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11 septiembre 2026

MIGUEL ÁNGEL CRIADO, en "El País
Los bosques templados... 

... que desaparecieron en el pasado durante milenios se esfuman ahora con el mismo patrón, pero en décadas. Un nuevo método muestra cómo se inició una deforestación global hace 56 millones de años con muchas similitudes con la del presente

Hubo un tiempo en el que en Wyoming, en el interior de Estados Unidos, crecían las secuoyas. Esos gigantescos árboles desaparecieron tras un cambio climático global. En la imagen, secuoyas del bosque de Whakarewarewa en Nueva Zelanda. Daniel Garrido (Getty Images)
La concentración de CO₂ en el aire ha llegado a las 600 partes por millón (ppm). Al principio es el maná para las plantas: la mayor disponibilidad de dióxido de carbono (su oxígeno) dopa los árboles que crecen y crecen sin mesura. Pero aquella concentración de gases de efecto invernadero no deja de recalentar el planeta. La atmósfera pierde cada vez más agua y tiene que robar humedad a las hojas, tallos y troncos. La mortandad vegetal se multiplica y el bosque se va clareando. Esto hace que la radiación solar y el calor se cuelen en el sotobosque, retroalimentando el proceso. Las especies de clima templado se ven desplazadas por especies xerófilas (resistentes a la sequía) y termófilas (amantes del calor). Los nogales, olmos y abedules dejan paso a las palmeras y matorrales. Este proceso, que se dio en latitudes altas y medias de todo el planeta, sucedió hace 56 millones de años. Pero, según un nuevo trabajo publicado en Science, se parece demasiado a lo que está pasando con los bosques actuales.
     Los geólogos, paleobotánicos y otros estudiosos del pasado del planeta llaman a aquel proceso el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (PETM). Alimentado por una creciente cantidad de CO₂ en la atmósfera, de origen probablemente volcánico, se produjo un calentamiento global con aumento de las temperaturas por encima de los 5°. Fue tal su impacto que marca el fin de un periodo geológico (el Paleoceno) y el inicio de otro (el Eoceno). Es uno de los ejemplos que usan los negacionistas del cambio climático actual que han leído para insistir en que el clima siempre cambia.
     Al igual que durante el PETM, recordarían los negacionistas, la cantidad de CO₂ en la atmósfera no deja de crecer; ya va por las 423 ppm. Como hace 56 millones de años, se multiplican las sequías, con la atmósfera más seca en siglos; infinidad de animales y plantas mueren, provocando cambios en el paisaje; y como entonces, los océanos se acidifican… Lo que no dicen es que el PETM fue un proceso de varios milenios, mientras que el actual se está produciendo en décadas. Pero, salvo por la velocidad y el origen, antropogénico este, volcánico aquel, son cambios climáticos que se parecen.
Paisaje actual de lo que en el pasado fue un bosque de olmos, abedules o nogales. En la imagen aparecen varios de los autores del estudio durante los trabajos de excavación.Marieke Dechesne, USGS
Descubrimos que, durante el PETM, los bosques de Wyoming [Estados Unidos] experimentaron una disminución promedio del 35 % en el índice de área foliar (IAF)”, cuenta en un correo la investigadora del Museo de Historia Natural del condado de Los Ángeles (Estados Unidos) y primera autora de la investigación, Regan Dunn. “Esto no significa que el bosque desapareciera, sino que perdió aproximadamente un tercio de la cubierta vegetal que impulsa muchos de sus procesos ecológicos”, aclara. “Llegó más luz solar al suelo del bosque, las temperaturas aumentaron, los suelos se secaron, se devolvió menos agua a la atmósfera a través de la transpiración y el bosque se volvió menos eficaz para regular el clima y almacenar carbono”, completa Dunn.
     El ocaso de un bosque que en el Paleoceno estaba dominado por juglandáceas, la familia de los nogales y pecanes, betuláceas (abedules) o cuprasáceas como los enebros no fue un fenómeno aislado en Wyoming, ni siquiera en lo que hoy es América del Norte. Se produjo en todo el planeta en latitudes medias y altas, las dominadas entonces, como ahora, por los bosques templados. De forma gradual, dieron paso a entornos más parecidos a los mediterráneos o de las regiones secas tropicales, como el cerrado amazónico. “En cierto modo, el paisaje del PETM en Wyoming, EE UU, se habría asemejado a una mezcla de la estructura de los matorrales españoles y la estructura y composición de especies de los bosques tropicales secos del Neotrópico”, explica Dunn.
     El registro fósil tradicional muestra el cambio de flora que hubo entre el final del Paleoceno y el inicio del Eoceno. Pero no capta bien lo que pasó entre ambos. Dunn y sus colegas han ideado un original método para hacerlo. “Reconstruimos el dosel de los árboles del pasado midiendo la forma de células microscópicas de la epidermis de las hojas”, explica Dunn. Estas células cambian de forma según la cantidad de luz solar que reciben durante su crecimiento. Las hojas que se desarrollan a la sombra tienen células más largas y alargadas que las que crecen a pleno sol. Y eso lo pudieron ver en las hojas fosilizadas, en sus fitolitos.
Las investigadoras compararon la estructura de la cutícula de hojas modernas con la de hojas fósiles para crear un modelo de cobertura vegetal. Imagen de la epidermis vegetal obtenida mediante microscopía de epifluorescencia.Dr. Regan Dunn
     Tras validar su idea analizando la hojarasca de una veintena de bosques y selvas actuales, pudieron estimar el IAF, la cantidad de hojas que había en aquellos bosques de Wyoming y cómo se fueron clareando durante el PETM. “Esto contrasta con los bosques húmedos de varios estratos de antes y después del PETM”, afirma la investigadora, que añade: “España también cuenta con algunos yacimientos notables que conservan información del periodo PETM, como Zumaia, que documenta cambios en las profundidades marinas en ese momento, y registros terrestres en la cuenca de Tremp-Graus”, conjunto de capas sedimentarias excavadas en el Pirineo.
     Según dice Dunn, “es factible que nuestro nuevo método se pueda aplicar para investigarlo en depósitos españoles”. De hecho, completa: “La siguiente extensión de nuestro trabajo consiste en obtener una visión global de cómo cambió la estructura de la vegetación a nivel mundial durante este importante evento climático”. El resultado final de aquel cambio climático fue un vuelco del paisaje de Wyoming y muchos otros lugares en la misma latitud. Las especies de bosque templado dejaron paso a leñosas termófilas como las burseráceas (como el palo santo), diversas especies de matorral, secuoyas y todo tipo de palmeras. Tal cambio provocó muchos otros, en un efecto en cascada, como la aparición de nuevas especies de animales mejor adaptados al nuevo entorno.
      “Comprender cómo cambió la estructura forestal durante el PETM es fundamental, ya que nos revela cómo el crecimiento, la biomasa y la productividad de las plantas se ven afectados por la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera”, dice la paleobotánica de la Universidad de Wyoming y coautora del estudio, Ellen Currano. “El exceso de CO₂ es perjudicial para los bosques, pues el calentamiento y la sequía que lo acompañan debilitan los árboles, provocando la muerte de muchos de ellos”, añade.
     Currano ve claras similitudes entre el pasado y el presente: “Nuestro trabajo demuestra que, durante el PETM, las copas de los árboles se volvieron más abiertas, con menos árboles grandes, y este cambio afectó al clima, el ciclo de nutrientes, la meteorización y, por supuesto, a los animales que habitaban los bosques”, y añade: “Estamos empezando a observar cambios similares en los bosques actuales, sobre todo en la Amazonia, y el registro fósil de plantas de Wyoming nos da una idea de hacia dónde podría dirigirse la Tierra”.
      Pero, como destaca Currano, la diferencia es el ritmo del cambio: “La cantidad de carbono liberado durante el PETM es similar a la cantidad de carbono contenida en nuestros yacimientos conocidos de combustibles fósiles. Sin embargo, la tasa de liberación es mucho más rápida hoy en día: estamos haciendo en aproximadamente 100 años lo que tomó entre 1.000 y 10.000 años”.

