos en cualquier sitio ni manera, también en una “planificación integrada del territorio”. Pero no con la forma en que concluyen al afirmar que “deberíamos poder decidir con criterios objetivos dónde son preferibles pinares lo más naturales posibles (por ejemplo, en áreas protegidas), dónde queremos plantaciones de pinos para la protección del suelo y la regulación hídrica, y dónde queremos plantaciones de pinos productivas y sostenibles” por cuanto establece unas categorías simplistas que menoscaban el multiobjetivo y la multifunción de la obra repobladora de los forestales.
Fig. 7. Masas naturalizadas de pino piñonero sobre dunas en Doñana. Foto del libro Unexplored Spain de Abel y Chapman.
Fig. 9. La Dehesa de El Saler en 1563 dibujada por Anton van den Wyngaerde. En documentos de 1265, el administrador de la “Dehesa del Rey” señala, entre otras, la presencia de pinos en primer lugar.
Pinares de repoblación del primer tercio del siglo XX de P. halepensis, poseedores de conos serótinos, en la dehesa de El Saler (Valencia). Foto Luis Gil, 2004. 
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4/24/2020

Guardamar y su lucha por sobrevivir

HÉCTOR FERNÁNDEZ
Guardamar pone fin al sueño del ingeniero Mira

     Las Asociación de Vecinos Guardamar Playa denuncian que la tala masiva de pinos provocará un sistema casi desértico al estilo de Almería en la zona regresando al sistema de duna móvil del siglo XIX que se trató de frenar con las casas de Babilonia y la frondosa pinada del municipio.
      
En el año 1900 comenzó la reforestación de la pinada de Guardamar a cargo del ingeniero Francisco Mira i Botella (inspector general de Montes) según una orden ministerial que pretendía recuperar la masa forestal talada intensivamente durante el siglo XVIII para la construcción de barcos de guerra. Un proceso que terminó con la desertización del paraje litoral llegando las dunas al interior del núcleo urbano y los cultivos del municipio. Como publicó el periodista Ismael Belda en este mismo diario, la repoblación «se abordó primeramente mediante una compacta empalizada de estacas que evitó el deslizamiento de la arena. Más tarde, fijaría un nuevo resguardo interior de especies vegetales, especialmente gramíneas de costa, aunque también piteras, palmeras datileras y eucaliptos. Para acabar sembrando, en una extensión de 846 hectáreas y en una franja marítima de 16 kilómetros, nada menos que 600.000 pimpollos de pino piñonero, marítimo y, sobre todo, carrasco».
Las dunas y el municipio antes de la reforestación del ingeniero Mira
       El pasado mes de marzo el Ayuntamiento y la Generalitat Valenciana firmaban el acta de defunción de esta pinada con la presentación de la «restauración de hábitats en los LIC Dunas de Guardamar y Salinas de Santa Pola». Un proyecto de cerca de 1,3 millones de euros financiados con fondos FEDER europeos para «recuperar la biodiversidad» de un «pinar degradado».
     Un técnico de la Conselleria, Vicente del Toro, presentó un estudio sanitario según el cual el 27% de los pinos plantados por Mira están muertos o son irrecuperables, un 51% tiene síntomas de un declive importante y sólo el 22% está sano. Además, aseguró que debajo del pinar no crecen arbustos, algo que es frecuente en las reforestaciones intensivas, pero sí se han detectado hasta 33 especies de flora exótica invasiva.
     La conclusión del estudio es que el proceso del declive de la pinada es irreversible y que el objetivo es «enlentecerlo»
con la tala de los árboles muertos y muchos de los afectados, y la plantación de arbustos que puedan crecer en entornos de aridez mejor que los pinos. Y es que para la Conselleria un pino carrasco necesita como mínimo 250 litros anuales de agua para sobrevivir y el año pasado tan sólo se llegó a 247 litros y otros años incluso sólo a 70 o 80 litros. De este modo se talaran los árboles interior. Se mantendrán y replantarán 3.800 ejemplares de pinos en un radio de 50 metros alrededor de los viales. Por contra, se plantarán 12.500 arbustos de cinco especies diferentes en los claros que queden y una nueva conífera, el araar, en el entorno de los yacimientos arqueológicos.
     Para la Asociación de Vecinos Guardamar Playa que llevan dos décadas sufriendo los continuos ataques del mar y las administraciones a sus casas de la playa Babilonia, se trata del «inicio del fin de la pinada de Guardamar». Su secretario, Manuel López, afirma que «se pretende volver al sistema de duna móvil del siglo XIX que puso en peligro la existencia del pueblo de Guardamar» y que fue frenado por la actuación del ingeniero Mira. Es más, recuerda que «el decaimiento de la pinada según la Generalitat se inicia en los años 90, coincidiendo con la fecha de mayor avance del mar tras la construcción del espigón». Todo forma parte de un mismo proceso, el cambio de vientos y mareas del espigón construido sin estudio de impacto ambiental, que amenaza a sus casas de concesión pública, que han podido salvarse del último temporal por las medidas cautelares impuestas por un juzgado que les permitieron protegerlas.
     Los vecinos no entienden que se prefiera un sistema cuasi desértico al estilo de el de Almería a la pinada actual, que podía mantenerse con riego. De hecho consideran que es fruto del desconocimiento de la historia de la zona que no ha tenido en cuenta que el sistema de arenas también es consecuencia de la deforestación humana siglos atrás, artificial por tanto, ya que en origen, hubo vegetación y sistema arbóreo.
     El declive se produce en parte por el «aerosol» marino, como reconoce ahora la Conselleria, que saliniza las copas de los árboles, y por la salinización del propio suelo ante la llegada del mar hasta las casas, algo de lo que solo se puede proteger el LIC con las edificaciones de Babilonia. «Al final todo se reduce a una falta de coordinación de entre administraciones», señala López, quien confía en que se prorrogará la concesión en breve.
Aspecto que tendrán las dunas después de la intervención
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Incando estacas en la playa para parar la arena, 1901
Guardamar, 1903
Guardamar, 1913
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