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2/18/2022

Mocán del Lomo del Cargadero, El Hierro, del cronista de Canarias

JUAN GUZMÁN OJEDA (Ing. téc. forestal)
El Mocán del Lomo del Cargadero

En la isla benjamina, la de los bimbaches, el tópico “el bosque es vida” fue siempre una realidad y es que los árboles, literalmente, han ejercido como destiladeras naturales para la subsistencia del herreño.

      Pese a su tamaño, la menor de nuestras islas tiene mucho que aportar a la biodiversidad forestal, además de sus pinos únicos y de sus fantásticas sabinas con portes eólicos. El Hierro también alberga las mejores muestras de formaciones termófilas con participación de mocán (Visnea mocanera). El hecho de que los frutos de esta especie sean comestibles ha llegado a que se diferencie, dentro del rico léxico rural herreño, entre la mocanera con yoyas [voz aborigen en el habla canaria: fruto de la mocanera] grandes y jugosas y el mocanero de frutos pequeños o “cumpliditos”, según me informó Marcos Barrera (un sabio de la tierra de Frontera).
     Entre los ejemplares con nombre y leyenda propia destacan los tres que podemos encontrar junto al sendero de Jinama: el Mocán de La Sombra, el Mocán de los Cochinos y el Mocán de las Lecheras. Desplazándonos más hacia el oeste, sobre el semicírculo de El Golfo y junto a una senda que ya hoy “no lleva a ninguna parte”, a la cota de 767 metros, aún se erige el asombroso Mocán del Lomo del Cargadero.  

Curvas imposibles y ramas zigzagueantes y tortuosas
     
Una característica común que llama la atención al observar mocanes añejos es, sobre todo, su extravagante aspecto si lo comparamos con la mayoría de árboles. El viejo mocán no destaca por alcanzar una gran altura, pero sí por exhibir un tronco muy grueso con incontables pliegues, arrugas hinchadas, curvas imposibles y ramas zigzagueantes y tortuosas. A mi parecer, estos colosos parecen haberse escapado de la fantasía épica y creativa de JR Tolkien. El Mocán del Lomo del Cargadero presenta, cómo no, estas características y se localiza en un apacible paraje (27º 44´28″ N y 18º 02´28´´ W), junto a un claro en el bosque que ocupa una pequeña pradera, desde donde la vista alcanza a ver el mar rompiendo en los roques de Salmor.
     Aunque su altura rondará los 18 metros, se trata de un ejemplar difícil de fotografiar ya que es precisamente en su base y bajo dosel donde podemos apreciar su particular estructura. Por otro lado, la abundancia de brotes  basales (o chupones) oculta la parte baja del mismo. Sin duda es la estrategia de reproducción vegetativa, por emisión de brotes de cepa, la que ha permitido prolongar la vida de este individuo.

Chamizo para el pastor
     
El diámetro de este árbol es tan enorme que “¡dentro cabe un coche!”, tal y como me expresó el buen Olegario, quien hiciera las veces de presentador entre el árbol y yo. Lo cierto es que así puede ser, ya que su interior se encuentra completamente ahuecado y vacío. La cara sur del árbol ya no existe y la pared de la cara este presenta un gran hueco triangular que se encuentra engorado con piedras. Probablemente estas piedras cumplieran la función de cerrar el recinto para guardar el rebaño, ya que hacia el suroeste también se observa la construcción cercana de un pequeño murete.
     La forma geométrica de esta construcción parece intuir la instalación histórica de un chamizo para que el pastor pasara la noche al lado de su rebaño. Pero además este simpar individuo luce un detalle morfológico claramente significativo: el espectacular quiebro que realiza una de sus retorcidas ramas bajas, simulando desafiar la ley de la gravedad a poca altura del suelo. El engrosamiento en este cambio brusco de ángulo de crecimiento es tal que llega a crearse un efecto óptico de mágica columna flotante.
      Antaño, tal y como indica la toponimia, visitar esta zona era sinónimo de aprovechamiento del monte. Hoy en día merecería la pena recuperar el camino y promover un encuentro parar reforzar el vínculo, el respeto y la admiración por el arte puro y natural a través de la contemplación del soberbio Mocán del Lomo del Cargadero.

