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9/15/2022

El origen del cocotero
Leyenda de Upolu, Samoa

Los isleños cuentan que había una joven llamada Sina. Era tan hermosa que la fama de su belleza llegó a oídos de un rey de las islas Fiji, a cientos de km. Los comentarios sobre la belleza de la joven alteraban los sentidos del rey. En su pensamiento sólo cabía conocer a la joven y casarse con ella. Para conocerla se transformó en anguila y fue nadando hasta la isla de Upolu, en Samoa. La anguila llegó a ser el animal favorito de Sina; pero cuando empezó a hacerle insinuaciones, ella, como es comprensible, se asustó y huyó.
     Según me dijeron la fábula tiene sus variaciones pero en todas ellas se dice que la anguila persiguió a Sina de isla en isla hasta quedar agotada. Con su último aliento la anguila confesó su amor a Sina, diciéndole que era realmente un rey de Fiji. La anguila prometió que si Sina la enterraba frente a su casa en Upolu, siempre le proporcionaría sombra, alimento y bebida. Así que Sina trasladó el cuerpo de la anguila a Upolu y la enterró allí en su jardín. Poco después observó cómo una planta nacía y crecía serpenteante con hojas frondosas y frutos extraños. Era, por supuesto, el cocotero, y cada vez que Sina bebía el agua de su fruto, sabía que estaba besando a su amante.

