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10/17/2020

El aromo

HÉCTOR ROBERTO CHAVERO  y ROMILDO RISSO
con ATAHUALPA YUPANQUI 
El aromo

Hay un aromo nacido
En la grieta de una piedra
Parece que la rompió
Pa' salir de adentro de ella
Está en un alto pela'o
No tiene ni un yuyo cerca
Viéndolo solo y florido
Tuito el monte lo envidea

Lo miran a la distancia
Árboles y enredaderas
Diciéndose con rencor
Pa uno solo, cuánta tierra

En oro le ofrece al sol
Pagar la luz que le presta
Y como tiene de más
Puña'os por el suelo siembra

Salud, plata y alegría
Tuito al aromo, la suebra
Asegún ven los demás
Dende el lugar que lo observan

Pero hay que dar y fijarse
Como lo estruja la piedra
Fijarse que es un martirio
La vida que le envidean

En ese rajón, el árbol
Nació por su mala estrella
Y en vez de morirse triste
Se hace flores de sus penas

Como no tiene reparo
Todos los vientos le pegan
Las heladas lo castigan
L'agua pasa y no se queda

Ansina vive el aromo
Sin que ninguno lo sepa
Con su poquito de orgullo
Porque es justo que lo tenga

Pero con l'alma tan linda
Que no le brota una queja
Que en vez de morirse triste
Se hace flores de sus penas

¡Eso habrían de envidiarle
Los otros, si lo supieran

Fuente: LyricFind
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10/24/2017

El aromo del perdón, en BA

EL AROMO DEL PERDÓN
OTRO ARBOL CON HISTORIA: EL AROMO DEL PERDÓN
     En Buenos Aires, concretamente en el Parque Tres de Febrero, Barrio de Palermo, se ubicó la quinta de Don Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires, y principal caudillo de la Confederación Argentina desde 1835 a 1852. En el jardín de dicha quinta crecía el árbol llamado el "Aromo de Manuelita" o "el Aromo del Perdón". 
     Según cuenta la leyenda Doña Manuelita, hija de Don Juan Manuel, bajo aquel árbolito solía requerir de su padre mayor indulgencia para algunos de los adversarios de su padre caídos en desgracia.
     En el libro Estampas del Pasado II, de José Luis Busaniche podemos leer una carta, escrita por William Mac Cann, sobre la influencia que tenía Doña Manuelita Rosas en las decisiones políticas de su padre:

“...Cuando me presenté de visita en su residencia, encontré reunidas, bajos las galerías y en los jardines, a muchas personas de ambos sexos que esperaban despachar sus asuntos. Para todo aquel que deseaba llegar hasta el general Rosas en carácter extraoficial, la hija del Dictador, doña Manuelita, era el intermediario obligado. Los asuntos personales de importancia, como confiscaciones de bienes, destierros y hasta condenas de muerte, se ponían en sus manos como postrer esperanza de los caídos en desgracia. Por su excelente disposición y su influencia benigna, doña Manuelita era para con su padre lo que la emperatriz Josefina fue para Napoleón.
La hija de Rosas, que posee grandes atractivos, dispone de muchos recursos para cautivar a sus visitantes y ganar su confianza. En una de mis visitas a la casa, como su padre se encontrara ocupado, montó enseguida a caballo, y juntos nos echamos a galopar a través del bosque."

     A Doña Manuelita, huérfana de madre a los 21 años, le sobraban admiradores, tanto locales como extranjeros, interesantes o aburridos, federales o unitarios, y amigos o enemigos de su padre; hombre muy celoso y muy bien dispuesto a censurar las relaciones sentimentales de esa hija que siempre lo acompañaba, ya que cumplía funciones de primera dama y dueña de casa, pero que era clemente cuando se lo pedía su queridísima hija.
     Doña Manuelita, al fin, se casó a los 36 años con Máximo Terrero, muy pesar y en contra de su padre. Con el tiempo Doña Manuelita obtuvo, para ella, el perdón de su celoso padre. Para ese momento Don Juan Manuel había perdido el poder y no tuvo más remedio que aceptar a su yerno.
     En el parque hoy podemos contemplar un retoño de aquel símbolo histórico de la ciudad, una  Acacia caven, originaria de América del Sur y conocido como Aromo criollo o Espinillo negro. En el año 1974 se efectuaron mejoras en el entorno del árbol, rodeándolo con una pequeña valla.
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10/21/2017

