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12/16/2024

CARLA SAMON ROS, en National Geographic Dic-2024
El desierto peruano, la capital mundial del arándano
Fotografía de Alessandro Cinque
Así es como Perú acelera, tras la ola de calor del año pasado, la carrera por conseguir variedades de frutos más resistentes al cambio climático y que necesiten menos frío.
A principios de agosto, las colinas arenosas de la costa de La Libertad, en el norte de Perú, están cargadas de frutos de color púrpura azulado. Faltan pocas semanas para la cosecha del arándano en un desierto considerado inhóspito para las bayas desde hace poco más de una década. Ahora, la árida región está situando a Perú a la cabeza del mercado mundial de arándanos.
     Mientras camina entre los arbustos, Álvaro Espinoza, de apenas metro y medio de altura, se inclina hacia ellos y sus ojos se abren de par en par ante tantos arándanos y el tamaño gigantesco de algunos. "Incluso el calibrador no sirve", dice el ingeniero agrónomo, tratando de medir uno con un llavero con diferentes aberturas circulares. La baya no cabe en el agujero más grande, de 2,5 centímetros.
     Espinoza fue uno de los primeros en experimentar con el cultivo de arándanos en Perú hace unos 15 años, cuando esta fruta, originaria del hemisferio norte, apenas aparecía en el radar del país. "La gente me llamaba loco", recuerda. Desde entonces, el crecimiento de la industria peruana del arándano ha sido tan meteórico como el del Bitcoin.
     El país sudamericano pasó de plantar solo unos cientos de hectáreas de arándanos en 2012 a convertirse en el primer exportador mundial de arándanos frescos durante los últimos cinco años consecutivos.
Los trabajadores de una importante multinacional del arándano son transportados entre las distintas zonas de la explotación en un autobús de la empresa
Carlos Núñez, investigando variedades en su laboratorio

"Los avances tecnológicos y científicos están impulsando el crecimiento de los arándanos en Perú, con empresas científicas que mejoran genéticamente la fruta para que prospere en el difícil clima desértico de la región", afirma Núñez.

A la caza de un arándano que ame el desierto

Inspirados por el éxito de sus vecinos chilenos, los empresarios peruanos empezaron a explorar un mercado local de arándanos a principios de la década de 2000. Pero encontrar la variedad adecuada llevó años de ensayo y error: Espinoza intentó montar un vivero, pero fracasó. Ahora trabaja en ventas para Planasa, una empresa española que desarrolla bayas más sabrosas y de mejor crecimiento.
     En Perú, el reto consistía en superar la creencia convencional de que los arándanos necesitaban un número mínimo de horas de frío (temperaturas inferiores a 7°C) para prosperar. Aunque el altiplano andino reunía estas condiciones, el terreno accidentado planteaba importantes obstáculos para una industria que dependía en gran medida de la mano de obra y de una infraestructura de avanzados sistemas de riego y plantas de envasado.
La pequeña ciudad de Malverde ha crecido con la floreciente industria de las bayas. Los trabajadores de las granjas de arándanos suelen alquilar casas cercanas para permanecer cerca de sus puestos de trabajo. Al fondo se ven los campos de arándanos de Camposol, la primera empresa que exportó arándanos peruanos.
     El objetivo era la costa, donde ya había megaproyectos de irrigación y grandes empresas agroexportadoras, dice Carlos Gereda, pionero en el sector y fundador y director general de Inka's Berries.
     Él fue el primero en identificar una variedad de arándano que pudiera adaptarse a la templada costa peruana, donde la corriente de Humboldt se encuentra con los Andes, creando condiciones similares a las del desierto.
     Nacido en una familia de agricultores, Gereda empezó a viajar a Chile en 2006 para aprender sobre los arándanos. En uno de sus viajes se trajo 14 variedades para probarlas en el desierto peruano. Tardó dos años en encontrar la adecuada, bautizada como Biloxi. Una vez identificada esta variedad, invirtió unos 280 euros en crear una empresa que se convirtió en pionera del arándano peruano.
 
