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7/24/2024

LEYENDA SHUAR, de Cuentos y leyendas Amazònicas
NUNKUI, la creadora de las plantas
 
Hombre de la selva pintado con achiote
Hace muchos años, cuando los shuar empezaban a poblar las tierras orientales del Ecuador, la selva no existía. En su lugar se extendía una llanura man­chada solamente por escasas hier­bas. Una de éstas era el unkuch, el único alimento de los shuar.
      Gracias al unkuch, los shuar pudieron soportar durante mucho tiempo la aridez de la arena y el calor. Pero, un día la hierba desa­pareció. Algunos echaron la culpa a Iwia y a Iwianchi, seres diabólicos que desnudaban la tierra comiéndose todo; pero otros se esforzaron por encontrar el ansiado alimento. Entre estos había una mujer: Nuse. Ella, ven­ciendo sus temores, buscó el unkuch entre los sitios más ocul­tos, pero todo fue inútil. Sin desanimarse, volvió donde sus hijos y, llenándolos de valor, reiniciaron la búsqueda.
      Siguiendo el curso del río, cami­naron muchos días; pero el calor de esas tierras les impedía avan­zar más. Inesperadamente, sobre el río aparecieron pequeñas roda­jas de un alimento desconocido: la yuca. Al verlas, Nuse se lanzó al río y las tomó. Apenas las probó, sintió que sus ánimos renacían misteriosamente y enseguida corrió a socorrer a sus hijos. De pronto, apareció una mujer bella. Nuse, asustada, le preguntó:
      -¿Quién es usted?
Yuca y su planta
      -Yo soy Nunkui, la dueña y soberana de la vegetación. Sé que tu pueblo vive en una tierra desnuda y triste, en donde apenas crece el unkuch.
      -¡El unkuch ya no existe! Era nuestro ali­mento y ha desaparecido. Por favor, señora,¿sabe dónde puedo hallarlo? Sin él, todos los de mi pueblo morirán.
      -Nada les ocurrirá, Nuse. Tú has demostrado valentía y por ello te daré, no sólo el unkuch, sino toda clase de alimentos.
      En segundos, ante los ojos sor­prendidos de Nuse, aparecieron huertos de ramajes olorosos.
      Nunkui continuó: -Te obsequiaré una niña prodigiosa que tiene la virtud de crear el unkuch y la yuca que has comi­do y el plátano y...
      -Gracias Nunkui, gracias!
      Nunkui desapareció y en su lugar surgió la niña prometida. La pequeña guió a Nuse entre la espesura. La niña le anunció que allá también, en el territorio de los shuar, la vegetación crecería majestuosa. Cuando llegaron, la niña cumplió su ofrecimiento y la vida de los Shuar cambió por completo. Las plantas se elevaron en los huertos y cubrieron el suelo de esperanzas.

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2/25/2024

LA LEYENDA DEL GUAYACÁN

En el sur de nuestro continente americano se cuenta una leyenda que nosotros hemos adaptado y dice así:

Cuentan que cuando Dios estaba creando todo lo que había en este mundo, se reunió una tarde con todos los árboles y les pidió que escogieran la época en la que cada uno de ellos quería florecer y así, embellecer la tierra.
En un estallido de alegría comenzaron todos a gritar: ¡Otoño, Verano, Primavera!
Pero Dios vio que ninguno elegía la estación de invierno, entonces preguntó: - ¿Por qué nadie elige la época de invierno?
Cada uno tenía su razón: ¡Muy seco! ¡muy frío! ... ¡muchos incendios!
Entonces Dios pide un favor: - Necesito al menos uno, un árbol, que embelese el invierno, que sea valiente y capaz de enfrentarse al frío, a la sequía, a los peligrosos incendios y así  embellecer el mundo. ... (Todos se quedaron en silencio)
Fue entonces que un árbol callado y tranquilo al fondo, sacudió sus hojas y dijo: -¡Yo voy!...
Y Dios con una sonrisa preguntó: -¿Cuál es tu nombre?
Él respondió: - ¡Me llamo guayacán, Señor!
Los otros árboles quedaron asombrados por su locura de querer florecer en invierno.
Entonces Dios respondió: - Por atender mi pedido te haré florecer en el invierno, no sólo con un color, sino con varios, para que también en invierno, el mundo sea colorido. Tendrás diferentes nombres, colores y texturas... ¡tu linaje será enorme!
Y así Dios hizo posible la floración de uno de los más hermosos árboles que da color al mundo cada invierno...
Dicen que en otros países de Latinoamérica los hay de más colores, pero en Oaxaca y en varios estados de México, tenemos la bendición de tener: amarillos y rosados (rosa lila y rosa blanco).
Y efectivamente, nuestros guayacanes florecen en pleno invierno (diciembre - marzo), en los meses de sequía, cuando ya ha pasado mucho tiempo de la última lluvia, lo cual los hace más especiales...
¡Que podamos ser como el guayacán y sepamos florecer en los inviernos de la vida! 

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7/06/2022

BERNARDO FERRANDO (Uruguay)
El Cedrón


Hubo una época en el mundo, en que los seres humanos vivían en paz y armonía. Los conflictos se solucionaban pacíficamente y se disfrutaba del invierno así como del verano. El otoño era una época de recambio y la primavera, de renacer.
     Se olía el aire puro, los arroyos y los ríos eran transparentes y estaban llenos de peces que alimentaban a los indígenas que vivían en sus márgenes. En los montes había árboles grandes y hermosos, los pájaros cantaban los designios divinos. Los duendes y los seres elementales hablaban, jugaban, sonreían y compartían sus enseñanzas con los seres humanos.
     Los habitantes de estas tierras cosechaban los frutos de los árboles, cazaban para comer y usaban sus canoas para transitar por los arroyos y los grandes ríos como el Uruguay y el Paraná. Se curaban con hierbas y con flores. Disfrutaban al ver las estrellas y reverenciaban a la luna con ofrendas y ceremonias sagradas.
     Este relato sucede en esa época de la humanidad.
     Iba terminando el otoño, venía el invierno con sus lluvias y crecientes. Un día, dos niños Caboá y Tupí, fueron río arriba buscando frutos de los árboles. Hacía calor pero se avecinaba una tormenta. Ésta los sorprendió y los niños se refugiaron debajo de unos árboles para esperar que pasara. Las aguas del río pasaron de un caudal tranquilo a una corriente que arrollaba todo a su paso. El río se desbordó en plena noche.
     Caboá y Tupí se subieron a un Timbó para protegerse. Lloraban angustiados por la situación, veían cómo el agua arrastraba árboles y animales. Todo se transformaba en un inmenso mar. El árbol en el cual se cobijaban cedió a la correntada. Sus ramas sobresalían del agua varios metros y su tronco inmenso servía para que los niños permanecieran sentados. Sobre esa improvisada nave los dos niños emprendieron un largo viaje durante el cual la naturaleza los sometería a duras pruebas.
      Entre las hojas del inmenso árbol vieron nidos de pájaros y escondido, mirando fijamente, un yaguareté. La angustia de los niños se acercaba al límite.
     El duende del Cedrón llamado Oloxali también viajaba en ese árbol. Era una experiencia que los niños debían pasar para aprender y crecer.
     Le dijo Oloxali al yaguareté:
     -Has de ayudar a estos niños para que aprendan de tu valor.
     -Y tú les darás de comer y les enseñarás a vivir esta experiencia con serenidad y tranquilidad, le contestó el yaguareté.
     El yaguareté se acercó a los niños que lo miraban asustados y se refregó sobre ellos suavemente para que se dieran cuenta que los iba a cuidar y ayudar. El duende del Cedrón los miraba desde una rama y le ordenaba al animal cómo socorrerlos. El animal lamía con ternura los pies a los niños. Al ver esto se fueron tranquilizando. Poco a poco fueron entendiendo el lenguaje del animal, por lo que el miedo se les pasó y durmieron abrazados el resto de la noche.
     Paró la lluvia pero el enorme árbol de Timbó fue siguiendo el cauce del río. Al descender las aguas el Timbó tocó el fondo del río y Caboá, Tupí, el yaguareté y Oloxalí buscaron refugio. Se metieron dentro de una cueva. Las criaturas aprendieron muchas cosas del yaguareté y del duende del Cedrón: el valor, la astucia, la serenidad y la paz para enfrentar las situaciones de la vida. El animal les enseñó a cazar y a procurarse alimento, el duende les enseñó a comunicarse con las plantas y las flores para curar sus enfermedades.
     Llegó el día en que terminó el invierno, el yaguareté debía seguir su camino solitario, Oloxalí les había enseñado el secreto de las plantas, por lo que ya estaban prontos para enfrentar la vida y sobrellevar las situaciones con valor y serenidad.
     Era así como debían volver a sus tierras con su gente. Habían hecho un pacto con el yaguareté y el duende para aplicar sus enseñanzas. El duende los abrazó, el animal les lamió los pies, marchándose despacio entre los árboles del monte. Los niños se quedaron mirándolos, tristes y a la vez contentos.
     Luego emprendieron el regreso, pero ya no eran niños, habían crecido. Caminaron mucho hasta encontrar a los suyos que los esperaban ansiosos. Habían vivido una experiencia que serviría de ejemplo a quienes los rodeaban.

