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11/04/2023

MIGUEL ANTÚNEZ LÓPEZ (Córdoba, 1983)
A la sombra de plátanos maduros

A la sombra de plátanos maduros
dos están conectados,
compartiendo sentimientos en evolución convergente.
En orgía de polen
y miradas que se encuentran y se incendian,
alcanzan a no besarse,
con pizcos en los ojos
y alergia a sentirse lejos.
Dos.
Cubiertos de frutos en poliantocarpos globulares y esféricos,
abrigados por miles de aquenios claviformes
rodeados de un penacho de pelos erectos,
de color canela,
que se desprenden,
vuelan como copos de nieve
y se posan para ser alfombra para mirlos.
Dos.
Polinizados por árboles cansados de contaminación,
condenados a dosis cada vez mayores
de antihistamínicos en abrazos.

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12/05/2022

Rosalía siempre, del narrador de historias

TOMÁS CASAL PITA
El árbol de Rosalía

     En el Jardín Botánico-Histórico de Padrón (reconocido como jardín histórico desde 1946), hay numerosos árboles reseñables, pero esta enorme secuoya roya ha recibido el nombre de "Secuoya de Rosalía". El antiguo jefe de jardineros del parque, recordaba que su padre le contaba que, siendo él niño, una mujer se sentaba a escribir en un banco azul que había bajo ella. Una mujer que escribía sola, en un parque público, a mediados del siglo XIX, recibió de ellos el epíteto de "tola" (loca). Sólo transcurrido el tiempo se darían cuenta de la importancia de la gran poetisa y alguien daría tan insigne nombre a la secuoya que la cobijó mientras escribía alguno de sus versos.
 
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4/05/2015

JOSÉ SELGAS (Lorca-Murcia, 1822-1882) 
El sauce y el ciprés

Cuando a las puertas de la noche umbría 
dejando el prado y la floresta amena
la tarde, melancólica y serena,
su misterioso manto recogía, 


un macilento sauce se mecía
por dar alivio a su constante pena
y, en voz suave y de suspiros llena,
al son del viento murmurar se oía:


"¡Triste nací!... ¡Mas en el mundo moran 

seres felices que el penoso duelo
y el llanto oculto y la tristeza ignoran!
"

Dijo, y sus ramas esparció en el suelo. 
"¡Dichosos ¡ay! los que en la tierra lloran!"
le contestó un ciprés, mirando al cielo. 
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7/06/2014

ANGEL SAAVEDRA - DUQUE DE RIVAS (Córdoba, 1791-1865)
El álamo derribado


Gallardo alzaba la pomposa frente,
yedras y antiguas parras tremolando,
el álamo de Alcides, despreciando
la parada nube, y trueno y rayo ardiente;

cuando de la alta sierra de repente
desprendido huracán bajó silbando,
que el ancho tronco por el pie tronchando,
lo arrebató en su rápida corriente.

Ejemplo sea del mortal que en vano
se alza orgulloso hasta tocar la luna,
y se juzga seguro en su altiveza:

Cuando esté más soberbio y más ufano,
vendrá un contrario soplo de fortuna
y adiós oro, poder, favor, fortuna.
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3/30/2013

ANTONIO CASARES (Lugo, 1812-1888)
Querencia del olivo

Yo quisiera estar siempre como tú, viejo olivo,
enhiesto bajo el cielo azul de Andalucía,
como un dios que se siente eternamente vivo,
heraldo de una tierra que anuncia la alegría.

Sembraría en el viento estos versos que escribo,
para que todo el mundo oyera la armonía
del árbol de los sueños, del árbol sensitivo,
que sólo da frutos de amor y de poesía.

Quisiera mirar siempre la soledad del monte,
la belleza sin fondo del mar del horizonte,
la tierra que me acoge, hermosa como un verso.

Y levantar mis ramas al cielo como un grito,
para así proclamar mi dolor infinito,
cuando quieran cortarme, a todo el universo.