---Fin---

6/09/2014

EL NACIMIENTO DEL COCOTERO
Tahití

Hina era la única hija de un rico propietario de Tahití. No tenía más que dieciséis años, pero a su padre se le había metido en la cabeza la idea de casarla.
      -Óyeme -le dijo-, invité a cenar a un príncipe muy rico que te vio el otro día en la playa y que está muy enamorado de ti. Ante todo, trata de ser muy amable y muestra bien todas tus cualidades porque, para ser princesa, la belleza no es suficiente.
      La muchacha prometió complacer a su padre y se puso a bailar de alegría y a cantar una canción que hablaba del matrimonio de los pájaros y las flores. Naturalmente, en cuanto su padre se refirió a un príncipe, ella pensó en un Príncipe Azul, a quien imaginaba joven, bello y lleno de ingenio y amabilidad. Se veía ya en un palacio de ensueño, atendida por una multitud de servidores y dando fiestas a las que invitaría a sus amigas, quienes se morirían de la envidia.
      Pasó todo el día mirándose en todos los espejos; se volvió a peinar veinte veces y se cambió diez veces de atuendo.
      Finalmente, cuando ya se aproximaba la hora de la cena, salió al jardín a acechar la llegada del príncipe.
      No tuvo que esperar mucho tiempo, porque la buenas maneras de un príncipe exigen ser cumplido, especialmente si está enamorado. El Sol comenzaba apenas a declinar cuando un barco de vela de color púrpura arribó al puerto. Las caracolas marinas sonaron, y el príncipe avanzó. Apenas lo vio, Hina palideció y se puso a temblar. Tartamudeó:
      -Pero... Pero si es el... el...
      El padre, que estaba a su lado, dijo ligeramente inquieto:
      -Pues sí, lo reconociste; es el príncipe de las anguilas. Sé bien que no es hermoso, pero su fortuna...
      El anciano no tuvo tiempo de decir nada más, porque profiriendo un grito de espanto, Hina se lanzó a la carrera hacia la montaña.
      Como se imaginarán ustedes, el príncipe de las anguilas se puso furioso.
      -¿Cómo? - rugió-. ¡Se están burlando de mi! Me prometieron una niña dulce y dócil, y lo que veo es una rapaza mal educada, que me encuentra feo. A mí, al más bello de los príncipes de los océanos...
      El padre de la pobre Hina se hallaba en una situación muy embarazosa porque había que aceptar que, por hermoso que el príncipe fuera a los ojos de las anguilas, habría asustado a cualquier muchacha, con esa cabeza de pez morena, con las manos como aletas y con ese largo cuerpo que brillaba a la luz del Sol mientras ondulaba sin cesar.
      -¡Esto no se quedará así! -gritó-. ¡Esa rapaza será castigada!
      Mientras el príncipe volvía a embarcar, Hina acosada por el miedo, escalaba una cuesta poblada de árboles, sin atreverse a volver la vista y convencida de que venían persiguiéndola. Corrió así hasta que llegó a la cima de la montaña, en donde cayó extenuada y perdió el conocimiento.
      Cuando despertó, estaba amaneciendo. Hina yacía en un lecho de hojas, al pie de un árbol, en el cual cantaban los pájaros. Junto a ella se hallaba sentado un anciano de barba blanca que estaba tocando una canción de cuna en un instrumento que tenía extraña forma. Al ver que ella abría los ojos, el anciano dejó de tocar y dijo con voz profunda y dulce:
      -No corres ningún peligro, Hina. Yo soy el Dios de la Montaña, y tú estás bajo mi protección. El príncipe de las anguilas no tendrá ninguna dificultad para encontrarte, pues tus cabellos son tan hermosos y sus reflejos son tan brillantes que su luz debe verse desde el océano; pero si viene a prenderte, yo te defenderé.
      Un poco más tranquila, Hina comió algunos frutos y se paseó por la floresta en compañía del anciano, quien llevaba al costado un largo sable de acero. Así pasaron algunas horas en la paz del inmenso bosque, en donde la brisa ligera que agitaba el follaje hacía revolotear sobre el musgo mariposas de luz del Sol. Luego, cuando se encontraban sentados en un tronco al borde del claro donde nacía un río, oyeron gruñir entre los matorrales.
      -Es él -dijo el Dios de la Montaña-. Ante todo, mantente siempre detrás de mi.
      Desenfundó su gran sable y se dirigió con paso firme al encuentro del príncipe, quien acababa de aparecer.
      -Vengo en busca de Hina -gritó el príncipe-. ¡Ella me pertenece!
      -Regresa al fondo del mar -respondió el dios-. Yo estoy en mi casa, y si tú osas aproximarte a esta niña, no vacilaré en golpearte.
      El príncipe sacó su espada, pero el viejo fue más rápido. Su hoja silbó en el aire y la cabeza del pez morena, cortada en seco, rodó por el suelo.
      No corrió una gota de sangre, y la cabeza desapareció en un hueco mientras que el cuerpo, retorciéndose, caía al río y era llevado hacia el mar. Cuando el anciano se aproximaba al hueco para echarle tierra, Hina oyó la voz del príncipe que decía:
      -Algún día, pequeña, cuando haya fuego en el cielo, tu y los tuyos vendréis a besarme en la boca.
      Hina quedó intrigada, pero el Dios de la Montaña la tranquilizó diciéndole que las cabezas de anguila, una vez cortadas, no sabían muy bien lo que estaban diciendo.
      El anciano echó tierra en el hueco e, inmediatamente, un árbol de una especie totalmente desconocida comenzó a crecer y, de un solo tirón, se abrió contra el cielo como un amplio parasol.
      Hina estaba realmente estupefacta, pero el anciano, que, como todos los dioses, había visto  muchas cosas, observó con calma:
      -Mira, e aquí un árbol de gran desarrollo. Me pregunto cómo vamos a llamarlo. Tendré que reflexionar con tranquilidad.
       Hina comprendió que el dios deseaba estar solo para dedicarse a su trabajo, y, como ya nada la amenazaba, regresó al pueblo. La cólera del padre era tan terrible que la hija comprendió que los dos ya no podrían vivir bajo el mismo techo.
       Se alejó del pueblo y estuvo trabajando de sirvienta hasta que conoció a un joven campesino. Se casaron y tuvieron dos hijos magníficos. Los niños debían tener cinco o seis años cuando llegó una gran sequía. Los ríos se agotaron; las fuentes dejaron de cantar; los pájaros desertaron para irse a lejanas islas y el fuego del cielo se hizo cada vez más ardiente. Como todas la madres, Hina estaba desesperada porque ya no tenía con qué dar de comer a sus hijos. Entonces pensó en el Dios de la Montaña y se dijo:  "Una vez me salvó; tal vez pueda ayudarme de nuevo".
       Acompañada de sus dos niños, tomó el camino de la montaña y encontró allí al dios sentado a la sombra del árbol que ambos habían visto brotar del hueco.
       -Tus hijos tienen mucha sed -dijo el anciano-, y esta fuente está seca. Sin embargo, les voy a dar de beber algo mucho mejor que el agua de las fuentes más puras.
       Levantando la cabeza, el dios gritó:
      -Coco, ¿quisieras, por favor, mandarme algo con qué quitarles la sed a esta mujer y a los niños?
      Desde lo alto del árbol, la voz gangosa de un papagayo respondió:
      -Ahí va, querido maestro, ¡ahí va, ahí va!
      Y tres frutos, que se parecían un poco a la nuez, pero que eran enormes, cayeron.
      El dios tomó uno y, mostrándoselo a Hina, le explicó:
      -Como ves, estos frutos tienen en la base tres manchas que se parecen aun poco a dos ojos y una boca. Con la punta de un cuchillo, voy a perforar la que parece una boca; debes pegar ahí los labios y aspirar.
      La joven bebió largo rato, mientras el dios preparaba los otros frutos para que los niños también calmaran su sed.
      Hina tenía tanta sed que sólo cuando hubo vaciado la nuez le vino a la memoria la predicción del príncipe de las anguilas. Quiso hablarle de esto al dios, pero desistió de hacerlo, un poco por la presencia de los niños. Además, en lo alto, un papagayo preguntaba a gritos:
      -Entonces, ¿les gustan los cocos?
      Pronto todos los niños de la isla vinieron a quitarse la sed bajo este árbol maravilloso, y se plantaron tantos cocoteros que en corto tiempo hubo cocos para todos los niños de Tahití.

