viernes, 23 de junio de 2017

ESCALADA TRADICIONAL EN ÁRBOLES, Japón

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miércoles, 21 de junio de 2017

REYES ALEJANO,  la ingeniera que descifra la edad de los últimos árboles milenarios de España
por S. FERRER en "El Confidencial"


Foto: La ingeniera  Reyes Alejano descifra la edad del último bosque milenario de España. (EC)
La ingeniera Reyes Alejano descifra la edad del último bosque milenario de España. (E
     La madera también tiene una historia que contar. La dendrocronología es una ciencia joven y de extravagante nombre que estudia la edad de los árboles y permite desde gestionar mejor nuestros bosques hasta reconstruir el comercio maderero de hace siglos. La investigadora de la Universidad de Huelva (UHU) Reyes Alejano es una de las encargadas de narrar esta historia. Para ello cuenta con el apoyo de una de las becas que National Geographic ofrece a científicos, fotógrafos y periodistas y que esta semana ha presentado en Madrid.



     Los anillos de crecimiento de los árboles son una huella digital que no miente: gracias a ellos es posible saber el año exacto en el que se cortó la planta, pero también la especie e incluso la zona geográfica. "Pensábamos que había menos comercio maderero, bastante desconocido porque no se presta atención al material, que también lleva historia aunque no se piense", explica a Teknautas la ingeniera de montes.     Conocer la edad de la madera es sólo una parte del trabajo de Alejano, más centrado en el estudio de árboles vivos. Al contrario de lo que pueda parecer, para datar una de estas enormes plantas no es necesario talarla: "No cortamos, extraemos un cilindro de unos cinco milímetros de diámetro de muestra cuya longitud va desde la corteza hasta el centro del árbol". La resina natural que genera el organismo facilita que la 'herida' se cierre antes de causar daños.
     ¿Cuánto puede vivir un árbol? Hoy sabemos la respuesta, que no por ello deja de ser fascinante. El 6 de agosto de 1964 un estudiante universitario cortó en las montañas del este de Nevada (EEUU) al pino 'Prometeo', que había nacido 5.000 años antes, más o menos cuando el ser humano comenzaba a usar la escritura cuneiforme. Más allá de este récord al organismo más antiguo conocido, los bosques milenarios todavía sobreviven. También en España.



Los pinos milenarios de Jaén

     "No es tan fácil que haya bosques milenarios, en Europa no quedan muchos aparte de Albania, Grecia y España", comenta la ingeniera. La Sierra de Cazorla (Jaén) alberga pinos salgareños de algo más de mil años que vieron la luz poco antes de que comenzara la Primera Cruzada. Alejano centró su tesis doctoral precisamente en esta especie, 'Pinus nigra', la más longeva de nuestro país.
     La importancia de estos datos va más allá de la mera curiosidad, ya que permite saber "cómo funciona el bosque", su dinámica y su evolución. Así podemos calcular cuánto vive un árbol, cuándo surge la siguiente generación y a qué edad se pueden talar. "La gestión de los bosques es desconocida. Hay una mala educación ambiental porque la gente cree que cortar un árbol es un crimen, cuando todos nos sentamos en sillas de madera, más fáciles de reciclar que unas de plástico".
     "No quedan bosques sin gestión en Europa. Nosotros trabajamos con 'manchitas' relegadas a zonas de montaña, aunque aquí hemos tenido la gran suerte de que en las cordilleras béticas se han conservado bastante". La ingeniera defiende la buena gestión de los bosques españoles, a pesar de que "hemos heredado unos bosques muy utilizados porque tenemos una historia muy larga con muchas civilizaciones". Nuestra responsabilidad ahora reside en cuidar esta herencia y el primer paso es preguntarles a los árboles cuántos años tienen.

Más información
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lunes, 19 de junio de 2017

ALFONSO VÁZQUEZ, en"La Opinión" de Málaga
Dos mil árboles para el Guadalhorce, Málaga

La ONG ecologista, que el año que viene cumplirá tres décadas, lleva ocho años creando junto al paraje natural de la Desembocadura del Guadalhorce una pantalla vegetal de cerca de 2.000 árboles y arbustos gracias a voluntarios y empresas


De izquierda a derecha, Guillermo Castilla, la británica Patricia Macaulay, Antonio Miguel Sánchez y el presidente de Almijara, Miguel Ángel Barba, esta semana junto a la Desembocadura del Guadalhorce.
De izquierda a derecha, Guillermo Castilla, la británica Patricia Macaulay, Antonio Miguel Sánchez y el presidente de Almijara, Miguel Ángel Barba, esta semana junto a la Desembocadura del Guadalhorce.

