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20 noviembre 2015

Un árbol para el agua

ARTURO VITTORI
Un 'árbol' de bambú para Etiopía que produce agua a partir del aire
Recreación digital de la torre de bambú que recoge agua del aire, Etiopía

Agua para los más desfavorecidos
En las regiones montañosas de Etiopía, las mujeres y los niños tienen que andar varias horas diariamente para recoger agua. Lo normal es que acaben recurriendo a estanques poco profundos, que comparten con animales y, por tanto, son focos de contaminación. Para resolver esta situación, el estudio italiano Architecture and Vision está trabajando en el proyecto WarkaWater con el desarrollo de una tecnología que permite obtener agua potable a partir del aire.
Una torre, 100 litros al día.
     La tecnología de formación de agua por condensación no es nueva, pero nunca antes se había diseñado una solución que pudiese satisfacer las necesidades reales de los países menos favorecidos. Cada torre, de nueve metros de alto, puede llegar a obtener 100 litros de agua diarios. La estructura, con forma de árbol, está diseñada a través de computación paramétrica para que sea lo más ligera posible y puede ser construida por la población etíope con materiales autóctonos. El exterior está fabricado con juncos y bambú de origen local. El interior de esta canasta gigante guarda una bolsa especial de plástico textil. Las fibras de nailon y de polipropileno se encargan de condensar el aire y conforme se van formando las gotas, pasan por una malla hasta llegar a la base donde se va almacenando el agua. La torre está diseñada para que pueda montarse con mano de obra local. La estructura, que pesa sólo 60 kg, se compone de 5 módulos que se instalan desde el fondo hasta la parte superior y se pueden levantar y montar con 4 personas, sin necesidad de andamios.
Con forma de árbol
     El despacho de arquitectos ha querido homenajear a los warka, una higuera salvaje gigante autóctona de Etiopía, que está desapareciendo del paisaje nacional. Desde la presentación del proyecto en 2012, Architecture and Vision ha evolucionado el diseño de las torres hasta concebir el WarkaWater2.0. La empresa ha mejorado el sistema de construcción, de ensamblaje, empaquetado y transporte. Ya ha construido los primeros prototipos y espera empezar a construir las canastas en Etiopía.
     El agua es la fuente de toda vida. La calidad del agua y su disponibilidad es fundamental para nosotros, pero el agua potable está disminuyendo continuamente. La contaminación, la creciente deforestación, el cambio climático y la desertificación vulneran aún más la disponibilidad de fuentes de agua.
     En la cultura etíope el árbol Warka es una institución, su sombra se utiliza para reuniones públicas, la educación escolar y otras tradiciones. Estos árboles están en peligro, Etiopía ha sufrido una deforestación del 60% sólo en los últimos 40 años.

Concepto: Architecture 

Equipo: Arturo Vittori y Andreas Vogler
Colaboradores: Raffi Tchakerian, Tadesse Girmay
Diseño Textil: Precious Desperts
Comunicaciones: Gianni Massironi
Todas las imágenes: Architecture and Vision
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     El Warka es un árbol nativo de las regiones de Etiopía, Somalia, Sudán,.. un tipo de higuera salvaje.
     Es un árbol que puede llegar hasta los 25 m de altura, sus hojas son grandes y sus frutos comestibles son aprovechados por animales, pájaros y animales domésticos. Las gentes secan los frutos para consumirla posteriormente. Sagrado para las culturas islámicas de la región de Wollo, bajo cuya sombra se realizan los rituales de rezo y las wodajas, que son ceremonias religiosas.

Una de las oraciones dice así:

"Nosotros los Oromos somos agricultores. Nuestra manera de vida esta basada en el agua, y por lo tanto, creemos en las cosas humedas. Las cosechas y el ganado dependen de lo humedo. Una vez al año, el primer domingo despues de Meskel, vamos a este árbol Warka junto al lago Hora y rogamos a Dios de la siguente manera:

Querido Dios, nuestro creador
Hiciste que pasaramos la noche en paz
Haznos tambien pasar el dia en paz
Protegenos de las patadas de los caballos
Y de los ojos de la gente malvada
Por favor escucha lo que te estamos rogando
Oh Dios, creador de la tierra, de la montaña y del arbol Warka
Envianos una buena lluvia
Danos una tierra humeda
Como esta paja que estamos cargando en nuestras manos
Ya que esta es tu creacion tambien
Haz que la lluvia venga en paz
Por favor no nos des malas cosa con la lluvia
Como las pestes, el granizo y los rayos."

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La investigación y exploración de las posibilidades de las ‘mallas’ para la recolección de agua no son nuevas. Investigadores del MIT, en colaboración con un equipo de la Universidad Católica de Chile, han adelantado un importante trabajo en la captura del agua de ambiente con un Fog-harvesting System.
Este escarabajo aprovecha el agua condensada en su caparazón dirigiéndola hacia su cabeza
     En un estudio de Biomimética con superficies sólidas basados en un escarabajo llamado Fog Beattle, el proyecto The Dew Bank del diseñador Park Kitae explora las posibilidades de la naturaleza con el diseño de una botella que igualmente recolecta el agua por condensación. Igualmente, en los desiertos, que tienen una condición crítica de cambio brusco de temperatura entre la noche y el día, el cactus es una de las plantas con mayor eficiencia para la captura de agua. Desde hace muchos años, este singular arbusto ha sido objeto de estudio de la Biónica y la Biomimética, visto como un dispositivo con una  gran esponja interna que conserva el agua recolectada por las espinas, que capturan las gotas de rocío y las dirigen hacia el interior de la planta.

Información:

http://www.di-conexiones.com/warkawater-una-cesta-de-gran-escala-que-recolecta-agua-para-beber/
http://ethiopia.limbo13.com/index.php/warka/?lan=spanish
http://www.elmundo.es/economia/2014/05/05/53613d1b22601d5c128b457f.html

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23 septiembre 2024

AMY McDEMONTT, agosto2024
El cambio climático está secando las plantas de dosel, lo que podría significar menos agua para toda la selva tropical

Los ecofisólogos han comenzado a descubrir enorme papel de las epífitas en el movimiento del agua a través de los bosques tropicales, incluso cuando estas orquídeas y helechos se secan.
     Es una mañana de finales de mayo en la brumosa ciudad montañosa de Monteverde, Costa Rica, y la ecofisióloga vegetal Sybil Gotsch está escalando un árbol muy alto. Ataviada con un casco rojo y un arnés, utiliza una llave de cuerda y ascendentes para subir por una línea colgante de unos siete pisos de altura. “Estoy justo debajo del dosel en este momento”, dice por walkie-talkie, antes de pasar la pierna por encima de una rama resistente y desaparecer en la espesura verde de la copa.
Utilizando modelos y experimentos de campo, los investigadores están comenzando a comprender la importancia de las epífitas para el ciclo del agua de la selva tropical y los considerables peligros que enfrentan estas plantas. Crédito de la imagen: Noah Kane (fotógrafo).

     Escondida bajo el dosel, Gotsch, que trabaja en la Universidad de Kentucky en Lexington, entra en un mundo diferente. Cada rama está cubierta de orquídeas, helechos, bromelias y otras epífitas. Esta mañana, la mayoría parece saludable. Las epífitas son atrevidas y regordetas, a pesar de una rara semana sin lluvia. Pero uno, a la izquierda, llama la atención de Gotsch. Es una especie arbustiva, estrechamente relacionada con el arándano, con tallos largos y ramitas y hojas pequeñas y delgadas. Hoy, parece enfermizo y desigual. Al arbusto se le han caído aproximadamente la mitad de sus hojas, señala Gotsch, una señal segura de estrés por sequía.
     Los efectos del cambio climático ya se manifiestan en las altas copas de los árboles del bosque lluvioso. Las epífitas delicadas y sencillas son como un "canario en la mina de carbón", dice Gotsch. Con menos agua las epífitas comienzan a morir, lo que desencadena una cascada de cambios en la recolección y distribución del agua en todo el bosque. El trabajo de campo y los experimentos en invernadero sugieren impactos no solo para Costa Rica, sino también para los bosques de todo el mundo. Las pequeñas plantas de las copas de los árboles ofrecen una ventana y una advertencia de lo frágiles que pueden ser algunos ecosistemas y de cómo los sutiles cambios climáticos pueden, con el tiempo, tener grandes impactos no sólo en la flora, sino también en las personas y animales que dependen de ellos.

Jarras hechas de pétalos

     El estilo de vida de las epífitas es lo que las hace tan vulnerables a la desecación. Crecen a partir de esteras de desechos orgánicos que caen sobre las ramas como alfombras peludas. Si las esteras se secan, las epífitas también lo hacen. En circunstancias normales, las plantas de Monteverde no deberían tener que preocuparse por la humedad. Situado en el centro del país, a lo largo de la columna vertebral de la Cordillera de Tilarán, Monteverde es históricamente muy húmedo, con más de 100 pulgadas (250cm) de lluvia por año. El aire es tan frío y húmedo que las nubes bajas se fusionan y se deslizan entre los árboles para crear un ecosistema de bosque nuboso, un tipo de selva tropical de gran altitud.
     Pero desde la década de 1970, Monteverde se ha vuelto cada vez más caluroso y el número de días secos se ha cuadruplicado, de 25 a más de 110 (1) Las nubes se elevan más con las corrientes de aire cálido y se alejan del alcance de las epífitas, debido en parte al clima y en parte al cambio de uso de la tierra. Para colmo de males, las tormentas eléctricas, cuando llegan, son más intensas. Las lluvias repentinas y fuertes llenan rápidamente las epífitas y los suelos hasta su capacidad de almacenamiento. Gran parte de la lluvia no penetra nada, sino que corre por la tierra, provocando inundaciones y erosión.
     El trabajo de campo y los experimentos de los últimos 10 años muestran que las epífitas de las selvas tropicales de todo el mundo serán las primeras plantas en morir en un clima más cálido y menos predecible: las mismas plantas que desempeñan un papel enorme a la hora de mantener húmeda la selva tropical (para ver un cortometraje, consulte Movie S1). En Monteverde, el dosel de las epífitas absorbe la lluvia, la niebla, la neblina y el rocío, y luego lentamente gotea esa agua hasta el suelo del bosque, ayudando al ecosistema a retener una humedad crucial. La pérdida de estas plantas podría significar el principio del fin de los bosques nubosos, desplazando la región a un hábitat más seco.