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9/22/2012


CARLOS FDEZ. SHAW (Cádiz 1865-1911)
Fuego en los pinos

La noche ha comenzado con fuego en los pinares
De un monte muy frondoso. Densísima humareda
Se escapa por la herida de la roja arboleda.
¡La van acribillando las chispas a millares!

Crujen los pinos, crujen las resecas retamas.
El fuego está en la cima, junto al cielo encendido.
El monte es un gigante de piedra, que ha querido
Ponerse una corona magnífica de llamas.

¡Como un Rey aparece! ¡Rey fantástico, loco!
Ya atajan el incendio… Ya mengua poco a poco,
Lamiendo los peñascos de un hosco precipicio…

…Al cabo, en el reposo de la noche, muy clara,
Sin luz y bajo el cielo, el monte es como un ara
Que ofrenda el humo vano de un vano sacrificio.
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4/09/2012

RAFAEL BENTO Y TRAVIESO (Gran Canaria 1782-1831)
La destrucción de Doramas

Adiós, Doramas: ya el tirano llega
a destruir la obra de Natura;
ya la esperanza de la edad futura
¡ay! en un mar de lágrimas se anega.

Ya ni la lluvia que los campos riega
volverá a descender sobre la altura,
ni se verán cubiertas de verdura
la recortada loma y fértil vega,

El gallardo laurel, el prócer tilo,
la yedra que a sus troncos se abrazaba
soberbia de tener tan dulce asilo:
 
Todos, todos caerán, y donde estaba
anidado el placer, puro y tranquilo,
entrará la ambición que todo acaba.

Foto de la revista "Rincones del Atlántico"
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9/08/2010

AMÓS DE ESCALANTE (Santander, 1831-1902)
El chopo

Por las selvas donde en verde remolino
Espeso un mundo vegetal germina,
Al fulgor de la tarde que declina
Abren las plantas a Jesús camino.

Postrándose al celeste peregrino.
La enhiesta rama en homenaje inclina
El roble duro, la valiente encina,
El tejo venenoso, el hosco pino,

Único el chopo vano, su cabeza,
Sin que la vista de su Dios le inquiete,
Alza en las lumbres del ocaso rojas.

Miróle Cristo, y dijo con tristeza:
“Del viento más sustil serás juguete,
Y quieto el aire, temblarán tus hojas”
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6/24/2010

JOAQUIN COSTA (Monzón, 1846-1911)
El niño y el árbol

El año que os nace un niño plantad
una tierra de árboles:
castaños, almendros, olivos, perales
o melocotoneros, etc.
El niño cumple cinco años
y lo enviáis a la escuela;
pues aquel mismo día ya los frutales
y los almendros os dan la cosecha;
el niño va al Instituto, y los castaños
os dan una cosecha de madera,
y los olivos una de aceite,
y las encinas una de trufas;
le matriculáis en la Universidad
a los quince años,
y el encinar os da su primera cosecha
de bellotas,
y el palmeral de dátiles.
Sale de la Universidad a los veinte años;
aún no puede la sociedad confiarle
ningún cargo público,
aún es menor de edad,
aún necesita tutor,
y ya los frutales,
que han fructificado trece o catorce años,
están viejos,
y podéis plantarlos por segunda vez;
ya los olivos están en plena producción,
ya las palmeras, los naranjos,
los almendros, las encinas están cansados
de producir y de enriquecerse
y de trabajar
en el campo para vuestro hijo,
que está educándose en la escuela,
en el Instituto o en la Universidad.
Cuando vosotros dais un hijo útil
a la sociedad,
los árboles os han dado ya los suyos
años y años...
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5/06/2010

JOSE MARÍA DE AGUIRRE Y ESCALANTE (Santander, 1877-1911)

¡Desarbolados valles ya huérfanos de abrigo,
no bajan mansas lluvias calmando vuestra sed,
que bajan torrenciales de Dios como un castigo
subiendo el cauce al río que rueda por la mies!