Cuando las empresas cogen el azadón

  • En los ocho años que Almijara lleva plantando la pantalla vegetal junto al paraje natural del Guadalhorce han sido muchas las empresas que han apadrinado la iniciativa. Y no sólo con dinero para comprar árboles y arbustos sino con parte de sus trabajadores y familiares listos para cavar con el azadón.
    «Los que más nos están ayudando son las empresas. Les organizamos una mañana, les explicamos cómo se planta, las medidas de seguridad de todo el proyecto y ellos mismos plantan lo que han apadrinado», explica Miguel Ángel Barba, presidente de Almijara. La mayoría de las empresas que han colaborado son malagueñas, aunque también hay nacionales. A continuación, la lista de empresas y entre paréntesis los árboles y arbustos apadrinados: Bar Tula (40), Sfera Proyectos Ambientales (30), Rain Central SL (50), Skyteam (400), Fundación Más Capaz-Adecco (200), Oracle (125), Fujitsu Team (740), Onspain Languages & Services SL (140). Además, también han colaborado con sus plantones ISA (53) y el Colegio de Las Esclavas (90), cuyos alumnos los han plantado y apadrinado de forma individual y lucen sus nombres.
    Como destaca Miguel Ángel Barba, Fujitsu Team es la empresa que durante más años ha colaborado (desde 2010). Almijara calcula que solo la generosidad de Fujitsu ha logrado reducir la huella del dióxido de carbono en 97.000 kilos. En otoño será el turno de Booking.
­Si alguien rescata este artículo dentro de 30 años y se va al mismo punto de la Desembocadura del Guadalhorce donde tiene lugar el reportaje, es muy posible que compruebe que los árboles han crecido lo suficiente como para que la ciudad de Málaga deje de llamar a la puerta de este paraje natural.

«Una vez estábamos observando aves con Antonio Tamayo, el agente ambiental del Guadalhorce y dije, hay que ver, hace 40 años esto era una selva, no se veía nada, era todo campo alrededor y hoy en día te pones a mirar con los prismáticos y dices: anda, un tío en el balcón», cuenta Miguel Ángel Barba, presidente de Almijara.

Desde hace ocho años, esta ONG con sede en Pedregalejo hace todos los esfuerzos posibles por crear, a lo largo de ocho kilómetros, una pantalla vegetal que aísle la zona de la ciudad. De hecho, mientras habla, Miguel Ángel da la espalda a los bloques de Parque Litoral, el centro Inacua y el estadio de atletismo, una expansión urbana que los ecologistas quieren mitigar. «Surgió la idea de crear una pantalla para aminorar el impacto paisajístico, por eso hemos metido plantas de crecimiento rápido como pinos, álamos o casuarinas, que no son de aquí, pero dan árboles de gran porte», explica Antonio Miguel Sánchez, voluntario de Almijara.

Pinos piñoneros y carrascos, adelfas, lentiscos, acebuches, fresnos... Una brigada ligera de árboles y arbustos junto al canal de desagüe que hay al lado del río, una primera línea verde frente a la ciudad que también incluye cipreses, «no porque el árbol sea realmente especial sino porque hay pajarillos a los que les gusta mucho las semillas», señala Miguel Ángel, que explica que además de aminorar el impacto visual, el proyecto de Almijara, llamado Pantalla Paisajística del Guadalhorce, proporciona tranquilidad a las cientos de aves que viven y crían en la zona.

Los árboles se plantan en enero y febrero todos los años y en verano, sobre todo en julio y agosto, viene el mantenimiento de esos árboles primerizos, en forma de riego semanal, aunque algún año muy seco han comenzado a regar en junio.

Hasta la fecha, la veterana asociación, que el año que viene cumplirá 30 años, ha plantado 1.868 árboles y arbustos. Algunos de los plantados los dos primeros años miden ya entre dos y tres metros.

Una de las artífices de este milagro, que se explica por la constancia y la ilusión, es la veterana británica Patricia Macaulay, voluntaria de Almijara así como de Médicos sin Fronteras y miembro de la Asociación de Amigos de La Concepción. El calor de una tarde de agosto no hace mella en esta residente en Torremolinos y malagueña de adopción desde 1974.

«Me gusta mucho el paraje natural y colaboro con Almijara desde hace más de diez años», cuenta. Patricia es la encargada de «llenar los cacharros»: garrafas de cinco y ocho litros que alimenta con una manguera conectada a un depósito de agua de mil litros que transporta la batallada furgoneta de Almijara. La asociación cuenta con una llave con la que poder entrar en las inmediaciones del paraje, pues la circulación de coches, prohibida, se ha conseguido atajar bastante con la presencia de topes y muretes que han logrado frenar los botellones motorizados del pasado, cuenta Miguel Ángel Barba.

Perros, no, por favor

Pero como explica el presidente, «hay menos basura, todo está más controlado pero por otra parte viene más gente a pasear, en bici y a correr y eso hace que la gente traiga perros, que ocasionan bastantes problemas a las aves, porque hay algunas que nidifican en el suelo, en matorrales bajos y eso que se supone que en los espacios naturales no se puede entrar con perros».



Otro de los voluntarios, desde hace 12 años, es Guillermo Castilla, un profesor de piano de 28 años que carga con las garrafas de cuatro en cuatro. Un caso meritorio porque, a decir verdad, escasean los voluntarios.