 Lo hemos leído aquí

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09 marzo 2026

EL SABINAR DE LAS BLANCAS, BOSQUE DEL AÑO 2026

 

El Sabinar de las Blancas, en la Pobla de San Miguel (Valencia), al lado del Rincón de Ademuz, ha sido elegido como Bosque del Año en España para 2026 tras ser el más votado en la iniciativa de Bosques Sin Fronteras con la colaboración del Ministerio para la Transición Ecológica. Este espacio natural está poblado de sabinas albares (Juniperus thurifera), que se erigen como símbolos de historia y biodiversidad mediterránea, y parte importante del Parque Natural de la Puebla de San Miguel.
     El paraje, a 1450 m.s.n.m., destaca por la presencia de sabinas albares de dimensiones y edades excepcionales (adjuntamos un mapa para el visitante). Hay muchísimas sabinas destacadas siendo Las Blancas un conocido conjunto que a su vez da nombre a una microreserva de flora de 6 hectáreas. Es uno de los espacios vegetales más singulares de la Comunitat Valenciana.
     Los distintos estudios técnicos no se ponen de acuerdo en cuanto a la edad de los ejemplares más sobresalientes pero se estima que algunos pueden superar los 800 años. Los sabinares pueden ser considerados bosques relictos, ya que sus antecesores han sido capaces de vivir desde el terciario (la era de los dinosaurios) hasta nuestros días.
     Este sabinar es uno de los espacios vegetales más valiosos del territorio valenciano, de hecho una imagen de este paraje fue la elegida el calendario de árboles monumentales editado por la Diputación de Valencia en 2001.
     El Sabinar de las Blancas ha obtenido 12.144 votos del público, imponiéndose al Cornetal del Barranco del Perú, en Albanchez de Mágina (Jaén), que alcanzó 10.023 apoyos. La alcaldesa de la Pobla de San Miguel, Eva María Azcutia Marqués, afirma que están "contentísimos y muy satisfechos" y animan a todas las personas a que les visiten y vean en primera persona el bosque. "Es un reconocimiento al buen hacer de la gente, y es un orgullo", ha dicho en declaraciones a la SER.

«El suelo del monte está extremadamente seco, uno se pregunta cómo pueden vivir aquí estos árboles, en medio de semejante aridez; quizá sus raíces hayan encontrado en lo profundo algún lecho de humedad que no percibimos. La copa de estas sabinas suele ser redondeada, las ramas apretadas o abiertas, sus hojitas cortas y escamosas, similares a las del ciprés, su troncho rechoncho y retorcido, plagado de protuberancias y cicatrices. Al final del camino hay una señal bajo tejadillo a la izquierda, señalando sobre un plano la “red de depósitos de agua de la zona” y un gran depósito de obra al fondo, cercado por una verja metálica».
 
Las Blancas de Puebla de San Miguel, Alfredo Sánchez Garzón

El lugar dispone de paneles con texto y dibujos de Tomás Sendra, que ilustran acerca del paraje y sus moradores, las sabinas:

  • Nombre científico: Juniperus thurifera L.
  • Nombre común: Sabina albar.
  • Propiedad: Pública y privada.
  • Coordenadas: X 660549/ Y 4434512/ Z 1432.
Las Viejas Sabinas de Las Blancas
     Hace muchos siglos, antes incluso de que los romanos trazaran calzadas y los reinos de taifa marcaran fronteras, existía en estas tierras un bosque ya viejo, habitado por árboles que parecían más viejos que el propio cielo. Se decía que esos árboles —las sabinas— eran guardianes del silencio de las montañas, centinelas de eras pasadas.
     “El nombre de Las Blancas” proviene de la corteza de estas sabinas albares: su tronco plateado, claro, que al reflejar la luna y al incidir la luz del amanecer, parece blanquearse, resplandecer como si la luz habitara en su propio cuerpo. Los lugareños, al divisarlas de lejos, decían que eran “las que visten de luz”, sabinas blancas entre sombras verdes y grises de roca.
     Los sabinares crecen despacio, casi imperceptiblemente, como lo hacen todos los de su especie, pero con el paso de los siglos el nuestro ha llegado a convertirse en un impresionante bosque adulto con centenares de sabinas albares, alguna casi milenaria. Veinte de estas sabinas aparecen en el catálogo valenciano de árboles monumentales y al menos tres superan los 800 años.
     No estamos ante uno de los típicos bosques de los cuentos, húmedos y frondosos de princesas atrapadas y elfos escurridizos, sino ante un bosque abierto, adehesado y de frescas praderas, más parecido a paisajes quijotescos de gigantes y molinos. Aunque parezca un cuento, y no es fácil de presenciar, los sabinos, llegado el final del mes de febrero, en esos días de calma y sol, cuando el viento sopla dulcemente... se estremecen abriendo sus sacos polínicos soltando nubes de polen para que el azar los lleve a algún estigma de su misma especie. Andoni Jurado nos lo muestra en este vídeo.

     Se ha conservado en buen estado gracias a las prácticas ganaderas que han sido realizadas por los habitantes de La Puebla durante siglos para alimentar al ganado y que han formado y moldeado a estos árboles hasta llegar a alcanzar edades y diámetros impresionantes. Podas que producen forraje en invierno durante las nieves y frescos pastos y sombra en verano.
     Se presentó el Sabinar de las Blancas como candidato a bosque del año por ser uno de los más hermosos legados naturales que aún se conservan en las tierras altas de la Comunidad Valenciana, y que ha contribuido entre otras razones, a la declaración del Parque Natural de la Puebla de San Miguel. Y también por ser ejemplo de relación especial entre el hombre y la naturaleza, entre los vecinos de la Puebla y por ende del Rincón de Ademuz, con su emblemático bosque.
     Zona de encuentro de pastores que guardaban sus rebaños en corrales que aún existen y abrevaban sus ovejas en la Fuente de las Blancas, zona de encuentro de labradores que tras largas jornadas de siega descansaban bajo su sombra.
     Hoy en día sigue siendo uno de los parajes más visitados y queridos del parque, tanto por los vecinos de la Puebla de San Miguel como por los visitantes que se acercan hasta este pequeño pueblo solo para contemplar la belleza de este mágico lugar. En el Rincón de Ademuz destacan los municipios de Puebla de San Miguel y Vallanca, con 233 y 36 ejemplares respectivamente protegidos por ley, siendo la sabina albar la más representada con 231 ejemplares de los 246 catalogados en toda la comunidad, joya del parque natural Puebla de San Miguel, conformando un paisaje único a nivel mundial de esta especie.