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2/25/2010

AMÓS DE ESCALANTE (Santander, 1831-1902)
El olivo

Vense mis hojas tristes, y apagado
Su brillante matiz desde que yerto
Y angustiado Jesús dejó en el huerto
mi tronco en sangre y en sudor bañado.

Mas del santo rocío penetrado,
A eterna vida en nuevo ser despierto;
Y cuando el campo palidece muerto,
Soy de verdor perenne coronado.

Fecundizada en el temprano brote
Por lágrimas de un Dios la savia mía,
Unge al monarca y unge al sacerdote,

Y dejóme del huerto la agonía,
Paz en mis ramos, que la guerra acote;
Luz en mis frutos, que dilate el día.

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11/28/2009

GASPAR NUÑEZ DE ARCE (Valladolid, 1834-1903)
Tronco seco

Hay en la vasta llanura
Un tronco seco y sin ramas,
Despojado por las llamas
De su pompa y hermosura.
De la escarcha la blancura
Le da un tinte funerario,
Pues se eleva solitario,
Ennegrecido y escueto.
Como gigante esqueleto
Bajo su roto sudario.
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7/22/2009

FEDERICO BALART - Todo circunstancial

FEDERICO BALART (Murcia, 1831-1905)
Todo circunstancial

¡Oh! ¡qué tristes parecían
Las encinas verdinegras
Entre el jugoso follaje
Del álamo y la higuera!

¡Oh! ¡qué alegres parecían
Las encinas verdinegras
Entre las ramas desnudas
Del álamo y la higuera!

¡Vida humana! ¡Vida humana!
En ti, como en esa selva,
¡Oh! ¡qué alegre es en invierno
Lo que es triste en primavera!
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12/16/2008

MIQUEL COSTA I LLOBERA (Mallorca, 1845-1922)
El pino de Formentor

(Versión castellana del autor en Líricas, 1899)

                                                                                                    Electus ut cedri

Hay en mi tierra un árbol que el corazón venera:
de cedro es su ramaje, de césped su verdor;
anida entre sus hojas perenne primavera,
y arrastra los turbiones que azotan la ribera,
añoso luchador.

No asoma por sus ramas la flor enamorada,
no va la fuentecilla sus plantas a besar;
mas báñase en aromas su frente consagrada,
y tiene por terreno la costa acantilada,
por fuente el hondo mar.

Al ver sobre las olas rayar la luz divina,
no escucha débil trino que al hombre da placer;
el grito oye salvaje del águila marina,
o siente el ala enorme que el vendaval domina
su copa estremecer.

Del limo de la tierra no toma vil sustento;
retuerce sus raíces en duro peñascal.
Bebe rocío y lluvias, radiosa luz y viento;
y cual viejo profeta recibe el alimento
de efluvio celestial.

¡Árbol sublime! Enseña de vida que adivino,
la inmensidad augusta domina por doquier.
Si dura le es la tierra, celeste su destino
le encanta, y aun le sirven el trueno y torbellino
de gloria y de placer.

¡Oh! sí: que cuando libres asaltan la ribera
los vientos y las olas con hórrido fragor,
entonces ríe y canta con la borrasca fiera,
y sobre rotas nubes la augusta cabellera
sacude triunfador.

¡Árbol, tu suerte envidio! Sobre la tierra impura
de un ideal sagrado la cifra en ti he de ver.
Luchar, vencer constante, mirar desde la altura,
vivir y alimentarse de cielo y de luz pura...
¡Oh vida, oh noble ser!

¡Arriba, oh alma fuerte! Desdeña el lodo inmundo,
y en las austeras cumbres arraiga con afán.
Verás al pie estrellarse las olas de este mundo,
y libres como alciones sobre ese mar profundo
tus cantos volarán.

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5/29/2008

ROSALÍA DE CASTRO - Los robles

ROSALÍA DE CASTRO (A Coruña, 1837-1885)
Los robles

                        I

Allá en tiempos que fueron, y el alma
han llenado de santos recuerdos,
de mi tierra en los campos hermosos,
la riqueza del pobre era el fuego,
que al brillar de la choza en el fondo,
calentaba los rígidos miembros
por el frío y el hambre ateridos
del niño y del viejo.