El cultivo de los arándanos resistentes del futuro

     En la actualidad, los campos de arándanos de Perú abarcan más de 20.000 hectáreas (el doble del tamaño de la ciudad de Barcelona) y el país envía al extranjero más del doble de arándanos que sus competidores más cercanos. Más de la mitad de las ventas se destinan a Estados Unidos, donde Perú suministra cuatro de cada 10 importaciones de arándanos frescos.
     Pero el año pasado este auge sufrió su primer revés. Una fuerte ola de calor provocada por el fenómeno de El Niño azotó la costa norte de Perú, incluida La Libertad, el corazón de la industria del arándano. Las temperaturas superaron la media en 4°C, convirtiéndose en el invierno más caluroso del país en más de 60 años. El calor devastó algunas variedades de arándanos y la producción se desplomó un 25%.
     “La agricultura es así: nada es seguro y todo está por demostrar; hay que vivirla”, dice Gereda. “Hay momentos en los que, de la nada, un acontecimiento climático poderoso te obliga a replanteártelo todo”, explica.
     Esta experiencia, junto con la previsión de un aumento de las temperaturas debido al cambio climático, ha acelerado los esfuerzos para desarrollar nuevas variedades de arándanos genéticamente mejoradas que puedan prosperar en climas aún más cálidos.
     Para crear estas variedades resistentes, los científicos cruzan plantas madre, germinan las semillas y las evalúan durante años para seleccionar los mejores individuos, que luego son clonados y multiplicados in vitro. Otro objetivo de esta carrera genética es producir arándanos “jumbo”, es decir, arándanos que midan un par de centímetros, para aumentar la producción y satisfacer las expectativas del mercado.
     El año pasado, Inka's Berries lanzó dos nuevas variedades de tamaño gigante, Alessia y Abril, que llevan el nombre de las sobrinas de Gereda. Ambas son variedades tropicalizadas que prosperan sin temperaturas frías.
Los arándanos que miden más de 18 milímetros de diámetro se clasifican como "jumbo", un tamaño premium muy valorado por el mercado, especialmente en China.
Un trabajador agrícola transporta arándanos en carretilla durante la temporada de cosecha. En 2012, Perú solo tenía unos cientos de hectáreas de arándanos; ahora el país cuenta con más de 49 000 campos de arándanos.




 La prosperidad se olvida de los recolectores

A pesar de las dificultades iniciales, el microclima costero de Perú ha demostrado ser ventajoso para obtener altos rendimientos de arándanos y producción durante todo el año. Las empresas nacionales y extranjeras (atraídas por los incentivos fiscales y una mano de obra barata) ganaron dinero rápidamente vendiendo la fruta a un precio superior durante la temporada baja en Chile y Estados Unidos.
     Incluso teniendo en cuenta las condiciones meteorológicas extremas del año pasado, Perú vendió en el extranjero arándanos frescos por un valor récord de 1600 millones de euros. En la actualidad, los arándanos son el segundo cultivo más importante del país, después de la uva, y han contribuido a multiplicar por 13 el total de las exportaciones agrícolas anuales desde 2000.
     Sin embargo, las condiciones de vida de los recolectores de arándanos no han seguido el ritmo del éxito del sector. "Mientras las empresas siguen creciendo, a nosotros nos explotan con el salario mínimo [260 euros al mes]", afirma Julisa González, recolectora de Camposol, el mayor exportador de arándanos. Lo que gana diariamente apenas cubriría el coste de tres paquetes de arándanos en Nueva York.
     Aunque unas pocas grandes empresas dominan la industria peruana del arándano, cada vez son más los agricultores medianos que se incorporan al negocio.
     Entre ellos está Emilia Luján Pérez, una agricultora de 76 años que se dispone a plantar arbustos de arándanos en su parcela de 0,8 hectáreas en Virú, provincia costera de La Libertad. En ocho meses espera cosechar sus primeras toneladas de arándanos para satisfacer el creciente apetito mundial.
     "Si necesito más tierra", bromea Pérez, señalando con su bastón las áridas montañas que hay detrás de su propiedad, “tomaré las colinas”.