---FIN---

7/23/2011

CÓMO SURGIERON LOS ÁRBOLES
Nueva Zelanda

      Al principio, el Padre Cielo y la Madre Tierra estaban cerca, muy cerca el uno de la otra, abrazados con gran, gran fuerza. Estaban tan cerca y tan fuertemente abrazados que sus hijos, que vivían entre ambos, apenas podían respirar. Desesperados, éstos de retorcieron, empujaron, presionaron y lucharon hasta que consiguieron que el cielo se despegase de la tierra y se alejase, elevándose hacia lo alto, arriba, muy arriba.
      Desde allí, el cielo miró hacia abajo y vio a su esposa, la tierra, libre, hermosa, marrón, suave... pero tan vacía y sola que se sintió avergonzado por haberla dejado detrás, totalmente desnuda.
      De modo que le confeccionó unos adornos mezclando luz y polvo, los enrolló para crear troncos y ramas y los curvó para dar lugar a las hojas y flores. Combinó el marrón con el rojo y el gris con el verde; algunas de sus creaciones se volvían rosas al florecer, otras eran plateadas y tenían forma de estrella, y otras poseían bayas de un negro azulado o frutos dorados. Distribuyó aquellas exquisitas joyas por toda la superficie de la tierra.
      El cielo se sintió feliz y orgullosa de sus joyas.
      Los adornos se sintieron orgullosos y felices de decorar el suelo.
      Hundieron sus troncos en la tierra y elevaron sus ramas hacia el cielo. Y así, erguidos, han permanecido hasta nuestros días.
      Y fue así, según cuentan, como surgieron los árboles.