---Fin---

4/22/2022

LEYENDA DEL ÁRBOL DEL AMOR

Leyendas de Zacatecas, México

El Aralia paperifer, de origen europeo, es un frondoso árbol siempre verde. Es un árbol muy especial, perteneciente a una especie rara, tanto que se dice que no hay otro ejemplar en el continente americano, que el que hace referencia esta leyenda.
     En pleno centro de la ciudad de Zacatecas, a espaldas del portal de Rosales y frente al ex-convento San Agustín, se encuentra una plazoleta arbolada que antes fuera un pequeño jardín. Es la actual plazoleta de Miguel Auza. En este apacible lugar se daban cita feligreses, vendedores y aguateros cuya calma provinciana, la prisa no tenía lugar y sí la vida y el calor humano. Ahí, regado con el vital líquido que le sustentaba y con las lágrimas derramadas en silencio por tres seres marcados por un destino común, se encuentra el árbol que fue testigo de sus amores.
     En el pasado, el templo de San Agustín, daba vida espiritual a este bello rincón de ensueño para los enamorados.
     Oralia, la hermosa jovencita que dio origen al nombre con que se conoce al árbol, vivía en una de las señoriales casas que daban al jardín. Con la lozanía de su edad, propicia para el primer amor, su cantarina risa contagiaba la alegría de vivir a todo lo que la rodeaba.
     Era Juan un humilde pero risueño y noble aguatero, que aún despierto soñaba encontrar una veta de plata para ofrecérsela a Oralia, a quien amaba en silencio. Pero sabiéndose pobre la veía como a la más remota de las estrellas.
     Por las tardes, al salir de la mina, Juan se convertía en el alegre aguatero que ensayaba junto a su paciente burro improvisados versos de amor, caminando con la ilusión de contemplar a Oralia, para entregarle el agua, con la que regaba las plantas del jardín y, en especial, el árbol que cuidaba con esmero.
     Oralia sentía nacer un entrañable cariño, más allá de la amistad, por el aguatero que por su parte día a día se ganaba también la estima de las familias. Juan tenía un rival, Pierre, un francés, que tras la etiqueta de la cortesía y modales refinados, cortejaba a Oralia, quien experimentaba sentimientos encontrados ya que la colmaba de atenciones.
     El destino había traído al francés a su casa durante la ocupación en 1864 y, por cortesía, las familias le brindaban un trato deferente al extranjero, discupándolo de los actos de un gobierno al que debía obediencia. El francés, siempre impecable en sus modales y pulcro en el vestir, les visitaba no por devolver la cortesía sino con la secreta esperanza de impresionar a Oralia, de quien se había enamorado.
     Con el permiso de sus padres, solían sentarse bajo la sombra del árbol que Oralia cuidaba; ella escuchaba al francés la descripción que de su patria hacía y dejaba volar su imaginación.
     Juan sufría en silencio al verlos juntos, incapaz de hacer nada para evitarlo. Notaba las barreras sociales que los separaban y más intensos eran sus anhelos de encontrar la veta de plata para realizar sus sueños.
     Trabajaba duro en minas abandonadas; al final de la jornada, el agua de las minas le limpiaban el polvo que cubrían su piel. Con su fiel burrito iban a llenar sus botes de agua de la fuente y la repartía a las familias, cuidando de dejar para el final, la casa de Oralia para disponer de un poco más de tiempo para estar en su compañia.
    Oralia lo esperaba con impaciencia para que la ayudara a regar su árbol. Al hacerlo, su regocijo se manisfestaba en el lenguaje secreto de los enamorados. El árbol lo sabía y el susurro de sus hojas se confundía con el rumor de las risas de los jóvenes, mientra su follaje se inclinaba, en un intento de protegerlos de miradas indiscretas.
     Una tarde Oralia fue al templo. Arrodillada frente al altar lloró en silencio al comparar dos mundos tan opuestos. Su plegaria imploraba ayuda para tomar la decisión acertada en tal cruel dilema.
     Al salir del templo sin haber podido tomar una resolución, se sentó en silencio bajo el árbol y el llanto volvió a brotar. Su angustia provocaba la alteración del ritmo de los latidos de su corazón, cuando en su regazo cayó suavemente un racimo de cristalinas lágrimas que conmovido el árbol le ofrecía como amigo amoroso para su consuelo. Al tacto de sus tiernas manos, las lágrimas del árbol se convirtieron en un tupido racimo de flores rosadas.
     Oralia recuperó la paz junto a su árbol y encontró el valor para decidirse por su aguatero, sin importarle su humilde condición.
     Al otro día, el francés se presentó puntualmente en la casona y con el semblante muy triste comunicó su partida del país. Otros vientos políticos flotaban en la nación y era urgente su traslado a Francia. Se llevaba el corazón destrozado por tener que abandonar a Oralia y la despedida era mas amarga aún por saber que jamás volvería a verla.
     Mientra tanto, en la profundidad de la mina, Juan vislumbra un tenue brillo, tan sutil como la ilusión; una corazonada hizo intuir la veta que buscaba y continuó el brillo de la roca que aún se resistía a entregar al joven su argentífera savia.
     Al día siguiente al llegar con el agua, Oralia lo notó más alegre que de costumbre, no se pudo contener y al verlo tan feliz le dio un gran beso junto al Árbol del Amor que regaban ahora entre risas.
     Juan ni se acordó de su rica veta de plata y más aún olvidó el discurso que toda la noche había ensayado, al ver caer racimos de flores rosadas del árbol, que así compartía la culminación de tan bello idilio en aquel bello jardín, hoy plazoleta de Miguel Auza frente al ex-templo de San Agustín.
     Desde entonces las parejas de enamorados, consideran de buena suerte refugiarse bajo las ramas del Árbol del Amor, para favorecer la pervivencia de su romance.