Emilia Pérez Luján dedica parte de sus tierras al cultivo de arándanos. Forma parte de una tendencia creciente de pequeños agricultores de regiones como La Libertad (Perú), que esperan sacar provecho del auge del arándano en Perú

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9/30/2022

CÉSAR VALLEJO (Perú, 1892-1938)
El libro de la Naturaleza

 

Profesor de sollozo —he dicho a un árbol—
palo de azogue, tilo
rumoreante, a la orilla del Marne, un buen alumno
leyendo va en tu naipe, en tu hojarasca,
entre el agua evidente y el sol falso,
su tres de copas, su caballo de oros.

Rector de los capítulos del cielo,
de la mosca ardiente, de la calma manual que hay en los asnos;
rector de honda ignorancia, un mal alumno
leyendo va en tu naipe, en tu hojarasca,
el hambre de razón que le enloquece
y la sed de demencia que le aloca.

Técnico en gritos, árbol consciente, fuerte,
fluvial, doble, solar, doble, fanático,
conocedor de rosas cardinales, totalmente
metido, hasta hacer sangre, en aguijones, un alumno
leyendo va en tu naipe, en tu hojarasca,
su rey precoz, telúrico, volcánico, de espadas.

¡Oh profesor, de haber tánto ignorado!
¡oh rector, de temblar tánto en el aire!
¡oh técnico, de tánto que te inclinas!
¡Oh tilo! ¡oh palo rumoroso junto al Marne!


The book of nature           (Translated by Calyton Eshlman)

Professor of sobbing — I said to a tree —
staff of quicksilver, rumorous
linden, at the bank of the Marne, a good student
is reading in your deck of cards, in your dead foliage,
between the evident water and the false sun,
his three of hearts, his queen of diamonds.

Rector of the chapters of heaven,
of the ardent fly, of the manual calm there is in asses;
rector of deep ignorance, a bad student
is reading in your deck of cards, in your dead foliage,
the hunger for reason that maddens him
and the thirst for dementia that drives him mad.

Technician of shouts, conscious tree, strong,
fluvial, double, solar, double, fanatic,
connoisseur of the cardinal roses, totally
embedded, until drawing blood, in stingers, a student
is reading in your deck of cards, in your dead foliage,
his precocious, telluric, volcanic, king of spades.

Oh professor, from having been so ignorant!
oh rector, from trembling so much in the air!
oh technician, from so much bending over!
Oh linden, oh murmurous staff by the Marne!
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5/20/2010

La Puya raimondii

"TIKANKA" Puya raimondii Harms
La mayor inflorescencia del mundo vegetal

Datos: Museo de Hª Natural de Lima
Lo primero que hemos de decir que no es un árbol, pero esta bromelia (como las piñas) es tan espectacular que merece la pena ofreceros estas fotos que mi amigo Ignasi, me ha regalado y que quiero compartir con vosotros. Tiene un gran valor científico, estético y turístico. Su figura inconfundible en la áspera puna, sobre los 3500 a 4500 metros,  llena de calor el espíritu. Yo visité un rodal en la zona de Ayacucho en 1995, pero no tuve la suerte de ver su inflorescencia. 
Nombre: Las gentes del lugar la llamaban "Tikanka" y me indicaron que, aquellas que florecían, lo hacían cada tres o cada cinco años, pronosticando un año de prosperidad, eran sus indicadoras del clima. En otros lugares recibe otros nombres: Titanka, Cunco, Qarhua, Qara, Santon, etc.
Nombre científico: Su descubridor para nosotros fue Antonio Raimondi (Milán 1824-1890) en 1867 en Cashapampa, departamento de Ancash, Perú, dándole el nombre de Pourretia gigantea. Posteriormente Harms, en 1928, le cambió el nombre en honor a su descubridor.