 

Mas información:
https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/el-sabinar-de-las-blancas-325126
https://es.wikipedia.org/wiki/Sabinar_de_las_Blancas
https://www.arbolybosquedelaño.es/sabinar-de-las-blancas-puebla-de-san-miguel/
https://okdiario.com/naturaleza/bosque-del-ano-2026-espana-esta-valencia-sabinar-arboles-hasta-800-anos-edad-16289605?
https://rincondeademuz.es/patrimonio-arboreo-monumental-del-rincon-de-ademuz/
 
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30 agosto 2025

El bosque de Doramas en la memoria

BARTOLOMÉ CAIRASCO DE FIGUEROA (Las Palmas de G.C., 1538-1610)
 

Éste es el bosque umbrífero
que de Doramas tiene el nombre célebre,
y aquéstos son los árboles
que frisan ya con los del monte Libano
y las palmas altísimas
mucho más que de Egipto las pirámides,
que los sabrosos dátiles
producen a su tiempo y dulces támaras.
Aquí de varias músicas
hinchan el aire los pintados pájaros.
La verde yedra estática
a los troncos se enreda con sus círculos
y más que el yelo frígidas
salen las fuentes de peñascos áridos.
Aquí de Apolo délfico
no puede penetrar el rayo cálido
ni del profundo océano
pueden damnificar vapores húmedos.
Aquí con letras góticas
se escriben epigramas, nombres, títulos
en árboles tan fértiles
que parece que estuvo recreándose
en ellos el artífice
de las terrenas y celestes fábricas.
Aquí, pues, de la próspera
fortuna está gozando el fuerte bárbaro
que por sus propios méritos
alcanzó la corona y regia púrpura
y en la terrestre máquina
es celebrado en ejercicios bélicos:
Doramas es el ínclito
nombre del capitán fiero e indómito

 Tomado de: Cairasco de Figueroa y el mito de la Selva de Dorama, pág. 34

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23 julio 2025

JOSÉ LUIS GALLEGO, en "El Confidencial", julio-2025
Cortar árboles para salvar los bosques: no nos queda otra 

Puede parecer una paradoja, pero en realidad es una solución de viabilidad para preservar unos ecosistemas forestales más sanos, resilientes al cambio climático y con una biodiversidad más próspera

Retirada de árboles en un bosque mediterráneo. (Jose Luis Gallego)






España se enfrenta a un dilema crucial ante la obligación de conservar y proteger su patrimonio natural. Con 28 millones de hectáreas de superficie forestal, lo que equivale a más del 55% de nuestro territorio, y cerca de siete mil millones y medio de árboles, somos el segundo país más boscoso de Europa, tan solo superado por Suecia, pero con una notable diferencia.
     Así como los bosques del país escandinavo son en gran medida un continuo abedular, el paisaje forestal español está representado por un variado mosaico de arboledas que acogen una gran variedad de especies. Pinares, encinares, alcornocales, robledales, hayedos, castañares, quejigales, alamedas, choperas, fresnedas, sabinares, enebrales, tejeras… la variedad de nuestros bosques es tanta y su calidad tan alta que no se puede comparar a la del resto de Europa. 
Un patrimonio natural extraordinario que acoge más de tres cuartas partes de nuestra biodiversidad terrestre. Que nos presta multitud de servicios ecosistémicos. Que conforma el mayor sumidero de carbono en la lucha contra el cambio climático y que durante siglos ha anclado a buena parte de la población rural al territorio. Pero un patrimonio que se encuentra más amenazado que nunca.
     Como señala el propio Inventario Forestal Nacional (IFN), en las últimas décadas se viene detectando un constante aumento de la superficie de monte arbolado, así como un crecimiento desmesurado de la biomasa arbórea, es decir, de la espesura. Unos índices que tampoco tienen comparación con los que se observan en el resto de Europa, pero que, lejos de ser observados como una señal de prosperidad, nos sitúan en un contexto de alto riesgo.
     Hace año y medio, en su propuesta de un pacto por los bosques españoles, el Colegio de Ingenieros de Montes alertaba que, desde 1990, la superficie arbolada en España muestra un ritmo de crecimiento cercano al 2,2% anual. Un porcentaje muy superior a la media europea, situada en torno al 0,5 %. Pero es que, además, la densidad de nuestros bosques ha aumentado un 130% desde 1975, pasando de 656 árboles por hectárea a casi mil. En muchas de nuestras arboledas no cabe un solo árbol más.

Aprovechamiento responsable

     Tenemos cada vez más bosque y más denso, pero también más abandonado. Antaño quien tenía un bosque tenía un tesoro, ahora tiene una carga. No olvidemos que en España, como recoge y muestra el último Anuario Forestal, alrededor del 72% de la propiedad forestal es privada. Pero los propietarios forestales están desesperados. Mientras la bioeconomía avanza en toda Europa, en el segundo país más forestal de la UE la actividad silvícola, es decir el aprovechamiento sostenible de los bosques, ha caído en picado ante la falta de incentivos de mercado y el desdén de las administraciones. 

El descorche de alcornoques: ejemplo de práctica forestal sostenible. (EFE/J.Zapata)
     En España, lejos de verse compensados por los servicios ecosistémicos que nos ofrecen sus bosques, los propietarios se enfrentan a una política forestal ineficaz, con un aumento desproporcionado de las trabas administrativas, una presión fiscal insoportable y sin ninguna posibilidad de relevo generacional. Nadie quiere cargar con un bosque. Y todo ello mientras en la sociedad avanza un papanatismo falsamente ecologista que defiende la intocabilidad de los bosques y según el cual cortar un árbol es poco menos que un crimen. Una idea que muestra, no ya la ignorancia, sino el desprecio por la cultura forestal y el mundo rural de una población cada vez más urbanita y ajena a todo lo que tiene que ver con la conservación de la naturaleza.
     Porque si queremos prevenir el riesgo de perderlos, va a ser necesario cortar árboles para preservar nuestros bosques. Ante la situación de emergencia climática en la que vivimos y el avance de los modelos hacia los peores escenarios, con sequías cada vez más largas y persistentes y olas de calor más intensas, va a ser necesario un cambio de paradigma a la hora de afrontar el reto de conservar y proteger nuestros bosques y la rica biodiversidad que acogen. Y en ese nuevo paradigma la gestión forestal esta llamada a jugar un papel determinante.

Cortar para sanear y prevenir

     Porque tenemos cada vez más bosque, es cierto, pero un bosque desequilibrado y enfermo. Un bosque alterado por la flora invasora, que ha entrado a saco debido al abandono, y por las plagas forestales, cada vez más virulentas. Bosques congestionados, incluso asfixiados de árboles, incapaces de adaptarse a unos fenómenos meteorológicos cada vez más extremos y adversos. Danas que derriban ramas y árboles enfermos y estiajes prematuros que, como este año, han convertido el matorral en un inmenso pajar a punto de prender a la menor ocasión. 
Los trabajos forestales mantienen el bosque sano. (Jose Luis Gallego)
      Tenemos muchos bosques, sí, pero son bosques gasolinera. Enormes manchas forestales con una alta densidad de vegetación reseca que, convertida en combustible, arde de forma espontánea dando lugar a incendios de una virulencia desconocida, imposibles de extinguir. Unos incendios que, como vienen alertando los expertos, un día convertirán nuestras 28 millones de hectáreas de superficie forestal en un gigantesco cenicero. Por eso es necesario clarear el monte, incluso dejar que los pequeños incendios actúen como regulador de carga.
     Es necesaria una gestión forestal adaptada a la nueva realidad climática, en la que se vuelva a poner en valor el aprovechamiento sostenible de los bosques, se recuperen los paisajes en mosaico y se incentive la actividad agroforestal como lo que es: una de las mejores estrategias para hacer frente al reto demográfico, evitar los megaincendios o incendios de sexta generación y promover el avance de la economía circular en el sector primario.
     Por suerte en este país disponemos de la ciencia forestal, la tecnología y el conocimiento necesarios para lograrlo. Nuestros profesionales en gestión forestal están entre los más reconocidos a nivel mundial. Solo nos falta una gobernanza comprometida y responsable. Unas administraciones que promuevan en la sociedad el sentimiento de pertenencia, de pertenencia al bosque. Una sociedad en la que todos valoremos mucho más los beneficios ambientales, sociales y económicos de las actividades forestales y mostremos un mayor respeto hacia el mundo.
 
 Lo hemos leído aquí
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10 noviembre 2024

El aumento de la masa forestal

ENRIC JULIANA, en "La Vanguardia", Sept-2024
Cuando los árboles dejan ver el bosque

España es el país con más masa forestal de Europa después de Suecia

El Montseny en otoño

 Este texto pertenece a 'Penínsulas', el boletín que Enric Juliana envía a los lectores  de 'La Vanguardia' cada martes. Si quieres recibirlo, apúntate aquí.

