lunes, 11 de diciembre de 2017

TERESA GUERRERO
Hallan en la Antártida fragmentos de 13 árboles de hace 260 millones de años



Erik Gulbranson, geólogo, posa con fragmentos de árboles U
     La Antártida conserva todavía zonas vírgenes que siguen dando sorpresas como la que se llevaron Erik Gulbranson y sus colegas. Estos geólogos de la Universidad de Wisconsin-Milwaukee, en EEUU, aprovecharon el pasado verano en el continente helado -de noviembre de 2016 a enero de 2017- para ascender al Promontorio McIntyre, en las Montañas Transantárticas. Allí se encontraron con los restos de árboles que florecieron hace 260 millones de años, es decir, son anteriores incluso a los dinosaurios.
     En concreto, hallaron fragmentos de 13 ejemplares que, según Gulbranson, formaban parte de un bosque que debió ser bastante distinto a los que existen en la actualidad en otras zonas del planeta. Durante el periodo Pérmico, que acabó hace 251 millones de años con una gran extinción que se llevó por delante al 90% de las especies, los bosques estaban formados por diferentes tipos de plantas y árboles. "Lo más sorprendente de nuestra investigación es que el patrón de vegetación, es decir, los tipos de plantas que crecían juntas, variaban a lo largo del continente. También cambiaba la densidad de los bosques", explica Gulbranson a este diario.
     La expedición estaba compuesta por cuatro geólogos y un montañero. "Acampamos en el glaciar Shackleton y exploramos las montañas de los alrededores en avión", recuerda. La principal razón por la que acabaron yendo al Promontorio McIntyre fue porque los otros lugares que habían seleccionado "resultaban inaccesibles debido a los vientos extremadamente fuertes, a veces de 40 nudos (74 kilómetros por hora) y a las malas condiciones para aterrizar".
     Según el geólogo, los 13 árboles pertenecen al mismo género, pero podrían ser de varias especies. "Estos árboles tenían que ser capaces de sobrevivir y florecer en una gran variedad de condiciones", dice Gulbranson. Y es que, aunque durante ese periodo la Antártida "era más húmeda y cálida que ahora", habrían tenido que soportar la oscuridad total durante los cuatro meses del invierno y la luz perpetua durante otros cuatro o cinco meses.
     "Probablemente, la Antártida se parecía entonces a la actual Siberia y a la taiga (el bosque boreal) del hemisferio norte. Grandes sistemas fluviales cruzan el continente y sabemos que también allí había grandes lagos", recrea.
     "Es probable que hubiera nieve durante el invierno austral pero que se derritiera durante el verano", señala el paleoecólogo, que en enero regresará a la Antártida para investigar cómo y por qué cambió el clima, causando esa gran extinción.

Extinción masiva
     Una de las teorías más aceptadas para explicar la desaparición de tantas especies sostiene que se produjo un gran incremento de gases de efecto de invernadero en la atmósfera, como metano y dióxido de carbono, que habría desencadenado una extinción masiva de animales y plantas. Los científicos especulan con que toneladas y toneladas de gases de efecto invernadero habrían sido emitidas a la atmósfera durante las erupciones volcánicas que tuvieron lugar en Siberia en el transcurso de 200.000 años.
     Cuando el bosque del que ahora han encontrado restos fosilizados estaba en su plenitud, hace 260 millones de años, la superficie terrestre estaba agrupada en dos enormes continentes, uno en el norte y otro en el sur. La Antártida formaba parte de Gondwana, el bloque continental que se expandía por el Hemisferio Sur y que incluía los territorios que hoy ocupan Sudámerica, África, India y la Península Arábiga.



Huellas de vida antigua
     Hace más de un siglo que se descubrieron los primeros fósiles en la Antártida. Durante la expedición al Polo Sur realizada entre 1910 y 1912 por el británico Robert Falcon Scott (1868-1912) se encontraron algunos de ellos. Scott y sus colegas fueron hallados congelados en su tienda, pero antes de morir habían logrado reunir unos 18 kilos de rocas fosilizadas que contenían plantas con semillas.
     Las misiones modernas también han ido poco a poco recolectando pruebas de la fauna y flora que vivió en esta remota región del planeta en el pasado. Una colección que tiene ya cientos de fósiles que prueban que fue un territorio propicio para la vida. Por ejemplo, en 2006 un equipo argentino encontró el esqueleto completo de un plesiosaurio, un reptil marino de 1,5 metros que se extinguió hace unos 65 millones de años. Los científicos creen que el animal vivía en un océano mucho más cálido que ahora y murió hace 70 millones de años, posiblemente como consecuencia de una erupción volcánica. También se han encontrado fósiles de aves de la misma época. Jane Francis, de la Universidad de Leeds, ha hecho más de una decena de expediciones a la Antártida, donde ha encontrado restos de los últimos árboles que poblaron el continente (con una antigüedad de unos tres millones de años) antes de que quedara totalmente helado. En los años 90, se encontraron en la Antártida los primeros fósiles de dinosaurio.  Cryolophosaurus ellioti o Glacialisaurus hammeri son algunas de las especies que poblaron la Antártida.
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sábado, 9 de diciembre de 2017

JOSÉ L. ÁLVAREZ
Árboles luminosos para sustituir las farolas en las calles de las ciudades