«Desde que empezó la crisis, en Málaga ha desaparecido casi el 70 u 80 por ciento de las asociaciones medioambientales que había y las subvenciones, con lo único que se podían hacer actividades, desaparecen», cuenta Miguel Ángel Barba, que explica que la crisis también ha hecho que muchos voluntarios dejen de colaborar para buscarse la vida.

En el caso de Miguel Ángel, que trabajaba de formador ocupacional en materia medioambiental, ahora está a cargo junto a su mujer de una academia de inglés. De hecho, es el único fundador de la asociación que continúa en ella. Nació en 1987, tras un primer curso de monitores medioambientales organizado por la Diputación y la antigua Agencia de Medio Ambiente. «Cuando terminamos hubo un grupo de gente que dijimos, bueno, y ahora qué y decidimos montar la asociación, con el nombre de Almijara, porque por entones estaba a punto de salir la ley de espacios públicos de Andalucía y la Sierra de Tejeda y Almijara se quedaba sin protección».

En la actualidad, Miguel Ángel Barba calcula que queda algo más de la mitad para reforestar los ocho kilómetros junto al Guadalhorce, que la asociación ha dividido en siete sectores, desde Los Chopos a la playa.

Aunque siempre faltan plantas y mano de obra, este año han recibido una ayuda inesperada: «Hemos plantado más árboles gracias a que cerraron el vivero de Ardales y nos trajimos dos furgonetas llenas de plantas», explica.

«Sólo quedan 100 cien litros de agua», anuncia Patricia. Son las 9 de la noche y las aguas estancadas del canal de desagüe comienzan a ser sobrevoladas por nubes de mosquitos. Los árboles reciben los últimos riegos. Misión cumplida. Es posible que dentro de 30 años varias hileras de árboles frondosos transmitan la sensación de que estamos en medio del campo. En el paraíso de la Desembocadura.


Protección
Menos coches pero cada vez más perros

Los ecologistas creen que las medidas para impedir el acceso de coches en el entorno de la Desembocadura del Guadalhorce están surtiendo efecto, aunque critican que siguen abundando los perros, prohibidos en la zona.




Canal de desagüe
Vida animal también aquí

Los ecologistas llaman la atención sobre la explosión de vida natural en toda la zona, incluido el canal de desagüe junto al río, a veces con agua salada. En la foto, dos cigüeñuelas en el canal esta semana.



Riego de verano
Una vez a la semana

Para que la última partida de plantas no se pierda en los meses de más calor, en julio y agosto los voluntarios de Almijara acuden una vez a la semana a la zona para regarlas. Consideran un éxito que sólo se pierda el 20 por ciento.




Pasarela del guadalhorce
Mejor en el puente de la Azucarera

La ONG Almijara ve con preocupación el proyecto de pasarela próxima a la desembocadura del Guadalhorce. Los ecologistas prefieren que se adapte el puente de la Azucarera para que las molestias a las aves sean las mínimas.


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sábado, 17 de junio de 2017


LUIZ GONZAGA, biólogo brasileño planta 3000 árboles y recupera 20 mil m2 de vegetación
Por Raúl Mannise
Caminando entre las plantas le gustaba repetir que la naturaleza sólo necesita un pequeño empujón para mostrar su gracia
(Extracto del artículo de ECO-PORTAL)

      Cerca de Río de Janerio está la laguna de Itaipú. Hace años que Luiz Gonzaga trabaja en su recuperación. El proyecto para recuperar la zona comenzó en 2012 en el borde del canal Camboatá. Aquí la vegetación ya es casi impenetrable. Los esfuerzos más recientes también han mostrado resultados en la frontera de río João Mendes, donde unos 300 arbolillos dan un tinte verde a la tierra negra. Él sólo se ha ocupado de plantar y cubrir con una botella de plástico para proteger de los cangrejos a la jóvenes plantas. Una vez crecen lo suficiente se retiran las botellas para evitar la contaminación del plástico.
     Al igual que los cangrejos, los pájaros también regresaron a las orillas de la laguna Itaipú gracias al trabajo incansable de reforestación realizado por Luiz, que ha plantado más de tres mil árboles y recuperando unos 20 mil metros cuadrados en la zona de la laguna.


     Cuando los árboles crecen regresan las aves, cangrejos y lagartos. Este es el tipo de cosas que cualquiera puede hacer, y son las que realmente pueden hacer una diferencia en este mundo- dice Gonzaga-, rodeado de diversos árboles en el tramo Río João Mendes.
     Recupera también un lugar que antiguamente era usado para verter escombros y hoy es una reserva natural y se encarga de mantener la biodiversidad de la laguna. Además coordina esfuerzos en un parque nacional cercano, del cual la laguna también forma parte, para trabajos de educación ambiental y limpieza del sector donde se involucra a los más pequeños.
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jueves, 15 de junio de 2017

 VALENTÍN CARRERA
¿Por qué no arden los montes de Suiza y sí los del Bierzo? 

Las consecuencias de que la sociedad viva de espaldas al bosque

Una cita académica (para impartir dos conferencias en la Universidad de Fribourg, sobre mi reciente viaje a la Antártida y sobre el viaje interior al Bierzo), me ha permitido gozar de la contemplación de un país cuyo paisaje emociona y enamora: Suiza.

