lunes, 21 de diciembre de 2009

EL CEREZO VOLADOR
Cuento de Japón

El valiente samurai Inamuraya Takestsura estaba dormido, profundamente dormido; dormía con la conciencia tranquila. Al igual que los corceles árabes, los gallos de pelea de la India, el escarabajo Unicornio o los térmites chinos, un guerrero japonés merece sus escasos momentos de reposo. Roncaba sonoramente.
Junto a él se encontraba su sirviente Seiki, vigilando el sueño de su señor y musitando plegarias para alejar al Demonio de los Malos Sueños. Pero ¡ay!, la modorra se abatió sobre el confiado Seiki, que bostezó mientras pasaba las cuentas. Seiki decidió que dormir era más fácil y agradable que rezar y escuchar los ronquidos de los demás. De manera que se sumió en un profundo sueño, en un rincón de la esterilla, reposando suavemente la cabeza en la palma de su mano.
Entonces llegó el momento fatal. Detrás de un cuadro de la pared, que representaba el monte Fujiyama y, en primer plano, un molino de agua sobre el cual se veía una bandada de grullas en vuelo hacia el sur, vigilaba el Señor de los Malos Sueños. Espiaba al amo y al sirviente, esmerándose el imitar el movimiento del molino y el vuelo de las grullas sobre el Fujiyama.
Sonriendo, el demonio descendió sobre los durmientes. En primer lugar, escondió el rosario de Seiki; después dio vueltas por la habitación husmeando aquí y allá: al mirar fijamente el cubo de agua, ¡se llenó de sapos y renacuajos!
El Demonio de los Malos Sueños sacudió después la espesa punta de su cola bajo la nariz de Inamuraya, diciendo con una risotada:
-Este valiente guerrero debe de haberse tragado por lo menos una docena de tambores para tener tal estruendo en su vientre. ¿Es posible que la ventana izquierda de su nariz albergue el tifón que hace poco transportó la isla de Koshiki Shima noventa y nueve shi por el aire? Duerme, duerme, hijo del terremoto y del ciclón. Echaré un poco del polvo de mi cola en tu nariz y te daré un sueño tan horrible que ni yo mismo lo desearía, aunque estuviera oyendo un perro aullando a la luz de la luna.
Cumplido su propósito, huyó deprisa. Al escapar, su cola golpeó el cuadro del Fujiyama y lo puso al revés, con lo que las desconcertadas grullas no supieron a dónde dirigirse.
Antes de que Seiki se durmiera y apareciera el Demonio de los Malos Sueños, Inamuraya tenía un sueño delicioso. Soñaba que había cruzado el mar Amarillo, conquistado el tiempo celeste y, después, construido un enorme barco en el que había cargado la gran ciudad de Beiping, con el palacio imperial y todas sus casas, grandes y pequeñas para regresar después a la Tierra del Sol Naciente.
El maravilloso viaje soñado estaba a punto de concluir cuando Inamuraya decidió contar una vez más sus prisioneros chinos. Todos ellos estaban sentados en la bodega, atados unos a otros por las trenzas: parecían racimos de plátanos. Todos tenían los pies en cepos de madera, que golpeaban con los dedos. Inamuraya pensó que era una música muy agradable.
Inamuraya solamente había contado tres millones setecientos mil ciento once, cuando súbitamente perdió la cuenta. Algo cosquilleaba su nariz y le entraban ganas de estornudar. Por supuesto, sabía demasiado bien que no debía estornudar en la bodega de los prisioneros, puesto que si lo hacía, el barco saltaría por los aires y se iría al fondo del mar. De manera que, tropezando con los chinos en su apresuramiento, Inamuraya se dirigió corriendo a la cubierta.
Exactamente en ese momento comenzó su mal sueño.
Los chinos se levantaron, se frotaron la cabeza hasta deshacer sus trenzas, se quitaron los cepos de madera y se precipitaron sobre Inamuraya. Lo agarraron de las piernas en el momento que salía a cubierta, lo arrastraron de nuevo a la bodega, le bajaron los pantalones, hicieron un azote de nueve ramales con sus trenzas y... Bueno, el pobre Inamuraya nunca en su vida hablaría de la terrible deshonra que le acarrearon aquellos miserables chinos.
Hasta que el valiente samurai ya no pudo aguantarlo. Profirió un gran grito y estornudó tan espantosamente que el barco estalló en pedazos. Se formó un surtidor de agua que llevó a Inamuraya tan alto y tan lejos que lo hizo aterrizar en su propia habitación. Sentándose en cuclillas estornudó una y otra vez. Enfrente, también en cuclillas, estaba Seiki, estornudando tan fuerte que casi golpeaba el techo. Un poco del polvo de la cola del Demonio de los Malos Sueños había llegado hasta él.
Saltaban uno contra otro como los gallos de pelea hasta que, con un "¡atchís!" final, sus cabezas chocaron con un golpe sordo.
-¡Malditos chinos! - gritó Inamuraya incorporándose- ¡Qué pesadilla!
Al acercarse al cubo para beber agua, vio los sapos y los renacuajos nadando. Enfurecido, agarró su sable y lo descargó sobre el cubo, haciéndolo pedazos y vertiendo el agua. Los sapos desaparecieron saltando por la puerta y los renacuajos se convirtieron en gotas de agua, como si nunca hubiera existido.
Con ellos se rompió el hechizo. Pero Inamuraya Taketsura estaba enfadado doblemente: por la pérdida de un buen sueño y por la pesadilla. Por mucho que lo intentó no pudo recordar las denodadas batallas, ni su conquista del imperio celeste con la gran ciudad de Beiping, que había cargado en su barco. Todo se había desvanecido en su mente al igual que una libélula rosa al pasar por la ventana. Estaba muy mal malhumorado.
¡Qué me trague mi sable si no le corto la cabeza a alguien! -juró-. Cortaré la cabeza a la primera persona que entre en esta habitación.