     Cuando un viajero se aproxima a Madrid en avión tiene la sensación de visitar un país muy llano, muy seco y con pocos árboles. “África empieza en los Pirineos”. Esa frase, de timbre francés, fue atribuida a Alejandro Dumas y con toda seguridad fue alimentada por Stendhal en sus notas sobre la vida de Napoleón, en las que llegó a escribir que en España todo era africano excepto la religión. El norte de África empieza al sur de los Pirineos, puede pensar el viajero que mira por la ventanilla mientras el avión se aproxima al aeropuerto de Barajas. Si el visitante viaja en tren o en coche desde Barcelona a Madrid tendrá esa misma impresión al atravesar el desierto de los Monegros.
     España, país seco con bosques menguantes, cada vez más castigados por los incendios forestales y el cambio climático. Playas repletas de turistas y un interior árido y despoblado, con un gigantesco campamento cosmopolita en el centro de la península, muy conectado con Latinoamérica. Esa podría ser una caricatura geográfica de la España actual. Una caricatura muy alejada de la realidad, en lo que a la masa forestal se refiere. Presten atención: España es en estos momentos el segundo país con mayor masa forestal de Europa, por detrás de Suecia. Es el país con una mayor proporción de masa forestal en relación a su superficie, detrás de Suecia, Finlandia, Eslovenia, Estonia y Lituania, superando a Noruega y Suiza, y muy por delante de Alemania y Francia. En España hay 7.800 millones de árboles. 160 árboles por habitante.
     Hace unos meses, el geógrafo Santiago Fernández Muñoz puso el tema de los árboles sobre la mesa y me sorprendió. Habíamos quedado en Madrid para tomar un café y hablar de geografía y política. Fernández Muñoz es profesor de Geografía Humana en la universidad Carlos III, ha trabajado en la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) en el control de políticas públicas, y dirigió hasta hace un año la unidad de seguimiento del Plan de Recuperación en el gabinete de la Presidencia del Gobierno. Tiene los mapas en la cabeza, conoce los puntos débiles de las políticas públicas y sabe de qué van los fondos de recuperación europeos y cómo se negocia en Bruselas. Fue muy interesante conocerle. Le gustaba el enfoque de Penínsulas y propuso una serie de temas, ese tipo de temas aparentemente desconectados de la trepidante actualidad que explican cosas de cierto calado. A partir de aquella conversación, Santiago Fernández colabora con este boletín aportando ideas y datos. “Seguramente no te imaginas que España es uno de los países con más masa forestal de Europa”, me dijo. “Hemos ido construyendo la imagen de un país reseco, un país en grave riesgo de desertización, muy castigado por los incendios forestales; no voy a negar ese riesgo, pero la realidad es que en España los bosques se han hecho más grandes”, añadió. Me interesó mucho el tema de los árboles. Todos aquellos enfoques que desmienten tópicos son especialmente atractivos. Por lo tanto, hoy hablaremos de árboles con la ayuda de Santiago Fernández.
Coníferas en verde oscuro, Frondosas en verde claro y Masas mixtas en naranja

      Mapas, mapas, mapas. Dicen las estadísticas que la masa forestal empezó a crecer en España a partir de 1975. Podríamos afirmar que después de la muerte de Franco empezaron a crecer los árboles. Esta no la vimos venir. El crecimiento de la masa forestal no figuraba ni en el programa de la Junta Democrática, ni en los pactos de la Moncloa. La foresta empezó a expandirse en 1975 como consecuencia de una constante reducción de la población rural y de las tierras de cultivo. Los expertos coinciden en señalar que 1940 fue el peor año para la masa forestal en España. La miseria de la posguerra empujó a miles de familias a una economía de supervivencia en los aledaños de los bosques. La gente buscaba más leña y roturaba pequeños campos de cultivo para poder comer. Esa situación empezó a cambiar entre los años sesenta y setenta del siglo pasado a medida que se desplegaban los efectos del Plan de Estabilización de la economía: entrada de capitales extranjeros, nuevas industrias, turismo, emigración masiva del campo a la ciudad, definitiva mecanización de las labores agrarias y lenta disminución de las zonas de cultivo. Los expertos dicen que 1975 fue el año de inflexión. El día en que murió Franco, los bosques ya estaban creciendo.
     Desde entonces España ha ganado más de siete millones de hectáreas de arbolado. Ello quiere decir que la superficie ocupada por los bosques ha crecido un 63%. Un proceso similar se ha registrado en la mayoría de los países europeos, aunque con menor intensidad. Cambios demográficos y políticas de reforestación explican el fenómeno. A medida que la población se concentra en las ciudades, el bosque tiende a crecer si hay políticas que lo favorecen. Cuando la población rural disminuye, menguan los cultivos, se recoge menos leña, avanzan los arbustos y, después, los árboles. En los últimos años, a medida que la defensa del medio ambiente iba calando en la sociedad, muchas grandes empresas han querido mejorar su imagen pública financiando importantes campañas de reforestación. Nunca en España había habido tantos árboles como ahora.
     El país cuenta en estos momentos con 28 millones de hectáreas de masa forestal, que ocupan el 56% de la superficie total. 18,5 millones de hectáreas de esa masa forestal son bosques y otros 10 millones corresponden a zonas de arbusto y matorral, con árboles dispersos. En la última década se han perdido un millón de hectáreas de tierras cultivadas, con la consiguiente disminución del número de personas empleadas en la agricultura. Después de 37 meses consecutivos de caída, el empleo agrícola se sitúa por primera vez por debajo del millón de personas y no llega al 5% del total de los afiliados de la Seguridad Social. Son datos muy recientes, de los que informaba Jaume Masdeu en La Vanguardia de este pasado lunes. Hace un siglo no era ese el paisaje. Hay estadísticas sobre la masa forestal desde 1861. Los viajeros que escribieron sobre la España del siglo XIX hablaban de paisajes desolados y desarbolados, como si los españoles odiasen los árboles o se hubiesen lanzado masivamente a por leña. Entre 1860 y 1960 tuvo lugar una intensa deforestación como resultado combinado de la desamortización de los montes públicos y de las propiedades eclesiásticas, y el incremento de las pequeñas parcelas de cultivo para la subsistencia del paupérrimo campesinado español.
     Un libro de reciente aparición, Primavera revolucionaria, del historiador británico Christopher Clark, explica la importancia que tuvo la privatización de los prados y bosques comunales en la germinación de las revueltas sociales que confluyeron en casi toda Europa en 1848. Plagas, hambrunas (terrible en Irlanda), prohibición de extraer leña y pastorear en las antiguas tierras comunales, más la miseria y el hacinamiento de los campesinos transformados en obreros industriales, hicieron fermentar la ola revolucionaria que recorrió Europa mediado el siglo XIX. Una ola que en España, en una muestra más de su singularidad histórica, catalizó el carlismo: la causa tradicionalista del infante Carlos María Isidro de Borbón. El carlismo es uno de los surcos profundos de la moderna historia española. Otro Carlos, Karl Marx, escribió su primer artículo en la prensa criticando la implantación de una nueva ley forestal en Renania. Su padre, Heinrich, era el abogado de los campesinos que pleiteaban contra el nuevo Código Forestal.
     Volvemos al bosque encantado. El Plan de Estabilización de 1959 empezó a cambiar la España desforestada. Recomiendo vivamente una película rodada en 1951, Surcos, dirigida por José Antonio Nieves Conde, con un guión estilizado por el escritor Gonzalo Torrente Ballester. Un encargo de Falange para desalentar el éxodo rural. La gran ciudad es una trampa para el noble campesinado español. Ese era el mensaje. No se trata de una película menor. Es una apreciable adaptación del neorrealismo italiano a las circunstancias españolas. “Hasta las últimas aldeas llegan las sugestiones de la ciudad, convidando a los labradores a desertar del terruño con promesas de fáciles riquezas. Estos campesinos son árboles sin raíces, astillas de suburbio que la vida destroza y corrompe. Esto constituye el más doloroso problema de nuestro tiempo”, decía el texto inicial de la película, firmado por el escritor falangista Eugenio Montes.
     El Plan de Estabilización del 1959, promovido por los tecnócratas del Opus Dei, con la notoria aportación intelectual del economista catalán Joan Sardà Dexeus, antiguo colaborador de Josep Tarradellas en la Generalitat republicana, se llevó por delante el guión de Montes y Torrente Ballester, abrió la economía española al exterior con tasas de crecimiento del 7%, y estimuló un gran éxodo del campo a la ciudad. Después de recuperar Surcos hay que ir a ver El 47, película de reciente estreno, dirigida por Marcel Barrena, que narra la lucha del barrió barcelonés de Torre Baró, levantado por emigrantes llegados de Extremadura, para conseguir que una línea de autobús llegase hasta sus empinadas calles en 1978. Manuel Vital, conductor de la compañía municipal de transportes, militante del PSUC y de Comisiones Obreras, vecino de Torre Baró, secuestró un autobús para demostrar que aquel trayecto era posible. Aquel año, dicen las estadísticas, los bosques ya habían comenzado a crecer.
     Hay más árboles que nunca y ese dato choca con los negros presagios de desertización. Hay más árboles que nunca, por ahora. La población empleada en la agricultura baja por primera vez del millón de personas y la despoblación sigue creciendo en muchas provincias. La región metropolitana de Madrid quiere llegar a los diez millones de habitantes en la próxima década, mientras en los viejos surcos crecen las encinas. Los recientes resultados electorales de la extrema derecha en la antigua Alemania del Este traen consigo diversos mensajes. No todo es culpa de la inmigración. Turingia y Sajonia son los estados con las mayores tasas de despoblación de toda Alemania. Sus habitantes se sienten abandonados y están reaccionando con rabia. Tienen miedo al futuro. Eso sí, hay muchos árboles. El Bosque de Turingia, de 150 kilómetros de longitud, es magnífico.
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27 julio 2024