Profundamente indignado por las oleadas de incendios que año tras año devastan Galicia y El Bierzo, y en especial por el reciente crimen ecológico contra la Tebaida, durante todo el viaje por Suiza no he podido apartar de mi mente la última estampa negra, cenicienta y humeante del Valle del Silencio, que había recorrido pocos días antes.

A medida que la ventanilla del tren —limpio, puntual y silencioso— me iba mostrando el paisaje del lago Lemans y la espléndida postal de los Alpes, no dejaba de torturarme con una sola pregunta, ¿por qué los bosques de Suiza no arden y los de Galicia y El Bierzo sí?

Una explicación simple sería porque en Suiza no gobierna el Partido Popular, pero no me gustan las explicaciones simplonas, como algunas que culpan del desastre a un imbécil con una cerilla y mucho viento. En Suiza también hay mucho viento, imbéciles e incendiarios, pero el monte no arde… porque las autoridades y toda la sociedad se lo toman en serio.

Con o sin cerilla, el bosque arde cuando está abandonado, como los montes bercianos, ignorados por una Consejería de la Junta de Castilla y León cuyo titular debería estar procesado penalmente por presunta prevaricación y negligencia, además de las responsabilidades políticas que requieren su dimisión (o, dado que aquí no dimite nadie, su cese inmediato y ejemplar por el presidente Herrera), como habría ocurrido en Suiza y en cualquier país europeo no tercermundista.

Un tercio de Suiza son bosques. En los últimos veinte años han sufrido una media anual de 90 incendios y 374 hectáreas. El incendio de la Tebaida cuadruplica todos los bosques quemados en Suiza durante un año. Algo estaremos haciendo mal como sociedad y algo estarán haciendo mal nuestros gestores autonómicos y locales.

El bosque suizo es una inmensa fuente de riqueza sostenible (cuando se lee el Plan forestal que el Ayuntamiento de Ponferrada guardó en un cajón desde 2008, se ve el potencial económico que hemos desperdiciado). El bosque crea miles de puestos de trabajo: 6.223 empleos directos, la mayoría a tiempo completo, en mano de obra forestal (nuestras famosas brigadas); y más de 80.000 empleos en la industria de la madera.

Los suizos consideran que la biodiversidad de sus bosques —más de 26.000 especies— es más importante que plantar pinos y eucaliptos, monocultivo incendiario. Desde pequeños, los escolares y las familias van una vez por semana al bosque, hacen allí sus cabañas y barbacoas, sin que pase nada. [Todos los datos en La forêt suisse en bref; y les invito a visitar la web www.lfi.ch, Inventario forestal nacional, para entender por qué los bosques suizos no arden]. Porque hay prevención diaria y permanente. Los bosques están limpios de maleza, no almacenan las toneladas de combustible que nuestros montes apilan en sus laderas. Porque la propia biodiversidad, frente al monocultivo eucalíptico o apocalíptico, frena e impide los incendios descontrolados. Tampoco es preciso ir a Suiza: estas cosas las supieron desde siempre nuestros abuelos, respetuosos con los bosques de acebos, robles, encinas, nogales y castaños. Créanme, es muy difícil quemar un bosque de acebos…

Los bosques suizos no arden porque, además de la educación ciudadana, del sentimiento de pertenencia común o colectiva (¡Ubuntu!: si todos ganan, tú ganas), hay una vigilancia permanente. Una vigilancia seria y eficaz, no el paripé nuestro, sin medios ni recursos, con promesas de cámaras y patrullas, reiteradamente incumplidas.

Los bosques suizos no arden porque nos llevan trescientos años de adelanto —la democracia más antigua del mundo— y un alcalde al que se le quemaran mil hectáreas en su municipio sería inmediatamente expulsado; y ningún juez suizo osaría archivar, sin investigar, un delito ecológico de graves consecuencias económicas y ambientales.

Contemplando el paisaje de postal entre Genève y Lausanne, entendí mejor, con envidia y con tristeza, por qué arde el bosque del Bierzo: porque llevamos décadas sin prevención ni vigilancia, sin ningún planeamiento forestal, despreciando (como nuevos ricos paletos que somos) el aprovechamiento económico sostenible de nuestros montes, apostando por repoblaciones salvajes, devastadoras; porque ha habido una absoluta dejación de funciones desde la Junta de Castilla y León en el ejercicio de sus competencias; pero también porque la sociedad berciana, a diferencia de la suiza, vive de espaldas a nuestros bosques. Por eso esta sección grita, ¡Arriba las ramas!