En este cortometraje, los investigadores explican por qué se están subiendo a los árboles de la selva tropical para simular los efectos del cambio climático en orquídeas, helechos y otras epífitas.

     "Los mismos atributos que han permitido a las epífitas prosperar en las copas de los bosques en lugares como el bosque nuboso de Monteverde ahora las hacen vulnerables", dice Nalini Nadkarni, ecóloga forestal de la Universidad de Utah en Salt Lake City. La capacidad fisiológica de utilizar nutrientes disueltos en la lluvia, la niebla y las nubes permitió a las epífitas prosperar en el dosel. Pero a medida que el cambio climático trae estaciones secas más largas y una menor humedad, esos mismos rasgos hacen que las plantas sean más vulnerables al estrés hídrico y nutricional que las especies con raíces terrestres, dice Nadkarni.
     A partir de una década de trabajo, Gotsch, como investigador principal (lider PI), y un equipo de co-PI, incluido Nadkarni, ahora están trepando a 20 árboles alrededor de Monteverde para aprender cómo las pérdidas de epífitas cambiarán el paisaje, tanto de bosques como de pastos. Los sensores colocados en estos árboles miden cómo varían la humedad, la temperatura, la luz solar y otros factores en las copas de los árboles con y sin comunidades de epífitas sanas. Todo es parte de un objetivo general: predecir impactos futuros incorporando estos jardines altísimos en modelos de ciclo del agua en Monteverde, modelos que potencialmente podrían aplicarse también a otros bosques tropicales.

Para escalar 90 pies (27 m), la ecofisióloga vegetal Sybil Gotsch (centro izquierda) usa una llave de cuerda, un elevador de pie y un elevador de rodilla, lo que le permite esencialmente caminar por una cuerda hacia el dosel.

Eslabones de una gran cadena  

     Durante la mayor parte del siglo pasado, los ecologistas no creían que las epífitas fueran muy importantes. Las orquídeas tropicales, los helechos y los musgos no son dañinos para los árboles huéspedes ni tienen beneficios obvios. Para muchos, la sabiduría convencional sostenía que estas plantas proporcionaban hábitats para una variedad de aves, insectos y anfibios, pero no eran particularmente importantes más allá del dosel. Esas ideas "simplemente nunca tuvieron sentido para mí", dice Gotsch. Mientras habla, examina las hojas de una epífita Clusia, una planta grande con follaje en forma de paleta que parece un cruce entre una higuera y un cactus. Es una de los cientos de epífitas que crecen en largas planchas de madera en una ladera de Monteverde en una casa con sombra, similar a un invernadero, pero con un techo y paredes hechas de redes.
     Desde 2012, Gotsch ha dirigido un equipo de Estados Unidos y Costa Rica para aprender sobre la biología básica de las epífitas de Monteverde, especialmente cuán vulnerables son a la sequía. Su trabajo incluye más de una docena de estudios. Por ejemplo, el equipo expuso la casa de sombra a una sequía severa que duró un mes y descubrió que las epífitas arbustivas pierden sus hojas, mientras que las suculentas como Clusia drenan sus reservas de agua (2). También han descubierto, de forma tranquilizadora, que la mayoría de las epífitas se recuperan de sequías breves a las pocas semanas de volver a regarlas.
      En la naturaleza, sin embargo, no existe tal retorno a la normalidad. Las condiciones más cálidas y secas tienen consecuencias en cadena, incluida una menor cantidad de nubes bajas en los bosques desde México hasta Argentina (3,4). Las epífitas pueden absorber la niebla a través de sus hojas incluso cuando sus esteras de musgo se secan, por lo que perder lluvia y nubes es un doble golpe. De hecho, en un estudio publicado en 2022, el equipo secó epífitas en dos casas de sombra en Monteverde, una inmersa en las nubes y otra a menor altura (5). A las plantas sumergidas en las nubes “les fue mucho mejor”, dice la autora principal Briana Ferguson, asistente de investigación universitaria en el laboratorio de Gotsch en ese momento. Las epífitas en la casa de sombra inferior cierran sus estomas (poros de las hojas que controlan el intercambio de gases) para conservar agua. Al final del experimento de 10 semanas, la mayoría estaba muriendo: "tócalos y se desmoronaron", dice Ferguson. Por el contrario, las epífitas en la casa de sombra nublada mantuvieron sus estomas abiertos y continuaron absorbiendo agua, permaneciendo regordetas e hidratadas. Los hallazgos sugieren que, si bien la pérdida de lluvia es mala, la pérdida de niebla podría ser peor.
     La combinación de sequía y especialmente la pérdida de nubes podría explicar por qué las epífitas ya están dejando caer hojas en el dosel local. Los hallazgos han sido tan aprensivos que los ecologistas comenzaron a preguntarse qué significaría la pérdida de epífitas para el resto del bosque, particularmente para el flujo de agua a través del sistema. Las epífitas pueden hincharse hasta un 3000% de su peso seco cuando están mojadas, por lo que potencialmente retienen mucha humedad (6).

Vertiendo el cielo al suelo 

     Para los hidrólogos, el ciclo del agua es similar a una serie de jarras que se inclinan, cada una de las cuales se llena y se vacía a medida que se vierte en la siguiente: desde las nubes hasta las hojas de los árboles, la corteza y el suelo. Hace apenas unos años, la suposición generalizada, basada en unos pocos estudios, era que las epífitas silvestres siempre estaban empapadas. Si esto fuera cierto, entonces los nuevos aportes de lluvia, niebla, rocío y neblina básicamente fluirían sobre ellos, hasta el suelo. Los hidrólogos no necesitan incluir a las epífitas como un grupo importante.
     Gotsch y el ecohidrólogo John Van Stan, de la Universidad Estatal de Cleveland (Ohio), no se lo creyeron. Los tapetes de epífitas secas eran lo suficientemente comunes como para que Gotsch trepara con gafas para evitar que la pelusa suelta le picara los ojos. En un artículo de 2019, ella, Van Stan y sus coautores publicaron datos de sensores de humedad instalados en las copas de los árboles de Monteverde, que demostraban que las epífitas se secaban con frecuencia pocos días después de una lluvia o una niebla intensa (7).
     El estudio incluía un modelo dinámico de vegetación llamado LiBry. Calcula la biomasa de epífitas en un lugar determinado a partir de datos climáticos, frecuencia de catástrofes naturales y datos sobre el hábitat, como la superficie arbolada y la superficie foliar. A continuación, introduciendo la capacidad estimada de almacenamiento de agua de las epífitas, su peso y los índices de evaporación conocidos para la región, el modelo simula con qué frecuencia deben empaparse las plantas y con qué frecuencia deben estar secas (6). "Cada hora, obtenemos una estimación de lo lleno que está el cubo de epífitas", dice Van Stan. En consonancia con los datos de campo de Monteverde de Gotsch, LiBry sugirió que la mayoría de las comunidades de epífitas en zonas húmedas pasan alrededor del 15% de su tiempo cerca de la saturación y alrededor de un tercio seco. El agua llena las esteras y se derrama de ellas, "lo que significa que está alimentando otras partes del bosque", dice Van Stan.


Sembrar las semillas del cambio

       Si las epífitas son "el conector entre el cielo y la tierra", como dice Gotsch, entonces el ciclo del agua está destinado a cambiar a medida que estas plantas desaparezcan. En 2021, Gotsch y tres colegas recibieron una subvención de cuatro años de la NSF para averiguar cómo.
     Pero, ¿cómo estudiar la desaparición de un ecosistema de dosel? Una estrategia: deshacer intencionadamente un poco de él y luego registrar las consecuencias, explica el co-investigador Todd Dawson, fisiólogo de árboles de la Universidad de California en Berkeley, mientras se encuentra entre dos higueras en un pastizal de Monteverde. Una de ellas está cubierta de epífitas. La otra ha sido totalmente despojada de ellas. Ambos árboles están atados con cables e instrumentados con detectores de humedad, anemómetros y otros sensores. Cada 15 minutos, estos diversos instrumentos registran la temperatura, la humedad, la velocidad del viento, la penetración de la luz solar (radiación solar) y la humedad de las hojas del árbol. Captan las condiciones hiperlocales de la copa de ese árbol.
     El verano pasado, un equipo de arbolistas e investigadores trepó a este par de árboles y a otros nueve pares alrededor de Monteverde, como parte del mayor experimento de eliminación de epífitas jamás realizado. Un árbol de cada par fue despojado por completo de epífitas, y su corteza fue fregada con un cepillo para botas. El otro árbol se dejó intacto como control. Cada dos semanas, un equipo de técnicos de campo regresaba a cada árbol para tomar los datos de una caja de registro montada en el tronco. Los equipos continuarán monitoreando hasta septiembre antes de pasar al análisis de datos a tiempo completo para comparar las condiciones en las copas de los árboles con y sin epífitas.
     Aunque el proyecto aún no ha publicado los resultados, ya se aprecian algunas diferencias en los datos. La velocidad del viento a través de los árboles, la humedad de sus hojas y la penetración de la luz solar en el dosel difieren significativamente entre los árboles experimentales y los de control, dice Gotsch. De pie en el suelo, mirando hacia arriba a las dos higueras, se puede ver. El árbol
de control, cubierto de epífitas, es denso, imponente y húmedo. Apenas se cuela la luz del sol. Al otro lado, el árbol despojado parece pertenecer a un parque de la ciudad, con su corteza desnuda y visible.
    