Debes saber, buen lector, que el juramento de un samurai es algo sagrado. Y debía cumplirse.
Al oír la voz de su padre, la encantadora O Tai entró en la habitación. La muchacha estaba en la edad en que las jóvenes parecen flores: capullos de loto, claveles, campanillas blancas, reseda, rosas silvestres, crisantemos…O Tai parecía un cerezo en flor.
Al entrar, preguntó a su padre:
-¿Es que alguien ha molestado tus sueños, honorable padre? Maldecías tan fuerte que podrías despertar a un muerto.
-¡Oh, infortunada! –exclamó Inamuraya-. Tu curiosidad te costará la muerte.
Sin comprender en absoluto, O Tai clavó la vista en su padre, mientras él desenvainaba su sable y lo limpiaba con la mano.
-Debo cortarte la cabeza –dijo Inamuraya-. Ése es el juramento que he hecho.
-No creo que quieras cortar mi hermosa cabeza –dijo O Tai-. Si lo haces, no podré oír el canto de los pájaros en el jardín ni ver las doradas mariposas que se posan en mi kimono. No podré besar tu áspera mejilla como debe hacer una hija honorable.
-Pero he dado mi palabra, O Tai, y debo cumplirla –dijo solemnemente su padre.
O Tai siguió suplicando:
-Así, pues, ya no podré volver a ver mi querido cerezo que crece detrás de casa. Lo amo como a mi buena madre. Al atardecer le traigo agua del canal. Le ato las ramas con cintas de seda para que no se quiebren con el excesivo peso de la fruta. Durante el invierno, cubro de paja sus raíces para que no se hielen. Mira, padre, lo bello que está ahora, lleno de flores rosas. –Y volviéndose al cerezo que estaba fuera, O Tai imploró-: Querido cerezo, por favor, protégeme.
En el momento en que Inamuraya alzaba el sable sobre la cabeza de su hija, el cerezo alargó sus ramas y, entrando en la habitación, arrebató a la encantadora joven, se desarraigó y salió volando por el tejado después de cubrir de tierra la cabeza de Inamuraya.-¡Detente, detente! –gritaba Inamuraya-. ¡Debo cumplir mi palabra!
Saltó para golpear el árbol que pasaba sobre él. Pero sólo logró cortar una rama cubierta de flores, que cayó sobre su cabeza cubriéndolo de pétalos, que se le metieron en la boca, las orejas y la nariz. Estaba tan furioso que su mente no podía recordar los versos del inmortal bardo:

“El aroma de un cerezo en flor
es como una dulce sonrisa
que a veces florece
en los labios de la persona amada”

Mientras tanto, el cerezo volador fue hacia el norte, en dirección a Nagasaki, después torció hacia el este y enseguida aterrizó en la isla desierta de Tsushima. En ella vivió O Tai tres años enteros. El previsor cerezo se convirtió en una verdadera madre para ella, satisfaciendo todas sus necesidades. Los tres años pasaron en una tranquila felicidad y O Tai hubiera vivido felizmente muchos años más si una noche no se hubieran acercado a la isla desierta dos pescadores en un bote rojo. Estaban pescando platija y calamar para venderlos en Nagasaki mientras comentaban las últimas noticias.
-Este año hay muchas noticias –decía uno de ellos-. El emperador ha muerto de cólera. Un terremoto ha destruido la ciudad de Yedo. Tres samurais de Hadokate tuvieron una disputa sobre quién de ellos podría comer un tiburón vivo y el tiburón se tragó a los tres. En Kyushu, unos monjes robaron una estatua de plata de Buda de un templo para vendérsela a otros monjes de Koibashi, que la fundieron para hacer copas de sake; y ahora todos ellos tienen plata en las manos y no se la pueden quitar.
El otro pescador prosiguió:
-Este año no ha crecido el arroz de Hondo y los pobres tienen que hacer el pan con arcilla. En Moji, un campesino se atrevió a comer el estiércol que había dejado en la calle el caballo de un Daimio y fue quemado vivo en castigo. ¿Sabías que el prior del templo de Saihodja en Nagasaki afirma que el alma de uno de sus antepasados reside en una platija? Nos quitará todo el pescado sin pagarnos un céntimo.
El primer pescador volvió a hablar:
-He oído que el valiente samurai Inamuraya Taketsura está muy enfermo; es el que tuvo el sueño más horrible que se pueda recordar en toda la Tierra del Sol Naciente. Morirá dentro de tres días, a menos que pueda aplacar al Espíritu de la Enfermedad. Con el fin de conseguirlo, un pariente cercano debe cortarse una mano y ofrecérsela: tal fue el veredicto del eminente médico que lo atiende. Por el momento, ninguno de sus parientes tiene prisa por perder una mano.
Después de decir esto los pescadores se alejaron y O Tai no pudo oír más.
La joven estaba terriblemente afligida y apretó su encantador rostro contra el cerezo.
-¡Madre querida! ¿Qué puedo hacer? ¿Quién llevará mi mano a mi desdichado padre?
Las ramas del cerezo se inclinaban tristemente.
-¿Es que no eres feliz conmigo? –preguntó.
-¡Oh, sí, madre! –gritó O Tai-. Fui feliz mientras en Nagasaki no necesitaron platija y calamar; ni un solo barco se acercó a nuestra isla en todo ese tiempo, por lo que no tuve noticias de la enfermedad de mi querido padre. Querida madre, volvamos rápidamente a casa.
O Tai rodeó con sus brazos el cerezo y besó su plateada corteza, que el implacable cincel del tiempo había surcado de suaves líneas. Si miramos con cuidado la corteza, podremos leer los versos de aquellos que el azar ha sentado bajo la reconfortante sombra del árbol. Justo encima de la cabeza de O Tai había unas líneas escritas hacía muchos años; a menudo se había preguntado cuál sería su significado:

“En prados y arboledas
respiro la brisa primaveral.
Amor, demórate un momento,
no vueles tan rápido
en la ligera brisa primaveral.”

-¡Qué extraños son los mortales! –Suspiró el cerezo-. Son buenos y malos, estúpidos e inteligentes, coléricos y mansos, perezosos y diligentes, pero en muy raras ocasiones llegan a ser felices. De nada huyen tan velozmente como de la felicidad.
Sin embargo, el árbol dijo con dulzura a la joven:
-Muy bien, O Tai, que sea como tú quieres.
Acto seguido, O Tai se encontró sentada en las ramas más altas del árbol y volando con la ligereza de una alondra hacia el este.
En ese mismo instante, el valiente samurai Inamuraya Taketsura yacía en su lecho de muerte, gimiendo y pidiendo su afilado sable para combatir al Espíritu de la Enfermedad. En torno de él, se sentaban las plañideras y sus desconcertados parientes.
-El sable está tu izquierda –dijo el doctor, mientras se afanaba en preparar ciento y una medicinas diferentes en ciento y un fascos diferentes.
-Mi sable pesa más que una montaña, no puedo levantarlo –murmuraba Inamuraya.
En esto, todas las plañideras abandonaron la habitación para dejar paso a la Muerte, que estaba golpeando impacientemente el tejado. Entonces, surgiendo de debajo de la estera de juncos en que se había sentado el médico, apareció el Espíritu de la Enfermedad. Se inclinó sobre el samurai agitando un abanico de fuego sobre su rostro. El enfermo oyó su voz crujiente como hojas movidas por el viento otoñal:
-Tu fin está cerca, samurai Inamuraya Taketsura. Ya no te quedan más que dieciséis inspiraciones antes de que cierre tu garganta para siempre.
En ese mismo instante, una ráfaga de viento agitó el tejado y se oyó gritar a Seiki, el criado:
-¡Nuestro viejo cerezo, que se fue volando, acaba de volver!
El Espíritu de la Enfermedad daba vueltas sin saber dónde esconderse.
Inamuraya se sentó en la cama, oliendo el aire:
-¡Qué aroma a flores de cerezo! Ahora puedo aspirarlo mejor. ¿Significa que ya estoy muerto?
-¡Amo! –gritó Seiki-, el cerezo te ha devuelto la salud.
Y Seiki penetró en la habitación con una cestita de flores de cerezo sobre la que estaba la grácil mano blanca de O Tai.
Inamuraya saltó de la cama y se lanzó corriendo al encuentro de O Tai:
-¡Por fin has vuelto, hija mía! –exclamó el samurai lleno de alegría.
Entonces, con un golpe de su afilado sable le cortó la cabeza, que quedó a sus pies, inmóvil como una baya del bosque.
-Así he cumplido mi promesa. Ahora, cortad ese rebelde cerezo y quemadlo.
Cuando cortaron el cerezo y lo estaban quemando, el valiente samurai Inamuraya Taketsura dio otra orden: que buscaran el mejor escribano de Kyoto para que escribiera esta historia.

---Fin---

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola.
Hace mucho que conozco el cuento del cerezo volador.

Sabes si hay alguna autoría definida o, como otros muchos relatos, es anónimo?

Saludos anticipados.
Nexus