Información 
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martes, 13 de junio de 2017

CHISTOPHER THOMOND & PATRIC BARKHAM
Un año en la vida de un roble
Quien no quiera saber del cambio climático que no escuche a este granjero, Peter Duxbury. Aquí sólamente voy a reproducir las fotos del artículo.










































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domingo, 11 de junio de 2017

LEYENDA DEL PEHUÉN, EL ÁRBOL SAGRADO DEL NEUQUÉN
 de www.tripin.travel

El Pehuén o Araucaria, es un árbol emblemático y uno de los símbolos de la provincia de Neuquén. Se trata de un “fósil viviente”, que ya estaba presente en esta zona cuando los dinosaurios habitaban la Patagonia, antes incluso de que se formara la cordillera de los Andes.
     Puede alcanzar hasta 40 metros de altura y tiene forma de pirámide cuando es joven y más tarde de una enorme sombrilla. Es de crecimiento muy lento. Sus ramas son un poco arqueadas hacia arriba con hojas duras y punzantes.
     Su floración es unisexual: unos árboles producen el polen y otros dan la piña que es fecundada por el polen llevado por el viento. Una vez madura, cada piña tiene entre 200 y 300 piñones y en cada árbol pueden madurar unas 30 piñas.
     Los piñones son muy nutritivos y eran el alimento básico de los indígenas pehuenches, quienes los consumían cocidos o tostados o hacían bebidas fermentadas. Utilizaban también la resina que segrega la corteza del árbol como medicina cicatrizante.
     Lo consideraban árbol sagrado y algunas de sus ramas formaban el rehue (altar) en su Nguillatún (rogativa al Dios).

La Leyenda del Pehuén
     Desde siempre Nguenechén hizo crecer el pehuén en grandes bosques, pero al principio las tribus que habitaban eses tierras no comían los piñones porque creían que eran venenosos.
Al pehuén o araucaria lo consideraban árbol sagrado y lo veneraban rezando a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre, humo, y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones. Los frutos los dejaban en el piso sin utilizarlos.
    Pero ocurrió que en toda la comarca hubo unos años de gran escasez de alimentos y pasaban mucha hambre, muriendo especialmente niños y ancianos. Ante esta situación los jóvenes marcharon lejos en busca de comestibles: bulbos de amancay, hierbas, bayas, raíces y carne de animales silvestres. Pero todos volvían con las manos vacías, pareciendo que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo y la gente se seguía muriendo de hambre.
Araucarias en Villa Pehuenia, Neuquén
      Pero Nguenechén no los abandonó, y sucedió que cuando uno de los jóvenes volvía desalentado se encontró con un anciano de larga barba blanca.
     - ¿Qué buscas, hijo? -le preguntó
     - Algún alimento para mis hermanos de la tribu que se mueren de hambre. Pero por desgracia no he encontrado nada.
     - Y tantos piñones que ves en el piso bajo los pehuenes, ¿no son comestibles?
     - Los frutos del árbol sagrado son venenosos abuelo -contestó el joven.
     - Hijo, de ahora en adelante los recibiréis de alimento como un don de Nguenechén. Hervidlos para que se ablanden o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en sitios subterráneos y tendréis comida todo el invierno.
     Dicho esto desapareció el anciano. El joven siguiendo su consejo recogió gran cantidad de piñones y los llevó al cacique de la tribu explicándole lo sucedido. Enseguida reunieron a todos y el jefe contó lo acaecido hablándoles así:
     - Nguenechén ha bajado a la tierra para salvarnos. Seguiremos sus consejos y nos alimentaremos con el fruto del árbol sagrado que sólo a él pertenece.
     Comieron en abundancia piñones hervidos o tostados, haciendo una gran fiesta. Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban grandes cantidades de piñones que guardaban bajo tierra para mantenerlos frescos durante mucho tiempo. Aprendieron también a fabricar con los piñones el chahuí, bebida fermentada.
     Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de pehuén, rezan mirando al sol: "A ti de debemos nuestra vida y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir a los pehuenes. Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados".
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viernes, 9 de junio de 2017

MIGUEL ANGEL CRIADO
Una pequeña edad de hielo pudo cambiar la historia de la Antigüedad


En los siglos VI y VII, la temperatura bajó hasta 4º, afectando a civilizaciones en Europa y Asia


      La plaga de Justiniano, la invasión de Europa por varios pueblos de las estepas, la caída del segundo imperio persa, la entrada de los turcos en Anatolia, la unión de los tres reinos de China, el inicio de la expansión árabe... Todos son eventos que tuvieron lugar entre el año 540 y el 660 de la Era Común. Ahora, un estudio de los árboles muestra que durante ese siglo y poco se produjo una edad de hielo donde la temperatura bajó hasta 4º en verano y aquel frío pudo ser el marco de tanta historia.
     En los últimos 2.000 años se han producido varias anomalías climáticas. Por el lado del frío, la más significativa es la denominada Pequeña Edad de Hielo (PEH), que se inició en el siglo XV y acabó a mediados del XIX. Antes, el clima fue especialmente cálido desde la época del Imperio Romano hasta la llegada del Renacimiento. Sin embargo, en esos 1.500 años de clima benigno, hubo un hiato que, aunque más corto en extensión que la PEH,  experimentó temperaturas aún más bajas. Los que lo han descubierto lo han llamado LALIA, siglas en inglés de Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía.
     "Fue el enfriamiento más drástico en el hemisferio norte en los últimos dos milenios", dice en una nota el investigador del Instituto Federal Suizo de Investigación, Ulf Büntgen, coautor de una investigación sobre la temperatura en estos 20 siglos. Büntgen es dendroclimatólogo y usa los patrones de crecimiento de los anillos de los árboles para inferir la temperatura. En 2011 ya publicó en la revista Science una investigación del clima del pasado basada en lo que pudo leer en los árboles de los Alpes austríacos. Ahora completa aquel trabajo con la información que le ha arrancado a 660 alerces siberianos (Larix sibirica), el árbol más abundante en el macizo de Altái, en Asia central.