LAURE CAILLOCE
La llamada del bosque
Bosque de tipo mediterráneo dominado por encinas.Juan Carlos Muñoz / naturepl.fr / EB Photo
Los bosques del mundo cubren un tercio de la tierra. Aunque nos prestan servicios valiosos, nunca han estado bajo tanta presión. Hasta el punto de lidiar a veces con nuestras contradicciones, entre los bosques santuarios y los bosques gestionados, como descubrirán en esta primera parte de nuestra serie dedicada a los bosques.

     ¿Podrían desaparecer nuestros bosques? Por su violencia, pero también de su precocidad, los mega-incendios del año 2023 arrojan una cruda luz sobre la fragilidad de las regiones boscosas de nuestro planeta. En Canadá, la provincia occidental de Alberta ha estado ardiendo a principios de la primavera. 3.500 kilómetros cuadrados (km2) se transformaron en humo en menos de una semana y 30.000 personas tuvieron que ser evacuadas. Lo mismo ocurre en Rusia, donde en mayo se consumieron 6.000 km2 de bosques boreales en los Urales y Siberia... Toda el área mediterránea se vio afectada, España, Grecia... Y los incendios azotaron el departamento francés de los Pirineos Orientales ya en abril, un récord.
     "Tenemos que tener mucho cuidado con los incendios, dice Laurent Simon, profesor emérito de Geografía de la Universidad de Panteón-Sorbona y miembro del Laboratorio Social Dinámico y Recomposición de Espacios. A nivel mundial, los incendios forestales no han aumentado significativamente su superficie en los últimos 30 años, con 3 a 4 millones de kilómetros cuadrados quemados cada año según datos satelitales del programa Copernicus. Por otro lado, la naturaleza de los fuegos ha cambiado completamente. Antes había un montón de pequeños incendios. Ahora nos enfrentamos a incendios muy grandes y extremadamente devastadores."
Mega-incendio en la Columbia Británica (Canadá).
     En el origen de estos mega-incendios, que aparecieron hace unos 15 años, están: el calentamiento global y las sequías que azotan a los bosques. Pero ese no es el único factor en juego. En California, por ejemplo, o en Australia, estos incendios a menudo nacen en la interfaz entre áreas urbanas y bosques. Porque cuanto más acercamos las viviendas a los bosques, aumentan los riesgos. En Rusia, a la sequía de 2023, se suma el hecho de que la mitad de los guarda forestales han sido despedidos... Los incendios tienen mucho tiempo para propagarse antes de ser detectados, recuerda Laurent Simon.

¿Qué es un bosque?

     Estos incendios nos enseñan una cosa: los bosques son objetos complejos, que no toleran simplificaciones. El simple hecho de definirlos también es un reto. ¿Qué es un bosque? ¿Podemos llamar bosque a una sabana con una cubierta boscosa muy discontinua? ¿Es realmente un bosque el autoproclamado "micro-bosque urbano" plantado al final de mi calle? “Hoy en día, es la definición de la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, la que prevalece a nivel internacional”, indica Laurent Simon. "Según esta definición, un bosque supone que la cubierta arbórea representa al menos el 10% del suelo, sobre una superficie mínima de media hectárea, y que los árboles tienen al menos 5 metros de altura cuando son adultos."
     Una definición bastante amplia, fruto de un compromiso internacional, que se utilizó especialmente en los debates sobre los créditos de carbono y la contribución de cada país en la lucha contra los gases de efecto invernadero (el bosque es un sumidero de carbono natural muy eficaz). Pero eso no satisface a todos los científicos, empezando por los ecólogos, que argumentan que un bosque no se define sólo por su cubierta arbórea, sino también por su complejo ecosistema. "Un bosque de media hectárea tiene mucha menos biodiversidad que un gran bosque y no constituye un ecosistema plenamente funcional", subraya Philippe Grandcolas, director científico adjunto de ecología y medio ambiente del CNRS.
      Más allá de las objeciones, los bosques, tal como los define la FAO, cubren hoy el 30% de la superficie terrestre, o 44 millones de kilómetros cuadrados. Destacan cuatro grandes grupos. En el extremo norte, los bosques boreales, vastas extensiones de coníferas que se encuentran desde Rusia hasta Canadá y Escandinavia, forman un poco más de un tercio de la superficie forestal del mundo. Los bosques tropicales y sus cientos de especies caducifolias y perennes, situados a ambos lados del ecuador, representan algo menos de un tercio de la superficie pero son, con diferencia, la mayor biomasa forestal y la más compleja desde el punto de vista ecológico. Luego vienen los bosques templados de Europa y Estados Unidos principalmente, mezclas de árboles caducifolios y coníferas. Y, por último, los bosques de tipo mediterráneo y su vegetación llamada “esclerófila” (de hojas duras) que encontramos en todo el Mediterráneo, pero también en el sur de California, en Sudáfrica en la región del Cabo o incluso en Chile en los alrededores de Valparaíso.
Los 4 tipos principales de bosque. Los bosques boreales de Rusia y Canadá, y las selvas tropicales de la Amazonía, la Cuenca del Congo e Indonesia, son las áreas boscosas más grandes del planeta.
     Estos cuatro tipos de bosques no se distinguen sólo por su apariencia general. Sus modos de funcionamiento también difieren completamente. “Los bosques boreales, al igual que los bosques templados, están controlados por el frío: durante el período invernal (¡mucho más largo para los primeros!), los árboles descansan y detienen la fotosíntesis. En los bosques mediterráneos ocurre lo contrario, controlados por el calor y, sobre todo, por el estrés hídrico: en plena sequía estival, los árboles dejan de respirar para no perder agua y reducen muy significativamente su actividad vegetal», explica Laurent Simon. La selva tropical funciona todo el año, sin un ritmo estacional marcado, y siempre está verde.