Las ramas de un árbol de control (derecha) están cubiertas de esteras florales absorbentes. Pero los árboles despojados experimentales (izquierda) no tienen epiphytes, y sus dosel parecen secarse mucho más rápido. Crédito de la imagen: Chris Pyle (fotógrafo).

Sobrevolando las copas de los árboles 

     Lo ideal sería que los investigadores recolectaran datos de muchos más de 10 pares de árboles, pero los experimentos de desbroce requieren mucho tiempo y son destructivos. Por eso, Dawson utiliza un dron para calcular la distancia que separa grandes franjas de árboles del bosque. Equipado con un sensor térmico y varias cámaras, el dron captura la temperatura, así como el espectro de luz visible y cinco bandas de radiación reflejada que rebota en los árboles. Al pasar en zigzag sobre varios cientos de árboles en tres sitios de investigación, el dron captura la reflectancia espectral del dosel y mide todas las longitudes de onda de la luz que el dosel no absorbe.
      En su computadora portátil, en una soleada cabaña en Monteverde, Dawson analiza los datos para calcular, por ejemplo, el contenido de agua en la copa del árbol. La clave: cuantificar la cantidad de luz del espectro del borde rojo, alrededor de 780 nanómetros, que es absorbida o reflejada por la copa de cada árbol. El agua absorbe la radiación del borde rojo con especial fuerza, por lo que Dawson puede extrapolar el contenido de agua de la copa. Es solo una métrica para evaluar cómo está todo el dosel. Combinado con los datos de los 20 árboles desnudos de epititas y los experimentales, el dron puede mostrar un panorama más amplio de cómo pueden comportarse los bosques ante el cambio climático. Todos estos datos se utilizan para construir un modelo hidrológico que simule el flujo de agua desde el cielo, a través del bosque y hasta el suelo. “Estamos muy interesados ​​en el papel que desempeñan las plantas a la hora de alterar la cantidad de agua que llega al suelo y la cantidad que se libera a la atmósfera”, afirma la investigadora principal adjunta Lauren Lowman, ecohidróloga de la Universidad Wake Forest en Winston-Salem, Carolina del Norte.
     Las epífitas no habían estado representadas hasta ahora en los modelos hidrológicos. El objetivo es representar la comunidad de epífitas como un balde en el bosque que almacena y vierte agua. Un conjunto de entradas llena el balde y otro conjunto de salidas lo vacía. El agua puede entrar en las epífitas a través de la lluvia, la niebla y el rocío, señala Lowman. El agua sale por evaporación, transpiración o absorción por el árbol huésped. El primer objetivo es representar el proceso de llenado y vaciado de la estera de epífitas, dice Lowman. A continuación, probablemente a partir de este otoño, modelarán la interacción del árbol con la estera de epífitas. Y luego, finalmente, utilizando los datos de los drones en 2025, ella y sus colaboradores esperan modelar muchos árboles interactuando con muchas esteras, para crear modelos hidrológicos a escala regional. Con el tiempo, Lowman y su equipo esperan modelar todo el ciclo del agua de los bosques nubosos de Monteverde y, en última instancia, de cualquier ecosistema donde crezcan epífitas. Describir el cubo de epífitas es solo el primer paso, dice Lowman.

Ríos en el cielo 

     Si bien el trabajo en Costa Rica es el más extenso de su tipo, una variedad de estudios más pequeños de todo el mundo, incluido el noroeste del Pacífico y Taiwán, también sugieren que las epífitas tienen un papel importante en el almacenamiento de agua en ambientes húmedos (8, 9). A lo largo de las costas chilenas y peruanas, donde el desierto se encuentra con el mar, las tormentas de lluvia son un evento que ocurre una vez cada década. Los cactus, arbustos y árboles sobreviven con la niebla marina y están cubiertos de líquenes y plantas aéreas, epífitas no vasculares. En 2010, el ecólogo de ecosistemas Daniel Stanton extrajo epífitas de un puñado de plantas en varios sitios, dejando cactus y árboles intactos como controles (10). Stanton, que tiene su base en la Universidad de Minnesota en Saint Paul, luego midió la humedad y la temperatura en la superficie de las plantas hospedantes, así como la humedad del suelo en la semana posterior a una rara tormenta de lluvia. Las plantas despojadas estaban más secas, más calientes y más sedientas en la semana posterior a la lluvia. Absorbieron la humedad del suelo a un ritmo cercano al doble de la pérdida de agua registrada por los grupos de control.
     Hace tres años, Stanton publicó un trabajo en el que se estimaba la biomasa de musgos y líquenes en campos de Minnesota. Luego convirtió esa biomasa en una estimación del almacenamiento de agua entre las epífitas no vasculares. Encontró que podrían almacenar entre el 5 y el 10% de un evento típico de lluvia (11). “Está al borde de lo suficiente como para que probablemente tenga importancia hidrológica”, dice Stanton. Si las epífitas disminuyeran en Minnesota, por ejemplo, en respuesta al cambio climático, probablemente haría que los bosques fueran “más llamativos”, agrega, lo que significa que el agua se precipitaría directamente al suelo y abandonaría el sistema rápidamente, tal como está sucediendo en Monteverde. Todo esto quiere decir que las selvas tropicales no son los únicos lugares que probablemente cambiarán si las epífitas desaparecen.
     Llama la atención porque bosques más secos tienen serias consecuencias para las personas que viven cerca. Las tormentas eléctricas más intensas causan inundaciones. Menos agua se filtra lentamente en el nivel freático y los acuíferos. Las comunidades circundantes sienten la presión sobre su suministro de agua.
     ¿Qué se puede hacer? La respuesta sencilla: más árboles nativos. Sus raíces estabilizan el suelo, lo que frena la erosión, y sus hojas ayudan a retener algo de humedad en el bosque. La Fundación Costarricense para la Conservación, una organización sin fines de lucro, ya dona árboles nativos a los agricultores sin costo alguno. "Nuestra principal misión es reemplazar los bosques lo más cerca posible de su estado natural", dice la bióloga conservacionista Debra Hamilton, cofundadora de la organización. En los últimos 26 años, ha regalado 300.000 árboles, a lo largo de toda la vertiente del Pacífico de Costa Rica. Los técnicos forestales, todos locales y autodidactas, recogen las semillas nativas y cuidan los árboles jóvenes, incluidos algunos de especies en peligro de extinción, en viveros. Luego, los propietarios de las granjas vienen a recogerlos, a menudo para cortavientos en granjas de ganado o para reforestar pastizales abandonados.
     Aunque reemplazar el hábitat es el objetivo principal, plantar árboles también puede ayudar a hacer frente a la pérdida de epífitas. Las nuevas raíces de los árboles ayudan a estabilizar las laderas y a frenar el chorro de agua que se escurre de las montañas. “Necesitamos que estos árboles altos que están surgiendo capten toda la humedad que puedan del aire que pasa”, dice Hamilton.
     Estudiar un sistema que ya está afectado por el clima “realmente me obliga a pensar en formas en las que podemos contribuir a las soluciones”, dice Gotsch. Espera que documentar las pérdidas de epífitas sea un primer paso para lidiar con los efectos perniciosos del cambio climático. Si su investigación ayuda a la comunidad de Monteverde a anticipar, digamos, una pérdida del 10% del almacenamiento de agua en la región, eso da al menos una base para los esfuerzos de mitigación, dice. Esta última subvención se extenderá hasta 2025.
     Es la tarde después de su escalada/trabajo de mayo, y Gotsch está de pie en la entrada de su casa de Monteverde. Por fin, comienza a llover. Las gotas caen sobre los aleros y la grava y, a lo lejos, las nubes brumosas se aglutinan entre los picos de las montañas. Aquí el agua está presente en todas partes. Las preguntas sobre qué será de ella son especialmente obvias, dice Gotsch, “en los bosques nubosos tropicales montañosos hiperverdes, hipermusgosos e hiperhúmedos”. Pero esas mismas preguntas se aplican en todo el mundo. “Los problemas”, dice, “son los mismos en todas partes, creo”.

Lo hemos leído aquí
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22 abril 2022