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1/10/2022

El aderno de Los Chorros de Epina, del cronista de Canarias

JUAN GUZMAN OJEDA
, Ing. téc. forestal
El legendario aderno de Los Chorros de Epina

Sin hojas en 2014

      Y cierto es que junto al sendero hacia Arure (GR-132) se localiza un viejo aderno (28º 09´48´´ N y 17º 17´ 53´´ W), apenas a 200 metros antes de llegar a oír el borboteo de la fuente. Debemos lamentar que tras la visita realizada en fechas recientes [31 enero 2014], el ejemplar en cuestión no exhibía ninguna hoja y esta especie no es precisamente caduca. Este ejemplar singular que, supuestamente, enlazaría con la cultura oral, probablemente pereciera durante el pasado año. A juzgar por su aspecto, durante su etapa juvenil debió ser víctima de un importante movimiento de tierra o bien puede que viviera subyugado a la sombra de otro gran árbol ya que su tronco, de apenas 6 metros de largo, se encuentra prácticamente horizontal al camino, creciendo desde la pendiente hacia el vacío.
      Ahora, su tortuoso esqueleto vegetal, de más de un metro de diámetro, se encuentra abierto y desgarrado por el paso de los incontables años, sirviendo a modo de gran macetero proporcionando sustrato y soporte a musgos, helechos, líquenes y pequeñas crasas rupícolas.  

Desmitificando su soledad
      Pese a que algunos textos científicos atribuyen la capacidad de esta mirsinácea para emitir brotes de raíz (o geneta), como hace su pariente el marmulán (Sideroxylon canariensis), por nuestra parte no se ha podido advertir la presencia de los mismos, circunstancia que frena la regeneración natural de este individuo en particular. No obstante los guías del Parque Nacional de Garajonay nos confirman la presencia de otros adernos en la zona, desmitificando la creencia popular sobre la solitaria existencia de este árbol en toda la isla.
      Claro está que la causa de la muerte de este ejemplar no debieron de ser las hojas que, como pruebas de fe, les iba regalando a las pobres esclavas del agua que además, a buen seguro, arriesgarían su propia vida para llegar a alcanzarlas. Como recoge José Perera, alguna había más avispada que venía con la hojita del árbol pero con la talla vacía, llenándola en el barranco de Macayo, ya cerca de la entrada a la pedanía urbana de Vallehermoso.

     Y no queremos terminar sin añadir que mientras la bruma siga acariciando y jugando con el monteverde gomero, continuarán manando “las canales” de la fuente para mantener viva tanto la leyenda del único aderno como el sabor también único de la fresca e incomparable agua del monte.

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 César-Javier Palacios también nos habla aquí de este aderno

11/22/2021

Garoé, el árbol de la vida, del cronista de Canarias

JUAN GUZMÁN OJEDA
El sustituto de un tótem-maravilla, llamado Garoé

Cuánta razón tiene la teoría clásica que defiende que el valor de un bien depende tanto y más de sus circunstancias, que de su composición. Así es como, en pleno desierto, el diamante más grande resultará siempre objeto de trueque por una cantidad de agua proporcional a la sed y resistencia de su poseedor. El Hierro es la única isla canaria donde no existen afloramientos naturales de agua, y por ende la única isla en la que la muerte por deshidratación pudo llegar a ser una triste realidad para los bimbaches. Para contrarrestar fatales desenlaces, la cubierta arbolada –secuestrando sutilmente la humedad de las nubes– supo abastecer perfectamente esta necesidad básica.