Periodo vegetativo y forma: Es una planta semélpara, es decir que después de florecer muere. Suele vivir entre 40 y 100años. Su tronco tiene de 40 a 60 cm de diámetro y alcanza tamaños de 3 a 6 m.de altura. Cuando madura su tallo se alarga hasta los 8-12 m, formando alrededor de 10.000 flores que encierran unos 10 millones de ligeras semillas, que se diseminan con el viento y las aves. A pesar del gran número de semillas la densidad de ejemplares (12 ind./ha) es muy baja debido a que, para germinar, necesita periodos de dos meses con bajas temperaturas y luz. 
Sus hojas son duras, aserradas y espinosas, crecen en forma esférica desde el tallo central, alcanzando un metro de longitud.
















Hábitat: Crece en los Andes del centro de Perú (zonas de La Libertad, Huaraz, Lima, Apurimac, Ayacucho, Cuzco, Junín y Huancavélica) y en Bolivia (Cerro Comanche-La Paz y la cordillera de Vacas-Cochabamba), a más de 3500 m.

Aprovechamiento: En el pasado tenía un uso cultural en ritos religiosos. El néctar de esta bromelia es un recurso que explotan, entre otras aves, los picaflores altoandinos. El eje floral se utiliza en construción, muebles, decoración y combustible. La resina se consume para curar afecciones hepáticas y asma. Las hojas se usan como cerco de corrales. Yo no desdeñaría en valor ecoturístico que puede suponer para las diferentes zonas donde crece.

Peligros: Parece que su densidad se va reduciendo a causa de su estrecha base genética. También es preciso que se cree un marco de conservación frente a incendios intencionados de los pastos, al menos cerca de los rodales donde crece.

Esperanza: Se ha logrado cultivar in situ. En Alemania hay ejemplares cultivados.
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1/04/2009

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS (Perú, 1911-1969)
La muerte de los Arango

Contaron que habían visto al tifus, vadeando el río, sobre un caballo negro, desde la otra banda donde aniquiló al pueblo de Sayla, a esta banda en que vivíamos nosotros.

A los pocos días empezó a morir la gente. Tras del caballo negro del tifus pasaron a esta banda manadas de cabras por los pequeños puentes. Soldados enviados porla Subprefectura incendiaron el pueblo de Sayla, vacío ya, y con algunos cadáveres descomponiéndose en las casas abandonadas. Sayla fue un pueblo de cabreros y sus tierras secas sólo producían calabazas y arbustos de flores y hojas amargas.

Entonces yo era un párvulo y aprendía a leer en la escuela. Los pequeños deletreábamos a gritos en el corredor soleado y alegre que daba a la plaza.

Cuando los cortejos fúnebres que pasaban cerca del corredor se hicieron muy frecuentes, la maestra nos obligó a permanecer todo el día en el salón oscuro y frío de la escuela.

Los indios cargaban a los muertos en unos féretros toscos; y muchas veces los brazos del cadáver sobresalían por los bordes. Nosotros los contemplábamos hasta que el cortejo se perdía en la esquina. Las mujeres iban llorando a gritos; cantaban en falsete el ayataki, el canto de los muertos; sus voces agudas repercutían en las paredes de la escuela, cubrían el cielo, parecían apretarnos sobre el pecho.