Historia de árboles de Buenos Aires

LOS ÁRBOLES TAMBIÉN TIENEN HISTORIA
Diario "Clarin.com" (Abril-2012), Buenos Aires
Los árboles también tienen historia
Costanera Norte. Junto al río, una típica arboleda porteña.
      El temporal ocurrido hace unos días quedará en la memoria de los habitantes de Buenos Aires como lo que fue: una tragedia. Con los años se recordará a los 16 muertos que hubo en Capital y GBA, a los heridos y a los problemas y destrozos que causó. Y en este último rubro, seguramente muchos también recordarán la pérdida de cientos de árboles, esos elementos vivos que, entre otras virtudes y además de su aporte estético, suelen proveernos de buen oxígeno.
     Según los últimos estudios, en las calles y plazas porteñas hay más de 420.000 árboles, lo que equivale a un ejemplar cada siete habitantes. Y en ese escenario verde, el ranking de especies dice que la primera posición en el podio la tienen los fresnos americanos, seguidos por plátanos, tilos y jacarandaes. Pero para demostrar que Buenos Aires es una ciudad bien ecléctica, no sólo en su gente o en sus construcciones, también se encuentran –entre muchos más– tipas, paraísos, robles, limoneros, ombúes, eucaliptus, araucarias, lapachos, pinos y hasta 3.000 palmeras (hay pindó y fénix) que le aportan un toque tropical.
     Como todo en la Ciudad, el arbolado porteño también tiene su historia. Por ejemplo se sabe que a comienzos del siglo XVII se aplicaban penas a quienes destruyeran algarrobos. Y que, entre 1778 y 1784, durante el gobierno de Juan José de Vértiz y Salcedo (el único virrey español que había nacido en América), se diseñó un paseo junto al río, al que se conoció como “La alameda”, aunque en sus orígenes la mayoría eran ombúes.
     En los tiempos en que en estas tierras Juan Manuel de Rosas era el mandamás, en muchas quintas se instalaron pequeños montes de árboles. Y con la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento (1868-1874) aquella tendencia de “plantar árboles”, como solía reclamar el sanjuanino, se mantuvo como una constante. Siempre se dijo que fue él quien trajo desde Estados Unidos los plátanos, esos que generan quejas de los médicos alergistas y de quienes sufren las alergias por la pelusa que sueltan. También, aportó las semillas de los árboles de la nuez Pecan, originario de ese país. Y que fue el promotor de la plantación de eucaliptus, como muchos de los que aún se ven en muchos barrios.
     Claro que el título de “paisajista mayor” de Buenos Aires, lo sigue manteniendo el francés Carlos Thays quien, desde 1893 (cuando ganó por concurso el puesto de director de Parques y Paseos de la Ciudad), recorrió todo el país buscando especies que sirvieran para decorar calles, parques y plazas. Así, desde el Norte trajo tipas (llegan a medir más de 30 metros) y jacarandaes, esos que, al final de cada primavera, visten de violeta muchos rincones ciudadanos. Obviamente hay otros árboles que van camino a su erradicación como los simpáticos paraísos (sus ramas y troncos se ahuecan y caen con mucha facilidad) y los ficus (está prohibido plantarlos), cuyas raíces suelen causar estragos en veredas y cañerías.
     Como se ve, el tema de las arboledas porteñas tiene todavía mucha savia para aportar y con ellos se podría hacer hasta un tratado sobre sus colores, sus sombras y sus leyendas. Sobre todo con aquellos que tienen relación con el pasado, como es el caso de ese retoño del aromo que Manuelita Rosas plantó en 1838 en los jardines de la residencia familiar que tenían en Palermo. Dicen que junto a ese árbol, la hija de Don Juan Manuel consiguió indultos a favor de algunos sentenciados por cuestiones políticas. Y, por eso, se lo conoció como “el aromo del perdón”. Pero esa es la siguiente  historia.

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