---Fin---

9/07/2021

Cuento pampeño

Marta Ballesteros
Leyenda del ombú

En la pampa fértil sembrar maíz es una fiesta. Sobre todo al comienzo de la siembra. Toda la tribu está pendiente de los sembrados. Siempre hay alguien controlando el estado de la tierra y observando cómo depuntan la hojitas de las nuevas plantas. La vida de los habitantes de la aldea gira en torno al plantío. Es en lo primero en lo que piensan cada amanecer y de lo último de lo que hablan cada anochecer.
     Sólo la guerra, que ya era inminente, podría acaparar por completo esa atención que los hombres destinaban al plantío. Sólo la guerra les robará la atención a las plantas. La guerra siempre les robará. Les robará hombres y les robará vidas. Se los llevará a todos. En la toldería* solo quedarán las mujeres y los niños.
     El jefe, antes de irse, le dijo a Ombí, su mujer: Cuida las plantas de maíz. Te dejo a cargo de ellas. Ombí asintió con la cabeza. No abrió la boca porque no era mujer de muchas palabras. Ese gesto, en ella, valía como un juramento. Ombí era hosca hasta con su familia. Le habría gustado poder demostrarles cuánto los quería, ser cariñosa, pero no sabía cómo hacerlo.
     Tampoco sabía que su familia se daba cuenta de sus sentimientos, porque sin hablar, con gestos, se las había arreglado para cobijar a todos bajo su amor. Y de amor se trataba el encargo que le dejó su esposo. De amor a su tribu, para que no sufrieran de hambre nunca jamás. Por eso Ombí se ocuparía del maíz día y noche para que las plantas crecieran sanas.
     Pero una gran sequía les dejó sin agua y sin sombra. Casi todo el maizal se quemó bajo los rayos implacables del sol. Un pequeño rodal sobrevió milagrosamente y Ombí lo cuidaba con su vida. Por más que le decían que se protejiera del sol, Ombí permaneció construyendo pequeñas sombras que protjieran las plantas. La refrescaba hasta con su aliento, las regaba con su propia ración de agua. Incluso les hablaba. Les contaba a las plantas lo que nunca le ha dicho a nadie... de sus sentimientos, sus sueños, de la necesidad que tenía la tribu de alimento, de la desesperación por no tener noticias de su marido. Su alma maternal se ensanchaba, para cubrirlas más y más.
     Un fuerte viento comenzó a soplar y se llevó por delante los sombrajos. La plantitas se doblaban hasta tocar el suelo. Ombí se agarró a la tierra para no apartarse de las plantas permaneciendo así durante días. Y así la encontraron los indios, transformada en una hierba gigante que protegía las plantas y que se confundía con un árbol. El cabello enmarañado se había transformado en una gran copa protectora, silenciosa, pero diciéndolo todo con su gesto de amparo.
     Cuando el jefe regresó, el maíz ya estaba crecido, pero a él no le importó. Fue a llorar a la sombra de su amada. Fue a decirle lo que él tampoco nunca le dijo. Y comprendió que no hacía falta decir nada más.

  *Toldería:
Conjunto de toldos o viviendas rústicas que levantaban los grupos indígenas.

                                                                                     ---Fin---
Versión de Teresa Villafañe Casal

Umbí, la esposa del jefe de una tribu, ha conseguido que los indios cultiven la tierra. El verdor auspicioso de las plantas de maíz anunciaba la cosecha. Pero el deseo de lucha privó en los hombres, y un día dejaron sus campos y se fueron a pelear.
     Umbí quedó encargada del campo cultivado. Ella debía cuidarlo para que las mujeres y los niños no padecieran hambre.
     La luna llena anuncia con síntomas infalibles una terrible sequía. Umbí comprende lo difícil que será cumplir su misión.
     Día a día las plantas de maíz van perdiendo su lozanía. Una a una caen vencidas. Pero Umbí está dispuesta a no cejar. Con la energía y la resistencia de que sólo las madres son capaces, decide salvar los granos necesarios para volver a sembrar.
     De pie frente a las plantas que quedan vivas, trata de darles sombra con su cuerpo y las humedece con sus lágrimas. Desafía a Gúneche, dios que le manda, que le mande la sequía. Resiste desesperadamente la heroica mujer, pero su agotamiento es visible. – El Gúneche, al fin, ante el sacrificio sublie de la leal esposa, de la madre que lucha por sus hijos, por su tribu resuelve ayudarla en su obra. Pero no envía la lluvia que tanto ansía, sino que transforma a Umbí en un árbol, en una hierba gigante, que con su sombra consigue salvar una planta de maíz que dará los granos para la próxima cosecha.
     Cuando regresaron los indios, el jefe vislumbró, a través del tronco retorcido y rugoso, la lucha que tuvo que sostener su leal Umbí.
     Desesperado, se abrazó al árbol, y la sombra de éste lo cobijó, como en un último esfuerzo de la noble india para ser útil a su esposo, a sus hijos, a su tribu.

---Fin---

12/29/2020

Leyenda del Lapacho

LEYENDA DEL LAPACHO
(guayacán, ipé, aranguaney, cortez blanco y amarillo cañahuato, puy, cañada, curarire, palo de arco, apamate, tajy, polvillo, primavera, etc)

      Cuenta la historia, que cuando Dios estaba preparando el mundo, se reunió una tarde con todos los árboles y pidió que cada árbol eligiera la época en la que cada uno de ellos quisiera florecer y así, embellecer la tierra.
      En un estallido de alegría comenzaron todos a gritar: “otoño, verano, primavera!”
      Dios vio que ninguno elegía la estación de invierno, entonces preguntó:
      - ¿Por qué nadie elige la época de invierno?
      Cada uno tenía su razón. ¡Muy seco! ¡muy frío! ¡muchos incendios! ...
      Entonces Dios dijo:
      Necesito al menos un árbol que embelese el invierno, que sea valiente y capaz de enfrentarse al frío, la sequía y las quemas y en ese frío poder embellecer el mundo...
      Se quedaron todos en silencio.
      Fue entonces que un árbol callado y tranquilo al fondo, sacudió sus hojas y dijo:
      -¡Yo voy!...
      Y Dios con una sonrisa preguntó:
      - ¿Cuál es tu nombre?
      ¡Me llamo Lapacho, Señor!
      Los otros árboles quedaron asombrados del coraje del Lapacho y su locura de querer florecer en invierno.
      Entonces Dios dijo:
      - Por atender mi pedido te haré florecer en el invierno no sólo con un color, sino con varios, para que también en invierno, el mundo sea colorido.
      Tendrás diferentes colores y texturas y tu linaje será enorme.
      Y así Dios hizo uno de los más hermosos árboles que da color al invierno. Y así tenemos al Lapacho: blanco, amarillo, amarillo del pantano, amarillo de la hoja lisa, amarillo niebla, rosa, púrpura, morado...




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12/11/2020

La leyenda El Toborochi

EL TOBOROCHI, leyenda guaraní

      El Toborochi es un arbol nativo de las selvas tropicales y subtropicales de Sudamérica. Conocido también como árbol botella tiene la particularidad de florecer en plena estación invernal cuando la mayoría de los arboles empiezan a perder sus hojas. Con sus flores de color rosado anuncian la llegada del frío y del otoño.
 
      Cuenta una leyenda boliviana que hace mucho tiempo los espíritus de la oscuridad -los Aña- vivían en la tierra como personas, aterrorizando a los primeros guaraníes asesinando a los hombres y secuestrando a las mujeres.
      En una pequeña aldea vivía una muchacha llamada Araverá -Destello en el Cielo-, hija del gran Cacique Ururutï -Cóndor Blanco-. Ella se había casado con el dios Colibrí, Chinu Tumpa, y esperaba un hijo en muy poco tiempo, el mismo que esperaban que se convertiera en el mejor Chamán -Paye- de la región, capaz de derrotar a todos los espíritus del mal.
      Los Aña, al enterarse de la noticia, se propusieron matar a Araverá. Montados en sus caballos alados que lanzaban fuego se dirigieron hacia la aldea; pero Araverá, que ya sabía del peligro escapó volando hacia los últimos confines del universo en la sillita voladora que le había regalado su esposo Colibrí.