     Cuenta la mitología budista que un día, alrededor del siglo V antes de nuestra era, Sidarta Gautama se sentó bajo una higuera una noche de luna llena y prometió no levantarse hasta alcanzar el Nirvana. Permaneció en la misma postura durante 49 días con sus noches. Cuando abrió los ojos se había convertido en un iluminado (un buda) y estaba tan agradecido a aquel “ficus religiosa” por haberle dado cobijo que permaneció una semana entera mirando sus ramas en señal de respeto y admiración. En el caso del Buda la luz llegó de su interior -una iluminación metafórica- pero Antony Evans, fundador de Glowing Plants, quiere que esa luz tenga una dimensión física y que provenga de las plantas.
     La idea de conseguir que algunas especies vegetales brillen en la oscuridad no es nueva. En los años 80 ya se consiguió al introducir encimas luciferinas provenientes de luciérnagas en algunas plantas. Los resultados, aunque llamativos, fueron modestos: había que fotografiar a la planta con una exposición de ocho horas para apreciar una tenue luminiscencia. Más adelante, en 2010, investigadores de la universidad Stony Brook modificaron genéticamente una planta de tabaco al transplantarle algunos genes de una bacteria marina productora de luciferina. Lo novedoso en el proyecto que lidera Evans es que diseñan las secuencias de ADN en un ordenador con un software especial, y después lo imprimen para inyectarlo con una pistola de genes.
     Cualquiera puede conseguir una de estas semillas milagrosas a través de la web de Glowing Plants y hacer crecer una planta luminosa en casa. Incluso, si se atreve, probar sus propios experimentos, puesto que el ADN creado es de código abierto y, por lo tanto, modificable. Antony Evans y sus socios insisten en que su proyecto es la solución a un mundo que consume recursos de forma enloquecida, lo que llevará a quebrar los límites del planeta. La propia Naturaleza, afirman, tiene la respuesta a través de la bioluminiscencia, puesto que es una energía limpia, renovable y sostenible. “Estamos, afirma Evans, entrando en una era en la que diseñar un organismo biológico será tan fácil como diseñar una aplicación móvil” por eso confía en que sus plantas podrán, en pocos años, servir para eliminar las farolas en las ciudades y sustituirlas por árboles luminosos.
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jueves, 7 de diciembre de 2017

DIEGO LÓPEZ GIMÉNEZ
Árboles asombrosos de la Comunidad Valenciana
Yo no lo he visto todavía, no tengo criterio para decir si hay algo nuevo bajo el sol, es una repeticón o una puesta al día. Veo en el índice que faltan algunos árboles muy importantes...


Resumen de la contraportada:
Diego López es un investigador y documentalista, titulado en la Universitat de València, especialista en organización del conocimiento, autor del libro “Sobrevivir al cambio climático” (Editorial Ecohabitar) y del blog “Valencia en verde” y de la página “Jardines y otros paisajes valencianos“. Ahora publica un nuevo libro dedicado al turismo de árboles monumentales por la Comunitat Valenciana.
Fotos, mapas, rutas, datos útiles, nos permitirán conocer y nos guiarán hacia tesoros de la naturaleza, visitaremos unas fascinantes criaturas sintientes de nuestro rico patrimonio natural, prodigios entre sus respectivas especies y supervivientes natos, pues en el siglo XX desapareció más del 80% de los árboles singulares y los bosques maduros en España. Además, practicaremos el saludable arte de caminar, reconocida actividad de inspiración para grandes pensadores y de múltiples beneficios para mente y cuerpo como la ciencia ha demostrado y que en este libro resaltaremos.


Índice de árboles
Acacias de la Fuente de los 50 Caños en Segorbe
Almez del Jardí Botànic, Valencia
Araucaria de la Vila de Sant Josep en Burjassot
Araucaria de Oliva
Araucarias de Cullera
Árboles de la Glorieta (Jardín Botánico Pau) en Segorbe
Carrasca de Culla
Carrasca de La Glorieta en Valencia
Carrasca de la Umbría Pequeña en Puebla de San Miguel
Casuarina del Jardí Botànic, Valencia
Ciprés del Himalaya en Jardí Botànic, Valencia
El Abuelo en Cortes de Arenoso
Eucalipto de la Rana en Gata de Gorgos
Eucalipto rojo del Jardín de Ayora en Valencia
Eucalipto rojo de Poble Nou en Valencia
Eucaliptos del Palmeral en Orihuela
Ficus de Benalúa de Alicante
Ficus de les Corts en Valencia
Ficus de La Glorieta en Valencia
Ficus de la Gran Vía Marqués del Turia en Valencia
Ficus de l’Hort de les Camèlies en Valencia
Ficus Masía de la Pelosa en Bétera
Ficus del Parterre en Valencia
Ficus del Passeig de Canalejas de Alicante
Ficus de la Plaza de la Legión Española en Valencia
Ficus de Villa Elisa en Benicàssim
Garrofera dels Carlistes en Chiva
Garrofera de Covatilles en Chiva
Garrofera de la Venta en Chiva
Higueras de la Casa de Miguel Hernández en Orihuela
La Juana en Alpuente
La Lloca en Canals
La Morruda en Segorbe
Lledoner del Bassó en Bétera
Madroño de Buñol
Magnolia del Hort de Carreres en Carcaixent
Naranjo bicentenario en Hort de Carreres de Carcaixent
Olivera del Camí de Gausa en Sagunt
Olivera Grossa de Villajoyosa
Olivera de Vinambrós en Vall d’ Uixó
Olivo del Parc de les Catalinetes de Vinaròs
Olivo del Parque de Marxalenes en Valencia
Olivo del Parque de la Rambleta en Valencia
Olivo Espinós de Sant Joan d´Alacant
Olivos milenarios de Artana
Olivos milenarios de Canet lo Roig
Olivos milenarios de Sant Jordi
Olmo del Cáucaso en Jardí Botànic, Valencia
Olmo de Navajas
Palmera canaria de Gran Via Marqués del Turia en Valencia
Palmera del Colegio de Santo Domingo en Orihuela
Palmera datilera del Jardín Botànic, Valencia
Palmera Imperial de Elx
Palmera del Molí de la Sal en Burjassot
Palmera del palacio de Pineda en Valencia
Palmeras en Gandía
Palmeras de la Glorieta en Orihuela
Palmeras de la Plaza de Santa Lucía en Orihuela
Peloteros de Jérica
Pino de la Balsa de la Dehesa en Soneja
Pino de la Bassa en Serra (muerto)
Pino de Can Calet en Valencia
Pino de la Cañada Barriga en Titaguas
Pino Dos Hermanos en Villargordo del Cabriel
Pino de las Fuentecillas en Utiel
Pino del Mas de Porxinos en Ribarroja del Turia
Pino Rebollón en Aras de los Olmos
Pi del Salt en Náquera
Pi Verot en Valencia
Plátano de Biar
Plátanos del Jardín Botánico, Valencia
Plátano del Mas de Traver en Ribarroja del Turia
Plátano de sombra de la FEVE de Carcaixent
Podocarpo de hoja de adelfa en Jardí Botànic, Valencia
Roble de Hartwiss del Jardí Botànic, Valencia
Roble de la Molinera en Ayora
Roble de bellotas grandes del Jardín Botánico, Valencia
Roble valenciano de Cavanillas en Serra d´En Galcerán
Roure Gros en Ares del Maestrat
Roure Roquisar en Ares del Maestrat
Sabina de Alcotillas en El Toro
Sabina de la Umbría de Miranda en Puebla de San Miguel
Sabina del Corral del Maderero en Puebla de San Miguel
Sabinas de la Rambla Castellar en Puebla de San Miguel
Sabinas Las Blancas en Puebla de San Miguel
Surera del Palomar en Aín
Tejos de Agres
Washingtònia de l’Albereda en Valencia