La plaza era inmensa, crecía sobre ella una yerba muy verde y pequeña, la romesa. En el centro del campo se elevaba un gran eucalipto solitario. A diferencia de los otros eucaliptos del pueblo, de ramas escalonadas y largas, éste tenía un tronco ancho, poderoso, lleno de ojos, y altísimo; pero la cima del árbol terminaba en una especie de cabellera redonda, ramosa y tupida. “Es hembra”, decía la maestra. La copa de ese árbol se confundía con el cielo. Cuando lo mirábamos desde la escuela, sus altas ramas se mecían sobre el fondo nublado o sobre las abras de las montañas. En los días de la peste, los indios que cargaban los féretros, los que venían de la parte alta del pueblo y tenían que cruzar la plaza, se detenían unos instantes bajo el eucalipto. Las indias lloraban a torrentes, los hombres se paraban casi en círculo con los sombreros en la mano; y el eucalipto recibía a lo largo de todo su tronco, en sus ramas elevadas, el canto funerario. Después, cuando el cortejo se alejaba y desaparecía tras la esquina, nos parecía que de la cima del ábol caían lágrimas, y brotaba un viento triste que ascendía al centro del cielo. Por eso la presencia del eucalipto nos cautivaba; su sombra, que al atardecer tocaba al corredor de la escuela, tenía algo de la imagen, del helado viento que envolvía a esos grupos desesperados de indios que bajaban hasta el panteón. La maestra presintió el nuevo significado que el árbol tenía para nosotros en esos días y nos obligó a salir de la escuela por un portillo del corral, al lado opuesto de la plaza.

El pueblo fue aniquilado. Llegaron a cargar hasta tres cadáveres en un féretro. Adornaban a los muertos con flores de retama, pero en los días postreros las propias mujeres ya no podían llorar ni cantar bien; estaban oncas e inermes. Tenían que lavar las ropas de los muertos para lograr la salvación, la limpieza final de todos los pecados.

Sólo una acequia había en el pueblo: era el más seco, el más miserable de la región por la escasez de agua; y en esa acequia, de tanto poco caudal, las mujeres lavaban en fila, los ponchos, los pantalones haraposos, las faldas y las camisas mugrientas de los difuntos. Al principio lavaban con cuidado y observan el ritual estricto del pinchk’ay; pero cuando la peste cundió y empezaron a morir diariamente en el pueblo, las mujeres que quedaban, aún las viejas y las niñas, iban a la acequia y apenas tenían tiempo y fuerzas para remojar un poco las ropas, estrujarlas en la orilla y llevárselas, rezumando todavía agua por los extremos.

El panteón era un cerco cuadrado y amplio. Antes de la peste estaba cubierto de bosque de retama. Cantaban jilgueros en ese bosque; y al medio día cuando el cielo despejaba quemando al sol, las flores de retama exhalaban perfume. Pero en aquellos días del tifus, desarraigaron los arbustos y los quemaron para sahumar el cementerio. El panteón quedó rojo, horadado; poblado de montículos alargados con dos o tres cruces encima. La tierra era ligosa, de arcilla roja oscura.

En el camino al cementerio había cuatro catafalcos pequeños de barro con techo de paja. Sobre esos catafalcos se hacía descansar a los cadáveres, para que el cura dijera los responsos. En los días de la peste los cargadores seguían de frente; el cura despedía a los muertos a la salida del camino.

Muchos vecinos principales del pueblo murieron. Los hermanos Arango eran ganaderos y dueños de los mejores campos de trigo. El año anterior, don Juan, el menor, había pasado la mayordomía del santo patrón del pueblo. Fue un año deslumbrante. Don Juan gastó en las fiestas sus ganancias de tres años. Durante dos horas se quemaron castillos de fuego en la plaza. La guía de pólvora caminaba de un extrerno a otro de la inmensa plaza, e iba incendiando los castillos. Volaban coronas fulgurantes, cohetes azules y verdes, palomas rojas desde la cima y de las aristas de los castillos; luego las armazones de madera y carrizo permanecieron durante largo rato cruzados de fuegos de colores. En la sombra, bajo el cielo estrellado de agosto, esos altos surtidores de luces, nos parecieron un trozo del firmamento caído a la plaza de nuestro pueblo y unido a él por las coronas de fuego que se perdían más lejos y más alto que la cima de las montañas. Muchas noches los niños del pueblo vimos en sueños el gran eucalipto de la plaza flotando en llamaradas.