LEYENDA DEL ÁRBOL DEL AMOR

Leyendas de Zacatecas, México

El Aralia paperifer, de origen europeo, es un frondoso árbol siempre verde. Es un árbol muy especial, perteneciente a una especie rara, tanto que se dice que no hay otro ejemplar en el continente americano, que el que hace referencia esta leyenda.
     En pleno centro de la ciudad de Zacatecas, a espaldas del portal de Rosales y frente al ex-convento San Agustín, se encuentra una plazoleta arbolada que antes fuera un pequeño jardín. Es la actual plazoleta de Miguel Auza. En este apacible lugar se daban cita feligreses, vendedores y aguateros cuya calma provinciana, la prisa no tenía lugar y sí la vida y el calor humano. Ahí, regado con el vital líquido que le sustentaba y con las lágrimas derramadas en silencio por tres seres marcados por un destino común, se encuentra el árbol que fue testigo de sus amores.
     En el pasado, el templo de San Agustín, daba vida espiritual a este bello rincón de ensueño para los enamorados.
     Oralia, la hermosa jovencita que dio origen al nombre con que se conoce al árbol, vivía en una de las señoriales casas que daban al jardín. Con la lozanía de su edad, propicia para el primer amor, su cantarina risa contagiaba la alegría de vivir a todo lo que la rodeaba.
     Era Juan un humilde pero risueño y noble aguatero, que aún despierto soñaba encontrar una veta de plata para ofrecérsela a Oralia, a quien amaba en silencio. Pero sabiéndose pobre la veía como a la más remota de las estrellas.
     Por las tardes, al salir de la mina, Juan se convertía en el alegre aguatero que ensayaba junto a su paciente burro improvisados versos de amor, caminando con la ilusión de contemplar a Oralia, para entregarle el agua, con la que regaba las plantas del jardín y, en especial, el árbol que cuidaba con esmero.
     Oralia sentía nacer un entrañable cariño, más allá de la amistad, por el aguatero que por su parte día a día se ganaba también la estima de las familias. Juan tenía un rival, Pierre, un francés, que tras la etiqueta de la cortesía y modales refinados, cortejaba a Oralia, quien experimentaba sentimientos encontrados ya que la colmaba de atenciones.
     El destino había traído al francés a su casa durante la ocupación en 1864 y, por cortesía, las familias le brindaban un trato deferente al extranjero, discupándolo de los actos de un gobierno al que debía obediencia. El francés, siempre impecable en sus modales y pulcro en el vestir, les visitaba no por devolver la cortesía sino con la secreta esperanza de impresionar a Oralia, de quien se había enamorado.
     Con el permiso de sus padres, solían sentarse bajo la sombra del árbol que Oralia cuidaba; ella escuchaba al francés la descripción que de su patria hacía y dejaba volar su imaginación.
     Juan sufría en silencio al verlos juntos, incapaz de hacer nada para evitarlo. Notaba las barreras sociales que los separaban y más intensos eran sus anhelos de encontrar la veta de plata para realizar sus sueños.
     Trabajaba duro en minas abandonadas; al final de la jornada, el agua de las minas le limpiaban el polvo que cubrían su piel. Con su fiel burrito iban a llenar sus botes de agua de la fuente y la repartía a las familias, cuidando de dejar para el final, la casa de Oralia para disponer de un poco más de tiempo para estar en su compañia.
    Oralia lo esperaba con impaciencia para que la ayudara a regar su árbol. Al hacerlo, su regocijo se manisfestaba en el lenguaje secreto de los enamorados. El árbol lo sabía y el susurro de sus hojas se confundía con el rumor de las risas de los jóvenes, mientra su follaje se inclinaba, en un intento de protegerlos de miradas indiscretas.
     Una tarde Oralia fue al templo. Arrodillada frente al altar lloró en silencio al comparar dos mundos tan opuestos. Su plegaria imploraba ayuda para tomar la decisión acertada en tal cruel dilema.
     Al salir del templo sin haber podido tomar una resolución, se sentó en silencio bajo el árbol y el llanto volvió a brotar. Su angustia provocaba la alteración del ritmo de los latidos de su corazón, cuando en su regazo cayó suavemente un racimo de cristalinas lágrimas que conmovido el árbol le ofrecía como amigo amoroso para su consuelo. Al tacto de sus tiernas manos, las lágrimas del árbol se convirtieron en un tupido racimo de flores rosadas.
     Oralia recuperó la paz junto a su árbol y encontró el valor para decidirse por su aguatero, sin importarle su humilde condición.
     Al otro día, el francés se presentó puntualmente en la casona y con el semblante muy triste comunicó su partida del país. Otros vientos políticos flotaban en la nación y era urgente su traslado a Francia. Se llevaba el corazón destrozado por tener que abandonar a Oralia y la despedida era mas amarga aún por saber que jamás volvería a verla.
     Mientra tanto, en la profundidad de la mina, Juan vislumbra un tenue brillo, tan sutil como la ilusión; una corazonada hizo intuir la veta que buscaba y continuó el brillo de la roca que aún se resistía a entregar al joven su argentífera savia.
     Al día siguiente al llegar con el agua, Oralia lo notó más alegre que de costumbre, no se pudo contener y al verlo tan feliz le dio un gran beso junto al Árbol del Amor que regaban ahora entre risas.
     Juan ni se acordó de su rica veta de plata y más aún olvidó el discurso que toda la noche había ensayado, al ver caer racimos de flores rosadas del árbol, que así compartía la culminación de tan bello idilio en aquel bello jardín, hoy plazoleta de Miguel Auza frente al ex-templo de San Agustín.
     Desde entonces las parejas de enamorados, consideran de buena suerte refugiarse bajo las ramas del Árbol del Amor, para favorecer la pervivencia de su romance.

---Fin---

02 julio 2010

Cuento hindú - EL CEREZO

EL CEREZO
Cuento hindú

Hace algunos siglos se fundó en la India la ciudad de Benarés, que creció a lo largo del río Ganges y se hizo famosa por sus espléndidos templos, por donde los monos se paseaban tan libremente como los hombres santos vestidos con túnicas de color azafrán.
      Por las mañanas, los adoradores del sol, con el cuerpo cubierto de cenizas, se adentraban en el río hasta la cintura y ofrecían su salutación al sol naciente. Fuera de los templos, los vendedores montaban puestos de guirnaldas, frutas y dulces, y cuando tocaban las campanas la gente se congregaba para cantar himnos y salmodiar oraciones. Los pensadores se dirigían a la ciudad en busca del significado de la vida, los hombres santos acudían a ella para hallar la iluminación, los dirigentes religiosos iban allí para divulgar sus enseñanzas y la gente corriente, para lavar sus pecados en el río sagrado.
      Además de ser ciudad sagrada, Benarés era un próspero centro comercial. Se fabricaba seda, algo que muy pocas ciudades de la India podían ofrecer, una seda tan pura que era el tejido oficial de todas las ceremonias. En las estrechas y polvorientas callejuelas de Benarés se alineaban las tiendas en las que se vendían sedas bordadas, satenes y brocados tejidos a mano.
      En aquellos tiempos, vivía en Benarés un comerciante de seda llamado Visnú, que era viudo y muy rico. Aquel día en concreto, la casa de Vísnú bullía de actividad. Estaba haciendo los preparativos para emprender un viaje a Asia Central, a donde se dirigía para vender sus lujosas sedas.
      Todos sus amigos fueron a desearle un viaje sin sobresaltos, ya que éste iba a ser largo y probablemente duraría meses. Los amigos, que iban encontrándose y charlando, no tardaron en darse cuenta de que Visnú no les había pedido a ninguno de ellos que se encargara de vigilar sus negocios durante su ausencia. Ni les había confiado su propiedad en caso de que algo le ocurriera. La verdad es que era un viaje peligroso. No sería la primera vez que los bandoleros atacaban a los comerciantes de seda cuando, con sus caravanas, pasaban por el paso de Khyber en las montañas del Hindu-Kush. Al final, tras muchas discrepancias y suposiciones, los amigos se le acercaron y le preguntaron cómo no había confiado sus negocios a ninguno de ellos. Visnú les dejó sorprendidos al decirles que, de hecho, sí que había encargado a alguien que velara por todos sus asuntos.      
      Se lo había pedido a Rao Jí.
      -¿No debes de referirte a Rao Ji, el cocinero de tu casa? –preguntó uno de los amigos. Tal vez Visnú se había trastornado.
      -¿Por qué no? -replicó Visnu-. Rao Ji me atiende muy bien.
      -Pero le pagas para que te atienda -respondió el amigo-.
      -¡No deberías fiarte de los criados en asuntos de dinero! -le advirtió otro-. Y además, un criado no puede ser nunca un amigo.
      -No sólo eso -añadió un tercero-, Rao Ji es de casta baja. ¡Es demasiado pobre y humilde para encargarse de cosas tan importantes!
      Pero Visnú no les quiso escuchar.
      -La casta de Rao Ji me da igual. Para mí ha sido un amigo fiel y me ha cuidado cuando he estado enfermo. Si me pasara algo, no se me ocurre nadie que se merezca más que él para heredar mis posesiones en la tierra.
      Aún así, los amigos no quedaron satisfechos con las respuestas de Visnu. Al final, uno de ellos tuvo una idea.
      -Vayamos a preguntarle al buda -dijo-.
      Resulta que todo el mundo sabía que el gran buda se hallaba de visita en Benarés en aquel momento y que era el monje más sabio de todos. Seguro que sabría aconsejar bien a Visnu y sus amigos.
      Así pues, todos se dirigieron al parque donde el buda, con su túnica amarilla, sentado con las piernas cruzadas bajo un árbol, hablaba con sus seguidores. Visnu y sus amigos le hicieron una reverencia de homenaje. El rostro y los ojos del buda, mientras los miraba y sonreía, irradiaban una luz interior. Juntó las manos y saludó a los recién llegados, y escuchó su problema. Tras ponderarlo en silencio un rato, el buda decidió explicarles una historia, como solía hacer para ilustrar sus sermones.