      Los Aña la buscaron en el fondo de las aguas, debajo de la tierra y más allá de las estrellas. Cuando la sillita voladora ya no pudo aguantar el peso de Araverá y de su pequeña criatura dentro de su vientre, descendieron a la tierra y se ocultaron dentro de un Toborochi. Los Aña pasaron de largo y nunca pudieron encontrarlos. Ahí adentro, en la barriga del Toborochi, Araverá tuvo a su hijo. El niño creció y vengó la maldad de los Aña, pero su madre se quedó atrapada en la barriga del Toborochi. 
     Cuenta la leyenda que, al llegar el frío, Araverá sale convertida en una hermosa flor rosada para que los colibríes vayan a disfrutar de su néctar. 

---Fin---

7/27/2018


EL BIBOSI Y EL MOTACÚ
En "SoySantaCruz.com.bo"

     Uno de los más curiosos y pintorescos casos de falsa simbiosis vegetal que se presentan en nuestra tierra es la del árbol llamado bibosi y la palmera motacú. Tan estrechamente se enredan uno con otro y de tal modo viven unidos, que entre las gentes simples y de sencillo pensar se da como ejemplo vivo de enlace pasional. Una vieja copla del acervo popular lo expresa galanamente:

El amor que me taladra
necesita jetapú;
viviremos, si te cuadra,
cual bibosi en motacú.

     Quienes saben más acerca de ello señalan que la palmera es el sustento y la base de la unión, pese a su condición femenina, y el árbol es el que se arrima a ella porque le procura mantenimiento y firmeza, no obstante su ser masculino. La observación del conjunto da qué pensar, habría en ello material sufciente para especulaciones de orden social y hasta moral si se quiere.
     Dando al sugestivo asunto otro cariz y tratando de explicarlo por el lado poético-afectivo, el poeta don Plácido Molina Mostajo (1875-1970) cantó:


El membrudo bibosi que a la palma

por entero rodea
con tal solicitud, que al fin la ahoga
Celoso enamorado prefiriera 
antes que en otros brazos a su amada,
entre los propios contemplarla muerta.

     Dice la leyenda sobre la peregrina unión del árbol corpulento y la grácil palmera...
     ... que por los tiempos de Maricastaña y del tatarabuelo Juan Fuerte, vivía en cierto paraje de la campiña un jayán de recia complexión y donosa estampa. Amaba el tal con la impetuosidad y la vehemencia de los veinte años a una mocita de su mismo pago, con quien había entrado en relaciones a partir de un jovial y placentero "acabo de molienda". La mocita era delgaducha y de poca alzada, pero bonita, eso sí, y con más dulzura que un jarro de miel. 
     No tenía el galán permiso de los padres de ella para hacer las visitas de "cortejo" formal, por no conceptuarle digno de la aceptación. Pero los enamorados se veían fuera de casa en cualquier vera de senderos o bajo el cobijo de las arboledas. 
     Entre tanto los celosos padres habían elegido por su cuenta, como futuro yerno, a otro varón que reunía para serlo las condiciones necesarias. Un buen día de esos notifcaron a la hija con la decisión inquebrantable y la inesperada novedad de que al día siguiente habrían de marchar al pueblo vecino para los efectos de la boda.
     La última cita con el galán vino esa misma noche. No había otra alternativa que darse el adiós para siempre. El la tomó en los brazos y apretó y apretó cuanto daban sus vigorosas fuerzas... 
"Antes que ver en otros brazos a la amada, entre los suyos contemplarla muerta",  referían en el campo los ancianos, y singularmente las ancianas, que el primer bibosi en motacú apareció en el sitio mismo de la última cita de aquellos enamorados.
    El bibosi es un tipo de ficus que se enreda apasionadamente sobre el motacú (Scheelea princeps) una frágil palmera de ricos frutos.

---Fin---

7/08/2018

GIRALA YAMPEY (Paraguay, 1923-2018)  
La leyenda de Anahí y la flor del ceibo (árbol nacional argentino)
De "Mitos y leyendas guaraníes" (Edición del autor; 2003; Asunción, Paraguay)

    
Dicen que Anahí, una joven de la tribu guaraní no destacaba por la belleza, era de rostro tosco, pero era aguerrida y tenía una maravillosa voz. Cantaba con tanta dulzura que encantaba a todos cuando modulaba las melodias de su tribu. Era noble de corazón y de maneras afables. Su espigada estampa era signo de vigor, audacia y valentía, cualidades que demostraría muy pronto. Destacaba por su bella alma y su coraje solidario, que ennoblecía su person.
     Un día, sobrevino un ataque al táva -al pueblo- de su grupo. Sin titubear, la joven Anahí, se sumó a los guerreros de su tribu para defender el hogar y la comunidad. Lo hizo con increíble bravura. En medio del combate, se le veía altiva y decidida. Los invasores guiados por guerreros guaycurúes  querían cautivos para sus servicios. La bravura de la muchacha despertó enseguida la admiración de todos, defensores y atacantes. En denodada lucha demostró las ansias de libertad de su estirpe. Pero la ferocidad de los guaycurúes y el tronar de arcabuses, consiguieron reducir a los defensores. A Anahí, la tomaron prisionera y fue llevada atada, por el temor que inspiraba su irreductible decision de luchar. La pequeña muchacha de la hermosa y dulce voz, resultó ser una admirable guerrera.
     Anahí fue encerrada con centinela. Triste y sola, no perdió su apostura. Por momentos cantaba con su invencible y melodiosa voz. Era tan cautivadora su dulce voz, que el propio centinela quedó preso de sus canciones. En un momento de descuido Anahí le asestó un sorpresivo y violento golpe con un trozo de palo que pudo tomar. Dándole en la nuca lo dejó tendido y salió en frenética huida del lugar.
Ya había ganado el bosque cuando la alcanzaron. Nuevamente fue apresada. Los invasores condenaron a Anahí a morir en la hoguera para complecer a sus furiosos aliados guaycurúes y para dar un castigo ejemplar a quienes quisieran escapar al yugo del vasallaje; además de que creían que Anahí podría tener poderes ocultos de hechicera o bruja.
     Esa noche, cuando la luna llena alumbraba con todo su vigor, el pequeño cuerpo de la abnegada y decidida muchacha, fue atada a un poste a orillas del río. Llevaron haces de leña que fueron apiladas alrededor de la prisionera. Un danza ritual de los  guaycurúes, acompañó la ceremonia y dio comienzo a la inmolación de Anahí. Un denso humo negro cubrió la escena de la quema en vida de la infortunada víctima. No se escuchó ningún grito desesperado, ni llantos. Solamente un quejumbroso  murmullo que parecían amenazas, un sordo canto fúnebre.
    
Seguramente tenía conciencia que su sacrificio era el símbolo de la defensa de la heredad y las ansias de libertad de su pueblo. Ofrendó su vida con serenidad y coraje. La india más fea de la tribu, pero que poseía la más dulce voz que habían escuchado sus hermanos, fue quedamada viva, en la hoguera.
     Una vez que ardieron los leños, el negro humo fue disipándose. Al llegar los resplandores del alba, cuando las llamas habían consumido el cuerpo sacrificado en un holocausto de venganza sin piedad, quienes martirizaron a la pequeña y valiente guerrera, vieron con asombro que sobre las cenizas que dejaron las lenguas de fuego, algo se agitaba. La luz de la madrugada mostró que, en el lugar del tronco que había servido para atar a la joven de dulce voz, estaba erguido un árbol cuya rugosa corteza formaba unos canales que parecían llamas danzando. En sus verdes ramas, lucían ramilletes de rojas flores. Eran como si la sangre de Anahí estuviera manando en gotas vegetales.

      Era el árbol que representa el alma indomable y altiva de una estirpe que no quiere morir, el ceibo. Su presencia, muchas veces solitaria en los montes, recuerda a quienes supieron morir por su libertad. Es un árbol rústico, casi hosco, cuya flor, como el indomable espíritu de Anahí, no puede llevarse sobre el pecho. La voz dulce de la indiecita fea, anida en ella.
 

