lunes, 30 de abril de 2012

DIEGO CROSA Y COSTA (Sta. Cruz de Tenerife 1869-1942)
Al drago de Icod



En la fiesta de su homenaje

Al fondo el Teide, que rasgando nubes
destaca su figura vigilante
sobre un cielo de rojas transparencias:
pinceladas de sol, al retirarse.

Allá las cresterías de basalto
que sirven al volcán de dura base;
aquí de los jardines, que florecen,
a nota de color, carmínea y suave.

Por donde quiera el agua bienhechora
que surge de sonoros manantiales;
senderos, hondonadas, caseríos
que brindan un reposo al caminante.

De un lado la espesura de los bosques,
donde habitan aún las hamadriades;
del otro la pradera que se viste
de los viñedos con el verde traje
y abajo el mar, que con sus ondas llega
al pie de los frondosos platanales.

Tal el que ofrece, espléndido escenario,
esta villa de Icod, incomparable,
para rendir al Drago, que es su escudo,
con patriótico amor un homenaje.

El Drago es un altar en donde ofician
aún las Mariguadas y Faicanes;
el Drago es tradición, conseja, cuento:
la historia del indígena, imborrable;
el Drago es como un símbolo viviente
de una raza de heroicos insulares;
el Drago es el recuerdo de una tribu
que supo, al ser cautiva, suicidarse;
el Drago es una estatua gigantesca
del indómito y rudo pueblo guanche;
el Drago es de un mencey la fría momia.
¡Oh, si las momias por mi bien hablasen!
Cese ya tu mutismo, Drago abuelo,
y cuenta, con la voz de otras edades,
de un pueblo de valientes las hazañas,
de un pueblo de pastores los afanes.

Dinos de su vivir, de sus costumbres,
de sus leyendas, tiernos madrigales,
de su lucha tenaz con el normando
que quiso, por la fuerza, domeñarle;
de sus triunfos después con los piratas,
aventureros en ladronas naves,
de la bajezas y traiciones ruines
de Berneval y Gadifer la Salle.

Dinos del mencey loco y de su furia,
de Sogoñe el rudo, el indomable;
del pesar de Atraballa y los amores
del fiel Castillo y la princesa Dácil.

Dinos de la victoria de Acentejo
y del de Aguere, trágico desastre;
dinos del mencey loco, que, con furia,
por no rendirse, se arrojó a los mares;
dinos de Zebenzui, el Hidalgo pobre,
que en las Peñuelas decidió un combate.

Dinos del gran Tinguaro, su cabeza
sirviendo en una pica de estandarte,
y dinos de Bencomo y del de Lugo
que dos razas fundieron, abrazándose.
¡La milagrosa Cruz de la Conquista
que se abrazaba al Drago de los guaches!

Cese ya tu mutismo milenario,
que hoy más que nunca nos precisa que hables,
pues es fiesta de unión y de cariño,
de paz y de concordia este homenaje.

Cita a un nuevo Tagóror, y aconseja
a los hijos del Teide y sus volcanes,
una hermandad fecunda y salvadora,
una hermandad común en ideales.

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2 comentarios:

Cristi Galván dijo...

Gracias por compartir tan hermoso poema; de un gran poeta isleño, si los árboles pudieran hablar el lenguaje de los hombres otro gallo cantaría claro que si.


Saludos.

Juan Echegoyen dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.