     Entre ambas fuentes de datos hay unos 7.600 kilómetros pero también una sincronía que enseguida llamó la atención de Büntgen y sus colegas. Los L. sibirica sólo crecen en verano y en su ritmo de crecimiento, los dendroclimatólogos pueden estimar la temperatura estival. Para validar sus estimaciones del pasado, los científicos han usado la evolución de los anillos en el presente, cuando ya había buenos registros de la temperatura.
     Con los datos de Altái y los anteriores de los Alpes, los científicos han podido determinar la evolución de las temperaturas del verano en estos 2.000 años dentro de un proyecto aún mayor, que hace unos días mostró cómo las últimas décadas han sido las más calurosas desde tiempos de los romanos.
     El actual trabajo, publicado en la revista Nature Geoscience, se detiene más en el frío que en el calor. En los árboles de Altái, los climatólogos encontraron que los veranos más fríos fueron los de 172 y 1821, con temperaturas 4,6º inferiores a la media del final del siglo XX. Ambas fechas coinciden con erupciones volcánicas de gran intensidad.
Pero lo que enseguida llama la atención del gráfico elaborado por los autores del estudio es el pronunciado y sostenido descenso de las temperaturas a partir de 536. Así, la década entre 540 y 550 fue la más fría en Altái y la segunda más fría en los Alpes. Además, desde esa fecha y hasta alrededor de 1660, se dieron 13 de las 20 décadas más frías de todo el periodo estudiado.




Gráfico con la evolución de la temperatura durante LALIA en los Alpes (azul) y Altái. Abajo, correlación de eventos históricos.

     El origen de LALIA no está escrito en los árboles, pero sí en el hielo. Un estudio publicado en Nature el año pasado determinó las erupciones volcánicas de los últimos 2.500 millones de años las erupciones volcánicas midiendo la ceniza volcánica atrapada en cilindros de hielo extraídos en los dos polos. Una de las más intensas se produjo en 536. Le siguió otra cuatro años mas tarde, en lo que hoy es El Salvador. Y aún hubo una tercera, cuya ubicación se desconoce, en 447. Las dos primeras crearon, según los registros en el hielo, verdaderos inviernos volcánicos, con una capacidad de reflejar la radiación solar aún mayor que la de la erupción del Tambora en 1815.
     La sucesión de erupciones volcánicas, según los autores, se vio reforzada con las corrientes oceánicas, la expansión del hielo y la coincidencia en el siglo VI de un mínimo solar. La consecuencia fue el descenso sostenido de las temperaturas. De hecho, esas décadas registraron un gran retroceso de las tierras dedicadas a la agricultura y el pastoreo.


     En la segunda parte del estudio, Büntgen se rodea de historiadores lingüistas y naturalistas para relacionar LALIA con la historia de los humanos. Es muy sugerente comprobar como al poco de la primera erupción, estalla una de las mayores epidemias de peste, la plaga de Justiniano en lo que entonces era el Imperio Romano de Oriente. En Asia central, donde los pastos dependen de ligeras variaciones de temperatura, se sucedieron grandes movimientos de poblaciones turcas y rouran que desestabilizaron toda Eurasia. Al este, acabaron con la dinastía Wei e, indirectamente, ayudaron a la unificación de China. En el oeste, llegaron hasta Constantinopla, empujando a los pueblos que se encontraban cada vez más al oeste.
     Durante LALIA también entró en declive el imperio persa de los sasánidas. En la península arábiga, las temperaturas más suaves pudieron aumentar el régimen de lluvias y, con ellas, la disponibilidad de pastos para alimentar los camellos sobre los que se expandieron los árabes a partir de la Hégira de Mahoma.
     "Con tantas variables, debemos ser cautos con la causa ambiental y el efecto político, pero fascina ver cuánto se alinea el cambio climático con las grandes convulsiones que se sucedieron a lo largo de diferentes regiones", comenta Büntgen. También deja claro que la historia no se puede escribir sin tener en cuenta fenómenos climáticos como LALIA.
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miércoles, 7 de junio de 2017

CESAR-JAVIER PALACIOS
Conoce el olivo mágico de Saramago en Lanzarote



     El escritor portugués José Saramago amaba los árboles. Aunque quizás no tanto como su abuelo materno Jerónimo Melrinho, pastor de cerdos en la pequeña villa de Azinhaga. Fue a él a quien dedicó su discurso de aceptación del premio Nobel ante la academia sueca. Un memorable texto que empieza así:
“El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”.
     De él aprendió de niño mil historias y leyendas, escuchándole en las largas noches de verano que pasaban juntos durmiendo bajo la gran higuera de la huerta, mirando a las estrellas.
Jerónimo, pastor y contador de historias, al presentir que la muerte venía a buscarlo se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