     Mediante la minuciosa observación de los ciclos naturales, la cultura nativa ingenió diversas técnicas para poder almacenar el líquido elemento. Sin ir más lejos, los guásimos o guárzamos eran pequeñas hoquedades labradas en la propia madera o al pie de ejemplares alineados con el alisio. Estas miniestructuras se repartían por familias, las cuales aprovechaban, limpiaban y custodiaban, hasta el punto de que un mal cuidado podía suponer la retirada de los derechos por parte de los consejos bimbache.
      Pero el más conocidos que los guásimos fue el Garoé, leyenda y realidad de un árbol sinónimo de vida y salud para los pobladores prehispánicos. Aunque el verdadero Garoé cayera derribado en 1610, mucho antes de que se estudiara la botánica forestal canaria, lo cierto es que se sabe con certeza que fue un vigoroso ejemplar de til (Ocotea foetens), el árbol de los ambientes más umbríos y frescos de la laurisilva. La razón de este hallazgo se explica gracias a un detallado grabado, realizado por el historiador Leonardo Torriani a finales del siglo XV, así como a la descripción de Abreu y Galindo sobre sus bellotas de sabor amargo. Ciertamente, en la naturaleza canaria sólo los frutos del til resultan comparables a los del género Quercus.
      Por supuesto, este árbol no tenía ningún carácter milagroso, siempre que no consideremos mágico el propio funcionamiento del monteverde como ecosistema zonal. Fue siempre la especial ubicación de este árbol, a las faldas del volcán Ventejís, la que sirvió para atrapar el máximo del agua suspendida en forma de nubes alísicas. De esta circunstancia tomaron buena nota los bimbaches y por esa razón labraron huecos y albercas junto a la coordenada 27º 47´45´´N y 17º 56´ 31´´W, donde habitara el mítico árbol que poco a poco fuera pasando de la necesidad a la santidad.
     Se dice que el Garoé medía aproximadamente 15 metros y que su diámetro era de 5 metros, probablemente formado por varios chupones engrosados. Con tal diámetro y escasa altura, para ser un til tan desarrollado, su copa debió ser inmensa, ocupando a modo de gran embudo todo el espacio del anfiteatro o frontón que se construyó alrededor de su base.
      Las hojas del Garoé besaron el suelo 205 años después de que la isla fuera conquistada. Ya no era necesario recurrir a sus dádivas, sobre todo durante los calurosos veranos. El lugar que con tanto recelo fue ocultado a los conquistadores permaneció en el olvido durante exactamente 338 años, aunque no así en la cultura y en la literatura que mejor ha identificado a la isla herreña.
      Se dice que el anterior dueño del terreno, que finalmente fuera adquirido por el Cabildo Insular, llegó a plantar allí un ejemplar de castaño (Castanea sativa), pero que apenas creció, circunstancia seguramente achacable al exceso de humedad. En plena Guerra Civil Española, el ingeniero de Caminos Simón Benítez, de ascendencia herreña, remitió a la isla unos pocos ejemplares de tiles procedentes de Moya (Gran Canaria). La falta de cuidados culturales impidieron la supervivencia de estos individuos. Más tarde, en 1948, coincidiendo ya con la inflexión entre explotación y recuperación del monte canario, un ejemplar de til procedente de Anaga (Tenerife), acabó plantándose en este enclave. En dicha empresa fue de destacar la decidida labor del noble guarda forestal local de nombre Zósimo Hernández.
      Y allí ha prosperado este digno sustituto del tótem-maravilla, para rememorar la relación hombre-bosque más estrecha que jamás ha existido en Canarias. Cuando la niebla lo permite, podemos observar cómo tiene una altura que ronda los 11 metros y un perímetro de tronco de un metro. El ejemplar se ramifica sobre los dos metros, presentando una ligera inclinación hacia el viento dominante. Su corteza se encuentra alfombrada con frescos y esponjosos musgos y líquenes, que canalizan las microgotitas hasta el suelo.
     Actualmente el entorno cumple una importante función de uso público e histórico, siendo el único árbol canario que cuenta con visita certificada. El abrazo forestal, suave, vaporoso y húmedo, constituye un impulso frecuente entre los visitantes. Quién sabe si alguna vez la propia joven Argafa también se abrazó al Garoé, mezclando sus> lágrimas con las gotitas destiladas, mientras suplicaba perdón por haber desvelado el secreto mejor guardado del pueblo bimbache.
 