     José Oswaldo Sosa unió la poesía y la música en una hermosa canción sentimental que perpetúa la leyenda de Anahí. (La pondré en próximos días)

---Fin---

7/04/2018

MARISA LÓPEZ PALMEYRO
La leyenda del lapacho -Tajy-

     Los que saben de estas cosas cuentan que, hace más de mil años, los guaraníes iniciaron una larga migración hacia el sur desde el corazón de las selvas sudamericanas: quizás desde la meseta del Mato Grosso, donde se separan las aguas que se encauzan hacia el norte, hacia las selvas amazónicas, y las que descienden hacia el sur, a la cuenca del Plata; o quizás desde más al Norte todavía.

     Cuenta la leyenda que el Dios de los guaraníes cuando estaba dispuesta la separación de los hermanos Tupí y Guaraní un día antes de la partida de Guaraní, les dijo: "Los dos son y serán siempre conquistadores de tierras, el símbolo de sus conquistas será, que ustedes al asentarse en una comunidad marcaran con grandes árboles de distintos colores cuyo nombre será Tajy, "las tierras conquistadas". Y así Tupã Tenondete les entregó la semilla de estos fornidos árboles que había traído del "Yvaga", prometiendo que si cultivaban las semillas crecerían los árboles más grandes y ellos utilizarían la madera para todos utensilios que necesitaran: canoas, cubiertos, armas, flechas, casas. Desde que comenzó la conquista de los guaraníes se puede disfrutar por todos los caminos los lapachos de diversos colores: blancos, amarillos y rosados. Desde ese tiempo los guaraníes afirman que los lapachos siempre traen la fortaleza de Tupã a todo el pueblo, pues, al mirarlos y tocarlos, el árbol les transmite una fuerza incomparable, marcando claramente el territorio que pertenece a esta tribu. Por esto los guaraníes lo llaman "El árbol de Yvaga", el árbol de Tupã Tenondete.


---Fin---

3/05/2018

LA LEYENDA DE IROKO SOBRE EL CIELO Y LA TIERRA
de Natalia Bolívar, que la recogió de la comunidad africana de Cuba
     
     Hasta hace unas pocas décadas, la comunidad africana de Cuba mantenía en secreto la cultura y las creencias de su extraordinaria religión afrocubana, y tan sólo los iniciados podían acceder al caudal de sus rituales y conocimientos. Fueron dos mujeres blancas, Lydia Cabrera y Natalia Bolívar quienes recogieron de los ancianos el testigo de esta tradición y lo han transmitido al mundo occidental. La propia Natalia Bolívar nos contó con el mismo tono grave y pausado con el que debieron contarle a ella, la leyenda de Iroko, la Ceiba, que habla de cada uno de nosotros y de todo nuestro mundo:
        En el principio reinaba un perfecto entendimiento entre la Tierra y el Cielo. El Cielo velaba sobre la Tierra. La vida era feliz y la muerte venía sin dolor. Todo pertenecía a todos y nadie tenía que gobernar o conquistar. Pero la Tierra comenzó un día a discutir con el Cielo y dijo que ella era más vieja y poderosa, la creadora y sostenedora: “Sin mí el Cielo no tendría apoyo y se desmoronaría, yo creo a todos los seres vivos y los alimento. Todo nace de mí y todo vuelve a mí.” Oba Olorun, el rey Sol, no respondió pero hizo al Cielo una señal y el Cielo se alejó murmurando: “Tu castigo será tan grande como tu orgullo”. Iroko, la Ceiba, comenzó a meditar en medio del gran silencio que sobrevino. Ella tenía sus raíces hundidas en las entrañas de la Tierra, mientras sus ramas se extendían en lo profundo del cielo. Comprendió entonces que había desaparecido la armonía y sobrevendría una gran desgracia.
     El Cielo dejó de velar sobre la Tierra, paró de llover y un sol implacable hizo desaparecer toda la vegetación. Así aparecieron sobre el mundo la fealdad y la angustia, la enfermedad, el miedo y la miseria. Tan solo la Ceiba, que desde tiempos inmemoriales había reverenciado al Cielo, permaneció verde y saludable y sirvió de refugio a aquellos que habían podido penetrar el secreto que estaba en sus raíces. Ellos se purificaron a los pies de la Ceiba. Hicieron ruegos y sacrificios y el Cielo al fin se conmovió y envió grandes lluvias sobre la Tierra. Lo que quedaba vivo en ella se salvó gracias al refugio que les ofreció Iroko. Pero desde entonces, aunque todo reverdeció de nuevo, el Cielo ya no es amigo, permanece indiferente. Iroko salvó a la Tierra y, si la vida no es más feliz, la culpa hay que echársela al orgullo...

    
Este mito coincide con muchos otros por todo el mundo que hablan de los árboles y el bosque como guardianes de la armonía y de la salud física y psíquica del ser humano. Los bosques son incansables tejedores de los delicados equilibrios atmosféricos y climáticos de este planeta, nos alimentan y nos protegen de mil modos distintos. Aún hoy los santeros cubanos se internan en la manigua como quien entra a un templo para recuperar su salud y recoger remedios medicinales para el cuerpo y el espíritu. Las bienaventuranzas del árbol alcanzan todas las dimensiones del ser humano y su entorno.

---Fin---

7/18/2017

América, la leyenda de iriko...

NATALIA BOLIVAR
La leyenda de iroko sobre el cielo y la tierra


Recogido por Ignacio Abella
Hasta hace unas pocas décadas, los negros de Cuba mantenían en secreto la cultura y las creencias de su extraordinaria religión afrocubana, tan sólo los iniciados podían acceder al caudal de sus rituales y conocimientos. Fueron dos mujeres blancas, Lydia Cabrera y Natalia Bolívar quienes recogieron de los ancianos el testigo de esta tradición y lo han transmitido al mundo occidental.


De Natalia Bolívar
En el principio reinaba un perfecto entendimiento entre la Tierra y el Cielo. El Cielo velaba sobre la Tierra. La vida era feliz y la muerte venía sin dolor. Todo pertenecía a todos y nadie tenía que gobernar o conquistar. Pero la Tierra comenzó un día a discutir con el Cielo y dijo que ella era más vieja y poderosa, la creadora y sostenedora: “Sin mí el Cielo no tendría apoyo y se desmoronaría, yo creo a todos los seres vivos y los alimento. Todo nace de mí y todo vuelve a mí.” Oba Olorun, el rey Sol, no respondió pero hizo al Cielo una seña y el Cielo se alejó murmurando: “Tu castigo será tan grande como tu orgullo”. Iroko, la Ceiba, comenzó a meditar en medio del gran silencio que sobrevino. Ella tenía sus raíces hundidas en las entrañas de la Tierra, mientras sus ramas se extendían en lo profundo del cielo. Comprendió entonces que había desaparecido la armonía y sobrevendría una gran desgracia. El Cielo dejó de velar sobre la Tierra, paró de llover y un sol implacable hizo desaparecer toda la vegetación.

Así aparecieron sobre el mundo la fealdad y la angustia, la enfermedad, el miedo y la miseria. Tan solo la Ceiba, que desde tiempos inmemoriales había reverenciado al Cielo, permaneció verde y saludable y sirvió de refugio a aquellos que habían podido penetrar el secreto que estaba en sus raíces. Ellos se purificaron a los pies de la Ceiba. Hicieron ruegos y sacrificios y el Cielo al fin se conmovió y envió grandes lluvias sobre la Tierra. Lo que quedaba vivo en ella se salvó gracias al refugio que les ofreció Iroko. Pero desde entonces, aunque todo reverdeció de nuevo, el Cielo ya no es amigo, permanece indiferente. Iroko salvó a la Tierra y, si la vida no es más feliz, la culpa hay que echársela al orgullo...