“Hace muchísimos años, vivía un rey que tenía un palacio rodeado de un precioso jardín en el que crecían numerosos árboles: manzanos, ciruelos y perales. Pero ninguno era tan bonito como el espectacular cerezo que se alzaba en medio de todos los demás. Tenía la corteza de un color rojizo oscuro y el tronco derecho como una columna con ramas que se proyectaban en todas direcciones. Y, como un actor, el cerezo estrenaba un espectáculo todas las temporadas para dejar deslumbrado al rey. En verano, se llenaba de energía y se cubría de brillantes hojas verdes. En otoño, sus hojas se tornaban de un amarillo dorado. En invierno, cuando las hojas caían al suelo, el árbol se mantenía derecho con un aire de orgullo y de solemne dignidad. Pero en primavera el espectáculo resultaba incomparable. Cuando el árbol florecía y caía una lluvia de flores rosas y blancas, el corazón del rey se estremecía. En aquel árbol el rey veía el mismo ciclo de la vida, y, huelga decir, que era la joya más preciada de su jardín.
      En el palacio todos admiraban tanto el cerezo que nadie se fijaba en la hierbita que crecía a su alrededor. Cuando alguien se acercaba al árbol pisaba la hierba, pero como nadie bajaba la mirada ni siquiera la veían. La verdad es que la hierba estaba la mar de satisfecha con su existencia, ya que podía disfrutar del esplendor de su querido cerezo. Nunca estaba sola, los saltamontes la adoraban, en ella jugaban las mariquitas al escondite y los listos camaleones quedaban disimulados en posición de oración. En compañía del bonito cerezo y de otros amigos, la hierba estaba tan contenta que no le importaba que la pisaran.
      Un día, durante los monzones, los criados del rey se dieron cuenta de que el techo de la habitación del monarca empezaba a hundirse. La columna que lo aguantaba se había podrido con el paso de los años y había que cambiarla por una nueva. Si no le ponían remedio inmediatamente, el rey no tendría donde dormir y también se verían afectadas las habitaciones contiguas. El monarca, que estaba muy preocupado, envió a sus criados al jardín para que buscaran un árbol para sustituir la antigua columna. Los hombres midieron todos los árboles, pero sólo hallaron uno lo bastante fuerte para aguantar el techo. Era el árbol preferido del rey, el cerezo.
      -¡No! ¡No! ¡No! -exclamó el rey.
      La sola idea de hacer cortar el árbol le resultaba insoportable. No quería ni oír hablar de ello. Nuevamente, envió a sus hombres a buscar otro árbol y otra vez volvieron con la cabeza gacha. El cerezo era el único que podía salvar el palacio. El rey, sin embargo, no se sentía con ánimos de dar la orden de cortar el árbol. Pero el angustiado monarca no tomó una decisión hasta que sus consejeros intervinieron en el asunto y le convencieron de que, al fin y al cabo, se trataba sólo de un árbol. El rey hizo venir al sacerdote real para que ofreciera plegarias al espíritu de aquel ser vivo y consideró que el anochecer sería el momento más favorable para cortarlo.
      La noticia corrió enseguida entre los espíritus de los árboles y aquella noche el jardín permaneció extrañamente silencioso. Los espíritus de los demás árboles se reunieron en torno al cerezo intentando hallar la manera de salvarlo.
      Todos los árboles estaban tristes, pero la hierba estaba desconsolada. No estaba segura de lo que tenía que hacer, pero sabía que no podía quedarse cruzada de brazos mirando cómo destruían el árbol. Todos los seres del jardín también estaban dispuestos a ayudar si a alguien se le ocurría un plan.
      Al día siguiente, los leñadores llegaron después de la puesta de sol y empezaron a cortar algunas de las ramas que más sobresalían para que fuera más fácil cortar el árbol. De repente, el leñador más joven tocó el tronco y dio un grito.
      -El árbol se ha podrido -exclamó.
      -Pero ¿qué dices? -le espetó el jefe de los leñadores-. Precisamente ayer mismo lo examinamos.
      -Tócalo tú mismo -dijo el joven echándose atrás desconcertado.
      El hombre tocó el tronco. Era blando y viscoso al tacto y había perdido color. Aquel deterioro, acaecido en una sola noche, no sólo les sorprendió sino que les atemorizó.
      -Este árbol debe de ser sagrado -proclamó el jefe de los leñadores-. ¡No debemos provocar la ira del espíritu del árbol!
      El leñador joven estuvo de acuerdo, y decidieron que rastrearían los parques de la ciudad para ver si podían encontrar otro árbol antes de decírselo al rey. No volvieron hasta que hubieron elegido uno. No era tan fuerte ni tan derecho como el cerezo, pero tendrían que conformarse con él.
      El rey sintió un gran regocijo al oír que no habían cortado el cerezo. Pero pronto su alegría se convirtió en desolación al saber que el árbol había muerto misteriosamente. Superado por la emoción, el rey corrió a su jardín para llorar la pérdida del pobre árbol. Pero cuando llegó, parecía que nada había cambiado. El sol brillaba, los pájaros cantaban y el árbol se veía más bonito que nunca. ¡Era un milagro! El rey hizo llamar otra vez al sacerdote, pero en esta ocasión para expresar agradecimiento a los espíritus de los árboles con trozos de hilo ceremonial y agua bendita del Ganges. Por la noche, los árboles del jardín se congratularon y le pidieron al cerezo que les contara el secreto del milagro. Orgulloso, el cerezo les explicó que la hierba había reunido a todos los camaleones del jardín y les había dicho que envolvieran con sus cuerpos el tronco del cerezo para que pareciera blando y viscoso. La felicidad inundó todo el jardín, pero nadie estaba tan contento como la hierba".

      Cuando el buda hubo terminado de relatar la historia, sonrió a sus visitantes. «No importa que los amigos sean pobres, dijo resumiendo el sermón. «Escoged a vuestros amigos, no por la posición que ocupan en la vida ni por su riqueza, sino por su amor y sabiduría.»
      Los seguidores asintieron con la cabeza y Visnu sonrió. Sus amigos, sin embargo, tras aquella lección de humildad, reconocieron que el buda había hablado con sabiduría.

 ---Fin---

13 junio 2025

Los jardineros que no aman a los árboles

De "LosÁrbolesMágicos"
Los peligros de tapar los alcorques de árboles urbanos con caucho.

Los árboles urbanos son un componente vital de nuestras ciudades, proporcionando sombra, purificando el aire y mejorando el paisaje urbano. Sin embargo, en muchos entornos urbanos, es común encontrar que los alcorques, el espacio que rodea la base de los árboles, están cubiertos con materiales artificiales, como caucho poroso. Aunque esta práctica puede parecer una solución conveniente, tiene efectos negativos significativos para la salud y el crecimiento de los árboles, así como para el bienestar de las personas y el medio ambiente en general.

La importancia de los alcorques para los árboles urbanos

Los alcorques juegan un papel crucial en el bienestar de los árboles urbanos. Estas áreas alrededor de las bases de los árboles permiten el acceso al oxígeno, agua y nutrientes esenciales para el sistema de raíces. Además, proporcionan espacio para que el agua de lluvia penetre en el suelo, lo que es especialmente importante en entornos urbanos, donde el pavimento y las superficies impermeables evitan que el agua se infiltre naturalmente.

Los alcorques también permiten que las raíces respiren y se expandan libremente, lo que favorece el crecimiento saludable del árbol. Cuando se cubren con materiales como caucho poroso, se crea una barrera artificial que restringe el acceso del aire y el agua al sistema de raíces del árbol, afectando negativamente su crecimiento y desarrollo.

Problemas asociados con el caucho poroso en alcorques

Aunque el caucho poroso se comercializa como una solución permeable que permite el paso del agua y el aire, no es una opción adecuada para cubrir los alcorques de árboles urbanos. Estos son algunos de los problemas asociados con su uso:

1. Compactación del suelo: Con el tiempo, el peso de las personas y vehículos que transitan sobre el caucho poroso puede compactar el suelo debajo, reduciendo aún más la capacidad del suelo para retener agua y permitir que las raíces respiren.

2. Acumulación de calor: El caucho poroso puede retener y reflejar el calor, lo que aumenta la temperatura del suelo y del área circundante. Esto crea un microclima hostil para el árbol y dificulta su supervivencia, especialmente en períodos de altas temperaturas.

3. Escorrentía del agua: Aunque el caucho poroso es permeable, la superficie impermeable que generalmente lo sostiene, como el asfalto, impide que el agua de lluvia se infiltre adecuadamente en el suelo. Esto conduce a una mayor escorrentía y menos recarga de las reservas subterráneas de agua.

4. Limitación del crecimiento de las raíces: El caucho poroso puede restringir el crecimiento y la expansión natural de las raíces del árbol, lo que resulta en un sistema de raíces débil y poco desarrollado. Esto hace que los árboles sean más susceptibles a la caída en condiciones de viento fuerte o tormentas.

5. Contaminación del suelo: Al descomponerse con el tiempo, el caucho puede liberar compuestos tóxicos y contaminantes en el suelo, afectando negativamente la calidad del suelo y, por ende, la salud del árbol y la vida microbiana.

 

Alternativas más saludables

En lugar de cubrir los alcorques con caucho poroso u otros materiales artificiales, es fundamental buscar alternativas más amigables con los árboles y el medio ambiente:

1. Mantillo orgánico: Utilizar mantillo orgánico, como corteza de árbol o compost, proporciona una capa protectora alrededor del árbol que ayuda a conservar la humedad del suelo, evita la compactación y favorece el desarrollo de la vida microbiana beneficiosa.

2. Pavimentos permeables: En zonas donde sea necesario un pavimento, optar por materiales permeables que permitan la infiltración del agua en el suelo, como adoquines permeables o materiales porosos específicamente diseñados para áreas arboladas.

3. Mejora del diseño urbano: Planificar adecuadamente los espacios urbanos para incluir áreas verdes bien diseñadas con alcorques adecuados. Esto permitirá el crecimiento saludable de los árboles y mejorará la calidad de vida de los ciudadanos.

4. Educación y concienciación: Sensibilizar a la comunidad sobre la importancia de mantener alcorques libres de materiales artificiales y la relevancia de proteger y cuidar los árboles urbanos.

Conclusión

Tapar los alcorques de árboles urbanos con caucho poroso puede parecer una solución conveniente, pero tiene consecuencias perjudiciales para los árboles y el medio ambiente. La preservación y el bienestar de los árboles urbanos son fundamentales para garantizar la sostenibilidad y la calidad de vida en las ciudades. Optar por alternativas más saludables, como el uso de mantillo orgánico y pavimentos permeables, es esencial para proteger nuestros árboles y contribuir a la creación de ciudades más verdes y sostenibles.

10 abril 2026

RICHARD FEYMAN y ROGER PENROSE
¿De dónde vienen los árboles?
 

Desde dos vías diferentes, al conocer mi afición por los árboles, me han enviado casi el mismo contenido. En el primer momento lo visioné y no le concedí importancia porque me parecía obvio el contenido, casi simple. Al recibir el segundo envío empecé a cuestionarme si lo que yo percibía como simple a ojos de los demás no lo era tanto. Así que he decidido ponerlo en el blog porque no todo el conocimiento es tan simple para todos.

Yo que soy lego en el conocimiento de todo o casi todo... quiero recordar el pasaje de la serie Cosmos de Carl Sagan, que nos decía que nuestra materia, la que constituye nuestro cuerpo, está compuesta de polvo de estrellas.

Buscando en la red la complementariedad del conocimiento se ve que están hechas con IA y la idea parece que es de R. Feyman. Desconozco la verosimilitud de estas exposiciones pues dicen prácticamente los mismo lo que nos dice que no pueden ser de dos autores diferentes. He encontrado tres fuentes, las dos similares que pongo a continuación y una tercera más filosófica.

