viernes, 2 de julio de 2010

Cuento hindú - EL CEREZO

EL CEREZO
Cuento hindú

Hace algunos siglos, se fundó en la India la ciudad de Benarés, que creció a lo largo del río Ganges y se hizo famosa por sus espléndidos templos, por donde los monos se paseaban tan libremente como los hombres santos vestidos con túnicas de color azafrán.
Por las mañanas, los adoradores del sol, con el cuerpo cubierto de cenizas, se adentraban en el río hasta la cintura y ofrecían su salutación al sol naciente. Fuera de los templos, los vendedores montaban puestos de guirnaldas, frutas y dulces, y cuando tocaban las campanas la gente se congregaba para cantar himnos y salmodiar oraciones. Los pensadores se dirigían a la ciudad en busca del significado de la vida, los hombres santos acudían a ella para hallar la iluminación, los dirigentes religiosos iban allí para divulgar sus enseñanzas y la gente corriente, para lavar sus pecados en el río sagrado.
Además de ser ciudad sagrada, Benarés era un próspero centro comercial. Se fabricaba seda, algo que muy pocas ciudades de la India podían ofrecer, una seda tan pura que era el tejido oficial de todas las ceremonias. En las estrechas y polvorientas cállejuelas de Benarés se alineaban las tiendas en las que se vendían sedas bordadas, satenes y brocados tejidos a mano.
En aquellos tiempos, vivía en Benarés un comerciante de seda llamado Visnú, que era viudo y muy rico. Aquel día en concreto, la casa de Vísnú bullía de actividad. Estaba haciendo los preparativos para emprender un viaje a Asia Central, a donde se dirigía para vender sus lujosas sedas.

Todos sus amigos fueron a desearle un viaje sin sobresaltos, ya que éste iba a ser largo y probablemente duraría meses. Los amigos, que iban encontrándose y charlando, no tardaron en darse cuenta de que Visnú no les había pedido a ninguno de ellos que se encargara de vigilar sus negocios durante su ausencia. Ni les había confiado su propiedad en caso de que algo le ocurriera. La verdad es que era un viaje peligroso. No sería la primera vez que los bandoleros atacaban a los comerciantes de seda cuando, con sus caravanas, pasaban por el paso de Khyber en las montañas del Hindu-Kush. Al final, tras muchas discrepancias y suposiciones, los amigos se le acercaron y le preguntaron cómo no había confiado sus negocios a ninguno de ellos. Visnú les dejó sorprendidos al decirles que, de hecho, sí que había encargado a alguien que velara por todos sus asuntos. Se lo había pedido a Rao Jí.
-¿No debes de referirte a Rao Ji, el cocinero de tu casa? –preguntó uno des los amigos.. Tal vez Visnú se había trastornado.
-¿Por qué no? -replicó Visnu-. Rao Ji me atiende muy bien.
-Pero le pagas para que te atienda -respondió el amigo.
-¡No deberías fiarte de los criados en asuntos de dinero! -le advirtió otro-. Y además, un criado no puede ser nunca un amigo.
-No sólo eso -añadió un tercero-, Rao Ji es de casta baja. ¡Es demasiado pobre y humilde para encargarse de cosas tan importantes!
Pero Visnú no les quiso escuchar.

-La casta de Rao Ji me da igual. Para mí ha sido un amigo fiel y me ha cuidado cuando he estado enfermo. Si me pasara algo, no se me ocurre nadie que se merezca más que él heredar mis posesiones en la tierra.
Aun así, los amigos no quedaron satisfechos con las respuestas de Visnu. Al final, uno de ellos tuvo una idea.
-Vayamos a preguntarle al buda -dijo.
Resulta que todo el mundo sabía que el gran buda se hallaba de visita en Benarés en aquel momento y que era el monje más sabio de todos. Seguro que sabría aconsejar bien a Visnu y sus amigos.

Así pues, todos se dirigieron al parque donde el buda, con su túnica amarilla, sentado con las piernas cruzadas bajo un árbol, hablaba con sus seguidores. Visnu y sus amigos le hicieron una reverencia de homenaje. El rostro y los ojos del buda, mientras los miraba y sonreía, irradiaban una luz interior. Juntó las manos y saludó a los recién llegados, y escuchó su problema. Tras ponderarlo en silencio un rato, el buda decidió explicarles una historia, como solía hacer para ilustrar sus sermones.