Este mito coincide con muchos otros por todo el mundo que hablan de los árboles y el bosque como guardianes de la armonía y de la salud física y psíquica del ser humano. Los bosques son incansables tejedores de los delicados equilibrios atmosféricos y climáticos de este planeta, nos alimentan y nos protegen de mil modos distintos. Aún hoy los santeros cubanos se internan en la manigua como quien entra a un templo para recuperar su salud y recoger remedios medicinales para el cuerpo y el espíritu. Las bienaventuranzas del árbol alcanzan todas las dimensiones del ser humano y su entorno.

---Fin---

6/11/2017

América, la leyenda del pehuén

LEYENDA DEL PEHUÉN, EL ÁRBOL SAGRADO DEL NEUQUÉN
 de www.tripin.travel

El Pehuén o Araucaria, es un árbol emblemático y uno de los símbolos de la provincia de Neuquén. Se trata de un “fósil viviente”, que ya estaba presente en esta zona cuando los dinosaurios habitaban la Patagonia, antes incluso de que se formara la cordillera de los Andes.
     Puede alcanzar hasta 40 metros de altura y tiene forma de pirámide cuando es joven y más tarde de una enorme sombrilla. Es de crecimiento muy lento. Sus ramas son un poco arqueadas hacia arriba con hojas duras y punzantes.
     Su floración es unisexual: unos árboles producen el polen y otros dan la piña que es fecundada por el polen llevado por el viento. Una vez madura, cada piña tiene entre 200 y 300 piñones y en cada árbol pueden madurar unas 30 piñas.
     Los piñones son muy nutritivos y eran el alimento básico de los indígenas pehuenches, quienes los consumían cocidos o tostados o hacían bebidas fermentadas. Utilizaban también la resina que segrega la corteza del árbol como medicina cicatrizante.
     Lo consideraban árbol sagrado y algunas de sus ramas formaban el rehue (altar) en su Nguillatún (rogativa al Dios).

La Leyenda del Pehuén
     Desde siempre Nguenechén hizo crecer el pehuén en grandes bosques, pero al principio las tribus que habitaban eses tierras no comían los piñones porque creían que eran venenosos.
Al pehuén o araucaria lo consideraban árbol sagrado y lo veneraban rezando a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre, humo, y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones. Los frutos los dejaban en el piso sin utilizarlos.
    Pero ocurrió que en toda la comarca hubo unos años de gran escasez de alimentos y pasaban mucha hambre, muriendo especialmente niños y ancianos. Ante esta situación los jóvenes marcharon lejos en busca de comestibles: bulbos de amancay, hierbas, bayas, raíces y carne de animales silvestres. Pero todos volvían con las manos vacías, pareciendo que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo y la gente se seguía muriendo de hambre.
     Pero Nguenechén no los abandonó, y sucedió que cuando uno de los jóvenes volvía desalentado se encontró con un anciano de larga barba blanca.
     - ¿Qué buscas, hijo? -le preguntó
     - Algún alimento para mis hermanos de la tribu que se mueren de hambre. Pero por desgracia no he encontrado nada.
     - Y tantos piñones que ves en el piso bajo los pehuenes, ¿no son comestibles?
     - Los frutos del árbol sagrado son venenosos abuelo -contestó el joven.
     - Hijo, de ahora en adelante los recibiréis de alimento como un don de Nguenechén. Hervidlos para que se ablanden o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en sitios subterráneos y tendréis comida todo el invierno.
     Dicho esto desapareció el anciano. El joven siguiendo su consejo recogió gran cantidad de piñones y los llevó al cacique de la tribu explicándole lo sucedido. Enseguida reunieron a todos y el jefe contó lo acaecido hablándoles así:
     - Nguenechén ha bajado a la tierra para salvarnos. Seguiremos sus consejos y nos alimentaremos con el fruto del árbol sagrado que sólo a él pertenece.
     Comieron en abundancia piñones hervidos o tostados, haciendo una gran fiesta. Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban grandes cantidades de piñones que guardaban bajo tierra para mantenerlos frescos durante mucho tiempo. Aprendieron también a fabricar con los piñones el chahuí, bebida fermentada.
     Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de pehuén, rezan mirando al sol: "A ti de debemos nuestra vida y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir a los pehuenes. Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados".
---Fin---

2/21/2017

EL GRAN TRONCO  
Cuento cheyenne

     En algún lugar hay un gran tronco, un tronco poderoso parecido al palo sagrado de la danza del sol, pero mucho más grande. Ese tronco sostiene el mundo.
     El Gran Abuelo Castor Blanco del Norte está royendo la base de ese tronco. Lo ha estado haciendo durante años y años. Más de la mitad del tronco ha sido roído.
     Cuando el Gran Castor Blanco del Norte se enoja, roe más rápido y con más furia. Cuando haya terminado de roer, el tronco caerá, y la Tierra se deslizará hacia una nada sin fin.
     Así llegará el final de los hombres, de todo. El fin de todos los fines. Por esta razón, tenemos mucho cuidado en no irritar al Castor. Y es por esto que los Cheyenne nunca comen su carne, y jamás tocan la piel de un castor. los Cheyenne queremos que el mundo dure un poco más.

De “Alrededor del Gran Fuego” Mitos, cuentos y leyendas de los indios norteamericanos, de Marcus Sheridan, dedicado al gran jefe Rubio Postizo
  ---Fin---

11/13/2016

La leyenda del açaí

LA LEYENDA DEL AÇAÍ

En tiempos remotos, había una tribu que vivía donde hoy se erige la ciudad de Belem. Atravesaban un período negro de escasez de alimentos y, como la tribu aumentaba día tras día, el cacique Itaki reunió a su gente haciéndoles sentir la gran crisis que se iniciaría en el caso de que la tribu continuase creciendo demográficamente. Decidió, de común acuerdo con los más viejos guerreros y curanderos, sacrificar a todo bebé que naciese a partir de aquel día. Tal vez debido a esta medida, pasaron muchas lunas sin que ninguna nativa concibiese.
     Sin embargo, un día, Iaçá, la hija del cacique Itaki, concibió un bebé. No tardaron mucho para que el Consejo Tribal se reuniese y pidiera el sacrificio del bebé de Iaçá. Su padre, guerrero de palabra, no dudó en hacer cumplir su orden.
     Al saber el destino de su fruto, Iaçá imploró al padre que preservase la vida de su bebé, puesto que los campos estaban verdes y la caza no tardaría en abundar en la región. Aún así, el cacique Itaki mantuvo su palabra y el bebé -una niña- fue sacrificada.
     Iaçá se enclaustró en su tienda, quedándose allí durante días de rodillas, rogando a Tupã que le mostrase a su padre una manera por la cual no fuese necesario repetir el sacrificio de otros inocentes. Una noche Iaçá oyó un lloro de bebé. Se aproximó a la puerta de la tienda y entonces vio a su hija sonriente al pie de una esbelta palmera. Al principio, se quedó paralizada. Después echó a correr como una loca, se lanzó hacia la niña queriendo abrazarla, pero se encontró con la palmera. Misteriosamente la niña había desaparecido. Iaçá, inconsolable, lloró hasta desfallecer.
     Al día siguiente, su cuerpo fue encontrado aún abrazado a la palmera. Estaba muerta pero su semblante risueño irradiaba satisfacción, al mismo tiempo que sus grandes ojos negros, inertes, señalaban la copa de la palmera.
     Itaki vio que la palmera tenía un racimo de frutitas negras. Ordenó que fuesen recogidas y
aplastadas, obteniendo así, un vino rojizo. Este descubrimiento hizo que el cacique suspendiese los sacrificios y los bebés nacieran libremente, puesto que la alimentación ya no era un problema para la tribu. Itaki agradeció a Tupá la nueva fuente de alimentación e, invirtiendo el nombre de su hija Iaçá, bautizó el extraño vino con el nombre de Açaí.
     Pasaron los años y este vino rojizo fue fortaleciendo generaciones de guerreros y caboclos. La región creció y hoy sus habitantes toman el vino de esa palmera nativa sintiéndose fortalecidos gracias a las lágrimas de sangre de la india Iaçá.
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A LENDA DO AÇAÍ

