Cuento judío
Pinchow era una pequeña ciudad polaca de casas oscuras y callejuelas estrechas, la mayoría de las cuales daban a la plaza de la ciudad. La gente se reunía en la plaza al acabar el trabajo, para contarse historias de su vida y murmurar de los vecinos. Los habitantes de Pinchow eran pobres y por mucho que se esforzaran en trabajar amasando pan, reparando el calzado, cosiendo ropa y cortando la carne, nunca tenían suficiente comida en la mesa cuando se sentaban a cenar.
En la ciudad vivía un zapartero llamado Hershel, un maestro en su oficio. Si hubiera podido se habría pasado el día haciendo zapatos nuevos. Pero en un lugar donde la gente estaba preocupada por tener pan sufiente para la celebración del sábado siguiente, seguro que no podían permitirse unos zapatos nuevos. Por eso Hershel se había resignado a arreglar zapatos y basta. De la mañana a la noche remendaba suelas con trozos de piel que pegaba a los agujeros que la pobreza había abierto.
Hershel y su mujer, Mirka, tenían un hijo que se llamba Mendel. Era joven y apuesto, aunque no era muy inteligente. Tampoco es que fuera rematadamente tonto, aunque a Hershel de vez en cuando le venían ganas de llamárselo. Hershel sabía que Mendel ni conquistaría país alguno ni se casaría con ninguna princesa, pero como era su padre le preocupaba el futuro del muchacho. Quería que aprendiera un oficio y que encontrara a una buena chica que lo cuidara. Un día, Hershel no soportó más al ver a su hijo perdiendo el tiempo y le llamó. “Hijo mío, no te puedes pasar la vida sin hacer nada. Ha llegado el momento de que salgas al mundo y te busques la vida”.
Entonces Hershel hizo sentar a su hijo, le midió los pies y se puso a hacerle las sandalias más resistentes que jamás había confeccionado. Cuando las tuvo listas Hershel preparó un hato con los zapatos, un par de mudas y con poco de comida para el viaje de Mendel. “Regresa cuando hayas hecho alguna cosa en tu vida”, dijo Hershel, y le dio a su hijo unos cuantos zlotis de sus ahorros.
Mendel no sabía qué tenía que buscar, pero emprendió el viaje. Pasó por pequeñas ciudades, que se parecían en muchas cosas a Pinchow. A veces tenía suerte y alguna familia judía le invitaba para la celebración del sábado (shaabeat - שַׁבָּת ). Otras veces pasaba la noche en un pequeño hostal o bien en una sinagoga. Pasaron muchas semanas y pronto las caminatas del muchacho le llevaron a tierras muy diferentes a la suya. Allí los árboles verdes y frondosos cubrían la tierra y el suelo calentaba más. Como las botas y el abrigo le daban mucho calor, guardó la ropa en el hato y decidió probarse las nuevas sandalias que le había hecho su padre. ¡Eran bonitas! Mendel anduvo y anduvo hasta que se sintió tan cansado que decidió dormir un poco. Se detuvo cerca de un árbol, se puso el hato bajo la cabeza y se durmió.
Mientras dormía Mendel tuvo un extraño sueño, en el que vio a una chica llorando en una habitación oscura acostada en una cama llena de frutos y hojas. Cuando se despertó notó que el recuerdo de su sueño era muy vivo. Le pareció raro porque la mayoría de los días ni siquiera recordaba lo que había comido para cenar, y lo de recordar un sueño era bastante extraordinario. Se levantó y examinó de cerca al árbol. Era un árbol grande, cuyas ramas crecían separadas abriéndose ampliamente, y estaba cargado de frutos parecidos a higos que se agrupaban en racimos. ¡Era un sicomoro! Las hojas y los frutos eran exactamente como los que había visto en su sueño. Pensando que no podía tratarse de una coincidencia, Mendel cogió algunos frutos y algunas hojas de las ramas del árbol. También arrancó un poco de corteza y resbalaron unas lágrimas de leche espesa que se le secaron en la mano en forma de granos. Guardó las hojas, los frutos, la corteza y la savia seca dentro del hato y echó a andar. Mientras caminaba Mendel se dio cuenta de que ahora percibía el mundo que le rodeaba de un modo diferente. Descubrió, por primera vez, que tenía verdaderos pensamientos dentro de la cabeza y, de repente, se sintió inteligente. Debían de ser las sandalias, no cesaba de repetirse. Lo que no sabía era que una hoja con forma de corazón del sicomoro mágico se había quedado pegada a la suela de la sandalia y era la responsable de la creciente sabiduría.La siguiente ciudad adonde Mendel fue a parar era mucho más grande, la verdad es que nunca había visto ninguna igual ya que era la capital del país. La plaza era enorme y había muchas tiendas en ella. Vio que en cada escaparate había un cartel que decía:
¡SE BUSCA UN REMEDIO PARA LA CEGUERA!
Como el mensaje había despertado su curiosidad, Mendel entró en una panadería y preguntó por qué había tantos carteles colgados por todas partes. Le dijeron que la hija del rey se había quedado ciega a causa de una misteriosa fiebre. Los mejores médicos del país habían acudido a la ciudad pero ninguno había sido capaz de curarla.
-Llévadme ante vuestro rey -dijo Mendel con apremio.