---Fin---

2/09/2009

Cuento de Australia

.KOOBOO Y EL EUCALIPTO
Aborígenes de Australia


El eucalipto tiene una corteza grisácea con manchas marrones y unas hojas de color verde plateado que son como lenguas que no cesan de hablar cuando el viento las sacude. Crece junto a los lechos de los ríos y en las zonas despejadas de los montes de un antiguo país que queda mucho más al sur.
      En lo alto de un eucalipto, en sus ramas más elevadas, duerme Kooboo, el koa­la. Se despierta tarde, pasado el mediodía, sube un poco más, estira la mano para agarrar unas hojas, se las acerca a la boca y las mastica con parsimonia. Algunas veces desciende, da un paseo por el suelo cubierto de hojas y trepa a otro árbol hasta llegar a una altura en la que está a salvo.
      Pasa la mayor parte del tiempo sentado, masticando hojas de eucalipto, y nunca bebe nada. Entonces, ¿cómo sobrevive? Si de verdad quieres saberlo, escucha su his­toria.
      Kooboo era un niño que se quedó huérfano de pequeño y no había nadie que le cuidara. Sus familiares ni siquiera pensaban en alimentarlo, de modo que el pobre sólo podía comer hojas: las duras y aromáticas hojas de los eucaliptos. Pero la sed era peor que el hambre. Vivía en una zona árida, donde la gente preservaba el agua como un tesoro, en cubos de corteza, y sólo le dejaban beber un sorbo al día. Se pasaba el día mendigando agua. Pero, milagrosamente, consiguió sobrevivir.
      En las épocas de sequía, la gente salía a cazar y ocultaba los cubos de agua. Pero un día, cuando Kooboo vagaba por el pueblo lamentándose de sed y soledad, encontró los cubos de agua ocultos en el hueco de un eucalipto.
      —¡Qué suerte! —pensó. Y a continuación metió la cabeza en el cubo y bebió y bebió hasta que no pudo más—. ¡Qué maravilla! ¡Por fin he saciado mi sed!
      Entonces, ideó una estrategia que le permitiría guardar el agua para sí. Colgó los cubos en las ramas de un eucalipto joven. Luego, subió a lo alto del árbol, se sentó en una de las ramas y entonó una canción.
      Al árbol le gustó la magia de la canción de Kooboo, así que creció y creció para alejarle del suelo, a él y a los cubos, y no paró hasta conseguir ser el árbol más alto de todo el bosque. El joven sonrió y pensó: «Ahora no volveré a pasar sed nunca más».
      Aquella noche, los habitantes del poblado volvieron de cazar cansados y sedien­tos. Al no encontrar sus cubos de agua, se pusieron furiosos. Mientras buscaban el rastro del ladrón en la arena, una mujer alzó la vista y divisó a Kooboo en las ramas superiores de un enorme eucalipto, rodeado de cubos de agua.
      —Si no bajas inmediatamente esos cubos ¡te vas a meter en un aprieto! —amenazaron los hombres. Pero Kooboo se sentía a salvo en su refugio y no hizo caso.
      —Vosotros nunca me dejáis beber agua —gritó desafiante—. Ahora no podréis alcanzar vuestra propia agua.
      Al principio, nadie osaba escalar un árbol tan alto. Pero cuando los niños empe­zaron a llorar de sed, los más ancianos convencieron a los más jóvenes para que lo intentaran. Desde lo alto, Kooboo vio que dos jóvenes iniciaban el ascenso. Cuando habían llegado a la mitad del tronco, Kooboo partió una rama vieja y se la tiró a la cabeza. Los jóvenes se soltaron y cayeron al suelo.
      El muchacho repitió la hazaña varias veces, hasta que dos jóvenes curanderos idearon un plan más inteligente. Subieron girando alrededor del tronco. Así, cuan­do Kooboo les tiraba una rama, ésta no caía sobre ellos porque ya se encontraban en otro punto del tronco. Cuando se acercaron a Kooboo, éste empezó a gritar pre­so del miedo y a rogar que se apiadasen de él. Pero los curanderos no se compade­cieron del muchacho. Lo sacaron de su cómodo asiento en las ramas y lo tiraron al suelo.
      Sin embargo, en ese instante, el árbol le concedió a Kooboo una protección mágica, de tal forma que, al tocar su cuerpo el suelo, se transformó en un pequeño koala y se subió a otro árbol en cuestión de segundos.
      Así que Kooboo, el pequeño niño huérfano transformado en koala, vive desde ese día en un eucalipto.
Duerme durante todo el día y por las noches se cambia de rama y come hojas del árbol. El árbol lo cuida, le brinda una protección mágica y le proporciona todo lo que necesita. Dispone de un hogar seguro, le gusta comer hojas de eucalipto y ya no ha vuelto a tener que bajar para beber. Tal vez todavía le quede algo de aquellos cubos ocultos en el hueco de un eucalipto. Sea como sea, su nombre, «koala», significa ¡«el que nunca bebe agua»!

---Fin---