martes, 12 de octubre de 2021

Los almácigos de Tafira, GC

JUAN GUZMÁN OJEDA
Los almácigos de Tafira que los piratas juraron quemar

El entendimiento humano, en general, considera que un árbol grande junto a una casa debió de haber sido plantado por su propietario. Y, seguramente, cuanto más antigua y señorial sea la casa, tanto más vetusto y enorme es el árbol. Y es que el entendimiento suele hacer caso a la costumbre y raro es el caso, al menos en las islas Canarias, que cuando se ocupa un territorio el arbolado natural acabe integrado en sus jardines. Dicen que las primeras casas que comenzaron a construirse alrededor del bosque del Monte Lentiscal, en la zona de Tafira, eran sólo para el disfrute estival de nobles con residencia en el Real de Las Palmas, agraciados, cómo no, por datas terrenales tras la conquista de la isla.
      En islas producto de una fuerte deforestación histórica, como Gran Canaria o Fuerteventura, solemos observar y estudiar muchos de sus árboles en condiciones relícticas, normalmente con escaso desarrollo al ocupar suelos poco profundos, en pendientes más bien elevadas. Guardando esta proporcionalidad, podemos imaginar que los árboles con mayores alturas y diámetros debieron ser aquellos que ocupaban las mejores tierras, localizándose en zonas aplaceradas y abiertas. Los almácigos de Tafira, protagonistas de
este artículo, vienen a corroborar rotundamente esta teoría.
      Junto a la GC-110, en el carril de bajada, a la altura del Campus Universitario, se encuentran dos sobrevivientes vegetales de la especie Pistacia atlantica. Se trata de dos individuos de gran porte, si bien el de sexo femenino –al que la carretera se encuentra inusualmente cercana, y no al contrario–, posee un tamaño muy superior al masculino que se encuentra justamente detrás.
     Sobre la posición 28º 04´ 11´´ Norte y 15º 27´ 12″ Oeste, con sus doce metros de altura y sus más de tres metros de diámetro, se levanta este imponente almácigo, con toda probabilidad el mayor de su especie en el archipiélago. Aproximarnos a la edad de este árbol resulta muy complicado, al tratarse de una frondosa en la que no existen anillos que marquen su actividad fisiológica anual. Además, es un árbol de notable resistencia; en Gran Canaria, sólo el incendio ha logrado acabar con la vida de algunos ejemplares.
      De cualquier modo, a juzgar por sus dimensiones, no sería muy desventurado pensar que debió de ser uno de tantos que conformaba aquella foresta tan impenetrable que, por temor a las emboscadas, frenó la incursión de Van der Does sobre el ocaso del siglo XVI. Uno de tantos que el pirata juró quemar si los canarios que se escondían en el bosque no se entregaban.
      Ambos ejemplares fueron el epicentro vegetal de la zona que se conoció durante muchos años como el Jardín de La Rocha. Hace unos 150 años la finca cambió a la propiedad de la familia Van Isschot, cuyo patriarca eligió la sombra de estos árboles para la construcción de la residencia. Corría el año 1970 cuando la sombra de la expropiación pasa de planear a aterrizar directamente en la finca de la casa roja, afectando también a la zona contigua conocida como Plan de Loreto donde ya se ubicaba el Vivero Forestal de Tafira. El desdoblamiento de la carretera de Tafira no estuvo exento de polémica, la firme oposición de la propiedad, apoyada por el ilustre biólogo y escritor Carlos Bosch Millares, no sólo retrasaron las obras durante varios años, sino que también consiguieron salvar de la tala ambos ejemplares. La Palmera de Tafira, la tercera en altura en la isla, también logró exceptuarse de la corta, pasando de ocupar un lugar respetable junto a la entrada del Vivero Forestal a convertirse en una palmera medianera y aislada por el asfalto.
     La familia que todavía conserva un mal recuerdo de aquella convulsa época de máquinas y talas (121 árboles y 20 palmeras según informe de la Jefatura Provincial de Carreteras. El Eco de Canarias. 10/04/1976), al menos pudo consolarse con la conservación de estos ejemplares, así como con una entrañable carta de condolencias escrita por uno de los grandes: Günther Kunkel.
      Actualmente son muchos los usuarios de la GC-110. Yo mismo paso a diario por la sombra del gran almácigo. Saber de su existencia, conectar con estos embajadores del tiempo, me invita a relajarme y, de paso –por qué no decirlo–, a evitarme más de una sanción de tráfico. Creo que no estaría mal un cartel o una alusión que los significara: “Pasa usted por una sombra de interés botánico e histórico. ¡Buen Viaje!”.

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