Índice de localidades
Agres
Aín
Alicante
Alpuente
Aras de los Olmos
Ares del Maestrat
Artana
Ayora
Benicàssim
Bétera
Biar
Buñol
Burjassot
Canals
Canet lo Roig
Carcaixent
Chiva
Cortes de Arenoso
Culla
Cullera
El Toro
Elx
Gandía
Gata de Gorgos
Jérica
Náquera
Navajas
Oliva
Orihuela
Puebla de San Miguel
Ribarroja del Turia
Sagunt
Sant Joan d´Alacant
Sant Jordi
Segorbe
Serra
Serra d´En Galcerán
Soneja
Titaguas
Utiel
Valencia
Vall de Uxó
Villajoyosa
Villargordo del Cabriel
Vinaroz
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lunes, 4 de diciembre de 2017

JOSÉ MARÍA NAVAJAS PUERTA
Olmo, el árbol de los pueblos 

     Enrique Loriente Escallada (Santander, 1933-2000) dedicó buena parte de su vida a recorrer los paisajes de su tierra, Cantabria, pasando por ríos y bosques, valles y prados, desde la costa hasta las altas montañas, en lo que fue sin duda su gran pasión: la botánica.
Antiguo Olmo de Aras (Navarra), muerto por la grafiosis.
Antiguo Olmo de Aras (Navarra), muerto por la grafiosis
Olma de Polientes (1969)
Olma de Polientes (1969) 
      En uno de aquellos viajes, en los que catalogó los más extraordinarios árboles que habitaban la región, y a los que dedicó diversas obras como Guía de los árboles singulares de Cantabria (1990), Loriente se encontró con la magnífica Olma de Polientes, en Valderredible. Era esta vieja Olma el centro político y social del pueblo y del valle. Bajo su sombra se realizaba el mercado, se celebraban los acuerdos y contratos, y en la corteza de sus dos enormes troncos se publicaban las noticias nuevas y las ordenanzas. Y es que este emblemático árbol, hoy día casi extinto, solía presidir desde tiempos inmemoriales las plazas de las villas y pueblos, era testigo de la vida diaria de cada habitante desde el día de su nacimiento, de sus trabajos y negocios, de sus descansos y charlas, hasta el día de su muerte. "Hasta que me vea pasar La Olma", nos contaba Loriente que solían decir los paisanos del lugar.
      La ninfa Ptelea para los griegos, Ulmus para los romanos. En la tradición de los pueblos queda la memoria de este árbol ligado a su carácter onírico, de muerte y resurrección. Así lo sitúa Virgilio en el Inframundo al ser visitado por Eneas: "En el centro despliega sus añosas ramas un inmenso olmo, y es fama que allí habitan los vanos Sueños, adheridos a cada una de sus hojas". Pero junto a esta expresión mágica, el olmo atraviesa la historia de los pueblos desde el más rutinario y usual aspecto terrenal.
     Son muchas las menciones de autores clásicos sobre los usos del olmo: el abundante follaje se empleaba para alimentar al ganado, las ramas para fabricar las cercas de los campos; la madera de raíces y tronco era ideal para construir puertas y carretería según Teofrasto; Terencio Varrón lo considera el mejor árbol para delimitar los predios, pues a todos los usos antes mencionados añade el cultivo de la vid.
      En efecto, y a falta de otro emparrado, griegos y romanos empleaban los árboles como soporte para el crecimiento de las vides —seguramente por ello, entre las ocho ninfas griegas de los árboles, el escritor Ateneo de Náucratis coloca a Ampelos, la vid—. De entre todas las especies, el olmo aparece como una de las favoritas para los romanos. La descripción que hace Columela en el Libro de los árboles sobre el cultivo y maridaje olmo-vid, quizás sea la mejor que ha llegado hasta nuestros días: «En cuanto al olmo, el que los campesinos llaman 'atinio' es de muy buena casta, crece muy bien y trae mucha hoja".
Vid maridada con olmo, Italia, +/-1930
      Fue muy probablemente ese olmo 'atinio' el que exportaron los romanos por todo el Mediterráneo e introdujeron en la Península Ibérica. Y parece que esta tradición, tanto en el cultivo de la tierra como de las letras, sobrevivió durante siglos hasta el renacimiento de los clásicos:

¿Cuál es el cuello que, como en cadena,
de tus hermosos brazos anudaste?
No hay corazón que baste,
aunque fuese de piedra,
viendo mi amada hiedra,
de mí arrancada, en otro muro asida,
y mi parra en otro olmo entretejida,
que no se esté con llanto deshaciendo
hasta acabar la vida.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.


     Así nos recita Garcilaso de la Vega en la ‘Égloga I’ (vv.13-140), imitando al propio Virgilio:

¡Ah Coridón, Coridón! ¿Qué locura se ha apoderado de ti? Tienes la vid a medio podar en el olmo frondoso. ¿Por qué no te dispones mejor a entretejer al menos algo, de lo que hace falta, con mimbres y junco reblandecido? Encontrarás otro Alexis, si éste te desdeña.


     También Quevedo, en ‘El Escarmiento’, devuelve al olmo y su inseparable compañera la vid aquel originario carácter mortuorio.

Estos que han de beber, fresnos hojosos,
la roja sangre de la dura guerra;
estos olmos hermosos,
a quien esposa vid abraza y cierra
de la sed de los días,
guardan con sombras las corrientes frías;
y en esta dura sierra,
los agradecimientos de la tierra,
con mi labor cansada,
me entretienen la vida fatigada.

Christine Buisman, H. Heybroek, Wageningen
     No es de extrañar que a través lenguaje popular nos llegara, si bien de forma residual, esta práctica agrícola en la expresión "no le pidas peras al olmo". En efecto, aunque ya nadie se acuerde, al olmo se le piden uvas. Todavía en la década de los años 30 sobrevivía este tipo de cultivo, el maridaje de vid y olmo, en ciertas regiones italianas. Tal y como nos legó la botánica holandesa Christine Buisman (1900-1936) a través de las fotografías en su estudio sobre la grafiosis, enfermedad del árbol que ya comenzaba a afectar las regiones europeas.
     Sea con vid o sin ella, el olmo siguió siendo parte del paisaje, de la vida cotidiana y la economía rural, hasta hace apenas medio siglo. Su duro tronco y raíz pivotante lo hizo ideal para contener la tierra en construcciones viarias, diques y canales. Su resistencia a la humedad y podredumbre lo convirtió en materia prima para la industria naval, y las olmedas se extendieron en el siglo XVIII por la Península para surtir los astilleros de material de construcción de navíos. Fue viga de techos y pilar de puentes, banco y borriqueta de talleres, apero de labranza y yugo de bueyes. Y en las plazas de las villas su abundante sombra mitigó fatigas.
     A principios de siglo XX, Antonio Machado le dedicó unos versos a ese olmo seco y longevo, podrido por innumerables primaveras, sin llegar a imaginar el trágico fin que a tan noble especie le esperaba:

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.

Emblema de Alciato, por Plantin, Amberes (1589).
     Poco durarían estos jóvenes vástagos verdes que admiraba el poeta. Desde mediados de siglo XX, la epidemia de grafiosis comenzó a asolar los campos y montes peninsulares, durando hasta nuestros días. Fue una científica, la ya mencionada holandesa Christine Buisman, quien demostró en 1927 que tal dolencia era causada por un hongo, Ophiostoma ulmi.
      Esta grave enfermedad, que afecta con enorme virulencia a los olmos, se extiende a través de un pequeño insecto, una especie de escarabajos llamados escolitinos. Estos insectos portan en su cuerpo las esporas del hongo y, al alimentarse de la madera del árbol, las van diseminando por el interior del mismo. El hongo colapsa los vasos conductores de savia, por lo que el árbol comienza a marchitarse. En pocos meses las verdes copas se secan y el árbol muere.
      Prácticamente el noventa por ciento de los olmos desaparecieron en España en las últimas décadas, hasta convertirse hoy día en una especie en peligro de extinción. Las nuevas generaciones lo desconocen por completo, pues difícilmente pueden ya encontrarse olmos en el paisaje, ni siquiera rural, que nos den testigo del importante papel que tuvieron estos árboles en la vida cotidiana de nuestros antepasados.
      Desde los años 80 se intentó poner remedio a la enfermedad. Recientemente y tras largas investigaciones lideradas por la Universidad Politécnica de Madrid, se han logrado obtener algunos ejemplares de olmo resistente a la grafiosis. Diversos programas como el Proyecto Europeo Life + Olmos Vivos están en marcha para recuperar a la especie y devolver su hábitat, la olmeda, al paisaje ibérico.
      Quizás en un futuro cercano los olmos vuelvan a poblar las riberas, y sus frondosas copas cubran con agradable sombra las plazas y parques, como en su día hiciese la Olma de Polientes. Pues, como ya nos advirtió Enrique Loriente:
      «No debemos privar a las generaciones futuras de un paisaje, de un espectáculo como el que nuestros mayores y nosotros mismos hemos contemplado».
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sábado, 2 de diciembre de 2017

SERVICIO DE DIFUSIÓN DE LA CULTURA CIENTÍFICA DE LA UEx, Badajoz
El tejo, una especie en peligro de extinción con cerca de 200 ejemplares en Cáceres
Fruto Taxus baccata 1     Los incendios, el pastoreo y las altas temperaturas han propiciado la fragmentación de las poblaciones de tejos y las dificultades para la polinización. Además, se ha demostrado que la germinación en estos ambientes marginales se ve afectada porque los roedores consumen casi la totalidad de las semillas.
     Muchos árboles acompañan cuentos y leyendas populares. El tejo es una de estas especies, considerada sagrada para los celtas y envuelta en un especial halo de misterio gracias a su longevidad, puede vivir hasta 2.000 años, y las propiedades medicinales de algunos de sus componentes, el taxol, un alcaloide utilizado en el diseño de fármacos anticancerígenos.
     El tejo,  Taxus baccata L, es el único árbol catalogado como especie en peligro de extinción por el Gobierno de Extremadura, según el Decreto 37/2001. Esta especie ha sido objeto de investigación por parte del Grupo Investigación Forestal de la Universidad de Extremadura en el marco de su  línea de investigación relativa a la biología y conservación de especies relictas. El objetivo, iniciado en 2002, ha permitido al grupo estudiar la conservación de más de veinte especies arbóreas amenazadas, con la finalidad de remediar el estado de conservación desfavorable, a través de proyectos financiados en una primer etapa por el Gobierno de Extremadura y desde 2006 mediante convocatorias del Plan Nacional de I+D.
     Los resultados del estudio advierten que el tejo vive en un ambiente marginal y en condiciones desfavorables en Extremadura. Son poblaciones fragmentadas, separadas por largas distancias que impiden la polinización necesaria para la regeneración de la especie. “El tejo es una especie relativamente común en el nordeste de Europa. En el sur de Europa y Norte de África se hace cada vez más raro debido a las sequías, los incendios forestales y el pastoreo excesivo. Todo ello ha acentuado el declive y aislamiento de la especie”, afirma el experto de la UEx, Fernando Pulido, responsable de esta investigación. En la Península Ibérica y en Extremadura, el tejo habita en zonas húmedas de montaña cerca de arroyos. “En este sentido, su inaccesibilidad se convierte en su mejor protección frente a la amenaza del fuego y pastoreo”, sugiere Pulido.
     En un primer momento de la investigación, los expertos de la UEx han identificado y localizado en torno a 200 ejemplares en un inventario y mapa de esta especie en Extremadura.  Esta localización previa ha permitido llevar a cabo el estudio en las tres zonas con una densidad de población relativamente alta, en torno a 20 y 30 árboles: Nuñomoral en las Hurdes, que acoge la reserva más grande de tejos, Garganta de Cuartos en Losar de la Vera y Garganta de los Papúos en el Valle del Jerte.

