jueves, 16 de julio de 2015

EL BOSQUECILLO DE MIRTOS
Italia

Esta era un comarca desnuda, sin árboles, abrumada bajo el Sol y azotada sin descanso por el viento ardiente y salado del mar. En un pueblecito en que vivían algunos pescadores, había un alfarero que se llamaba Luigi. Tenía veinticinco años y se había casad hacía más de seis años con Gina, una linda morena que era exactamente de su misma edad. El alfarero y su esposa se amaban mucho, y podían haber sido muy felices si hubieran tenido un niño. Ese era s¿u mayor deseo, pero, desde el día de la boda, esperaban en vano.
Gina estaba muy triste, y, cuando Luigi no la necesitaba para barnizar las ollas y las escudillas que había torneado, iba a sentarse a la sombra de la casa, y allí se quedaba inmóvil, con la mirada perdida en dirección a la montaña pelada en donde no crecían sino malas hierbas que los rayos del Sol bien pronto amarilleaban.
-Tu eres como yo -le decía a la tierra-; eres estéril, y nunca producirás ni el más pequeño árbol.
Ahora bien, una mañana en que estaba meditando de este modo, Gina vio caer a sus pies una plantita tierna de mirto. Al mirar hacia el cielo, apenas pudo divisar un bello pájaro multicolor que volaba muy rápidamente y que pronto desapareció detrás de la montaña. La pequeña planta tenía tres tallos frondosos y todas sus raíces, que aún retenían un poco de hermosa tierra negra y suave. Gina se apresuró a abrir un hueco a algunos metros de distancia de la casa; plantó allí el mirto y fue a buscar agua para regarlo. Luigi, que había venido a mirar, le dijo que en una región como esa no había la menor posibilidad de que el arbusto creciera; pero la joven se obstinó. Cada tarde y cada mañana sacaba agua y regaba el mirto, que comenzó a crecer y que pronto echó flores.
Las estaciones pasaron, y, un día en que el príncipe Enrico se paseaba a caballo, vio el mirto y dijo:
-Qué extraordinario que ustedes hayan podido hacerlo crecer aquí. Nadie, que alguien recuerde, ha podido hacer algo así en esta comarca. Me gustaría tener este arbusto al lado de mis castillo. ¿Cuánto quieren?
-Cómo nos gustaría complacerlo -dijo Gina-, pero nos hemos encariñado con este mirto como si fuera un hijo. NO quisiéramos separarnos de él ni por todo el oro del mundo.
El príncipe comprendió muy bien este sentimiento y, reflexionando un poco dijo:
-Les propongo algo: vengan a instalarse en mi castillo, y trasplantemos allá el mirto. En mi morada, Luigi podrá seguir torneando y cociendo sus vasijas, y así no tendrán ninguna preocupación acerca de dinero.
Esperaron el día de Santa Catalina porque se dice que "Todo lo que se planta en la fecha de Santa Catalina, echa raíz", y entonces hicieron la mudanza. Arrancaron el arbusto con mil cuidados, dejándole una buena cantidad de tierra, y luego lo plantaron delante del castillo.
Allí, regado cuidadosamente por Gina y también por el príncipe, creció con mayor rapidez aún, hasta que un día se dieron cuenta de que una bella joven habitaba el mirto.
-Ya ves -le dijo el príncipe a Gina-: Tu marido y tú se lamentaban por no tener un hijo, pero ahora tienen una niña. ¿Cómo quieren llamarla?
Sin dudarlo, el alfarero dijo:
-La llamaremos Mirta.
-Pues bien -dijo el príncipe-, si Mirta consiente, yo les pido que me concedan su mano.
Mirta y sus padres acptaron y, sin tardar, se hizo pública la noticia de la boda del príncipe con la hija del alfarero.
Como el príncipe era joven, hermoso e inmensamente rico, todas las muchachas de la región habían soñado, más o menos, con llegar a casarse con él, así que su cólera fue grande; entonces, aprovechando que el príncipe se fue de caza, se dirigieron al castillo para matar a Mirta.
Después de haber atado a Luigi y a su esposa, buscaron por todas partes y rompieron una gran cantidad de objetos, especialmente vasijas, pero no encontraron a Mirta. Entonces, sabiendo cuánto amaba el príncipe al mirto que estaba sembrado delante del castillo, se vengaron en él destrozándole todas las ramas. Cuando las iracundas muchachas desaparecieron, Mirta salió del tronco del árbol en donde se había escondido y se apresuró a liberar a sus padres.
-¡Dios mío! -dijo Gina cuando vio el árbol mutilado-. ¡Qué pena tan grande va a tener tu novio!
-No te preocupes, mamá -dijo la muchacha-. El árbol retoñará y habrá muchos más. Ven, ayúdame. Cortando las ramas de mi árbol, esas furias no se dieron cuenta de que te estaban dando muchos hijos.
Las dos mujeres recogieron todo lo que estaba roto, hasta la más diminuta ramita, e hicieron una plantación, que regaron tal como Gina había regado el primer mirto.
Y seis meses después, cuando se celebró la boda de Mirta y Enrico, los invitados quedaron maravillados al ver el hermoso bosquecillo de mirtos delante del castillo. Cada uno se llevó una rama para plantarla; y así, dese entonces, la comarca ha estado siempre verde y florida.

---Fin---

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