jueves, 14 de marzo de 2013


ABDERRAMÁN I 
(Damasco 731, Córdoba 788)
Tú también eres ¡oh palma!...

Éste es un poema árabe escrito en España, en Al-Ándalus, en el siglo VIII que expresa la tristeza y la añoranza de Abderramán I, el primer emir de Córdoba, que, como la palmera que él ha plantado en los jardines de la Arruzafa, está lejos de su patria:


En Almuñécar
Tú también eres ¡oh palma!
en este suelo extranjera.
Llora, pues; mas siendo muda,
¿cómo has de llorar mis penas?
Tú no sientes, cual yo siento,
el martirio de la ausencia.
Si tú pudieras sentir,
amargo llanto vertieras.
A tus hermanas de Oriente
mandarías tristes quejas,
a las palmas que el Éufrates
con sus claras ondas riega.
Pero tú olvidas la patria,
a par que me la recuerdas;
la patria de donde Abbas
y el hado adverso me alejan.

(Von Schack, 1867-1871: capítulo II)

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Los versos de Almakkari en boca del gobernador de Sevilla, Abdulmalek, no difieren en gran parte de los anteriores, atribuidos por Conde a Abderraman I...


Como yo, palmera hermosa,
vives aquí solitaria:
a ti también de los tuyos
te aleja la suerte infausta.
Lloras, ay, y tus flores
el blanco cáliz desmaya:
lacios penden tus racimos,
que aura extranjera no halaga.
¿Lamentas acaso, oh palma,
que tu simiente arrebaten
los vientos de la montaña?
-¡Lloro, sí, porque aunque prenda
en suelo que riegan aguas
cual las que el Eúfrates lleva
de Siria a las vegas caras,
menguados serán mi hijos,
no verán aquí su patria:
que crueles Abassidas
quieren que extranjeros nazcan!

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LAS PALMERAS DE LA RUSAFA

Cuenta una leyenda que una vez, el emir Abderramán I estando paseando por los jardines de su palacio de la Arruzafa encontró un pequeño brote que salía del suelo. 
Se agachó y lo estudió con detenimiento… Era una única hoja que miraba hacia el cielo, como preparándose para abrirse en abanico pasados unos días.
 Abderramán sabía que en aquella tierra no nacían plantas así, salvo los pequeños palmitos del Guadalquivir.
 Según pasaba el tiempo iba viendo crecer a la planta. La protegía, y avisó a sus sirvientes de que no debía ser dañada bajo ningún concepto. 
Poco a poco, fue tomando la forma que el emir esperaba y la pequeña planta se convirtió en una palmera. 
Dice la leyenda que no existía ninguna hasta ese momento en la península Ibérica, y que esta primera vino como semilla de algún dátil que habría caído de algún cargamento procedente de Oriente.
 El caso es que Abderramán I, que añoraba su tierra de origen, veía a la palmera como una compañera en el destino que le había llevado a fundar su dinastía lejos de su tierra de nacimiento... 

---Fin---

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