Em tempos remotos, havia uma tribo que vivia onde hoje se erige a cidade de Belém. Eles
atravessavam um período negro de escassez de alimentos e, como a tribo aumentava dia a dia, o cacique Itaki reuniu sua gente fazendo sentir a grande crise que adviria, caso a tribo continuasse a crescer demograficamente. Resolveu, de comum acordo com os mais velhos guerreiros e curandeiros, sacrificar toda criança que nascesse a partir daquele dia. Talvez devido a tal medida, passaram-se
muitas luas sem nenhuma nativa conceber.
      Porém, um dia, Iaçá, a filha do cacique Itaki, concebeu uma linda criança. Entretanto, não demorou muito para o Conselho Tribal se reunir e pedir o sacrifício da filha de Iaçá. Seu pai, guerreiro de palavra, não hesitou em dar cumprimento à sua ordem.
     Ao saber da sorte de seu rebento, Iaçá implorou ao pai que poupasse a vida da filha, pois os campos estavam verdejantes e a caça não tardaria a abundar na região. Contudo, o cacique Itaki manteve sua palavra e a criança foi sacrificada.
      Iaçá enclausurou-se em sua tenda, ficando ali por quase dois dias de joelhos, rogando a Tupã que mostrasse para seu pai uma maneira pela qual não fosse preciso repetir o sacrifício de inocentes. Altas horas da noite, ouviu Iaçá um choro de criança. Aproximou-se da porta da tenda e, então, viu sua filha sorridente ao pé de uma esbelta palmeira. A princípio, ficou estática. Depois, em correria louca, lançou-se em direção à filha, abraçando-se a ela, mas deparou-se com a palmeira, pois, misteriosamente, a criança desaparecera.
     Iaçá, inconsolável, chorou copiosamente até desfalecer.
     No dia seguinte, o seu corpo foi encontrado ainda abraçado à palmeira. Estava morta, mas seu semblante risonho irradiava satisfação; ao mesmo tempo, seus grandes olhos negros, inertes, fitavam o alto da palmeira.
     Itaki notou que a palmeira tinha um cacho de frutinhas pretas. Ordenou que fosse apanhado e amassado, obtendo, assim, um vinho avermelhado. Este achado fez com que o cacique suspendesse os sacrifícios e as crianças voltaram a nascer livremente, pois a alimentação já não era mais problema na tribo. Itaki agradeceu a Tupã e, invertendo o nome da sua filha Iaçá, batizou o estranho vinho de Açaí.
     Passaram os anos e o vinho vermelho foi fortalecendo gerações de guerreiros e
caboclos. A região cresceu e, até hoje, seus habitantes tomam o vinho dessa palmeira nativa sentindo-se fortalecidos graças às lágrimas de sangue da índia Iaçá.
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http://www.acaidobrasil.es/que-es/
http://www.mecd.gob.es/brasil/dms/consejerias-exteriores/brasil/publicaciones-y-materiales--didacticos/publicaciones/orellana/leyendasamazonas.pdf
https://www.youtube.com/watch?v=vPjMs7HuWv0
https://www.youtube.com/watch?v=t04EP9ywux8
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9/09/2016

 LA LEYENDA DEL CURUPIRA


El Curupira es el dios que protege las florestas. La tradición lo describe como un pequeño ser, de pelo rojo, con el cuerpo sin pelo, piernas sin articulaciones, dientes azules o verdes, orejas grandes, y pies girados hacia atrás. No tiene los orificios necesarios para las secreciones indispensables de la vida, y está dotado de una fuerza prodigiosa.
     Este personaje figura en una infinidad de leyendas del norte al sur de Brasil; en el Norte, por ejemplo, cuando navegan por los ríos y se oye algún ruido lejano en el medio del bosque, los remeros dicen que es el Curupira que está golpeando las sapopemas, para ver si los árboles están suficientemente fuertes para soportar alguna tempestad que está próxima.
     La función del Curupira es la de proteger las florestas, por lo tanto, a todo aquel que derriba o, de algún modo, estropea inútilmente los árboles, se le castiga con la pena de errar durante muchísimo tiempo por la selva, sin poder atinar con el camino de vuelta a casa o el medio de llegar adonde están los suyos.
     Cuentan que cuando un individuo se ve perdido en la maleza, embrujado por el Curupira, para poder romper el hechizo que le hace olvidar el camino, debe preparar tres pequeñas cruces de madera y ponerlas en el suelo triangularmente, o hacer otros tantos círculos de liana que también pondrá en el suelo. El Curupira se da el trabajo de deshacerlo, porque con este material fabrica pequeñas cruces de cauré que lanza por la espalda.
     El protector de las florestas es igualmente famoso por perseguir a cazadores a través de sus silbidos y su flecha mágica, que, esté donde esté el cazador, la flecha lo encuentra convirtiéndolo en cazado. El Curupira no permite que se maten “animales jóvenes” ni
aquellos que estén amamantando, mucho menos hembras, caza que siempre interrumpe. De hecho, si el cazador se arriesga en estas venturas, es mejor llevar un beiju, un dulce típico, para dejarlo entre la maleza, de lo contrario, el encontrará la infelicidad para siempre.
     Algunos cazadores valientes ya han intentado capturar al Curupira, pero él nace con los pies al contrario justamente para que quien tenga que seguir su rastro, deba andar al revés de lo que van mostrando las huellas, lo que produce tal confusión en la cabeza de los hombres que dicen que esta estrategia es “para que los cristianos no sepan sobre el viaje”
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Información:
http://www.mecd.gob.es/brasil/dms/consejerias-exteriores/brasil/publicaciones-y-materiales--didacticos/publicaciones/orellana/leyendasamazonas.pdf
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7/27/2016

LEYENDA DEL ACHIOTE Y DEL HUITO (WITUK)
Alonso Flores (Ecuador)

Flor del achiote
     En tiempos muy antiguos, cuando apareció el arco iris sobre los cerros, aparecieron en la amazonía dos mujeres jóvenes de extraordinaria belleza; eran las vírgenes de la selva.
     La una de cabellos claros y su compañera de pelo negro azabache, recorrían los bosques en busca de novio; un día se encontraron con el gavilán ¨tijera hanga¨, que era el espíritu del hombre cazador, que tenía su morada al interior de la montaña. El ave rapaz se puso a conversar con las sumak warmis (mujeres hermosas) que cedieron ante sus lisonjas y accedieron a ir a su casa del gran ceibo milenario.
      ¨Tijera hanga¨ les dijo que para que no se perdieran en el camino pondría señales con plumas de su cola. Mas escondido tras un viejo tronco, otro cazador muy malo escuchaba la conversación de ¨tijera hanga¨; se trataba nada menos que del ¨apangura puma¨(puma sucio), un animal apestoso que andaba comiendo cangrejos. El ¨apangura puma¨ se adelantó por el bosque y tomando las plumas dejadas por el gavilán, las cambió con dirección a su guarida, las jóvenes no dudaron en seguir ese equivocado sendero.
     El malvado cazador las tomó como esposas a las dos muchachas, pero ellas se vieron defraudadas y sucias; sintieron el rechazo de todos y en su desesperación acudieron al gran espíritu de la selva ¨ARUTAM¨, espíritu de la eterna juventud, y le pidieron les conviertiera en plantas útiles para todos los habitantes de la región, y de esta forma limpiar sus cuerpos y ser aceptadas por los cazadores y la gente. Entonces el ¨gran espíritu¨ tuvo lástima de ellas y decidió que la de cabellos claros se convierta en manduro o achiote y la de cabello negro en el emblemático árbol de wituk. 