He creído conveniente poner la transcripción por si a alguien le sirve

 Transcripción:

Yo me hice esta pregunta una tarde mirando un árbol enorme en el jardín de un amigo en Pasadena, un árbol viejo, grueso, imponente, y de repente me pregunté algo que parece ridículo de tan simple. ¿De dónde vino todo eso?.
     No me refiero al nombre, no me refiero a crece de una semilla en la tierra, eso lo sé, todo el mundo lo sabe. Me refiero a algo más específico, más honesto. Si ese árbol pesa 2 toneladas, ¿dónde estaban esas 2 toneladas antes de que existiera el árbol? El suelo donde creció sigue ahí, no desapareció. Entonces, ¿de dónde salió toda esa masa?
     Esa es exactamente el tipo de pregunta que no puedo dejar pasar. Una vez que me la hago, tengo que encontrar la respuesta. Y lo que descubrí me cambió la manera de ver cada árbol que he visto desde entonces. Lo primero que hago cuando tengo una pregunta así es buscar quién ya intentó responderla antes que yo. Y encontré a Van Helmond, un científico del siglo XVII que me cae muy bien porque hizo lo correcto. En lugar de suponer... midió, eso es lo fundamental. No asumas, mide.
     Van Helmont tomó tierra seca, la pesó con cuidado, 90 kg exactos. Plantó un sauce pequeño de 2 kg en esa tierra. Durante 5 años lo regó sólo con agua de lluvia, nada más, sin cambiar la tierra, sin añadir nada. Cinco años después desenterró el árbol y lo pesó: casi 77 kg. Había ganado más de 74 kg. Luego pesó la tierra 90 kg, prácticamente igual. Había perdido apenas 57 g. Yo leo ese resultado y me emociono porque eso es un misterio hermoso. El árbol ganó 74 kg. La tierra no los perdió. Eso no puede ser coincidencia.
Eso es una pista.
     Van Helmont pensó que era el agua. Se equivocó en la conclusión, pero hizo algo valioso. Eliminó la tierra como respuesta principal. En ciencia, saber qué no es la respuesta también es un avance. Yo también consideré el suelo y el agua. Es lo primero que cualquiera pensaría y está bien pensar así siempre que luego hagas los números. El suelo da minerales reales, nitrógeno, fósforo, potasio. Sin ellos la planta se enferma. Eso es verdad. Pero cuando sumas toda la masa de minerales que un árbol absorbe durante su vida, obtienes una fracción mínima de su peso total. Los minerales son necesarios, pero no explican la masa.
     Y el agua igual. Un árbol mueve cantidades enormes de agua desde las raíces hasta las hojas,  mpresionante. Pero la mayor parte de ese agua se evapora por las hojas, no se queda como masa sólida. Yo lo puse así de simple en mi cabeza. Si el árbol estuviera hecho de agua, se evaporaría bajo el sol. Pero la madera es dura, densa, sólida. Algo más está construyendo esa estructura. El suelo no es suficiente, agua no es suficiente. Hay que buscar en otro lugar. Aquí es donde yo me puse a pensar en serio, porque la química te da la pista definitiva.
     El agua es H2O, hidrógeno y oxígeno. El hidrógeno es el elemento más ligero del universo. No construyes estructuras densas con hidrógeno. No es el material de la solidez. Entonces me pregunté, ¿de qué está hecha realmente la madera? Si la analizas, si la descompones en sus elementos, encuentras que aproximadamente el 50% de su peso seco es carbono, carbono puro. El carbono es completamente diferente al hidrógeno. El diamante es carbono, el grafito también. Es el elemento sobre el que está construida toda la vida orgánica. Es denso, es pesado, es estructuralmente extraordinario.
     Y yo me hice la pregunta obvia, ¿de dónde saca el árbol todo ese carbono? No del suelo, eso ya lo había descartado, no del agua que prácticamente no tiene carbono. Entonces empecé a eliminar opciones. Tierra, no, agua, no. ¿Qué queda? Cuando llegué a esta respuesta me detuve un momento, porque es de  sas respuestas que parecen imposibles hasta que las entiendes y luego parecen inevitables. La masa del árbol viene del aire, del dióxido de carbono, del CO2 que yo exhalo ahora mismo, del COque está flotando invisible a tu alrededor en este momento en una concentración de apenas el 0.04% de la atmósfera.
     Ese gas invisible, sin color, sin olor, ese gas que parece no ser nada, es literalmente el material del que están hechos los árboles. Yo encuentro eso absolutamente fascinante. Las hojas tienen poros microscópicos llamados estomas. Por esos poros entra continuamente CO2 del aire. Dentro el árbol hace algo que me parece casi increíble. Rompe la molécula, separa el carbono del oxígeno, el oxígeno lo suelta de vuelta al aire y el carbono lo retiene. Ese carbono que estaba flotando en la atmósfera se convierte en la madera del árbol. Yo lo pienso así. El árbol agarra algo invisible y lo convierte en algo que puedes golpear con un hacha. Convierte gas en madera sólida, convierte aire en materia.
     El proceso se llama fotosíntesis. Y yo lo considero uno de los procesos más elegantes de la naturaleza y uso la palabra elegante como la usan los físicos. Simple en principio, devastadoramente poderoso en consecuencias. Las hojas son verdes por la clorofila. Yo siempre me maravillé de eso. La clorofila absorbe fotones de luz solar y captura su energía. Es como una batería que se carga con luz. Esa energía impulsa reacciones dentro de los cloroplastos, estructuras pequeñas dentro de las células de la hoja. Ahí el árbol combina el CO2 del aire con el agua de las raíces y usando la energía solar produce glucosa, un azúcar. Energía química almacenada en forma molecular. La ecuación me gusta porque es limpia... 

6CO2 + 6H2O+ luz solar → C6H12O6 + 6O2

     Producen una molécula de glucosa y seis moléculas de oxígeno. El oxígeno sale al aire. Ese es el  oxígeno que yo respiro, que tú respiras. El árbol nos lo regala como subproducto de construir su propio cuerpo. La glucosa luego se convierte en celulosa y lignina. La celulosa son cadenas largas de glucosa unidas. La lignina es más rígida y compleja. Juntas forman la madera y ambas están hechas del carbono que llegó como las invisible desde el aire.
     Cada anillo de crecimiento que ves cuando cortas un tronco es una temporada de captura de carbono atmosférico. Año tras año, molécula a molécula, el árbol fue construyendo su cuerpo con aire. Ahora viene la parte que yo encuentro más perturbadora en el mejor sentido posible.
     Nosotros también estamos hechos de carbono. Mis músculos, mis huesos, mi cerebro, el ADN en cada célula de mi cuerpo, todo construido sobre carbono. Y ese carbono tuvo que venir de algún lugar. Yo lo obtuve comiendo, como plantas o animales que comieron plantas.
     En algún punto de la cadena siempre hay una planta que capturó carbono del aire. Ese carbono viajó por la cadena alimenticia y llegó a ser parte de mí. El carbono en mis músculos ahora mismo estuvo en la atmósfera en algún momento. Antes formó parte de otra planta, de otro animal, quizás de una persona que vivió hace siglos. Yo y el árbol compartimos el mismo origen fundamental. Ambos somos carbono atmosférico reorganizado.
     La diferencia es que el árbol lo captura directamente del aire y yo lo hago a través de la comida, pero el punto de partida es el mismo. Eso me hace pensar en algo que me resulta profundo. No somos observadores separados del mundo natural. Somos parte del mismo ciclo. Somos el universo mirándose a sí mismo, hecho del mismo material que los árboles, las plantas, los océanos. Y el ciclo del carbono es real, no una metáfora.
     Un bosque antiguo tiene almacenadas en su madera cantidades enormes de carbono que capturó del aire durante siglos. Cuando ese bosque se destruye y la madera se quema, ese carbono regresa a la tmósfera de golpe. Es química directa, es causa y efecto real. Yo siempre digo que entender la ciencia no hace el mundo menos bello, lo hace más bello. Ver un bosque sabiendo lo que realmente es: un almacén gigante de carbono atmosférico solidificado durante generaciones, eso es más impresionante que cualquier explicación mágica.
     Entonces regreso a ese árbol en el jardín de Pasadena. Ahora yo sé lo que estoy mirando. Sé que ese tronco enorme, esas ramas, esa corteza gruesa están hechos de gas invisible que flotó en la atmósfera, entró por los poros microscópicos en las hojas, fue descompuesto por la energía del sol y quedó atrapado como carbono sólido, anillo por anillo, durante décadas. Ese árbol es aire solidificado literalmente. Y yo encuentro eso extraordinario, no porque sea complicado, sino porque es simple y real, y está frente a ti todo el tiempo. Y la mayoría de la gente pasa la vida entera sin verlo. Eso es lo que me enseñó la física ¿no? A memorizar fórmulas, a hacer las preguntas correctas y no conformarme con respuestas vagas. La próxima vez que veas un árbol, espero que veas lo que realmente es. No solo un árbol, un proceso, una máquina de capturar aire y convertirlo en materia. Décadas de trabajo invisible, molécula a molécula, construyendo algo que puedes tocar con las manos.
     Eso es lo que es un árbol. Y hay mas preguntas como esta esperando que alguien se las haga sobre todo lo que ves, todo lo que tocas, todo lo que das por sentado. Nunca paro de preguntarme y espero que tú tampoco.

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 Jean Baptista van Helmont (Bruselas, 1580-1644)

 Agarré una maceta, puse en su interior 200 libras (90 kg) de tierra que había secado en un horno, la empapé en agua y planté en ella un vástago de sauce que pesaba 5 libras (2,28 kg) Pero la maceta únicamente fue regada con agua de lluvia o (cuando fue necesario) con agua destilada; y era grande (en tamaño) y estaba hundido en la tierra; y para evitar que el polvo del aire de su alrededor se mezclara con la tierra, el borde de la maceta se resguardó, cubriéndose con una lámina de hierro recubierta de estaño y horadada por muchos agujeros. No calculé el peso de las hojas que cayeron en los cuatro otoños. Por último, sequé de nuevo la tierra de la maceta y se encontraron las mismas 200 libras (90 kg) menos unas 2 onzas (56 gramos); por lo tanto, 187 libras (85 kg) de madera, corteza y raíz habían crecido solo del agua.

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03 marzo 2017

JOSÉ M. ALCAÑIZ y BERNABÉ MOYA
Árboles Sagrados
De Dharma Nº2
 
Quizá sea porque le recuerda su pasado arbóreo, quizá porque los árboles le proveen de todo lo necesario para la vida, quizá porque le hacen soñar con las alturas, la especie humana siente una veneración especial hacia los árboles. Hay quien dice incluso que, en el plano energético, el árbol es la imagen especular del hombre. El árbol se ramifica hacia fuera y produce oxígeno; el sistema respiratorio humano absorbe oxígeno y se ramifica hacia adentro, con la tráquea como tronco, los bronquios haciendo el papel de las ramas principales y dividiéndose en infinidad de bronquiolos. Al tiempo, el sistema respiratorio humano expele dióxido de carbono, que es el alimento del árbol.

Una bonita imagen, sin duda, pero hay que ser prudentes a la hora de dejar volar la imaginación. Seguramente, sólo estamos ante un ejemplo de convergencia adaptativa: órganos que han de realizar la misma función acaban teniendo el mismo diseño. Al fin y al cabo, también nuestras redes de distribución de agua o de electricidad siguen el mismo esquema. Estas analogías, que a nosotros todavía nos conmueven, han tenido comprensiblemente un enorme impacto sobre mentes más primitivas. Para los indios de las praderas norteamericanas, el árbol era el eje del mundo; al fabricar sus viviendas de piel, situaban en el centro un tronco de abeto o de abedul, por encima del cual giraban las estrellas y por debajo las actividades humanas. Los árboles participan en los tres niveles de la existencia, el subterráneo, el terreno y el celeste; imposible no pensar también en los tres niveles de la psique que señala Freud.

Los árboles han tenido un valor crucial para la humanidad desde el mismo momento de su aparición sobre la tierra. Incluso desde antes, dado que los primeros homínidos proceden de simios arborícolas que a lo largo de millones de años se adaptaron a vivir en el suelo. Quizá por eso, el Dios hebreo crea los árboles de manera previa a cualquier animal, antes aún que el Sol y la Luna. Después, el cristianismo acentúa este papel central de los árboles. La historia bíblica de la redención bascula sobre dos árboles: el de la fruta prohibida, origen del pecado, y la cruz de Cristo, fuente de la salvación. El paso de los siglos ha desvirtuado ambos símbolos hasta hacerlos casi irreconocibles. Es lógico en el caso de la cruz, que sólo desde la elaboración simbólica puede ser visto como un árbol. “Fiel cruz, árbol sobre todos noble: ningún bosque ofrece algo similar en hojas, flores o semillas”, dicen los oficios de Viernes Santo, pero es comprensible que pocos fieles hayan reparado en ello.

En cambio, resulta sorprendente el error generalizado sobre el árbol del Edén cuyo fruto come Eva y hace comer a Adán, atrayendo con ello la ira divina y su expulsión del Paraíso. La inmensa mayoría de las personas a quienes preguntemos nos dirán que se trababa de un manzano, porque así lo han representado los pintores a lo largo de la Historia del Arte. Una simple lectura del Génesis demuestra, en cambio, que el Libro no habla de ningún árbol conocido hasta que menciona la higuera. Con sus hojas tapan Eva y Adán su desnudez, súbitamente vergonzosa tras comer el fruto prohibido. Miguel Ángel, en los frescos de la capilla Sixtina, es uno de los pocos artistas que no representa el árbol de la Ciencia del Bien y del Mal como un manzano, y probablemente el único que lo pinta como una higuera. Una brillante intuición: el árbol que causa la vergüenza proporciona también los medios para ocultarla.

La higuera bajo la que Buda recibió la iluminación

Una higuera, aunque de especie distinta, es el árbol bajo el que Sidharta se convierte en Buda, en el lugar llamado Bodhagaya. No se trata de la higuera mediterránea, Ficus carica, sino un pariente muy próximo, de hojas en forma de corazón con la punta muy alargada. Conocido en su lugar de origen como bodhi, Linneo lo bautizó Ficus religiosa en reconocimiento al carácter sagrado que este árbol tenía y sigue teniendo en la India. Buda medita a su sombra, protegido por sus ramas y hojas, seguramente en el seno de las poderosas y extensas raíces que recorren el suelo bajo su ser. Las raíces aéreas cuelgan de lo alto de la copa, formando pilares que se funden con el entramado radicular.

En el Islam no hay un árbol sagrado como tal, aunque dos especies muy resistentes a la sequía tienen una consideración especial, como cabe esperar de una religión nacida en el desierto. Son la palmera y el olivo. En el centro del paraíso musulmán brilla eternamente, sin fuego ni humo, la luz de un olivo convertido en gigantesco candil de su propio aceite. En cuanto a la palmera, ya en el siglo VII a.c. se escribía en la India sobre sus hojas secas, que luego se cosían formando libros. Herodoto dejó escrito que los griegos habían tomado de Asia Menor no solo el culto y la cultura de la palmera sino también el alfabeto, que pasaría a ser la matriz de las escrituras del mundo occidental. En el libro sexto de la Odisea, Ulises cuenta que se detuvo largo tiempo ante la palmera que crecía junto al altar del dios del Sol, pues en ningún lugar de la Tierra había un tronco semejante. Al parecer fue aquí, en el templo dedicado a Apolo en Delos, donde nació la costumbre de entregar palmas a los vencedores, aunque sin duda presenta influencias semitas. Teseo fue quien organizó los primeros juegos en honor del dios, recompensando a los campeones con palmas del árbol sagrado.

 Entre los pueblos celtas, el árbol sagrado era el roble, y de ellos procede la tradición de ornamentar un árbol en Navidad. Como el roble pierde las hojas en invierno y parece muerto, los celtas y otros pueblos centroeuropeos le ofrendaban frutos y luces para que reviviera, y con él toda la naturaleza. El cambio del roble al abeto procede de San Bonifacio, un misionero inglés que evangelizó Alemania en el siglo VIII y que derribó un inmenso roble consagrado a Thor para demostrar que no era sagrado ni intangible. El abeto, con su hoja perenne, representaba mejor la omnipresencia de Dios, cuya faz nunca se oscurece. Para los pueblos situados más al norte, en la península escandinava, el árbol sagrado era el fresno. Para los chinos, como cabe esperar de un pueblo tan abundante y tan variado en lenguas y en creencias religiosas, hay tres árboles sagrados. El bambú, el ciruelo y el pino son los Tres Amigos, que representan respectivamente la flexibilidad, la belleza y la verde lozanía. Son tres de las cualidades que el taoísmo consideraba indispensables para vivir una vida sana y longeva.

Encontramos ejemplos similares en Sudamérica y en Oceanía; sería muy larga la enumeración porque, con la excepción tal vez de los esquimales por razones obvias, cada pueblo ha venerado el árbol que le ha resultado más útil.

Conforme avanza la mal llamada civilización, la humanidad va trastocando el delicado equilibrio que mantenía con el bosque. La relación simbiótica va derivando hacia el parasitismo. Pero el hombre ni siquiera es un buen parásito. Pocos parásitos matan a su víctima, porque morirían con ella al quedarse privados de alimento. El hombre, en cambio,

“el hombre de estas tierras que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra”.
 
describe Antonio Machado con más concisión y más fuerza que cualquier historiador. Y también, con mayor precisión que cualquier científico, establece las consecuencias de este comportamiento suicida:

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra

por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra”.

Raer los encinares. Hacía falta un poeta para definir con tal exactitud lo que el hombre hizo con estos árboles casi indestructibles, arrancando incluso las raíces que les hubieran permitido rebrotar después de la tala a matarrasa. Una tal rapiña tenía explicación en tiempos de hambruna; ahora continúa por motivos mucho menos nobles. No contenta con haber exterminado la vegetación originaria de la mayor parte de España –y de toda Europa occidental en mucho mayor grado todavía– la ambición humana se dirige ahora a los pocos supervivientes de la hecatombe. Y sin ningún respeto por la edad, el simbolismo o la historia de algunos ejemplares. Ya no hablamos de los árboles que han quedado sumergidos bajo las aguas de un embalse o que han cedido el paso, y la tierra que ocupaban, a una carretera o un polígono industrial. No contamos los que han desaparecido víctimas de un incendio forestal, en más de una ocasión provocado con intereses urbanísticos. Ni siquiera aquellos que han quedado convertidos en vulgares tablones. Nos referimos a los que están pereciendo por razones tan lamentables como son la ostentación, el lujo y el esnobismo. La vanidad, en suma.
 
Uno de los motivos más absurdos es el que conduce a la tala de castaños multicentenarios en León, en Asturias y en Galicia. El castaño proporciona una de las mejores maderas para la construcción y ha sido usado ampliamente en estas y otras regiones, pero normalmente dentro de explotaciones sostenibles. Cada año se cortaba sólo los que alcanzaban una edad determinada y se plantaba otros en su lugar. Y, sobre todo, se respetaba a los que por alguna razón -normalmente la de estar destinados a la producción de fruto- habían alcanzado dimensiones extraordinarias. Porque, además, su madera carcomida ya no podía servir más que para mala leña. Ahora, la insaciable vanidad humana ha encontrado un uso más rentable para una pequeña parte de estos colosos. Igual que el hombre mata tiburones para aprovechar sólo las aletas, o rinocerontes para usar únicamente el cuerno, arranca estos árboles sólo para obtener una pocas rodajas de raíz, usadas para adornar los salpicaderos de coches de alta gama. Que, además, a los pocos años van a parar al desguace.