De la hoguera sentados en torno,
en sus brazos la madre arrullaba
al infante robusto;
daba vuelta, afanosa la anciana
en sus dedos nudosos, al huso,
y al alegre fulgor de la llama,
ya la joven la harina cernía
o ya desgranaba
con su mano callosa y pequeña,
del maíz las mazorcas doradas.

Y al amor del hogar calentándose
en invierno, la pobre familia
campesina, olvidaba la dura
condición de su suerte enemiga;
y el anciano y el niño, contentos
en su lecho de paja dormían,
como duerme el polluelo en su nido
cuando el ala materna le abriga.

                        II

Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto
en la tierra cayeron
encinas y robles!;
y a los rayos del alba risueña,
¡qué calva aparece
la cima del monte!

Los que ayer fueron bosques y selvas
de agreste espesura,
donde envueltas en dulce misterio
al rayar el día
flotaban las brumas,
y brotaba la fuente serena
entre flores y musgos oculta,
hoy son áridas lomas que ostentan
deformes y negras
sus hondas cisuras.

Ya no entornan en ellas los pájaros
sus canciones de amor, ni se juntan
cuando mayo alborea en la fronda
que quedó de sus montes desnuda.
Sólo el viento al pasar trae el eco
del cuervo que grazna,
del lobo que aúlla.

                       III

Una mancha sombría y extensa
borda a trechos del monte la falda,
semejante a legión aguerrida
que acampase en la abrupta montaña
lanzando alaridos
de sorda amenaza.

Son pinares que al suelo, desnudo
de amigo ropaje, le prestan
con el suyo el adorno salvaje
que resiste del tiempo a la afrenta
y corona de eterna verdura
las ásperas breñas.

Árbol duro y altivo, que gustas
de escuchar el rumor del océano
y gemir con la brisa marina
de la playa en el blanco desierto,
¡yo te amo!, y mi vista reposa
con placer en los tibios reflejos
que tu copa gallarda iluminan
cuando audaz se destaca en el cielo,
despidiendo la luz que agoniza,
saludando la estrella de véspero.
Pero tú, sacra encina del celta,
y tú, roble de ramas añosas,
sois bellos con vuestro follaje
que si mayo las cumbres festona
salpicadas de fresco rocío
donde quiebra sus rayos la aurora,
y convierte los sotos profundos
en mansión de gloria.

Más tarde, en otoño
cuando caen marchitas tus hojas,
¡oh roble!, y con ellas
generoso los musgos alfombras
¡qué hermoso está el campo;
la selva, qué hermosa!

Al recuerdo de aquellos rumores
que el morir el día
se levantan del bosque en la hondura
cuando pasa gimiendo la brisa
y remueve con húmedo soplo
tus hojas marchitas
mientras corre engrosando el arroyo
en su cauce de frescas orillas,
estremécese el alma pensando
dónde duermen las glorias queridas
de este pueblo sufrido, que espera
silencioso en su lecho de espinas
que suene su hora
y llegue aquel día
en que venga con mano segura,
del mal que le oprime,
la fuerza homicida.

                     IV

Torna, roble, árbol patrio, a dar sombra
cariñosa a la escueta montaña
donde un tiempo la gaita guerrera
alentó de los nuestros las almas
y compás hizo al eco monótono
del canto materno,
del viento y del agua,
que en las noches de invierno al infante
en su cuna de mimbre arrullaban.
Que tan bello apareces, ¡oh roble!
de este suelo en las cumbres gallardas
y el las suaves graciosas pendientes
donde umbrosas se extienden tus ramas,
como en rostro de pálida virgen
cabellera ondulante y dorada,
que en lluvia de rizos
acaricia la frente de nácar.

¡Torna presto a poblar nuestros bosques,
y que tornen contigo las hadas
que algún tiempo a tu sombra tejieron
el héroe gallego
las frescas guirnaldas!
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