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8/06/2019

Leyenda del Aderno

CÉSAR-JAVIER PALACIOS
Redescubierto en La Gomera el árbol de las brujas de alcurnia (enero 2013)

     De todas maneras hay que aclarar que no existe un único ejemplar de aderno en La Gomera. Hay bastantes, pero son muy raros. La tradición oral sin embargo lo hizo único, señalando las hojas de este árbol, que se retuercen de una forma muy peculiar, como algo imposible de falsificar. De ahí la leyenda
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11/18/2018

El gran madroño de Tenerife, del cronista de Canarias

JUAN GUZMÁN OJEDA, Ing. Técn. Forestal
El centenario y recóndito madroño de la Fajana de Ruiz

La estrella invitada de este artículo supone un recorrido por un paisaje forestal envolvente...

Quizás 17 metros no sean mucho para un árbol, pero en el caso del madroño posiblemente sea su máxima altura posible.
Aunque la mitología clásica concediera a las “manzanas de oro” de nuestro madroño (Arbutus canariensis) propiedades inmortales, lo cierto es que, lejos de estas supuestas virtudes o divinidades, debió haberle otorgado un título nobiliario a su seductora belleza.
     El madroño es el árbol que termina de enganchar a aquellos que comienzan a estudiar y descubrir a los habitantes de los bosques canarios. Este elemento de la laurisilva y del pinar húmedo se deja reconocer por dos caracteres diferenciales: su corteza y sus frutos. Podemos detectarlo mediante suaves caricias, ya que su corteza es sedosa y lisa, desprendiéndose periódicamente a modo de pergaminos. Esta corteza y sus irisados colores verdoso-anaranjados resaltan especialmente cuando los troncos se empapan del rocío horizontal. Mención aparte merecen sus flores acampanadas y de color asalmonado, que más tarde derivan en vistosos frutos comestibles de color mandarina, que cuelgan en cortos racimos.
     Los madroños salvajes, casi por casualidad, suelen estar asociados con algunas de las ubicaciones más especiales del verde canario: dígase el Espigón Atravesado en El Canal y Los Tiles (La Palma), el barranco Oscuro que nace en Tamadaba (Gran Canaria), o bosquetes termófilos como el de La Furnia de Icod (Tenerife). Como no podía ser menos, la visita a la estrella invitada de este artículo supone también un recorrido por un paisaje forestal envolvente.
     El ilustre Madroño de La Fajana de Ruiz se localiza (28º 22´ 21,45 ¨ N y 16º 37´ 27,76¨ W) en el límite oeste del municipio tinerfeño de Los Realejos, muy cerca del cauce del barranco del mismo nombre. Para poder visitarlo debemos sumergirnos en esta encajonada rambla, junto a la que discurre uno de los senderos más visitados del norte insular. En todo caso, el mayor ejemplar de madroño canario no se encuentra junto a la senda, por lo que la mayor parte de los senderistas suelen pasar muy cerca sin llegar a advertirlo. Y es que este notorio ejemplar forma parte del bosquecillo que ha reconquistado las huertas de cultivo. En su día, hará ya casi un siglo, seguramente era el único árbol divisable entre las terrazas agrícolas del lugar.

Floresta en ebullición
     El entorno de la Fajana de Ruiz resulta cautivador. A la floresta en ebullición, hay que sumarle la espectacular geología vertical y el valor etnográfico que nos transmite el antiguo patrimonio rural. Si nos paramos frente a la Casa de La Fajana, poco a poco engullida por la vegetación, un leve esfuerzo imaginativo puede darnos idea de la dureza y autenticidad de la antigua vida agraria, a buen seguro llena de mil historias jamás relatadas.
     La biodiversidad de este enclave es tan elevada que le ha merecido su declaración como Sitio de Interés Científico, una tipología de espacio natural que invita al descubrimiento de nuevas especies. En el bosquecillo que oculta a este titán de tersa piel dominan, entre otras, especies de laurisilva como el laurel (Laurus novocanariensis) y el paloblanco (Picconia excelsa) atípicamente muy abundante en esta zona.
     Si vamos descendiendo seguro que nos sorprenderá una curva algo diferente (casi sacada de un capítulo de las aventuras Astérix y Obélix), en la que domina un gran castaño con una gran mesa de piedra cerca de su base. Al poco dejaremos la Casa de La Fajana a nuestra derecha y luego el sendero emprende una larga recta en bajada. A unos 100 metros de la casa y más o menos en la posición geográfica 28º 22´ 41,23¨ N y 16º 37´ 28,42¨ W torcemos a la derecha por una estrecha vereda entre bancales, hasta encontrarnos de frente, a unos 50 metros bajo el dosel arbóreo, con nuestro madroño.
     Este es el camino más sencillo, aunque recuerdo que cuando fui a verlo con mi buen amigo Pascual ambos tiramos bosque a través, desde la curva del gran castaño, sorteando la maleza y avanzando como podíamos con una mezcla de nerviosismo y certeza, pues sabíamos que, más tarde o más temprano, nos toparíamos con este soberbio ejemplar. Y así fue como pudimos contemplar esta obra de arte natural, con sus tres gruesos y tersos troncos principales que arrancan de una gran base que abarca los cinco metros de perímetro. Quizás 17 metros de altura no sean mucho para un árbol, pero en el caso del madroño posiblemente sea su máxima altura posible. Al igual que ocurre con otros árboles centenarios, su dimensión y edad hace que no se identifique fielmente con los típicos madroños que estamos más acostumbrados a observar.