Enemigos del tejo
     “La peculiaridad del tejo es que hay árboles “machos” que generan polen pero no frutos, y árboles “hembras” que producen sólo frutos”, explica Pulido. Para que la especie se reproduzca, el polen tiene que llegar hasta los ejemplares productores de frutos y polinizarlos.  Sin embargo,  y así lo ha demostrado el equipo de la UEx, las grandes distancias entre los ejemplares obstaculizan la polinización. Para llegar a esta conclusión dividieron los árboles en dos grupos, el primero polinizado de manera natural y el segundo polinizado artificialmente. Esta metodología ha permitido a los investigadores comprobar que los tejos polinizados de forma artificial multiplicaron por tres la producción de frutos. Así, queda probado que es la ausencia de polen y no otros factores, la causa detrás de la disminución de frutos.
     Además, los investigadores han encontrado otro problema añadido a la polinización y que afecta también a la regeneración de la especie en ambientes marginales. Los frutos del tejo están formados por un arilo rojo que envuelve la semilla. Su vistoso color atrae a los pájaros y mamíferos que comen la parte carnosa y blanda del fruto,  expulsando así la semilla. De esta manera, los animales favorecen la diseminación de las semillas y su germinación, ya que se trata de una especie gimnosperma, como los pinos y abetos. Sin embargo, los investigadores han comprobado que el consumo de las semillas por parte de los roedores impide en muchos casos la germinación de estas. Así es el caso sobre todo en poblaciones marginales de tejos donde las tasas de recogida de semillas por los roedores ascienden hasta un 92,5%, mientras  que en grandes concentraciones los valores registrados son de 65,4%.
     La consecuencia de la marginación ecológica es evidente. Sin polinización no hay frutos, y por tanto, tampoco semillas, y sin semillas no se produce la regeneración y nacimiento de nuevos árboles.  “Los tejos que sobreviven en Extremadura son ejemplares viejos, se están muriendo y la población no se regenera, de manera similar a lo que está ocurriendo a las encinas en la dehesa extremeña”, señala Fernando Pulido. Ahora sólo falta aplicar las medidas de mitigación propuestas por los expertos para favorecer la regeneración de la especie.

Referencia:
R. Sanz & F. Pulido.  “Pollen limitation and fruit abortion in a declining rare tree, the Eurasian yew (Taxus baccata L.): A reproductive cost of ecological marginality”. Plant Biosystems (2014)  doi: 10.1080/11263504.2014.976290
R. Sanz & F. Pulido. Post-dispersal seed depletion by rodents in marginal populations of yew (Taxus baccata): consequences at geographical and local scales. Plan Species Biology (2014) doi: 10.1111/1442-1984.12030
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jueves, 30 de noviembre de 2017


CHIUNE SUGIHARA (Japón, 1900-1986)
Bosque de Cedros 
Fuente: Tigrero


    En 1939 el diplomático japonés Chiune Sugihara (1900-1986) viceconsul de Japón en Lituania, salvó a miles de judíos polacos al concederles visa de salida japonesa, contraviniendo órdenes superiores, lo que le costó el puesto, la seguridad de su familia y, casi, su propia vida. Pero su arrojo fue tal que, todavía cuando estaba embarcado en el tren de salida de Lituania para presentarse al gobierno imperial, firmaba y sellaba frenéticamente los pasaportes y visados arrojándoselos a una desesperada multitud de perseguidos por el nacismo que se agolpaban alrededor de su vagón y que completaban los documentos con sus datos personales.





Años más tarde, el gobierno israelí quiso honrar la memoria de este héroe plantando un bosque en su honor, para ello habían elegido los cerezos, por ser el árbol emblemático del Japón. Pero en una decisión inusual la orden fue revocada pues, comparados con el valor que Sugihara había demostrado, los cerezos eran un símbolo insuficiente y se inclinaron por un bosque de cedros, árbol de mayor majestuosidad símbolo del Líbano, reino que suministró la madera para la construcción del primer Templo, lo que también le añadía una connotación devocional.
Tiempo después de que los árboles hubiesen sido plantados, fue cuando las autoridades israelíes descubrieron que “Sugihara” en japonés significa: “Bosque de Cedros”.
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martes, 28 de noviembre de 2017

STEFANO MANCUSO (Italia, 1965)
El futuro es vegetal

     "Las plantas son seres inteligentes. Según mi opinión, la inteligencia es la capacidad de resolver problemas. Si consideramos la inteligencia de esta forma, podemos decir que las plantas son seres muy inteligentes. En los últimos quince años, la información científica ha aumentado mucho pero no la percepción el público de las plantas que seguía siendo la misma. Por ello me decidí escribir un libro divulgativo para poder cambiar esa percepción. Hombres, animales y plantas, son seres inteligentes. El problema es que la similitud entre unos y las plantas no se percibe ni se entiende y eso hace que veamos antes las diferencias. Pero hay que recordar que toda la energía, hasta la energía química, proviene de las plantas. Las plantas son la base de la cadena alimentaria. Otra cosa además es que las plantas son la base de la vida del hombre porque son la conexión entre el sol y la tierra. La energía solar que nos llega es atrapada por las plantas y consiguen transformarla en energía química, en azúcar que es lo que nosotros necesitamos para vivir. Son el punto de conexión entre la energía solar y la energía química. Sin las plantas nosotros no tendríamos energía por lo que no podríamos vivir."
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domingo, 26 de noviembre de 2017


