viernes, 4 de mayo de 2012


DON RICARDO CODORNIU Y STÁRICO  (Cartagena 1846-1923)  
"El Apóstol del Árbol"
 El árbol de la fiesta

A María del Dulce Nombre H-R y C.

      El día era hermoso. Terminada la misa acudió el pueblo a la  escuela, donde se celebraba una exposición de arbolitos y plantas de adorno, que habían sido cultivados por los niños y se otorgaron premios a los más bellos.
       Luego se reunieron en la plaza, empezando la procesión cívica precedida por los   alumnos, ataviados con los trajecitos de gala, y llevando cada uno de los niños el árbol que debía plantar, y las niñas regaderas adornadas con cintas y flores. Seguían las personas más importantes de la población y cerraba la marcha el ayuntamiento en pleno, precedido del pendón municipal.
       Al partirse entono el himno y la bandera, siguieron los cantos escolares de los  niños y al llegar al lugar de la plantación, que estaba adornado con banderitas, guirnaldas y escudos, se lanzaron multitud de cohetes, entre los atronadores vivas de la multitud que allí esperaba. Cantose el himno al árbol, el párroco bendijo los que se habían de plantar, dedicó una sentida plática a los niños rogándoles al terminar que, cuando muriera, pusieran árboles sobre su tumba, a fin de que se alimentasen de su polvo, como recuerdo del gran cariño que les profesó en vida.
       Luego comenzó la plantación, dirigida por el sobreguarda de montes, mientras los maestros explicaban a los niños la razón de lo que efectuaban.
       El alcalde plantó el primer árbol, dedicándolo á la memoria de un bienhechor del pueblo, recientemente fallecido. Llenas de agua las regaderas, que las niñas llevaban, cada una vertió el precioso líquido sobre uno de los arbolitos, y así tuvo padrino y madrina que le protegiesen.
       Nuevos vivas, un discurso del alcalde, reparto de meriendas,.., y los muchachos a soñar con que la fiesta se repetiría al año siguiente.
       No se pusieron a los árboles tablitas, con los nombres de los padrinos, ¿Para qué? Bien sabía cada niño qué árbol era el suyo, y allí después regándolos, enterrando a su alrededor un puñado de ceniza, quitándoles la oruga que roía una hoja y la ramita chupona, apenas se permitía iniciar el primer brote; y cuando no, los contemplaban embelesados como si sus miradas los hicieran creer.
       Siempre que les era posible veíase  Juan y  Pedro en el camino del sitio de la plantación, para hacer una visita a sus árboles, y a Fuensanta y a Martina con sus cantaritos de agua, para regar los que aquellos habían plantado.
       Pasaron años y las visitas no cesaban, creyendo advertir ir algunos maliciosos que, al principio, Juan miraba a Fuensanta tanto como al árbol y después más, mucho más.
       Llagó la quinta; Juan y Pedro fueron llamados al servicio de las armas, y Juan y Fuensanta se despidieron al pie de su árbol. Pedro se despidió sido del suyo, pues Martina andaba algo distraída y ya rara vez lo visitaba. Marcharon a Madrid los dos amigos y poco después a Melilla, donde la Madre Patria les enviaba a pelear.  Allí, al hablar los dos de su pueblo, de su familia y aún de sus árboles, algunas lágrimas asomaban a sus párpados, con intención de regar sus rostros, atezados por el sol africano; pero las contenían juzgándolas debilidad impropia de soldados. En tanto los árboles no estaban desatendidos, pues Fuensanta visitaba el suyo con harta frecuencia, y más de una vez se halló con la madre de Pedro, que acudía a contemplar el que su hijo había plantado.
      Pasó tiempo, Juan volvió al pueblo, ostentando en su pecho la medalla de África y una cruz del mérito militar. Pedro no volvió, porque había dado toda su sangre por la Patria.
      Una tarde Juan y Fuensanta se hallaban al pié de un árbol, formando risueños proyectos para el porvenir, mas de pronto se anublaron sus ojos, porque vieron a la madre de Pedro que estaba regando con sus lágrimas el árbol plantado por su hijo; del tronco pendía una corona de laurel con negro crespón, que el alcalde había colocado allí solemnemente. El árbol se había convertido en un monumento dedicado al obscuro héroe.

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