Le acompañaron al palacio, donde todo el que prometía una curación era bienvenido. Le condujeron hasta una habitación en la que la hermana de la princesa estaba sentada llorando en una gran cama. Mendel sabía exactamente lo que tenía que hacer. Preguntó si podía utilizar la cocina real, y preparó allí una poción con los granos de savia, las hojas y la corteza del sicomoro. Mientras vertía el líquido sobre los ojos de la princesa, Mendel dio instrucciones precisas de que la joven debía estar dos días completamente a oscuras. No sólo rezó el rey, sino también todo el reino. Al tercer día la princesa abrió los ojos y dijo entre lágrimas: “¡Veo, padre!” Eran las palabras más dulces que el rey escuchaba desde hacía mucho tiempo. Se sentía tan feliz que hizo llamar al tesorero real para que recompensara a Mendel con cinco bolsas de oro. Pero gracias a la hoja de sicomoro que todavía llevaba pegada a la sandalia, Mendel fue lo bastante listo como para rechazar el obsequio.
-Alteza -dijo-, quizá para vos la curación tiene un precio, pero para mi no tiene ninguno.
Estas profundas palabras satisficieron tanto al rey que decidió nombrarle ministro.
Mendel sirvió al rey como ministro bastantes meses, y continuó sorprendiéndolo con sus ideas, su inteligente manera de resolver los problemas y sus perspicaces observaciones.
-¿Cuál es el secreto de vuestra sabiduría? -no pudo resistirse a preguntar el rey.
-El secreto son mis sandalias -confesó Mendel señalando sus pies polvorientos.
Las sandalias estaban bastante sucias porque Mendel no las limpiaba nunca por temor a que desapareciera la magia.
-¿Qué queréis decir? -dijo el rey, casi ofendido por la respuesta.
-Es cierto -respondió Mendel y siguió contando el sueño que había tenido justo después de ponérselas, el sueño gracias al cual había podido curar a la princesa.
-Así, ¿puedo ponerme vuestras sandalias? -preguntó el rey.
Gracias a la hoja pegada a la suela, Mendel supo que debía negarse. El rey llegó a ofrecerle hasta diez bolsas de oro, pero Mendel hizo un gesto de negación con la cabeza.
El monarca estaba desesperado. Finalmente declaró:
-Os ofrezco a mi hija en matrimonio.
Para Mendel era un ofrecimiento tentador, claro está.
-Me sentiría muy honrado de casarme con vuestra hermosa hija -le dijo-, pero sentiría mucho no poder darle los lujos a los que está acostumbrada.
-Pues también os daré la mitad de mi reino -anunció el rey.
¿La mitad del reino? Mendel se rascó la cabeza. La verdad es que no actuaría muy inteligentemente si rechazara un ofrecimiento tan generoso como aquel.
-Como deseéis alteza -proclamó Mendel cerrando el trato.
El satisfecho rey indicó a sus criados que descalzaran a Mendel, pero éste les detuvo.
-¡No tan deprisa! -dijo-. Esperad aún algunas semanas.
Y decidieron que el rey no recibiría los zapatos hasta que Mendel se hubiera casado con su prometida.
Se iniciaron los preparativos de la gran boda. Mientras el palacio bullía de actividad, uno de los ministros del rey empezó a sentir una gran envidia. ¿Cómo podía ser que un extranjero se quedara con la mitad del reino mientras él, que se había dejado la piel sirviendo al rey, no obtenía nada?, se preguntó. Decidió que intentaría poner al rey en contra de Mendel diciéndole “¿Cómo os podéis creer que la sabiduría le viene de las sandalias? Es absurdo”. El rey lo meditó y concluyó que sí, que costaba mucho creerlo, y le hizo la misma pregunta a Mendel.
-Bien, pues podéis poner a prueba las sandalias -replicó Mendel con gran seguridad en sí mismo-. Hacedme una pregunta que ningún ser humano en el mundo sea capaz de contestar, y os demostraré respondiéndoos correctamente que mis sandalias son las responsables de mi sabiduría.
El envidioso ministro consultó con muchos sabios del reino, y todos juntos le plantearon la pregunta que habían acordado que era imposible contestar.
Aquella tarde todos se reunieron y el rey le hizo a Mendel la pregunta escogida:
-¿Cuántas estrellas hay en el firmamento?
Mendel salió de palacio, miró al cielo, hizo algunos cálculos en silencio y regresó con la respuesta.
-Ocho mil novecientas setenta y siete -les informó.
-¿Cómo podéis ser tan preciso? -preguntó el ministro envidioso.
-Podéis contarlas vos mismo -dijo Mendel encogiéndose de hombros.
El ministro se sintió avergonzado porque no se veía capaz de enfrentarse a una tarea tan colosal, aunque fuera para demostrar que Mendel no tenía razón. Pero el rey quedó muy satisfecho con la respuesta y le concedió la mitad del reino a Mendel, quien envió a buscar a sus pobres padres para que asistieran a sus esponsales.
Hershel y Mirka se sentían muy contentos de encontrarse de nuevo con su hijo y no salían de su asombro ante tan increíble fortuna. Cuando hubo terminado la ceremonia de la boda, Mendel por fin le dio las sandalias al rey. El monarca las miró y dio instrucciones a los criado para que las limpiaran de arriba abajo. ¡Claro que los criados las limpiaron tan a conciencia que también tiraron la hoja!
Además de haber perdido las sandalias, Mendel volvió a ser tonto, pero tuvo la suerte de que la inteligente princesa se encargara de los asuntos del reino. Cuando el rey se puso las sandalias no se sintió más inteligente que antes, pero como habría quedado en ridículo si lo hubiera reconocido, se calló. Y como nadie más habló de ello, nunca se descubrió el secreto de la hoja mágica del sicomoro.
---Fin---