Después de los fuegos, la gente se trasladó a la casa del mayordomo. Don Juan mandó poner enormes vasijas de chicha en la calle y en el patio de la casa, para que tomaran los indios; y sirvieron aguardiente fino de una docena de odres, para los caballeros. Los mejores danzantes de la provincia amanecieron bailando en competencia, por las calles y plazas. Los niños que vieron a aquellos danzantes el “Pachakchaki”, el “Rumisonk’o”, los imitaron. Recordaban las pruebas que hicieron, el paso de sus danzas, sus trajes de espejos ornados de plumas; y los tomaron de modelos, “Yo soy Pachakchaki”, “¡Yo soy Rumisonk’o!”, exclamaban; y bailaron en las escuelas, en sus casas, y en las eras de trigo y maíz, los días de la cosecha.

Desde aquella gran fiesta, don Juan Arango se hizo más famoso y respetado.

Don Juan hacía siempre de Rey Negro, en el drama dela Degollación que se representaba el 6 de enero. Es que era moreno, alto y fornido; sus ojos brillaban en su oscuro rostro. Y cuando bajaba a caballo desde el cerro, vestido de rey, y tronaban los cohetones, los niños lo admirábamos. Su capa roja de seda era levantada por el viento; empuñaba en alto su cetro reluciente de papel dorado; y se apeaba de un salto frente al “palacio” de Herodes; “Orreboar”, saludaba con su voz de trueno al rey judío. Y las barbas de Herodes temblaban.

El hermano mayor, don Eloy, era blanco y delgado. Se había educado en Lima; tenía modales caballerescos; leía revistas y estaba suscrito a los diarios de la capital. Hacía de Rey Blanco; su hermano le prestaba un caballo tordillo para que montara el 6 de enero. Era un caballo hermoso, de crin suelta; los otros galopaban y él trotaba con pasos largos, braceando.

Don Juan murió primero. Tenía treintidós años y era la esperanza del pueblo. Había prometido comprar un motor para instalar un molino eléctrico y dar luz al pueblo, hacer de la capital del distrito una villa moderna, mejor que la capital de la provincia. Resistió doce dias de fiebre. A su entierro asistieron indios y principales. Lloraron las indias en la puerta del panteón. Eran centenares y cantaron a coro. Pero esa voz no arrebataba, no hacía estremecerse, como cuando cantaban solas, tres o cuatro, en los entierros de sus muertos. Hasta lloraron y gimieron junto a las paredes, pero pude resistir y miré el entierro. Cuando iban a bajar el cajón de la sepultura don Eloy hizo una promesa: “¡Hermano -dijo mirando el cajón, ya depositado en la fosa- un mes, un mes nada más, y estaremos juntos en la otra vida!”

Entonces la mujer de don Eloy y sus hijos lloraron a gritos. Los acompañantes no pudieron contenerse. Los hombres gimieron; las mujeres se desahogaron cantando como las indias. Los caballeros se abrazaron, tropezaban con la tierra de las sepulturas. Comenzó el crepúsculo; las nubes se incendiaban y lanzaban al campo su luz amarilla. Regresamos tanteando el camino; el cielo pesaba. Las indias fueron primero, corriendo. Los amigos de don Eloy demoraron toda la tarde en subir al pueblo; llegaron ya de noche.

Antes de los quince días murió don Eloy. Pero en ese tiempo habían caído ya muchos niños de la escuela, decenas de indios, señoras y otros principales. Sólo algunas beatas viejas acompañadas de sus sirvientas iban a implorar en el atrio de la iglesia. Sobre las baldosas blancas se arrodillaban y lloraban, cada una por su cuenta, llamando al santo que preferían, en quechua y en castellano. Y por eso nadie se acordó después cómo fue el entierro de don Eloy.

