21 enero 2009

LAS HERMANAS CEDRO AMARILLO
Indios nativos de Norteamérica


Al principio, el cuervo creó el mundo. Llenó los ríos de agua fresca y colocó el sol, la luna y las estrellas en el cielo. El cuervo era inteligente, pero también tramposo. Y, además, siempre tenía hambre. De hecho, era una criatura voraz.
      Un día se detuvo en una playa para contemplar a tres muchachas que secaban salmón. Eran jóvenes hermosas, con una cabellera larga y sedosa y una piel extre­madamente suave. Pero el cuervo estaba hambriento. De modo que se fijó mucho más en el salmón que en las mujeres. E ideó un plan para conseguir hacerse con el pescado.
      —¿No os asusta estar aquí solas? —les preguntó.
      —No —contestaron—. Nos gusta estar solas.
      —Pero, ¿acaso no teméis a los osos?
      —¡Oh, no! No nos asustan los osos —repusieron riendo.
      —¿Y qué me decís de los lobos? —insistió. Las jóvenes volvieron a contestar que no.
      El cuervo siguió nombrando animales, pero, cada vez que lo hacía, las mujeres simplemente se encogían de hombros y sentenciaban:
     —No, no nos asustan.
Hasta que le llegó el turno a las lechuzas. De pronto, los rostros de las mucha­chas se ensombrecieron.
      —No menciones a las lechuzas —rogaron—. Las lechuzas sí nos dan miedo. Eso se debe a que el ulular de las lechuzas procede del mundo de los espíritus y a la gente le hace pensar en brujas y fantasmas.
      El cuervo estaba encantado. Por fin veía cómo llevar a cabo su plan. Se escondió en un arbusto cercano y se puso a ulular imitando a una lechuza. Las mujeres no se dieron cuenta de que se trataba de un engaño del cuervo, sino que creyeron que se trataba de una lechuza. Así que echaron a correr hacia el bosque y no se detuvieron hasta llegar a la mitad de la colina, donde pararon para tomar aliento. Como estaban muy cansadas, decidieron quedarse allí un tiempo. Pero mientras descansaban en la ladera de la montaña, tan aterradas que ape­nas se atrevían a moverse, sus cuerpos empezaron a cambiar lenta, muy lentamente. Su torso y sus piernas se transformaron en troncos. Sus pies y sus dedos se hundie­ron en la tierra convertidos en raíces. Sus brazos extendidos se volvieron ramas mecidas por la brisa. Al final, todas ellas se volvieron cedros amarillos. Entonces, el cuervo regresó a la playa y se comió todo el salmón seco.
      Desde entonces, se encuentran cedros amarillos en lo alto de las laderas de todas montañas occidentales. Aún hoy, esos árboles tienen una gran belleza, sus tron­cos son suaves como la piel de una muchacha y su sedosa corteza recuerda a una larga y brillante cabellera.

---Fin---

20 enero 2009

CUANDO MUERE UN CEDRO
Marruecos
Recopilación de Francisco Salgueiro
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I
Aspiró el aire, lo bebió con ansias, a raudales. El bosque era una caricia ofrecida. Montes lejanos se rendían a la nieve. Bajo los cielos, sintió una sombra prodigiosa.
Aquel hombre venía de otras tierras. Anduvo mucho, en soledad. Era pobre, profundo. No tenía nombre. Ni siquiera un nombre le cantó en los labios. No recordaba quiénes fueron sus padres ni el barro en que cayó al nacer. Un día, alguien le llamó Ahmed y desde entonces, él mismo se reconoció con ese nombre.
Venía de otro horizonte. Le habían visto pasar las sedientas barrancas, las pitas que vibraron bajo el sol de fuego. Le vieron las noches profundas de verano, esas noches que quiebran el la lejanía aullidos de chacales. Los niños de poblado se asomaron por verle, y a veces, tropezó con el buey somnoliento, y los perros ladraron a su sombra.
Un día, sin saberlo, llegó a la tierra de Ketama. El aire era un inmenso corazón de secretos. Alguien le dijo al oído, muy levemente, en una lengua que sólo él conocía:
-Aquí hay árboles altos como el mundo; la hierba y el silencio se comban al peso del rocío.
Ahmed se sentó a la orilla del llano. Era hermoso tenderse sobre el césped. Ahmed adivinó unas voces lejanísimas. Sólo en su corazón y en ansia profunda, Ahmed era ciego.