Se destacan las talas masivas
 
Nuestros bosques, naturalmente complejos, están sujetos a una simplificación extrema y a menudo se reducen a “campos de árboles”: alineamientos de individuos de la misma especie y de la misma edad. En cuestión, determinadas prácticas silvícolas que favorecen la simplicidad de la explotación con maderas blandas de rápido crecimiento (que se queman más fácilmente) y todos los árboles plantados (y por lo tanto todos cosechados) al mismo tiempo, durante la "tala rasa" (tala de superficies muy extensas de todos los árboles en una explotación forestal) que deja el suelo completamente desnudo.
     Problema: “En un momento de calentamiento global, estos bosques estandarizados forman ecosistemas pobres y, por lo tanto, poco resilientes, indica Guillaume Decocq, botánico del laboratorio de Ecología y dinámica de los sistemas antropizados (Edysan). Son poco resistentes a sequías, tormentas o incendios. Debilitados, son víctimas de ataques de patógenos y parásitos". Simplificada al extremo, fragmentada por la deforestación y las numerosas infraestructuras allí desplegadas –carreteras, autovías, ferrocarriles, etc–, víctimas de mega-incendios y repetidas tormentas, nuestros bosques están sufriendo. Sin embargo, son esenciales para nosotros debido a los múltiples servicios que nos brindan.
Manifestación en noviembre de 2023 contra la limpieza de 17 hectáreas de bosque en la montaña de Lure (Alpes de Haute-Provence), donde una central de energía fotovoltaica debe surgir del suelo.
     Los bosques, segundo sumidero natural de carbono después del océano, contribuyen al equilibrio climático del planeta y albergan el 80% de la biodiversidad terrestre. Proporcionan material de madera para la construcción y energía de la madera para calentar y cocinar a millones de seres humanos y pronto podrían utilizarse para producir biocombustibles para los aviones del futuro. Se han convertido en espacios de ocio muy populares mientras que la mitad de la humanidad vive ahora en ciudades...

Expectativas contradictorias 

"Tenemos expectativas sobre las superficies forestales que se han vuelto considerables y a menudo parecen contradictorias", subraya Laurent Simon. Queremos que sean áreas naturales protegidas donde florezca una rica biodiversidad y, al mismo tiempo, queremos utilizar cada vez más materiales de origen biológico en la transición energética. Queremos poder practicar ciclismo de montaña, senderismo…” No es de extrañar que allí aumenten los conflictos de uso. "En Francia, donde dos tercios de los bosques son de propiedad privada, vemos cada vez más conflictos entre los propietarios de los bosques, los operadores y el público en general, en particular en torno a la tala rasa, que este último tolera cada vez menos", afirma Guillaume. Decocq.

¿Quién es realmente el dueño del bosque?
 
 
Una verdadera pregunta, según el botánico que analiza la última evolución de la legislación francesa en la materia. “A partir de ahora, cualquiera que entre en un bosque privado, incluso si no está vallado, se expone a una multa. A principios de 2024, en los Vosgos, el nuevo propietario de un bosque atravesado por varias rutas de senderismo hizo saber que prohibía todo acceso a su bosque..."
Práctica de la BTT en el parque natural regional de los Vosges du Nord
¿Constituyen nuestros preciosos bosques un bien común para la humanidad y, más allá de eso, para todos los seres vivos? ¿Cómo podemos conciliar todas nuestras necesidades? “Están empezando a desarrollarse nuevas prácticas silvícolas, más respetuosas con el ecosistema forestal”, indica Laurent Simon, que sigue convencido: el bosque puede existir con el hombre. “El bosque está antropizado desde hace miles de años”, argumenta el geógrafo. El bosque europeo de la Edad Media era todo menos un espacio salvaje. Incluso la selva amazónica actual, que erróneamente pensamos que es salvaje y virgen, es el resultado de la acción humana durante milenios. »

Historia del bosque, bosque y clima, biodiversidad, prácticas silvícolas... son algunos de los temas de nuestra serie de verano dedicada al bosque, que se puede encontrar todos los lunes en lejournal.cnrs.fr.

(Este artículo está tomado de la carpeta "El bosque", un tesoro a preservar, originalmente publicado en el No. 16 de la revista Carnets de science, disponible en librerías y relevo.)
Lo hemos leído aquí
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28 abril 2022

Árboles en cada provincia española

STRANBOTIC, en "Público"
Mapa: las provincias españolas con más (y con menos) árboles

España es el segundo país europeo con mayor superficie forestal: 7.500 millones de árboles, solo por detrás de Suecia. Una superficie que, además y contra toda previsión agorera, ha aumentado un 31% en la última década, según los datos del Inventario Forestal Nacional, que elabora el INE desde hace 50 años*.
      Las tres provincias españolas con más árboles en su territorio tienen en común compartir la cordillera de los Pirineos: Lérida, con 324 millones; Huesca, con 320 millones y Gerona, 283 millones. Navarra, la cuarta provincia pirenaica, también tiene abundancia de copas (240 millones) pero está por detrás de provincias como Burgos (262), Salamanca (250), Albacete (252) o incluso Barcelona (256).
      En el otro extremo de la balanza está Las Palmas, la provincia oriental de las Canarias, compuesta de las islas de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura, con apenas 4,4 millones de árboles y el ratio más bajo de árboles por habitante de toda la nación: apenas 4 por cada habitante. Las otras provincias menos arboladas son Sevilla y Alicante (31 millones cada una), Valladolid (33 millones) y Cádiz (38 millones).

Cuadro elaborado por Cadena SER.

      En lo que concierne a árboles per capita, Soria es, con diferencia, la provincia más pródiga: cada soriano "tiene" 2.444 árboles, 600 veces más que los naturales de Las Palmas, con poco más de 4 árboles por cabeza.
     La especie arbórea más abundante de España es la encina, que representa un 20% de la masa forestal del país seguido por el alcornoque (15%) y el pino carrasco (11,3%), si bien este último parece estar en retroceso ante la pujanza de la encina, según el CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales).

*Los datos son del INE, sí, pero no intente usted buscarlos en su página web porque todo lo que conseguirá es un fichero Excel ilegible salvo para los iniciados. A la base de datos del INE hay que torturarla como si fuera un preso de Guantánamo para que escupa sus verdades.

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16 abril 2022

DINO BUZZATI (Italia, 1906-1972)
El secreto del Bosque Viejo
 
(...) Sólo los niños, aún libres de prejuicios, se daban cuenta de que el bosque estaba poblado por genios y, aunque tuvieran un conocimiento muy vago del asunto, hablaban con frecuencia de ello. Con el paso del tiempo, sin embargo, también ellos cambiaban de opinión, dejando que sus padres les imbuyeran necias patrañas...

… El coronel se sentó en el suelo, a los pies de un abeto. A su alrededor estaba el bosque, el antiquísimo Bosque Viejo, preñado de una misteriosa vida. Poco a poco el silencio se llenó de tenues voces. A las diez de la noche se percibió el sonido del viento.
      -¡Mateo! ¡Mateo!- volvió a gritar Sebastiano Procolo, reanimado por la esperanza. Pero aquel viento no era Mateo y continuó deslizándose indiferente sobre las copas de los árboles. Diez, doce ecos respondieron esta vez a la llamada, cada vez más débiles y lejanos, hasta que el aire sólo quedó una tenue resonancia.
     Sebastiano Procolo se resignó cansado. El venerable bosque comenzaba a vivir una noche nueva y se despertaba del sopor diurno. Tal vez en la oscuridad los genios salieran de los troncos y vagaran realizando quehaceres desconocidos, pensó Procolo. O tal vez estuvieran reunidos en multitud justo alrededor de él, invisibles en la noche cerrada. Tal vez hubiera salido la luna detrás de la capa de nubes. Tal vez las tinieblas no se acabarían nunca. Tal vez el sol nunca saldría. Tal vez la oscuridad permanecería para siempre. (...)

