
Nos ha llegado la noticia del fallecimiento de Francis Hallé.
No era, en absoluto, una noticia que esperáramos recibir.
Nuestra relación con Francis se inició en 2013, con motivo del congreso de arboricultura celebrado en el Real Jardín Botánico de Madrid, y continuó poco después con la expedición a la Guayana Francesa. En aquel viaje compartimos diez días de trabajo y convivencia junto a Josep Manel Fernández, Santi Uribarrena, Quim Sallés, Kike Castro y Tino Meis. A partir de esa experiencia inicial, y de forma intermitente hasta la fecha, volvimos a coincidir con Francis en distintos eventos y proyectos, siempre con la satisfacción de reencontrarnos.
Quienes compartimos tiempo con él lo recordaremos también por su forma de observar y de pensar dibujando. Para Francis, cualquier papel en blanco era siempre un potencial dibujo. Recordamos además las palabras de su mujer, Odile, al contar que cada vez que pisaba tierra tropical su expresión cambiaba y una leve sonrisa se instalaba en su rostro.
Francis dedicó su vida al estudio de la botánica y a la defensa del arbolado, desarrollando una trayectoria que lo convirtió en una referencia internacional. Su trabajo y su forma de entender los árboles influyeron de manera decisiva en varias generaciones de profesionales, que hoy son a su vez herederos directos de sus teorías e hipótesis sobre la arquitectura arbórea.
Quienes tuvimos la oportunidad de conocerle de cerca destacamos, por encima incluso de su enorme prestigio científico, su forma de relacionarse con las personas. Nunca adoptó una posición de superioridad y trataba del mismo modo a especialistas, trepadores, técnicos o personas simplemente interesadas por los árboles y la naturaleza. No establecía jerarquías en función del conocimiento, sino que valoraba el trato personal, la cercanía y la relación directa de tú a tú. Esa manera abierta y horizontal de estar con la gente fue una de sus señas más reconocibles.
Hasta el final mantuvo una actividad constante, colaborando con editoriales y trabajando en nuevas publicaciones. Recomendamos la lectura de sus obras a quienes estén leyendo este texto, con independencia de su grado de vinculación con la arboricultura profesional.
Su fallecimiento se recibe con tristeza por la pérdida personal y profesional que supone, pero también con la tranquilidad de saber que hasta el último momento siguió dedicado a aquello que más le apasionaba. Para muchos de nosotros fue una referencia constante, no solo por lo que sabía, sino por su manera de estar, de compartir y de tratar a las personas.
Como ocurre con los árboles, muchos pensábamos que Francis era, de algún modo, potencialmente inmortal. Queremos pensar que lo seguirá siendo mientras mantengamos viva su forma de mirar, de trabajar y de relacionarnos, mientras su manera de entender el oficio continúe presente en quienes lo practicamos. En ese sentido, su legado no es solo científico, sino profundamente humano.
Queremos pensar que sus últimas imágenes, o al menos algunas de ellas, estuvieron ligadas a ese bosque tropical que tanto significó para él. Nuestras condolencias a Odile, su esposa, y al resto de su familia.
Firmado,
Enrique Conde
Rubén Fariñas
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Nota personal de los autores
Aunque te decimos adiós, sabemos que ese adiós no es para siempre.
Como tus explicaciones sobre el “chablis”, cuando un gigante del bosque
tropical llega a su fin, este abre un claro de luz en el bosque, un
claro de luz donde el ciclo de la vida continua.
Eso has sido tú, un árbol majestuoso y gigante que deja su legado. Te recordaremos siempre como Botánico, pero sobre todo como la
persona que fuiste y por los momentos y risas que compartimos a tu lado.
Que la tierra te sea leve amigo.