Peor, incluso, es lo que está ocurriendo con los olivos de la costa mediterránea. Peor porque, con una de las perversiones del lenguaje propias de la sociedad de consumo, no se habla de tala, ni siquiera de arranque. Los que se benefician de este tráfico lo denominan recuperación. Bajo este paraguas tan ecológico, en los últimos veinte años han desparecido centenares de ejemplares que superaban los mil años de vida. Así como en otras especies se aplica con demasiada alegría el adjetivo centenario, en el caso de los olivos podemos hablar con toda seguridad de individuos milenarios. Algunos se acercan a los dos milenios; son árboles, por tanto, plantados por los romanos, con frecuencia a la vera de la Vía Augusta. En algún caso podría tratarse incluso de supervivientes de la época fenicia, porque el olivo es un árbol prácticamente inmortal si no hay una excavadora de por medio. Cuando el tronco principal está exhausto y troceado por las tempestades, la ancha cepa de la que brota se yergue de nuevos brotes que son, con toda propiedad, el mismo árbol.
 
¿Será por dinero?

Pues bien, la inmensa mayoría de estos olivos, los seres vivos más viejos de Europa, ya no están donde nacieron, sino en chalés de muchos millones, en la fachada de empresas de postín, en parques temáticos, en rotondas… o muertos. Muchos de los que siguen vivos en estos lugares exóticos para ellos morirán también en los próximos años, cuando agoten las reservas que les permiten resistir incluso un quinquenio. Será una larga agonía mientras intentan a la desesperada rehacer un sistema radicular que ha sido prácticamente eliminado durante un proceso que sólo con enorme imaginación podríamos calificar de trasplante. Porque a estos venerables ancianos se les trata con la misma delicadeza que si operáramos un cerebro humano con unas tijeras de podar. Sus raíces pueden alcanzar un radio de 20 o más metros, pero son seccionadas a ras de tronco mediante una pala excavadora. Como se le va a dejar sin raíces que extraigan agua del suelo, previamente se le ha privado también de hojas que la evaporen. El resultado es un muñón sin ramas ni raíces, que una grúa coloca sobre un camión camino de La Junquera, y que tiene unas reducidísimas esperanzas de vida. Desde luego, no tiene ninguna de recuperar su porte original: bastante hará con sobrevivir unos cuantos años, mientras libra una batalla perdida de antemano con legiones de insectos y oleadas de hongos que se aprovechan de su debilidad.

Detrás de todo, además, hay una estafa flagrante al propietario del árbol. El agricultor recibe, como mucho, dos o tres mil euros por el olivo, mientras que el intermediario se embolsa varias decenas de miles sin más gasto que el de la excavadora, la grúa y el tráiler. Y aun así, para el agricultor no es mal negocio. Aparte de cobrar por librarse de un árbol complicado de trabajar, plantará cuatro en su lugar y en pocos años obtendrá la misma cantidad de aceite. Incluso más, si tenemos en cuenta que no plantará la misma variedad sino nuevos híbridos más productivos, aunque de menor calidad. Pero el colmo estriba en que, además, recibirá más fondos públicos en concepto de subvención que antes, porque la Unión Europea paga las ayudas al olivar en función del número de árboles, no de la producción. Podemos concluir sin faltar a la verdad que los poderes públicos no sólo no están haciendo nada para impedir este expolio del patrimonio arbóreo, sino que lo están incentivando.

Este saqueo de árboles, hábitats y culturas también afecta de forma singular a las palmeras de todo el mundo. La palmera es un símbolo de larga tradición. Y late con tanta fuerza que le ha llevado a adueñarse del imaginario colectivo de los países más septentrionales, en los que palpita la añoranza por el cálido sur. Pocas plantas tienen en la actualidad una imagen tan publicitaria, asociada a paraísos, vacaciones y éxito personal.

La palmera simboliza el triunfo de la luz; quien haya estado alguna vez en un palmeral un día soleado comprenderá al instante la estrecha relación que existe entre ellas y la luz. Al entrar se produce un deslumbramiento y es difícil no soñar con el Nilo o el Ganges. O, para los menos místicos, con un utópico mundo tropical. Es fácil dejarse cegar por la victoriosa luz. Esta ceguera ha llevado a que palmeras de todo el mundo sean arrancadas de cuajo, sin importar su zona de origen, tamaño o variedad, causando la destrucción de sus ecosistemas y de la cultura nativa. Vienen a nuestros países a decorar edificios emblemáticos, exposiciones universales o cualquier calle banal. Pero, con ellas ha llegado además toda una amplia y variada serie de nuevas plagas y enfermedades, también lejanas, desconocidas y exóticas, que hoy amenazan la supervivencia de las palmeras de este Mediterráneo global.

Quizá también este movimiento de personas y cosas está en la base de la plaga, aparentemente natural, que está acabando con los olmos. Una enfermedad llamada grafiosis ha dejado sin olmos
Constable: “este paisaje me ha convertido en pintor.”
centenarios España y toda las regiones europeas donde crecían. Muy especialmente Inglaterra: aquellos paisajes que Constable o Turner dejaron para la historia de la pintura son ya hoy historia de la botánica. En este caso, poco puede hacer el hombre como no sea investigar y tener confianza en que aparezcan variedades resistentes, como sucedió en el siglo XIX cuando otra plaga, la tinta, amenazó con dejarnos sin castaños.

La combinación entre las causas naturales y la acción del hombre vuelve a ser la responsable de que los tejos estén desapareciendo. El tejo es un árbol, si no estrictamente sagrado, sí cargado de magia y de simbolismo. Ya los sacerdotes de Eleusis se coronaban con ramas de mirto y de tejo. Árbol de la Muerte lo llamaron los griegos y latinos; Ovidio y Lucano representan el camino del infierno bordeado de tejos. En Roma y en honor de la diosa Hécate, reina de los infiernos, se sacrificaban toros negros con guirnaldas elaboradas con ramas de tejo, para que las ánimas pudieran lamer la sangre que derramaban. En los países anglosajones, es el árbol de los cementerios. Tiene su lógica esta vinculación con la muerte, bien alejada de la aspiración a la vida eterna que invocan los cipreses mediterráneos con su crecimiento vertical hacia el cielo. Todas y cada una de las partes de un tejo son altamente tóxicas, incluso mortales. Todas excepto la única que lo parece, la carne escarlata que envuelve las semillas.

Los tejos necesitan ambientes húmedos, de manera que el cambio climático está reduciendo drásticamente los lugares donde pueden vivir con dignidad. Los registros paleobotánicos parecen marcar con claridad cómo desde que se puso en marcha el sometimiento de la naturaleza por parte del hombre, a través del fuego, se inicia el declive de la especie. Tampoco hay que olvidar la utilización de su madera desde tiempos neolíticos para elaborar utensilios. Ni que los mejores arcos hayan sido los de tejo: conocida la afición de los humanos por matarse entre sí, ésta ha sido una causa no despreciable de exterminio de los tejos. No parece pues que este árbol guste de los sitios elevados y escarpados, los únicos donde crece en la actualidad de forma silvestre. Antaño fue mucho más común en toda España y en Europa, pero poco a poco hemos destruido su hábitat de tal forma que sus actuales refugios han sido aquellos a los que el fuego, la mano del hombre o el diente del ganado no han podido llegar.

Un respeto


¿Qué podemos hacer por estos ancianos? Como mínimo, no perjudicarlos todavía más. Es fácil, incluso inevitable, dejarse llevar por un sentimiento fraternal, que cubra a la vez nuestra necesidad de energía, paz y armonía con el entorno natural. O quedar deslumbrados ante la demostración de supervivencia, grandiosidad y fuerza protectora de uno de estos árboles, sintiendo el irreprimible deseo de abrazarnos a ellos y fundirnos con una sabiduría universal que nos libere y reconforte. Pero, a pesar de su aparente solidez, son criaturas frágiles. En su gran mayoría necesitan de cuidados y atenciones especializadas que no reciben. Muy pocos tienen la ley de su parte. En realidad, se encuentran inermes ante nuestra capacidad de sobrepasarlo todo. Ni siquiera pueden acudir a los juzgados, esconderse o correr para salvar la vida.

Por eso, a la hora de realizar una visita a cualquiera de estos sagrados árboles debemos tomar algunas precauciones. Hay que evitar subirse al tronco y a las ramas, pisotear la base o peana y las raíces, ya que estas acciones -periódicamente repetidas, puesto que no somos sus únicos visitantes- les ocasionan daños muy graves y difícilmente reparables. Hay que evitar coger del árbol frutos, hojas, ramillas o tierra vegetal. Por supuesto, marcar la corteza es dañar su sistema vital, su corazón y sus venas, que en el caso de los árboles permanecen a flor de piel. Conviene dejar los vehículos motorizados lo más lejos posible. Hay que acercase a ellos paseando, respirando, integrándonos poco a poco en su ambiente. Este proceder, además, nos evitará tensiones como buscar un lugar donde aparcar, girar donde apenas hay sitio para ello o tener que cruzarnos con otro vehículo al borde del despeñadero.

Respetemos las distancias, como hacemos con una obra de arte. De otra forma, alteraremos el equilibrio no sólo del árbol, sino de los miles de seres que viven en él, de él y para él. Porque un árbol centenario, más que una individualidad imponente, es una sociedad de insectos y de arañas, de algas y de hongos, de musgos y de líquenes, de helechos y enredaderas, de aves, reptiles y mamíferos que lo trepan, lo perforan, lo habitan, lo devoran, lo abonan, lo recorren y lo llenan de sonidos, de flores, de tactos y de perfumes.

Si un árbol puede ser un generoso maestro, un guía sabio, la conducta apropiada con él no es tomarlo al asalto. Es preferible plantar nuestro propio maestro y crecer con él. Abracémonos... a la vida.

Para más información:
Bernabé Moya, José Moya y José Plumed, Árboles monumentales de España.
Bernabé Moya, Pascual Mercé y otros, Olivos de Castellón: Paisaje y Cultura.
Ignacio Abella, La magia de los árboles.
Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones.
Roger Cook, El árbol de la vida. 
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