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Resumen y sinópsis

El secreto del Bosque Viejo (1935), la segunda obra de Dino Buzzati, es un relato fantástico, de una sencillez esencial, que puede leerse como fábula para adultos o como relato para niños. Buzzati simboliza la riqueza del mundo en el pequeño universo de un bosque milenario y mágico. El secreto del Bosque Viejo es un canto a la infancia y a la imaginación, y también a la naturaleza, como territorios a los que todos pertenecemos originalmente y donde reside lo mejor de nosotros. Robert Baudry afirmó: "¿Cómo no reconocer en El secreto del Bosque Viejo una obra rica, poética, llena de ecos…? ¿El secreto del Bosque Viejo? Sin duda, la obra maestra, maravillosa, de Buzzati"
Se puede leer en la red.
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27 marzo 2022

Viaje por la BR3-19 de la Amazonia

NAIARA GALARRAGA GORTÁZAR (en El País) Imagenes: AVENER PRADO

 
Recorrer los casi 900 kilómetros de la calzada que cruza una de las áreas de selva mejor preservada de Brasil permite observar a simple vista cómo avanza la deforestación. Bolsonaro pretende asfaltarla del todo

(...) Esto es Realidade, tierra prometida para buscavidas y pobres. Y esta, la primera gasolinera tras conducir 500 kilómetros desde el norte por la BR-319, la carretera más controvertida de la Amazonia. Completar el asfaltado es la gran promesa del presidente Jair Bolsonaro para la región, una de las más pobres de Brasil. Lo considera estratégico para el desarrollo económico local. Recorrerla entera, de Manaos a Porto Velho, incluidos los 400 kilómetros de tierra, permite a un equipo de EL PAÍS observar a simple vista el impacto que producen los colonos que desembarcan atraídos por promesas y tierras a buen precio. La deforestación avanza veloz.
Una casa a pie de carretera a su paso por la comunidad de Igapú Açu, km 260, el 20 de octubre.
     En los últimos años ha crecido hasta merecer escuela y ambulatorio, un boom que se asienta en lucrativos negocios que diezman la selva: la tala ilegal de madera, la cría de ganado o cultivos de soja que atraen a gentes de otros Estados.
      En el mapa, la vía es una rayita minúscula. A vista de dron, una línea recta anaranjada en un tupido manto verde que parece brócoli. Probablemente pocos de los que participan en la cumbre COP26 de Glasgow saben de su existencia, pero los que observan el mayor bosque tropical del mundo no le quitan el ojo. El desenlace de esta obra dirá si la parte más virgen de la selva amazónica sigue protegiendo la biodiversidad y capturando dióxido de carbono o no. Y eso influirá en el resto del planeta porque las selvas como esta son cruciales para regular la temperatura global. El pueblito de Realidade es una sucesión de bares, moteles, camiones, talleres, templos evangélicos y casitas de madera en calles de tierra que a menudo se convierten en un lodazal.
     La ley resulta un concepto lejano y maleable. Es un territorio tenso donde prevalecen los hechos consumados y el recelo hacia el foráneo que husmea. Nadie llega de turismo o por error, se viene con un objetivo.  Cualquiera está en alerta constante. Y en cientos de kilómetros no hay un policía. Los locales esperan ansiosos el pavimento hace décadas, convencidos de que traerá prosperidad. Para científicos y ecologistas, es un escenario de pesadilla. Temen que el monstruo que han visto crecer en Realidade en estos años ascienda carretera arriba.
     Los 887 kilómetros de la BR-319 cruzan una de las zonas mejor preservadas de la selva que cubre la mitad de Brasil, una superficie del tamaño de la Unión Europea repleta de ríos, corrientes y lagunas. Durante medio año, el trazado es un barrizal. Los viajeros dejan atrás granjas bautizadas como Grande Esperanza, Tierra Rica o Dios Me Dio.

     Entre los más implicados en la batalla a favor del asfalto se encuentra Dona Mocinha. Tiene una pousada en el kilómetro 260, gafas enormes y empuje suficiente para ir a la escuela nocturna a sus 64 años. Se instaló en Igapó Açu hace décadas, una comunidad de palafitos de madera para evitar las crecidas. “Hubo una época en que desde noviembre hasta mayo por aquí no pasaba nadie, naaaadie”.
     Ahora, con la carretera más o menos transitable todo el año, ve desde su porche más trasiego de camiones y 4x4. “Dicen que la carretera (asfaltada) va a tener impacto, pero ¿qué impacto? Mire, yo no soy bióloga, pero el mayor impacto se generó cuando la construyeron”, en los setenta, durante la dictadura. Debió de ser una obra titánica porque el terreno es pantanoso y, por eso, es un área muy productiva, rica en biodiversidad. “Surcada por ríos muy ricos en peces, cocodrilos y mosquitos”, explica Rómulo Batista, de Greenpeace.

Dona Mocinha, vecina de Igapó Açu, que queda dentro de una reserva ecológica. Pertenece a la Asociación de Amigos y Defensores de la BR-319.
    
     Incluso la simpática Dona Mocinha, de la Asociación de Amigos y Defensores de la BR-319, sabe que las mejoras que el pavimento traería a su vida no vendrían solas. “Cuando llega el desarrollo llega la deforestación, invasiones, prostitución, drogas… pero más preocupante es no tener la BR-319 para ir y venir”, reflexiona en su mecedora. Se sienten atrapados en este bellísimo pero aislado rincón porque es la única conexión terrestre de Manaos, capital del estado de Amazonas, con el corazón de Brasil.

     Las presiones han llegado hasta la casa de la señora antes que el asfalto de la mano de compatriotas venidos de lejos con jugosas ofertas, atraídos por las fabulosas oportunidades que vislumbran. “Vienen muchos desde Rondonia o Mato Grosso. Buscan terreno, terreno, terreno. Ya les digo que no, que no tengo tierras para vender, que esto es ¡una reserva natural! Mire, llegué hace 44 años y jamás he vendido un lote de tierra. Y eso que hasta me han amenazado de muerte”, explica. Vender parcelas de una reserva es delito. Pero descomunales extensiones de tierras públicas flanquean la carretera. Cualquiera se apropia fácilmente de ellas con documentos falsos y complicidades políticas. El llamado grillagem.
     El panorama es un aperitivo del catastrófico escenario que anticipan científicos como la agrónoma tropical Jolemia Chagas, que monitoreó el tramo de carretera entre los kilómetros 250 y 280. “El asfaltado va a intensificar las invasiones de los últimos cinco años”, alerta. Eso trae especulación inmobiliaria, conflictos violentos con los locales y agrava problemas ambientales de consecuencias tangibles. Detalla que “la retirada de la cobertura forestal interfiere directamente en la producción de los ríos voladores (corrientes de vapor de agua) que abastecen parte de Sudamérica, influyendo directamente en la producción agrícola”.
     La zona está poblada de familias que viven, principalmente en los extremos de la vía, de la agricultura de subsistencia o del comercio. E indígenas, 18 pueblos dispersos y alejados de la carretera principal. Una de las calzadas de tierra secundarias que empezaron a construir prácticamente toca el territorio donde vive un grupo de nativos aislados, unas 30 personas, probablemente descendientes de los juma que sobrevivieron a una matanza en 1964, explica el indigenista Pedro da Silva, del Consejo Misionero Indígena.  