Las campanas de la aldea, pequeñas pero con alta ley de oro, doblaban día y noche en aquellos días de mortandad. Cuando doblaban las campanas y al mismo tiempo se oía el canto agudo de las mujeres que iban siguiendo a los féretros, me parecía que estábamos sumergidos en un mar cristalino en cuya hondura repercutía el canto mortal y la vibración de las campanas; y los vivos estábamos sumergidos allí, separados por distancias que no podían cubrirse, tan solitarios y aislados como los que morían cada día.

Hasta que una mañana, don Jáuregui, el sacristán y cantor, entró a la plaza tirando de la brida al caballo tordillo del finado don Juan. La crin era blanca y negra, los colores mezclados en las cerdas lustrosas. Lo habían aperado como para un día de fiesta. Doscientos anillos de plata relucían en el trenzado; el pellón azul de hilos también reflejaba la luz; la montura de cajón, vacía, mostraba los refuerzos de plata. Los estribos cuadrados, de madera negra, danzaban.

Repicaron las campanas, por primera vez en todo ese tiempo. Repicaron vivamente sobre el pueblo diezmado. Corrían los chanchitos mostrencos en los campos baldíos y en la plaza. Las pequeñas flores blancas de la salvia y las otras flores aún más pequeñas y olorosas que crecían en el cerro de Santa Brígida se iluminaron.

Don Jáuregui hizo dar vueltas al tordillo en el centro de la plaza, junto a la sombra del eucalipto; hasta le dio de latigazos y le hizo pararse en las patas traseras, manoteando en el aire. Luego gritó, con su voz delgada, tan conocida en el pueblo:

-¡Aquí está el tifus, montado en el caballo blanco de don Eloy! ¡Canten  la despedida! ¡Ya se va, ya se va! ¡Aúúúú! ¡Aú ú!

Habló en quechua, y concluyó el pregón con el aullido final de los jarahuis, tan largo, eterno siempre:

-¡Ah… ííí! ¡Yaúúú… yaúúú! ¡El tifus se está yendo; ya se está yendo!

Y pudo correr. Detrás de él, espantaban al tordillo algunas mujeres y hombres emponchados, enclenques. Miraban la montura vacía, detenidamente. Y espantaban al caballo.

Llegaron al borde del precipicio de Santa Brígida, junto al trono dela Virgen. El trono era una especie de nido formado en las ramas de un arbusto ancho y espinoso, de flores moradas. El sacristán conservaba el nido por algún secreto procedimiento; en las ramas retorcidas que formaban el asiento del trono no crecían nunca hojas, ni flores ni espinos. Los niños adornábamos y temíamos ese nido y lo perfumábamos con flores silvestres. Llevaban ala Virgen hasta el precipicio, el día de su fiesta. La sentaban en el nido como sobre un casco, con el rostro hacia el río, un río poderoso y hondo, de gran correntada, cuyo sonido lejano repercutía dentro del pecho de quienes lo miraban desde la altura.

Don Jáuregui cantó en latín una especie de responso junto al “trono” dela Virgen, luego se empinó y bajó el tapaojos, de la frente del tordillo, para cegarlo.

-¡Fuera! -gritó- ¡Adiós calavera! ¡Peste!

Le dio un latigazo, y el tordillo saltó al precipicio. Su cuerpo chocó y rebotó muchas veces en las rocas, donde goteaba agua y brotaban líquenes amarillos. Llegó al río; no lo detuvieron los andenes filudos del abismo.

Vimos la sangre del caballo, cerca del trono dela Virgen, en el sitio en que se dio el primer golpe.

-¡Don Eloy, don Eloy! ¡Ahí está tu caballo! ¡Ha matado a la peste! En su propia calavera. ¡Santos, santos, santos! ¡El alma del tordillo recibid! ¡Nuestra alma es, salvada!

¡Adiós millahuay,  espidillahuay…! (¡Decidme adiós! ¡Despedidme…!).

Con las manos juntas estuvo orando un rato, el cantor, en latín, en quechua y en castellano.

---Fin---