RAMÓN OTERO PEDRAYO (Orense, 1888-1976)
Mi hermano
     Yo tenía un hermano. Murió hace tres años. Era tan alto, fuerte y recio que sólo un gran viento lo podía derrumbar.
     Y un gran viento lo derrumbó un día de febrero. Cuando cayó destrozó un pazo fuerte y viejo de siglos y rompió dos gruesas traviesas de piedra de la hermosa terraza. Tembló la tierra en dos parroquias. Lloró el jardín de bojes y rosales, la bella fuente, los pájaros y las sierras madres, grises por la bondad del poniente. Y lloré yo y aún lloro cuando pienso en él.
     Los más doloridos fueron los pájaros, el mirlo como el tordo, el ruiseñor como el jilguero. Pues él los amparaba a todos. Los que en él anidaban como los que sólo se posaban como cansados viajeros. En él dormían con seguridad, guardados de gatos, culebras y niños de malas manos pues los niños buenos aman a los pájaros, amantísimos hijos de Dios y de la luz de los amaneceres.
     Nacido al mismo tiempo que yo, por la voluntad de mi padre, creció mucho más que yo. Tenía brazos valientes y recogía los vientos forzándolos a cantar las bellezas del mundo. Yo abrazándome a él sentía latir su corazón como el corazón gigante de mi tierra. De lejos se veía singular, como un hito, por encima de las formas menguantes del suelo, de los caminos y de las blancas iglesias. Y las sierras abuelas -el Sueiro, la Magdalena, la de Avión siempre a galopar horizontes- gustaban de verlo desde lejos y hablando entre ellas: "Hermoso y bailarín, señala la buena parroquia de Trasalba, buen terreno de fuentes y canciones".
     Pues mi hermano era un árbol que llegó a ser de los más elogiados de Galicia a la par del roble de las cien ramas de Reboredo, del de la Minteira o de aquel pino que creció en el alto de Maside.
     Lo plantó mi padre, en el jardín de la casa, el día que yo nací, quizás pensando que yo podía ser débil y enfermizo y me daría amparo contra los vientos, los soles y las gentes. Era verde y fuerte y elegante, en figura y forma del pino, aunque ser era una especie americana, llamada araucaria, de fina e inspirada belleza arquitectural. Era poeta, pazo de los pájaros, verbo de lo dulces vientos, sensible a todas las variaciones del paisaje. Un harpa. Cuando gemía con el viento de noviembre hacía llorar. Cuando cantaba con los aires de abril espantaba las más gruesas nubes de tristeza.
Pazo de Trasalba

     Yo la adornaba con coronas de rosas bien tejidas en el tronco grueso y dulce al tacto como la mejilla de una niña o se las colgaba de las ramas al mismo tiempo pesadas y livianas. Le confesaba, en voz baja, mis alegrías y mis penas. Cuando le abrí el pecho con gran dolor, lloró lágrimas de una resina de fino olor, gruesas como gotas de lluvia de tormenta. Pues hay un alma neblinosa y amorosa extendida por toda la naturaleza gallega y a veces Dios la quiere animando un viejo roble patriarcal o una céltica roca. Y mi hermano, el árbol de la recia y fina hoja cantarina que me oyó1 frutos suficientes de belleza, de paz y amor.
Cuando tuvo lugar su muerte hubo un asombro y silencio en el jardín, donde ya acabaron los dulces sonidos regalados, y las canciones fugaces de largos adioses esperanzados. Y solo el señor ciprés murmura un "requien" catarroso.
Y yo sigo triste. Me paseo perdido por los caminos del mundo y a veces las primeras tinieblas de la noche me hacen imaginar su gran copa, verde y llena de hojas, para dormir bajo ella confiado en el amparo de aquel forzudo y cantarín hermano que me dejó mi padre.
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Texto traducido por TOMÁS CASAL PITA
1.- En el original al que he tenido acceso figura oiu (oyó), pero está mecanografiado, posiblemente a partir de un manuscrito de Otero Pedrayo. Conociendo la complicada escritura de este autor, creo que muy posiblemente pusiese "diu" (dió), que coincide más con la línea de la frase. 
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Esta entrada está relacionada con la del día 24-11-2017
Pazo de Trasalba
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viernes, 24 de noviembre de 2017

TOMÁS CASAL PITA nos propone este relato...
Un hombre, un árbol, ...una historia

Artículo publicado originalmente en la revista de la “XI Feria de la Plantación” (San Sadurniño, A Coruña, 2006) y de nuevo en 2011