Un equipo de mantenimiento trabaja en un tramo asfaltado de la carretera a su paso por Careiro do Castanho.

     Con el aumento de tráfico, surgieron restaurantes, granjas e iglesias. Por la ruta, circulan camiones, coches que cargan toda la vida de alguien que persigue un futuro mejor, o el negocio de su vida, sea lícito o no, moteros cincuentones de aventura… Recorrerla significa salir de Manaos por una calzada con los carriles cuidadosamente pintados de amarillo y los arcenes, de blanco. Al poco, el río Amazonas, que se cruza en balsa. El transporte fluvial, caro y lento, es lo más habitual.
     Km 198. Fin del asfalto. Bienvenidos al llamado trecho del medio, el que perdió el pavimento a finales de los años ochenta por el abandono. Gracias a eso y a las reservas ambientales e indígenas creadas a partir de entonces, el impacto de los humanos es mucho menor que en otras regiones amazónicas.
     Incluso el ojo menos entrenado distingue desde el 4x4 cuándo se circula dentro de una reserva ecológica. Los árboles y la vegetación forman un manto verde tan tupido que impide ver más allá. Pero los mejores ojos sobre la región son los satélites, que fotografían parcelas de tres metros para medir dónde y a qué velocidad es destruido el bosque tropical. La deforestación ya estaba al alza, pero con Bolsonaro se ha disparado. El último año fue el peor de los últimos 12, con la desaparición de 11.000 kilómetros cuadrados de árboles. Como si cada minuto del último año la Amazonia hubiera perdido el equivalente a tres campos de fútbol, apunta Greenpeace. 

     El fazendeiro (granjero) Joeliton Silva, 53 años, no niega la deforestación. Él mismo contribuye hace años abriendo caminos entre la vegetación para otros que luego talan los árboles más valiosos en un negocio multimillonario. Desafía a los periodistas a contar lo que llama “la verdad”, una tesis que pivota sobre el siguiente argumento: la magnitud de la selva es tal que el destrozo es nimio. Contra el consenso científico y citando a un científico concreto, el afable Silva afirma que “el efecto de la acción humana sobre la temperatura es insignificante”. Y para rematar, echa sus cuentas: “A esta velocidad tardaremos 140 años en deforestar el 10% de Brasil”. Es un discurso que difunde por YouTube desde su casa, a las afueras de Realidade, la ciudad de los aventureros.
     Está convencido de que la alarma internacional ante la desaparición de la riquísima flora y fauna amazónica es desmesurada, nada más que una excusa para camuflar la codicia de los extranjeros que pretenden arrebatar a Brasil sus riquezas naturales. Dueño de dos haciendas que suman 6.400 hectáreas, tiene una a la venta porque su incursión en la piscicultura no ha cuajado. Pese a la abundancia de ríos, también los crían.
     Contribuir a actividades ilícitas no le quita el sueño a Silva porque, asegura, deforestar legalmente es imposible. Lo ha intentado, es arduo y ni siquiera sale a cuenta. Es mejor negocio, añade, hacerlo a las bravas, y si te pillan recurrir y recurrir las multas. Entregado a Bolsonaro, muestra orgulloso un vídeo en el que abraza al ministro de Infraestructuras mientras este afirma que “la BR-319 ya se está materializando”.
     El discurso de Bolsonaro de que la protección medioambiental lastra el desarrollo cala hondo y da alas a la explotación predatoria, el lucro fácil y la impunidad. Brasil lucha contra su imagen de villano ambiental. Triunfa “la idea perversa de que, si el resto de los países deforestaron para desarrollarse, ese es el precio a pagar”, afirma Fernanda Meirelles, en Manaos, en la sede del Observatorio BR-319, una alianza de ONG que supervisa la carretera. “No estamos contra la calzada, pero queremos que antes [de asfaltar] se resuelvan los problemas de titularidad de la tierra, de fiscalización, cómo gestionar las unidades de conservación [reservas ecológicas]…”, dice. Tras unas prolijas explicaciones de los innumerables desafíos, remata sonriente: “Mi sueño sería una pasarela elevada”. 

Joeliton Silva, que abre caminos para los madereros y posee 6.400 hectáreas de tierra, posa ante su granja en Realidade

      Dona Mocinha participó en las recientes audiencias públicas, la mejor muestra de que el proceso burocrático avanza. El Gobierno de Bolsonaro ha dado más impulso al proyecto que cualquier predecesor. Falta que el Ibama, organismo gubernamental que gestiona la política medioambiental, autorice o no el asfaltado. Ninguno de los consultados cree que lo rechace, pero las ONG recuerdan que los indígenas deberían haber sido ya consultados. Asomaría luego el desafío de la financiación.
     A menudo, un camión atrapado en un barrizal corta en seco la circulación, incluso en estos días del final de la temporada seca. Un factor acude al rescate. Impresiona ver cómo patina el inmenso tráiler. Ocho días llegó a estar atrapado el camionero Aulcides Costa, de 49 años. “A los cinco días se nos acabó la comida y el agua mineral”, recuerda.
     Etas áreas vivían incomunicadas hasta que internet les abrió una ventana al mundo, los convirtió en comunidad y los entretiene durante la larga estación de lluvias. Resulta muy útil. Cualquiera puede saber casi en tiempo real cómo está la ruta gracias a los 46 grupos de WhatsApp de la Asociación de Amigos de la BR319, que suma 10.000 socios. 

     A medida que se avanza hacia el sur, surgen claros en el arcén. Cada vez más frecuentes y mayores. De repente, vacas y más vacas pastando plácidamente. La bucólica escena disfraza su nefasto efecto sobre la Amazonia. Las propias reses y la tala de árboles para abrir pastos son los principales responsables de las emisiones brasileñas de gases de efecto invernadero, esas que aquí aumentaron incluso el año de la pandemia mientras a nivel mundial se desplomaron por el inédito parón. Tras la tala, los pastos sirven para ademarse de la tierra y luego llegan los cultivos de soja. En el aparente caos existe un método.
     El empresario Antonio Graças, de 71 años, está convencido de que es ahora o nunca. En su almacén en Careiro de Castanho, rodeado de camas, electrodomésticos y ventiladores, opina que nadie más propicio que un presidente formado en los cuarteles y nostálgico de la dictadura, con un ministro de Infraestructuras que sirvió como militar en Amazonia, para dar continuidad al proyecto impulsado por los generales hace medio siglo. Desbravaron la selva para construir carreteras. Donaron tierras. En plena Guerra Fría, la obsesión era poblar aquella inmensidad, habitada durante milenios por indígenas, para asegurarse de que nadie se la arrebatara. “Integrar para no entregar” era el lema de la época. 

El puente sobre el río Madeira en Porto Velho, la ciudad donde termina la carretera que parte de Manaos, 900 kilómetros al norte

     Graças desea fervientemente que Bolsonaro no deje pasar la ocasión. “Si no da un empujón inicial para que una empresa haga 100 kilómetros, otra, otros 100… no va a salir. Entonces, solo Dios dirá”. El empresario descarta cualquier riesgo de que aumenten los delitos ambientales porque para eso está el Estado; y enumera una larga lista de instituciones con potestad fiscalizadora. Sobre el papel la tienen, la práctica es otro cantar. Hacia el final de la BR-319, donde se cruza con la mítica carretera Transamázónica, se llega a Humaitá. Una turba incendió en 2017 la sede del Ibama en la ciudad. La vegetación ya cubre las ruinas del edificio. El vicepresidente del país, el general Hamilton Mourão, admite que, con el asfalto, el riesgo de desforestación aumentará y sostiene que habrá que reforzar la vigilancia, pero apunta que también facilitará la llegada de la Policía Federal a estas tierras remotas.

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