     Saramago, pensador sublime y contador de historias, plantó árboles en su casa de Lanzarote (A Casa / La Casa) para no olvidarse nunca de su abuelo. Ni de su Portugal natal. En una maceta acurrucada entre sus piernas trajo en el avión un joven brinzal de olivo nacido en el Alentejo. Lo plantó en el jardín, en un lugar privilegiado desde donde se disfruta de unas maravillosas vistas hacia el mar tranquilo, la isla de Lobos y la lejana Fuerteventura. No sabía si prosperaría en esa tierra lejana, volcánica, pero contra todo pronóstico el árbol arraigó. En cuanto creció un poco instaló a su lado una silla. Bajo la fresca sombra del olivo se pasaba las horas muertas, meditando, mirando, sintiendo.
     A seis años de su muerte, ves ahora la silla vacía, el árbol, el mar naciente y sientes un escalofrío aún mayor que cuando entras en su biblioteca. Seguramente por tratarse de un ser vivo, testigo mudo de las ensoñaciones del literato.
     “Para él era un árbol muy especial, pues sus raíces simbolizan a su familia y de dónde viene, pero también su deseo de quedarse en esta tierra”, me comenta el director de la Casa Museo y cuñado del literato, Javier Perez F. -Figares. “Amaba mucho este jardín”. En él plantó luego otros dos olivos, pero uno de ellos, de origen andaluz, salió literalmente volando, arrancado por los vientos huracanados de la tormenta tropical Delta de 2005. La historia parece salida de una de sus novelas, pero es real. También plantó una higuera, como la de su abuelo, que apenas ha crecido en estos años. Y un algarrobo, cuyas vainas son muy nutritivas para las piaras de cerdos, imagen que nos lleva otra vez a su Azinhaga natal.
     Recogiendo el testigo de amor por estos árboles que Saramago dejó, explican en la Fundación,
“se ha considerado que un olivo, tal vez éste, sea la imagen del complejo que es la casa y la biblioteca del escritor: el olivo es símbolo de paz y de sabiduría, ramas verdes que son letras sobre el negro de la tierra volcánica. Es Lanzarote, es Azinhaga, es Portugal, es Saramago”.
     Pasear por la casa donde Saramago escribió “Ensayo sobre la ceguera” es una sensación única, como lo es ver su despacho y su cama. Pero tocar las ramas del olivo que acariciaron sus ideas resulta algo impagable. Bajito y redondo para poder adaptarse a la fuerza de los vientos alisios, no trates de abrazarlo. Saramago tampoco lo hizo nunca. Como él mismo explicó una vez en una entrevista, despedirse del mundo al estilo de su abuelo no iba a ser posible.
Yo no me veo levantándome de la cama, suponiendo que estoy en las últimas, levantarme para ir y repetir lo que ha hecho mi abuelo, porque repetirlo sería insultar su memoria.
     Isla Negra tiene a Neruda y Cadaqués a Dalí. Lanzarote es más afortunada; tiene a César Manique y a José Saramago. Pero lo ignora.
La isla recibió el año pasado cerca de tres millones de turistas. Sin embargo, apenas un puñado de ellos visitaron la maravillosa Casa Museo del escritor luso. ¿La razón? Intenta localizarla. Misión imposible. Ni aún con gps es fácil. Entre otras razones, porque no hay ni una sola señalización en la isla que te informe de su cercanía y te facilite la llegada. A los responsables del Cabildo y del Ayuntamiento ya les vale.
     Hay que entrar en la zona de chalés de Tías, buscar el ayuntamiento y seguir hacia abajo entre un dédalo de urbanizaciones para dar finalmente con la rotonda dedicada al escritor de Todos los nombres, en este caso sólo uno, un árbol (el olivo) con forma de J y S: José Saramago. El hombre que amaba los árboles.

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lunes, 5 de junio de 2017

DOMINGO MARCHENA, en "La Vanguardia"
Barcelona tiene 1,4 millones de árboles, su mejor aliado contra la contaminación


Hojas de plátanos arremolinadas en el suelo por la fuerza del viento, en Pedralbes (Àlex Garcia / LVE)