II
Allá en la hondonada se agrupa el cedral milenario. Un alto cedro lo preside. Un gigante de frente rumorosa. Parece que sostiene el cielo. Le llaman el Rey.
Los días de zoco en Telata, los campesinos bullen en la plaza que rodean los árboles de siglos. Desde las primeras horas de la mañana, todo se llena de un rumor caliente; los seres y las cosas van saliendo de un sueño.
Primero es el piar suave, como risas de muchachas veladas. Poco a poco, irrumpen las voces del hombre. Llegan pastores con su ganado, comerciantes de carbón y hierbabuena. Instalan pequeñas tiendas a ras de suelo. Tiembla un alegre bullir de teteras. De los coches de línea descienden numerosas chilabas. Las voces vuelan y se entrecruzan como saetas guturales.

III
Hoy ha caído la primera nieve. La nieve es ciega, la nieve es blanca como los ojos de Ahmed. Algunas ramas se desgajaron bajo el peso silencioso. Ya se presienten nuevos riachuelos. Los niños más pequeños no pudieron acudir a la escuela.
Después de la nevada, todo está limpio, tan claro el aire. No hay apenas una pisada ni la pluma de un pájaro. Todo permanece en amorosa quietud. Las sendas se perdieron con los últimos copos. El bosque parece más solo en su hondo murmullo. Al pie de los altos cedros, se adivina una hierbecilla aterida. El césped y el agua sueñan el calor de la tierra. El aliento del hombre se hace humo en el aire.

IV
Él puede saberlo, sentirlo en su carne, en su alma. Es como si el hacha se hundiese en su sensibilidad finísima, como si súbitos leñadores le clavasen el acero en el corazón.
Ahmed ama estos árboles. Los cree hijos suyos, sangre suya, viejos hermanos. Cuando va solo a través del bosque, cuando camina en su noche oscura, guiado por un soplo, por extraños signos… Ahmed acaricia los cedros, y les habla.
¿No habéis presentido la muerte de un cedro? ¿No encontrasteis, de pronto, a los leñadores? Aparecen en lo más íntimo del bosque. Nadie les esperaba. Un miedo oscuro asciende en vuestras venas. El acero es antiguo. Qué profundo es el golpe.
Cuando un cedro cae, surge un eco de lo más hondo del bosque. Luego se hace un gran silencio. El universo no existe. Sólo existe el silencio. Los pájaros, como heridos, se pierden en la gruta del cielo.

V
¿Qué busca Ahmed por el bosque? ¿Qué espera ansiosa, oscuramente? ¿Es que cada árbol posee un alma, un lenguaje ignorado? En la altura de las ramas ¿cómo besa la luz? ¿Qué vida recóndita, purísima, brota desde las raíces?
Esta tarde Ahmed se ha sentado, y reclina su espalda sobre el viejo Rey. Allí cerca está el cementerio. De las tumbas flota una paz inefable.
El tiempo de nieve es bellísimo. Unos pájaros picotean sobre el suelo. Alo lejos, una voz vuela en la diafanidad del ambiente. Los bueyes lentos del crepúsculo arrastran una luz suave, el aroma, las ramas…
Ahmed tiende su corazón sobre el césped, lo abriga bajo el cedral rumoroso, y comprende que la belleza es como el vuelo de la brisa. Sobre sus sienes, una luz fresca se remansa. Una vaga somnolencia, un hondo sueño, se exhala de los altos árboles milenarios.

VI
De pronto, Ahmed se ha estremecido. Adivinó un golpe. Un golpe a lo lejos. Un eco que brotó de lo más hondo.
Se puso en pie. Un vivo temblor lo sacudía. Se irguió terrible. Apretó los puños. Su corazón latía con fuerza. Se levantó con los brazos abiertos, en un gesto de amparar a un hijo.
Echa a correr. Quiere gritar. Los hombres escuchan su voz cálida. Su voz rompe el murmullo de las altas ramas. Nadie se mueve. Nadie intenta contenerle. Los niños le miran con miedo. El pastor no abandona sus ovejas. Los campesinos clavan sus pies en el surco. Ahmed sigue, como un poseído, en su loca carrera.
Y es que en la hondonada, un cedro, quizá el que él acariciaba como un hijo, acaba de derrumbarse, lento, callado, para siempre.