     Ramón Otero Pedrayo (1888-1976), está considerado, junto con Rosalía de Castro, el patriarca de las letras gallegas. Miembro de la llamada generación “Nós”, profesionalmente fue catedrático de geografía en un instituto de Ourense y, años después, de la Universidad de Santiago. Su obra escrita abarca non sólo obras acerca da su especialidad si no también cuento, ensayo, poesía, teatro, novela y artículos de prensa. Fue miembro de la Real Academia de la Historia e de las Reales Academias Española y Gallega. Durante la segunda república fue también diputado en cortes, pese a no ser un político vocacional.
     Aunque vivió durante muchos años en Ourense capital, su lugar preferido fue siempre su casa del Pazo de Trasalba, a unos treinta Km de esta ciudad. Esta casa, heredada de su padre y a la que añadió una galería diseñada por Castelao, fue su refugio permanente. A su muerte, viudo y sin hijos, fue donada al pueblo gallego a través de la Editorial Galaxia de la que él fuera presidente. Allí, como le gustaba siempre contar a los amigos y a las numerosas visitas, en el llamado jardín de la Solaina, vivía su “Irmanciño” (Hermanito).
     El Irmanciño era un árbol que según contaba D. Ramón fuera plantado por su padre cuando él nació, siguiendo una costumbre familiar (cuando naciera su padre, su abuelo había plantado un naranjo, que puede ser uno que aún vive en el jardín). Como nunca tuvo hermanos siempre se refirió al árbol como su hermano, el "Irmanciño". Y a él se refirió en numerosas ocasiones en estos términos y otros parecidos: “Era una araucaria preciosa, yo la saludaba y hasta le daba abrazos, un día le puse un collar de flores”. Incluso le dedicó un cuento, ”Meu irmao”, escrito cuando ya el árbol cayera, y que se publicó en el periódico del Instituto Virgen de Covadonga de Ourense en 1976. En este cuento, Otero también hablaba de la muerte del árbol: “Cuando le abrí el pecho, con gran dolor, lloró lágrimas de una resina, de fino olor, gruesas como gotas de lluvia de tormenta”
     Tan allegado estaba al Irmanciño que, cuando cayó, tuvo un hondo pesar, y la premonición de que con la caída de uno de los hermanos no tardaría en seguir la del otro. Fue el día 5 de febrero del año 1972 cuando un violento temporal, que alcanzó máximas de hasta 150 km/h, tumbó al Irmanciño sobre el Pazo de Trasalba causando serios daños. Otero Pedrayo estaba en Ourense, donde recibió la noticia con pesar, desplazándose al Pazo para dar las oportunas instrucciones para retirar el árbol y arreglar los daños de la casa. Aún así, debido a su tamaño y a la falta de maquinaria adecuada, no se consiguió sacarlo hasta el verano.
     Mientras tanto, en un homenaje a Otero, sus amigos organizan la fiesta del árbol en Trasalba, al mes siguiente de la caída. De los viveros del Centro Forestal de Lourizán, se llevaron tres araucarias de especies distintas, porque nadie sabía realmente cual era la que cayera (y ninguna se le parecía). De ellas, una murió porque no era adecuada al clima de la zona, otra la tiró años después el ciclón Hortensia, de mal recuerdo en toda Galicia, y la tercera sobrevive en la actualidad a tres metros de donde crecía el Irmanciño.
     Otero le vende el tronco a un maderista, pero sus amigos, siempre sin su conocimiento, hablan con el tratante y lo convencen de deshacer el trato. Ellos mismos, a través de otro maderista que hizo de intermediario, mejoran substancialmente la oferta (Otero necesitaba efectivo de inmediato para arreglar el Pazo) y se quedan con el tronco del Irmanciño que, cortado en trozos, va al aserradero para ser transformado en tableros.
     Los tableros del Irmanciño quedan guardados y sin uso durante un tiempo, porque realmente no saben en qué usarlos. Dos años después a la esposa de Otero, Doña Fita, se le descubre un cáncer irreversible y los amigos de Otero, viendo lo que iba a suceder, deciden encargar un féretro con la madera del Irmanciño. El féretro quedó terminado a tiempo, pero el problema llegó a la hora de barnizarlo, la madera aún estaba verde, rezumaba resina, y no cogía el barniz. Encargaron otro igual, hecho en la misma fábrica y del mismo modelo, pero con otra madera, y aquel quedó esperando en la funeraria por quien, después de toda la vida juntos, habría de ser su usuario final: el hermano humano.
     Cuando en abril de 1976, murió D. Ramón el féretro estaba listo y, aunque él nunca llegó a saberlo, compartió su última morada con su Irmanciño. En la oración fúnebre pronunciada en la Catedral de Ourense, se dijo, entre otras cosas: “Dentro del ataúd también se guardó tierra de Trasalba, con un manojo de camelias blancas, de su jardín, que besaban los pies de D. Ramón. Y, en el sepulcro se le juntó tierra de Padrón, un ramo de laurel de la huerta de Rosalía y también una palma perfumada por los aires de las masías catalanas y por la brisa del mar de la cultura occidental: griega y latina.”
     Esta historia, con muchos más pormenores que los aquí comentados, era conocida al detalle sólo por los que fueron sus protagonistas: los amigos íntimos de D. Ramón. Para los demás era desconocida o sólo sabían una parte y, a veces, parecía que había una especie de leyenda alrededor de la figura del insigne erudito.
     Treinta años después de caer el árbol, otro erudito, en este caso el doctor en botánica D. Carlos Rodríguez Dacal, investigador de la flora de los pazos de Galicia, dirigió su atención a la historia del Irmanciño. Quedó intrigado por ella cuando, en una de sus visitas al Pazo de Trasalba, alguien que recordaba el árbol aún en pié, le enseñó otro árbol del jardín de la Solaina que, al parecer, era igual al que cayó. La sorpresa fue que el otro árbol no era una araucaria, sino un tipo de abeto poco frecuente en Galicia, llamado pinsapo.
     A partir de este momento Rodríguez Dacal, dirige todo su esfuerzo investigador a conocer la realidad del Irmanciño. Puesto a buscar, localiza fotografías en viejos archivos, recortes de prensa, personas que fueron protagonistas de la época de la que hablamos, gente que trabajó en el Pazo y conocían el árbol, el aserradero donde se hicieron los tableros, la fábrica donde se hizo el féretro, etc...y hasta localizó dónde quedaron guardados ¡los tableros no usados del Irmanciño!.
     Con todos los datos y la madera, no sólo recompuso toda la historia, también pudo comprobar que la datación cronológica de la madera correspondía con el nacimiento de D. Ramón, con una pequeña variación de 3 ó 4 años que tendría ya el árbol cuando fue plantado en el jardín. La sorpresa inicial del botánico, de que el Irmanciño no era una araucaria si no un pinsapo, también se ve confirmada por la documentación fotográfica, los testigos vivos y el análisis de la madera. El pazo de Trasalba fue durante décadas un punto de encuentro de la elite cultural de Galicia, pero nadie sacó a Otero Pedrayo de su error. Puede que no pasase por allí ningún conocedor de los árboles, o tal vez que no quisieran contrariar al ilustre geógrafo, eso nunca lo sabremos.
     Después de tener realizada toda la investigación, el profesor Rodríguez Dacal, escribió con todos los datos recogidos un hermoso libro “O IRMANCIÑO DE OTERO PEDRAYO, Pinsapo memorable de Galicia (*)” editado por la Diputación Provincial de Ourense.
     Una tarde de sábado, a finales de la primavera, visité junto a un grupo de estudio de los jardines, el Pazo de Trasalba. Allí, al calor de la tarde, sentados en el jardín de la Solaina, tuvimos la honra de escuchar el cuento “Meu irmao”, leído nada menos que por el hombre que, después de D. Ramón, mejor llegó a conocer al Irmanciño: el profesor Rodríguez Dacal. Mientras el leía, y nosotros escuchábamos en silencio, vi lágrimas en algunos, tristeza en otros y emoción en todos. Yo sentí que aquellos momentos eran mágicos, que a nuestro alrededor parecía haber mucho más de lo que veíamos, espíritus del pasado, del más remoto y del más reciente, de toda Galicia, y la propia tierra gallega, juntándose con nosotros en homenaje a dos de sus hijos: Ramón Otero Pedrayo y el Irmanciño.
(*) -Fotos tomadas del libro con el permiso del autor, D. Carlos Rodríguez Dacal
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Segundo pinsapo caído en el pazo de D. Ramón