“Hace muchísimos años, vivía un rey que tenía un palacio rodeado de un precioso jardín en el que crecí¬an numerosos árboles: manzanos, ciruelos y perales. Pero ninguno era tan bonito como el espectacular cerezo que se alzaba en medio de todos los demás. Tenía la corteza de un color rojizo oscuro y el tronco derecho como una columna con ramas que se proyectaban en todas direcciones. Y, como un actor, el cerezo estrenaba un espectáculo todas las temporadas para dejar deslumbrado al rey. En verano, se llenaba de energía y se cubría de brillantes hojas verdes. En otoño, sus hojas se tornaban de un amarillo dorado. En invierno, cuando las hojas caían al suelo, el árbol se mantenía derecho con un aire de orgullo y de solemne dignidad. Pero en primavera el espectáculo resultaba incomparable. Cuando el árbol florecía y caía una lluvia de flores rosas y blancas, el corazón del rey se estremecía. En aquel árbol el rey veía el mismo ciclo de la vida, y, huelga decir, que era la joya más preciada de su jardín.
En el palacio todos admiraban tanto el cerezo que nadie se fijaba en la hierbita que crecía a su alrededor. Cuando alguien se acercaba al árbol pisaba la hierba, pero como nadie bajaba la mirada ni siquiera la veían. La verdad es que la hierba estaba la mar de satisfecha con su existencia, ya que podía disfrutar del esplendor de su querido cerezo. Nunca estaba sola, los saltamontes la adoraban, en ella jugaban las mariquitas al escondite y los listos camaleones quedaban disimulados en posición de oración. En compañía del bonito cerezo y de otros amigos, la hierba estaba tan contenta que no le importaba que la pisaran.
Un día, durante los monzones, los criados del rey se dieron cuenta de que el techo de la habitación del monarca empezaba a hundirse. La columna que lo aguantaba se había podrido con el paso de los años y había que cambiarla por una nueva. Si no le ponían remedio inmediatamente, el rey no tendría donde dormir y también se verían afectadas las habitaciones contiguas. El monarca, que estaba muy preocupado, envió a sus criados al jardín para que buscaran un árbol para sustituir la antigua columna. Los hombres midieron todos los árboles, pero sólo hallaron uno lo bastante fuerte para aguantar el techo. Era el árbol preferido del rey, el cerezo.
-¡No! ¡No! ¡No! -exclamó el rey.
La sola idea de hacer cortar el árbol le resultaba insoportable. No quería ni oír hablar de ello. Nuevamente, envió a sus hombres a buscar otro árbol y otra vez volvieron con la cabeza gacha. El cerezo era el único que podía salvar el palacio. El rey, sin embargo, no se sentía con ánimos de dar la orden de cortar el árbol. Pero el angustiado monarca no tomó una decisión hasta que sus consejeros intervinieron en el asunto y le convencieron de que, al fin y al cabo, se trataba sólo de un árbol. El rey hizo venir al sacerdote real para que ofreciera plegarias al espíritu de aquel ser vivo y consideró que el anochecer sería el momento más favorable para cortarlo.
La noticia corrió enseguida entre los espíritus de los árboles y aquella noche el jardín permaneció extrañamente silencioso. Los espíritus de los demás árboles se reunieron en torno al cerezo intentando hallar la manera de salvarlo.
Todos los árboles estaban tristes, pero la hierba estaba desconsolada. No estaba segura de lo que tenía que hacer, pero sabía que no podía quedarse cruzada de brazos mirando cómo destruían el árbol. Todos los seres del jardín también estaban dispuestos a ayudar si a alguien se le ocurría un plan.
Al día siguiente, los leñadores llegaron después de la puesta de sol y empezaron a cortar algunas de las ramas que más sobresalían para que fuera más fácil cortar el árbol. De repente, el leñador más joven tocó el tronco y dio un grito.
-El árbol se ha podrido -exclamó.
-Pero ¿qué dices? -le espetó el jefe de los leñadores-. Precisamente ayer mismo lo examinamos.
-Tócalo tú mismo -dijo el joven echándose atrás desconcertado.
El hombre tocó el tronco. Era blando y viscoso al tacto y había perdido color. Aquel deterioro, acaecido en una sola noche, no sólo les sorprendió sino que les atemorizó.
-Este árbol debe de ser sagrado -proclamó el jefe de los leñadores-. ¡No debemos provocar la ira del espíritu del árbol!
El leñador joven estuvo de acuerdo, y decidieron que rastrearían los parques de la ciudad para ver si podían encontrar otro árbol antes de decírselo al rey. No volvieron hasta que hubieron elegido uno. No era tan fuerte ni tan derecho como el cerezo, pero tendrían que conformarse con él.
El rey sintió un gran regocijo al oír que no habían cortado el cerezo. Pero pronto su alegría se convirtió en desolación al saber que el árbol había muerto misteriosamente. Superado por la emoción, el rey corrió a su jardín para llorar la pérdida del pobre árbol. Pero cuando llegó, parecía que nada había cambiado. El sol brillaba, los pájaros cantaban y el árbol se veía más bonito que nunca. ¡Era un milagro! El rey hizo llamar otra vez al sacerdote, pero en esta ocasión para expresar agradecimiento a los espíritus de los árboles con trozos de hilo ceremonial y agua bendita del Ganges. Por la noche, los árboles del jardín se congratularon y le pidieron al cerezo que les contara el secreto del milagro. Orgulloso, el cerezo les explicó que la hierba había reunido a todos los camaleones del jardín y les había dicho que envolvieran con sus cuerpos el tronco del cerezo para que pareciera blando y viscoso. La felicidad inundó todo el jardín, pero nadie estaba tan contento como la hierba".

Cuando el buda hubo terminado de relatar la historia, sonrió a sus visitantes. «No importa que los amigos sean pobres, dijo resumiendo el sermón. «Escoged a vuestros amigos, no por la posición que ocupan en la vida ni por su riqueza, sino por su amor y sabiduría.»
Los seguidores asintieron con la cabeza y Visnu sonrió. Sus amigos, sin embargo, tras aquella lección de humildad, reconocieron que el buda había hablado con sabiduría.

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