---Fin---

19 enero 2009

JOYCE KILMER - Trees

JOYCE KILMER (EE.UU. 1886–1918)
Trees


I think that I shall never see
A poem lovely as a tree.

A tree whose hungry mouth is prest
Against the sweet earth's flowing breast;

A tree that looks at God all day,
And lifts her leafy arms to pray;

A tree that may in summer wear
A nest of robins in her hair;

Upon whose bosom snow has lain;
Who intimately lives with rain.

Poems are made by fools like me,
But only God can make a tree.


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Árboles

Creo que nunca veré
un poema tan hermoso como un árbol.

Un poema cuya boca hambrienta esté pegada
al dulce seno fluyente de la tierra;

un árbol que mira a Dios todo el día.
Y alza sus brazos frondosos para rezar.

Un árbol que en verano podría llevar
un nido de petirrojos en sus cabellos;

en cuyo pecho se ha recostado la nieve;
quien vive íntimamente con la lluvia.

Los poemas son hechos por personas como yo.
Pero solo Dios puede hacer un árbol.

Traducción: Alexander Best 
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16 enero 2009

WILLIAN WORDSWORTH - Lines left...

WILLIAN WORDSWORTH (England, 1770-1850)
Lines left upon a seat in a yew tree


Nay, Traveller! rest. This lonely Yew-tree stands
Far from all human dwelling: what if here
No sparkling rivulet spread the verdant herb?
What if the bee love not these barren boughs?
Yet, if the wind breathe soft, the curling waves,
That break against the shore, shall lull thy mind
By one soft impulse saved from vacancy.
-------------------Who he was
That piled these stones d with the mossy sod
First covered, and here taught this aged Tree
With its dark arms to form a circling bower,
I well remember.--He was one who owned
No common soul. In youth by science nursed,
And led by nature into a wild scene
Of lofty hopes, he to the world went forth
A favoured Being, knowing no desire
Which genius did not hallow; 'gainst the taint
Of dissolute tongues, and jealousy, and hate,
And scorn,--against all enemies prepared,
All but neglect. The world, for so it thought,
Owed him no service; wherefore he at once
With indignation turned himself away,
And with the food of pride sustained his soul
In solitude.--Stranger! these gloomy boughs
Had charms for him; and here he loved to sit,
His only visitants a straggling sheep,
The stone-chat, or the glancing sand-piper:
And on these barren rocks, with fern and heath,
And juniper and thistle, sprinkled o'er,
Fixing his downcast eye, he many an hour
A morbid pleasure nourished, tracing here
An emblem of his own unfruitful life:
And, lifting up his head, he then would gaze
On the more distant scene,--how lovely 'tis
Thou seest,--and he would gaze till it became
Far lovelier, and his heart could not sustain
The beauty, still more beauteous! Nor, that time,
When nature had subdued him to herself,
Would he forget those Beings to whose minds,
Warm from the labours of benevolence,
The world, and human life, appeared a scene
Of kindred loveliness: then he would sigh,
Inly disturbed, to think that others felt
What he must never feel: and so, lost Man!
On visionary views would fancy feed,
Till his eye streamed with tears. In this deep vale
He died,--this seat his only monument.
If Thou be one whose heart the holy forms
Of young imagination have kept pure,
Stranger! henceforth be warned; and know that pride,
Howe'er disguised in its own majesty,
Is littleness; that he, who feels contempt
For any living thing, hath faculties
Which he has never used; that thought with him
Is in its infancy. The man whose eye
Is ever on himself doth look on one,
The least of Nature's works, one who might move
The wise man to that scorn which wisdom holds
Unlawful, ever. O be wiser, Thou!
Instructed that true knowledge leads to love;
True dignity abides with him alone
Who, in the silent hour of inward thought,
Can still suspect, and still revere himself
In lowliness of heart.
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