¿Qué lo libró del hacha?
     En nuestra vuelta a la civilización nos preguntamos cuál pudo ser la razón que libró a este árbol del hacha, concluyendo que quizás fuera una mezcla del rico sabor de sus frutos, las inestimables propiedades medicinales y, cómo no, el magnífico porte que provocó el respeto por parte de los lugareños. En todo caso Arbutus canariensis es un pariente muy cercano al madroño europeo (Arbutus unedo) y seguramente las primeras poblaciones hispánicas ya se percataron de este parecido, suponiéndole usos similares. Los azúcares del fruto de los madroños al fermentar producen alcoholes naturales. Por eso, su consumo excesivo llega a causar embriaguez, de ahí el apellido científico unedo que apunta el consejo de consumir uno sólo. En Asturias incluso se le conoce con el nombre vulgar de “borrachín”.
     Quizás los frutos de este madroño nos queden demasiado altos para poder disfrutar de sus relajantes que no inmortales propiedades. Lo que sí resulta de claridad meridiana es que todo aquel que lo visite inscribirá un nuevo y agradable recuerdo en su particular admiración y memoria por los seres vegetales más extraordinarios.

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9/28/2018

Dr. JORGE V. PÉREZ Y VENTOSO
Demostración científica de cómo el arbolado precipita el agua de las neblinas en sitios adecuados