      Barcelona tiene 1,4 millones de árboles, según un recuento aproximado hecho público por el Ayuntamiento. La cifra incluye por primera vez todos los árboles y palmeras de calles, plazas, jardines públicos y privados. También los de Montjuïc, las zonas boscosas de los Tres Turons y del parque natural de Collserola, el gran pulmón verde de la capital catalana.
     Esta es una de las riquezas a veces más desconocidas de las ciudades. Los árboles urbanos no sólo embellecen el asfalto, sino que ayudan a hacer de nuestros barrios lugares menos sucios y con más calidad ambiental. Actúan como pantalla acústica y atenúan el tráfico diario, ya que disminuyen la reverberación que produce el sonido del tráfico en las fachadas.
     Pero, sobre todo, retienen el polvo y purifican el aire. Son el mayor filtro contra la contaminación. Estas son sólo algunas de las causas que justifican uno de los proyectos de más largo alcance del gobierno municipal de Barcelona, que quiere planificar la gestión de este patrimonio natural durante los próximos 20 años. La duración del proyecto no parece tan insólita si se tiene en cuenta que la vida media de los árboles urbanos es de medio siglo, como dijo el comisionado de Ecología, Frederic Ximeno, durante la presentación del plan.
     Barcelona se vanagloria de su amor por los árboles. La ciudad aprobó en 1995 la Declaración de los Derechos del Árbol, “un elemento esencial para garantizar la vida en la ciudad”. Los ejemplares urbanos tienen una apasionante vida secreta y permiten que nuestras calles sean más habitables y saludables, y menos calurosas en el ferragosto. Está claro que los árboles nos cuidan, pero la pregunta es: ¿cuidamos nosotros a los árboles?
     Las ciudades son un entorno hostil. La necesaria pavimentación urbana tiene como contrapartida la impermeabilización del suelo, lo que dificulta la filtración de la lluvia. Si no llueve, malo; y si llueve mucho después de un largo periodo de sequía, peor: aunque puede ser muy beneficiosa en el campo, las precipitaciones en las ciudades limpian las calles de aceites, gasolina y metales pesados... pero el agua arrastra materiales contaminantes que perjudican los espacios verdes.
     A causa del asfalto, las aceras y la compactación de la tierra se produce una disminución de los niveles de oxígeno del subsuelo. La consecuencia directa es la asfixia de las raíces, las responsables de la nutrición de estos seres vivos. Por si fuera poco, los alcorques se empobrecen paulatinamente. En los núcleos urbanos, a diferencia de en el campo, la madera muerta y las hojas se retiran del suelo, lo que impide que la materia orgánica actúe como fertilizante.
Ailanto, un invasor
     La lista de males no acaba ahí. Las arboledas urbanas reúnen a veces ejemplares que se adaptan muy mal a las ciudades... o que se adaptan demasiado bien y pueden llegar a convertirse en una especie invasora, como el alianto. Este árbol de origen chino ha hecho saltar las alarmas en Collserola, donde si no se frena su expansión podría ser un peligro para “los espacios naturales” y convertirse en un competidor voraz de especies autóctonas, como la encina o el pino blanco.
A estos y otros errores quiere poner solución el Plan Director del Arbolado de Barcelona 2017- 2037. El proyecto tiene un subtítulo revelador: Árboles para vivir. La alcaldía pretende que en los próximos cuatro lustros se mejore la biodiversidad. No sólo se trata únicamente de plantar más árboles, sino sobre todo de optar por ejemplares más funcionales y resistentes al cambio climático.
     Uno de los ejes de la campaña buscar evitar la proliferación de monocultivos, entre cuyos ejemplares se propagan con mucha más facilidad las enfermedades y las plagas. En 1992, la mitad de los árboles de Barcelona eran plátanos (y no plataneros, como muchos los llaman). En la actualidad son el 30% del total. Pero el objetivo es que ni esta ni ninguna otra especie supere el 15%.
     Los plátanos –algunos centenarios, como los que aparecen en la novela Expediente Barcelona , del añorado periodista y escritor Paco González Ledesma– seguirán indisolublemente ligados a la imagen de la ciudad (y ocasionando problemas de alergias por su polen). Pero cada vez deberán convivir con el desembarco de otros familiares, como el árbol del fuego, las chitalpas, los tamarindos o los perales de Callery.
     Estas especies se caracterizan, asegura el Ayuntamiento, “por su buen desarrollo, la falta de problemas fitosanitarios y una buena adaptación al entorno urbano”. Una cuidadosa elección de las nuevas plantaciones es indispensable para la renovación del arbolado, pero no el único paso. La mala ubicación de los alcorques, a veces demasiado cerca de los edificios, obliga con excesiva frecuencia a podas drásticas, como denuncia el informe municipal. Las podas, sostienen los expertos, deberían ser las mínimas posibles y sólo de mantenimiento. El plan también propugna sistemas de riego automatizado gota a gota para afrontar otro grave problema, el estrés hídrico.
     La caída prematura de las hojas, en ocasiones en plena primavera, como ocurre en especial con los plátanos, no refleja “el símbolo perfecto del paso del tiempo”, como decía Virgilio. Se trata de un mecanismo de autodefensa que evita la deshidratación: a menos hojas, menos necesidad de agua para las ramas.
     Los técnicos del Ayuntamiento tendrán en cuenta para la selección de nuevas especies incluso las previsiones que apuntan a un aumento de las temperaturas y a una distribución cada vez más irregular de las lluvias. “Qué triste es que la naturaleza hable y los hombres no la escuchen”, decía Victor Hugo. Barcelona, replica el Ayuntamiento, necesita árboles. Y no árboles cualesquiera, sino ejemplares fuertes y sanos “para afrontar los retos del cambio climático”.
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