Notas de Internet: 

O temporal tumba o pinsapo de Trasalba, árbore coa que se identificaba Otero Pedrayo (25-1-2009)




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miércoles, 22 de noviembre de 2017


FAUSTINO GARCÍA MÁRQUEZ
La lección del Pino de Pilancones
Arquitecto urbanista, exdirector de la Agencia Canaria de Desarrollo Sostenible y Lucha contra el Cambio Climático

En defensa del territorio en Canarias ante tanta depredación del ser humano, a propósito de la desaparición en un incendio forestal...

Cartel de las Jornadas Forestales de Gran Canaria de 2008, que incluyó el artículo escrito por Faustino García Márquez para PELLAGOFIO. Encabezando la página y bajo estas líneas, detalle de algunas de sus fotografías.
     El Pino de Pilancones era mucho más que un símbolo: era un ser vivo, un resistente, un superviviente. Emociona ver ahora la tremenda amplitud del espacio vacío de su ausencia, y lo levantamos de nuevo, inmortal, en nuestro recuerdo. Pero a él, a su colosal tamaño, a sus 400 años, no le bastan nuestra pequeña emoción ni nuestra efímera memoria. Caído en pedazos, sigue destilando vida en las gotas de resina que caen lentamente hasta el suelo, en el millar de piñas cargadas de semillas que era aún capaz de generar. Para perpetuarse en otros, no sólo en nosotros. El Pino de Pilancones no murió porque le dejaran de poner unas muletas imposibles y humillantes, ni porque no le hicieran alrededor un cortafuegos que nos hubiera privado de su grandeza, de su carácter de parte singular de un todo. Murió porque era un ser vivo gigantesco, viejo y generoso que dio de comer su propia sangre, su resina, en tiempos de hambre y de miseria pavorosas, aunque le costara una negra y enorme herida que terminaría acabando con él.

Los responsables
      Y sólo nosotros, todos nosotros, somos los responsables. Somos responsables de nuestra propia historia y de nuestro propio futuro. Somos responsables de ser los felices herederos de una sociedad que no le dejaba a muchos otra salida que vaciar los bosques y sangrar a los gigantes. Somos responsables de pertenecer a una sociedad que reclama de los poderes públicos el cuidado de la naturaleza, pero no a costa de las autovías que nos permitan llegar, a 80 kilómetros por hora, al último rincón de la isla. No a costa de nuestra comodidad, de nuestra propiedad, de nuestro consumo desaforado de bienes, de recursos naturales, de combustible, de energía, de agua, de territorio.
     Hace 114 años, alguien dijo que esta tierra no es nuestra, que nosotros sólo somos sus administradores, encargados de gestionarla cuidadosamente para entregarla, mejorada, a sus legítimos y únicos propietarios, las generaciones futuras. Administrar bien ese préstamo, esa herencia del futuro, no nos obliga a resucitar al Pino de Pilancones, pero nos exige crear las condiciones necesarias para que sigan viviendo sus nietos y los nietos de sus nietos, junto a los nuestros.
      Y para eso, tenemos que cambiar muchas cosas, empezando por nosotros mismos. Tenemos que hacer un uso más cuidadoso de unos recursos limitados y tenemos que compartirlos con millones de personas que están muriendo por falta de ellos, a nuestras mismas puertas, ante nuestros brillantes escaparates. Limitado es el planeta que estamos calentando y deshelando con el humo de nuestros coches, con la luz escandalosa de nuestras bombillas, con el confort artificial de nuestras casas, con el agua que dejamos perder, con la basura que producimos. Limitado es el territorio que ocupamos, que acosamos, que  compartimentamos, que destruimos. Limitada es la isla que decimos querer, el pinar que queremos asfaltar, la finca que vamos a urbanizar.
     Podemos ahorrar futuro, pero tenemos que reprimirnos, limitarnos, sacrificarnos. Aprender a compartir espacio, a preservar el suelo, a reducir gastos, a habitar en pisos. Aprender de nuevo a movernos, a caminar, a compartir con otros el transporte. Aprender a indignarnos ante el derroche, la destrucción y la injusticia. Aprender a vivir mejor, a vivir con menos, a transformar una sociedad del despilfarro en una sociedad atenta, austera, alegre, feliz, viva.

Última lección
     Aprendamos la última lección del Pino de Pilancones. Aprendamos a respetar y a transmitir la vida hasta después de que haya terminado la nuestra, para que podamos vivir en otros, para que, dentro de 400 años, pueda acostarse un niño soñando que a la mañana siguiente va a hacer su primera gran caminata, a ver su pino de Pilancones, ése que está germinando, justo ahora, al pie del coloso caído.
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Datos del Pino de Pilancones en las redes...
Edad: 550 años
Circunferencia: 5,65 m
Altura: 45 m
Muerte: 30 Enero 2008
Paraje: Barranco  de Ayagaures
Municipio: San Bartolomé de Tirajana, Gran Canaria
Sección del pino a cuatro metros de altura
Altitud: 1000 m

Más información
Fotos de "Plantas de mi tierra" 
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