Año XV, nº66, mayo de 1930, en Rincones del Atlántico


Jardín Botánico de Kirstenbosch, Ciudad del Cabo

      Es bien sabido que la célebre montaña situada a cosa de mil metros de altitud al Sur y dominando la Ciudad del Cabo de Buena Esperanza, forma una meseta sobre la cual se condensan los vientos marinos, que allí soplan desde el S. E., y que éstos prevalecen con más rigor durante los meses de verano que en los de invierno. La neblina que sobre ella se deposita se compara por los viajeros a un mantel que cubre la mesa de la citada montaña.
     Hace pocos años se le ocurrió al Dr. Marloth hacer experimentos tan sencillos como luminosos, que consistieron en colocar dos pluviómetros en los parajes donde se produce la neblina antes mencionada; el uno de forma usual y el otro conteniendo unas veinte varillas o cañitas, de unos treinta centímetros de altura, reunidas hacia ambos extremos por medio de una tela metálica. Resultó que en el pluviómetro ordinario no se recogió agua alguna desde el 21 de Diciembre de 1902 hasta el primero de Enero de 1903; mas en el que estaban las varillas se precipitaron unos 375 milímetros de agua; el total de la recogida hasta el 15 de Febrero en el primer aparato fue solamente de 125 milímetros, mientras que la medida en el segundo ascendió a la increíble de unos dos metros.
      Téngase en cuenta que estos meses corresponden al verano en aquella latitud y que no llueve casi nada en esa época; aunque, como antes se dijo, las brisas marinas soplan entonces con mayor fuerza y se condensan mucho más la neblina alrededor de la Montaña de la Mesa (Table-mountain).
     Estas experiencias del Dr. Marloth fueron publicadas en las Transnaction of the south african phisosphical society; volúmenes XIV y XVI, y Mr. Braine alude a ellas en su folleto titulado Influencia de los montes sobre el surtido natural de las aguas.
Ciudad del Cabo
     En Canarias, los vientos alisios o del N. E., producen un fenómeno enteramente análogo durante los meses secos del verano, cuando no llueve, condensándose la neblina sobre nuestras altas montañas a partir de unos 800 metros aproximadamente hasta cosa de 1.500. A esta altura es precisamente donde prosperan los preciosos árboles del monte verde de la flora atlántica de las Islas Canarias, y entre ellas el Til que es una de las cuatro especies de lauráceas de nuestros montes, caracterizado entre otras cosas, por la forma de sus bayas, que recuerdan las bellotas de las encinas. El famoso Garoé o Arbol Santo de la Isla del Hierro, era indudablemente un Til que crecía en un alto cabezo de la misma, donde se condensan los vientos alisios en forma de neblina, y era tanta el agua que se reunía bajo este frondoso árbol histórico, que por medio de depósitos hechos a su pie surtían del agua necesaria para beber sus pobres habitantes, por no existir fuentes.
     Todo el que haya atravesado la región de la bruma en los pocos sitios de Canarias que aún se hallan poblados por nuestros árboles de fama universal, no puede dudar de que donde crece el arbolado moja la tierra. Comparando el terreno con otros contiguos, hoy desgraciadamente desprovistos de árboles por el hacha del leñador, la explicación no puede ser más clara, cuando se han leído los asombrosos resultados obtenidos por el Dr. Marloth con sus pluviómetros, de los cuales uno representa el arbolado. Así se comprende fácilmente, que no se trata de ningún milagro lo que nos relatan todos los historiadores fidedignos del Árbol Santo del Hierro; era que este afamado Til crecía a una altura en aquella isla donde se condensa la humedad que llevan los vientos alisios en forma de neblina ya que el arbolado tiene la virtud y el poder de precipitar el benéfico fluido, aun durante el verano, cuando no llueve. En estas mismísimas condiciones, en el Cabo de Buena Esperanza alcanzó durante menos de dos meses el agua precipitada de la neblina la fabulosa suma de dos metros en el pluviómetro ideado para imitar al arbolado, y que nos hace comprender perfectamente y de un modo científico, lo que nos dice la historia del Árbol Santo. Este hecho no debiera jamás olvidarse en la campaña que sostienen los Amigos de los Árboles, y se impone cubrir de arbolado todas aquellas alturas donde se sabe que se condensan las nubes, para así aprovechar el agua que contienen, y que de otro modo se pierde. ¡Cuántos sitios en condiciones análogas existirán en la Península Ibérica! 
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El Archipiélago Canario formando el frente contra el que chocan las nubes de los vientos aliseos cargados de humedad...

Extracto del Tercer inventario Forestal Nacional 1997-2007...
     "Este tipo de precipitación “silenciosa”, y difícil de calcular, se produce como consecuencia del contacto del manto de estratocúmulos con la vegetación que ocasiona la condensación y lenta precipitación de la humedad acumulada en el manto de estratocúmulos. El choque continuo de la capa de estratocúmulos en las fachadas norte y nordeste de las islas de mayor relieve es, junto a la presencia de plantas de hojas anchas y escoriáceas características de la laurisilva, lo que explica la condensación de gotas de agua en las hojas de los árboles y, en general, en cualquier obstáculo que acabará completamente mojado y goteando agua. El efecto de dicho mecanismo de precipitación es considerable y supone un notable incremento del aporte de agua. Mediciones efectuadas en el interior de zonas boscosas hacen aumentar los registros realizados con pluviómetros al aire libre de 865 milímetros a 2.724 milímetros. Pero por sí sola, la precipitación horizontal produce captaciones de 62,5 l / m2 en un día y, al mes, de 998,2 l/m2 (Marzo, 2005). La importancia de esta condensación es mayor conforme el movimiento de aire es más fuerte, especialmente en los pinares que poseen una estructura abierta. En un ejemplo extremo se registraron 5.090 milímetros de precipitación en un pinar de Tenerife, por apenas 650 milímetros en un claro cercano (Ceballos y Ortuño, 1951)."
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