         Hombre de la selva pintado con achiote (rojo) y huito (negro)          

http://cuentosyleyendasorientale.blogspot.com.es/
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6/05/2016

LA HISTORIA DEL ÁRBOL DE SANGRE DE GRADO

     Retrocediendo en el tiempo llegamos hasta una hermosa y apartada región de la amazonía, donde vive asentada una tranquila y próspera comunidad indígena, regida por un anciano y sabio curaca (jefe), que tenía una bellísima hija llamada Sány. Todo el mundo al verla le expresaba su admiración y cariño, pero a Sány no le importaba nada el sentimiento de las personas, nunca se le veía feliz. Sány jamás se enternecía por nada, ni sentía amor por nadie, por eso la conocían en toda esa región, con el apelativo de “la que nunca llora”.
     El invierno en que Sány cumplió 15 años llovió de forma tan intensa que todos los esteros y los ríos se desbordaron; las casas, los cultivos, los animales, todo fue arrasado. La gente sufría y lloraba mirando el desastre; solo Sány se mantenía indiferente, sin derramar una sola lágrima. Aquellos buenos indígenas, transidos por el dolor que les producía la destrucción que el fuerte temporal iba dejando a su paso, criticaban con amargura la fría actitud de Sány.
     Míradla, no le importa nada, -decían unos.- Ni siquiera le importa el llanto de los nińos decían otros.- Ella tiene la culpa de lo que nos está pasando, los dioses nos están castigando porque ella no tiene sentimientos, -decía la mayoría-. En eso la rucu huarmy (mujer anciana), la más sabia de las mujeres aseguró que sólo el llanto de Sány podría acabar con el vendaval, la lluvia y la terrible situación por la que estaban pasando.
     Pero ¿cómo la haremos llorar? -dijeron unos-. Yo creo que ni ante la muerte de su padre lloraría, dijo otro. Todos los ancianos estuvieron de acuerdo en que era necesario que Sány conociera el dolor, para que su alma al fin se conmoviera. Un nublado día mientras la muchacha caminaba por el bosque en dirección a su tambo (casa), se le apareció una anciana y suplicante le dijo: Por favor ayúdame a recoger ramas secas, pues tengo que calentar la choza donde mi nieto está enfermo tiritando de frío. Pero Sány apenas la miró, con indeferencia siguió su camino. Casi al instante se le apareció una joven mujer con el niño enfermo en los brazos y le dijo: Te lo suplico, ayúdame a encontrar las hierbas que necesito para curar a mi hijo. Aunque Sány conocía dónde encontrar esas hierbas, no quiso ayudar a la joven y angustiada madre, siguió su camino imperturbable, sin siquiera volver la vista atrás.
     Pero sólo alcanzó a dar unos cuantos pasos porque enseguida se oyó la voz de la anciana que imploraba diciendo: Señor, haz que esta mujer que no siente compasión por una abuela, ni por una madre sufriendo, jamás sea abuela ni madre, haz que esta mujer que tanto daño nos ha causado por no llorar, desde hoy viva haciendo el bien a los demás con su llanto.
    Sány al escuchar las palabras de la anciana se quedó paralizada de terror y sintió como su cuerpo empezaba a sufrir extrañas transformaciones; vio cómo sus pies se hundían en la tierra y comenzaban a crecer raíces, su cuerpo se endurecía y llegaba a cubrirse de corteza como un tronco, sus cabellos, erizados, crecieron y se engrosaron, se expandieron como las ramas de un árbol. Al finalizar la extraña metamorfosis, Sány se había convertido en el Árbol de Grado.
     Desde entonces la selva se pobló de esta nueva especie medicinal, el árbol de Sangre de Grado, al que hay que hacerle sentir dolor cortándole la corteza, para que llore por la herida y beneficie a las personas con sus lágrimas; lágrimas buenas para curar heridas, quemaduras, ulceras etc. De esta manera el alma de Sány, atrapada en el árbol, ayuda a mitigar el dolor de los demás.

http://cuentosyleyendasdenapo.blogspot.com.es/ 

---Fin---

5/23/2016

LA LEYENDA DE LA VICTORIA REGIA

     Era una noche calurosa, las miles de tribus del Alto Amazonas podían ver la cálida luz emitida por una luna brillante como un diamante puro. En el centro del terreno de una aldea ardía una intensa hoguera. Un viejo cacique, que ya contaba con más de cien años de edad, sentado en un tronco de un árbol, contaba algunas historias para los niños, dando prueba de que el conocimiento milenario debía pasarse de mayores a jóvenes. Era el miembro con más edad de la tribu y también un poderoso chamán (hechicero y médico) que conocía todos los misterios de la naturaleza. Cuando terminó su leyenda uno de los niños le preguntó que de dónde provenían las bellas y maravillosas estrellas que brillaban en el cielo. El cacique, de voz lenta y cansada en razón del peso de la edad, tomó una bocanada de su enorme pipa y les contó a los niños la siguiente historia...
     — Hijos míos, sabed que las conozco a todas. Sabed que cada estrella es una india que se casó con la luna, bella y brillante. ¿No lo sabían, eh? La luna para nosotros es un valiente guerrero, hermoso y fuerte (para los blancos es una mujer). En las noches de luna llena, él desciende a la tierra para casarse con una india que haya conocido – informó el anciano y curvado cacique.
     — Mirad –continuó el anciano y sabio indio– ¿veis allá, aquella estrella brillante, a un lado del conocido Crucero del Sur? Aquella brillante estrella era la india Nacaíra. Era la india más hermosa y bella de la tribu de los maués. La otra era una india llamada Janã. Ella no sólo era una joven muy bonita y hermosa, sino que también era la flor más bella y con más garbo de toda la tribu de los auraques. Respecto a eso, les voy a contar una historia que ocurrió hace muchos años aquí en nuestra tribu.
     Hace muchos años existía entre nosotros una joven y agraciada india llamada Naiá. Era como una verdadera y bella flor. Cuando supo por su padre, de forma secreta, que la luna era un increíble y encantado guerrero, inmediatamente se enamoró de él. Por este motivo, siempre rechazaba los pedidos de mano de los jóvenes guerreros de la tribu a quienes les gustaba. No le interesaba nadie.
     La bella y linda Naiá tomó una extraña costumbre. Al caer la tarde empezó a ir a la selva y allí se quedaba horas y horas admirando la luna, embrujada por sus bellos y plateados rayos, cubriendo las noches con sus más ardientes y maravillosos reflejos, como si fuesen los rayos de un enorme diamante. A veces, su pasión por la luna era tanta que salía corriendo a través de la floresta, con la intención de agarrarla con sus brazos, intentando abrazarla. Pero ella, la luna, continuaba siempre distante e indiferente ante las súplicas de la enamorada india, que intentaba conseguir alcanzarla por todos los medios. Cierta noche, la bella y linda Naiá llegó a la orilla de un lago y vio en él, en el centro, la imagen de la luna llena reflejada, siempre bella, plateada, de rayos claros.
     La bella india se exaltó de alegría. Pensó que el grande y apuesto guerrero plateado que amaba, estaba allí para admirarla y amarla también, y, para no perderlo como siempre, se tiró de cabeza zambulléndose en el ciego y profundo lago, adentrándose en las aguas turbias de donde no volvió a surgir.
     Cuando su cuerpo flotó en las aguas, el grande y plateado guerrero, la luna, no deseaba hacer de Naiá una estrella más en el cielo, decidió convertirla en una estrella en la tierra. ¿Cómo? Transformó su hermoso cuerpo de esplendoroso semblante en la más fantástica flor de toda la región amazónica, flor linda y enorme que todas las noches, después de las seis de la tarde, abre sus enormes pétalos para que la luna ilumine sus hojas y sus puntos rosados. Esa bella y maravillosa flor en la que la linda Naiá se transformó es la conocida Victoria regia.
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