El bosque sagrado
Sinopsis
"Quién hubiera dicho que estos poemas de otros iban a ser míos, después de todo hay hombres que no fui y sin embargo quise ser, si no por una vida al menos por un rato..." Mario Benedetti. A los amantes de los árboles,... localización, poesía, cuentos/leyendas, etc.
Entre los años 218 y 210 A.C. el general cartaginense Aníbal Barca estaba atacando el imperio romano en la propia península italiana, tras cruzar los Pirineos y los Alpes con su ejército y sus elefantes. Según la leyenda, entre batalla y batalla, pasó por la Garfagnana (un área histórico-geográfica de la provincia de Lucca, en la Toscana, entre los Alpes Apuanos y la principal cadena de los Apeninos, en la Toscana) y ató un elefante enfermo a un castaño, que desde entonces es conocido como el “Castaño del elefante” y también como el “Castaño de Anibal”.
Naturalmente la leyenda es falsa, y nadie sabe cómo nació, pero parece destinada a permanecer viva mientras viva el árbol, y seguramente también hasta mucho después. Ni el árbol estaba allí hace 2230 años, ni tendría posibilidad de retener a un elefante, pero la leyenda acerca a numerosos visitantes al árbol (y al restaurante que está enfrente) en la placita del Eva, en Renato di Barga, en la citada provincia de Lucca. El árbol es majestuoso y vigoroso; en el lado que da a la carretera hay una fisura evidente. La copa está compuesta por ramas jóvenes que emergen del tronco a unos 2 m por encima de la base y de las ramas viejas todavía cubiertas por una vegetación exuberante. Ciertamente no es una gran belleza aunque las dimensiones sean respetables, con más de siete metros de perímetro. Respecto a su edad tampoco hay unanimidad, se opina entre los 520 años y los 700, llegando alguno a decir hasta los 800, pero siempre lejos de hablar de “milenarios” que suelen opinarse en nuestro país.
La 1ª foto es de Verónica Marchi para “Il Giornale di Barga e della Valle del Serchio” y las otras dos de Saro Sciuto.
En la isla
benjamina, la de los bimbaches, el tópico “el bosque es vida” fue
siempre una realidad y es que los árboles, literalmente, han ejercido
como destiladeras naturales para la subsistencia del herreño.

Pese a su tamaño, la menor de nuestras islas tiene mucho que aportar a
la biodiversidad forestal, además de sus pinos únicos y de sus
fantásticas sabinas con portes eólicos. El Hierro también alberga las
mejores muestras de formaciones termófilas con participación de mocán (Visnea mocanera).
El hecho de que los frutos de esta especie sean comestibles ha llegado a
que se diferencie, dentro del rico léxico rural herreño, entre la
mocanera con yoyas [voz aborigen en el habla canaria: fruto de
la mocanera] grandes y jugosas y el mocanero de frutos pequeños o
“cumpliditos”, según me informó Marcos Barrera (un sabio de la tierra de
Frontera).
Entre los ejemplares con nombre y leyenda propia destacan los tres
que podemos encontrar junto al sendero de Jinama: el Mocán de La Sombra,
el Mocán de los Cochinos y el Mocán de las Lecheras. Desplazándonos más
hacia el oeste, sobre el semicírculo de El Golfo y junto a una senda
que ya hoy “no lleva a ninguna parte”, a la cota de 767 metros, aún se
erige el asombroso Mocán del Lomo del Cargadero.
Curvas imposibles y ramas zigzagueantes y tortuosas
Una característica común que llama la atención al observar mocanes
añejos es, sobre todo, su extravagante aspecto si lo comparamos con la
mayoría de árboles. El viejo mocán no destaca por alcanzar una gran
altura, pero sí por exhibir un tronco muy grueso con incontables
pliegues, arrugas hinchadas, curvas imposibles y ramas zigzagueantes y
tortuosas. A mi parecer, estos colosos parecen haberse escapado de la
fantasía épica y creativa de JR Tolkien. El Mocán del Lomo del Cargadero
presenta, cómo no, estas características y se localiza en un apacible
paraje (27º 44´28″ N y 18º 02´28´´ W), junto a un claro en el bosque que
ocupa una pequeña pradera, desde donde la vista alcanza a ver el mar
rompiendo en los roques de Salmor.
Aunque su altura rondará los 18 metros, se trata de un ejemplar
difícil de fotografiar ya que es precisamente en su base y bajo dosel
donde podemos apreciar su particular estructura. Por otro lado, la
abundancia de brotes basales (o chupones) oculta la parte baja del
mismo. Sin duda es la estrategia de reproducción vegetativa, por emisión
de brotes de cepa, la que ha permitido prolongar la vida de este
individuo.
Chamizo para el pastor
El diámetro de este árbol es tan enorme que “¡dentro cabe un coche!”,
tal y como me expresó el buen Olegario, quien hiciera las veces de
presentador entre el árbol y yo. Lo cierto es que así puede ser, ya que
su interior se encuentra completamente ahuecado y vacío. La cara sur del
árbol ya no existe y la pared de la cara este presenta un gran hueco
triangular que se encuentra engorado con piedras. Probablemente estas
piedras cumplieran la función de cerrar el recinto para guardar el
rebaño, ya que hacia el suroeste también se observa la construcción
cercana de un pequeño murete.
La forma geométrica de esta construcción parece intuir la instalación
histórica de un chamizo para que el pastor pasara la noche al lado de
su rebaño. Pero además este simpar individuo luce un detalle morfológico
claramente significativo: el espectacular quiebro que realiza una de
sus retorcidas ramas bajas, simulando desafiar la ley de la gravedad a
poca altura del suelo. El engrosamiento en este cambio brusco de ángulo
de crecimiento es tal que llega a crearse un efecto óptico de mágica
columna flotante.
Antaño, tal y como indica la toponimia, visitar esta zona era
sinónimo de aprovechamiento del monte. Hoy en día merecería la pena
recuperar el camino y promover un encuentro parar reforzar el vínculo,
el respeto y la admiración por el arte puro y natural a través de la
contemplación del soberbio Mocán del Lomo del Cargadero.
Los dos silvicultores utilizaron abetos de Douglas y alerces, ya que estos últimos son coníferas de hoja caduca cuyas hojas cambian de doradas a rojas en el otoño, antes de caer.
Fotos y texto:
