28 junio 2026

EL ÁRBOL DE LAS MARIPOSAS

Cuenta la leyenda, que hace tiempo, los árboles podían ir de un lado para otro, porque siempre era primavera y el viento los acariciaba suavemente. Pero un día, los árboles de hoja ancha se volvieron vanidosos y desafiaron al viento. Decían que eran tan fuertes y flexibles que ni el más terrible de los huracanes podía arrancar sus hojas. El viento se enfadó y aceptó el desafío. Los árboles de hoja fina se refugiaron en las montañas. Los otros esperaron al viento, y empezó el temporal.
     El viento sopló con tanto ímpetu que arrancó las hojas de los más soberbios. También arrancó a seres delicados del aire: las mariposas.
     Un árbol de hojas finas vio una nube de mariposas azotada por el viento. Estaban a punto de perecer arrastradas por el huracán. Algunas extenuadas dejaban de aletear y se estrellaban contra el suelo. El árbol no podía permitir que se perdiera algo tan bello, así que abandonó su refugio e intentó salvarlas. El viento soplaba tan fuerte que arrancó sus hojas pero, él extendió sus ramas y todas la mariposas encontraron en ellas refugio.
     Cuando cesó el huracán, las mariposas volaron libres y fueron a buscar un lugar más cálido, porque el viento sopló tanto que había traído el invierno.
     Los árboles no podían moverse ni huir, porque habían transformado sus pies en raíces para no ser arrastrados por el huracán. El viento pensó que vivir siempre sin hojas sería un castigo exagerado, pero para que los árboles orgullosos no olvidaran nunca su orgullo, todos los años se llevaría sus hojas y traería el invierno.
     Al llegar otra vez la primavera, a todos los árboles les brotaron hojas nuevas. Bueno a todos no, porque al de las hojas finas que había salvado a las mariposas no le salía ninguna. Estaba triste, entonces las mariposas, agradecidas se posaron en él para hacer hojas. Nunca nadie ha visto un árbol tan hermoso. Hicieron esto tanto tiempo, que se convirtieron en hojas de verdad. Y así es como nació el Ginkgo, el árbol sagrado del Japón. 
"El árbol de las mariposas"  / Carlos Cano. / "Cuentos para todo el año" / Anaya-2001
---Fin--- 

25 junio 2026


XAVIER ALDEKOA, MARIO CHAPARRO y PABLO GONZÁLEZ
El último árbol en pie

La tala ilegal de empresas extranjeras, especialmente chinas, y el uso masivo de madera por parte de una población local empobrecida amenazan la supervivencia de las selvas de Congo, el país donde más árboles se cortan del mundo después de Brasil.

Mbandaka 

La destrucción de los bosques primarios tropicales, vergeles apenas tocados por el hombre, es un problema ecológico mundial

Los troncos parecían cadáveres de gigantes. Había cientos de ellos. Colocados unos sobre los otros, los árboles, desnudos de ramas y marcados con letras blancas en un extremo, configuraban un ejército caído junto a una selva que observaba en silencio el desastre. Era un destrozo estridente: un arrastrador rugía mientras atrapaba con unas garras metálicas los troncos y los colocaba sobre unos camiones aparcados en el barro. Al final de una cuesta, otro gruñido anunciaba que la escabechina no había terminado. Bobenza Rigober, congolés de 48 años y veinte hijos de tres mujeres distintas, rajaba con una motosierra un árbol cruzado en el camino. Las astillas volaban en el aire y el polvo de madera teñía de ocre sus enormes bíceps negros. Tosha Didabi, leñador artesanal, corta un árbol de más de 30 metros en la selva en la provincia de Ecuador, en la República Democrática de Congo.
     Aunque llevaba veintidós años en el negocio, Bobenza juraba que aún le afectaba acabar con esos portentos de la naturaleza.
     — Cuando corto árboles grandes me duele en el corazón porque contribuyo a destruir mi país. Pero estoy obligado a hacerlo. ¿Qué otra cosa puedo hacer?, debo alimentar a mis hijos.
     Bobenza, trabajaba para Cokibafod, una empresa china de explotación de madera en la provincia de Ecuador, en el corazón de Congo. Por jornadas maratonianas a pleno sol, comiendo apenas unas galletas y durmiendo en mitad de la selva, cobraba 192.000 francos congoleses al mes, unos 100 euros al cambio. 
Tosha Didabi lleva décadas en el oficio de cortar árboles. Para él, la llegada de madereras chinas sin control, es una amenaza para la supervivencia de las selva
     Bobenza era un eslabón necesario para una de las mayores agresiones verdes del planeta: el año pasado, Congo fue, después de Brasil, el país donde más árboles se cortaron del mundo. En veinte años, ha desaparecido casi un 9% de los bosques primarios en el país, que acoge la mayor parte de la Cuenca del río Congo, un paraíso natural que se expande en otras ocho naciones —República Centroafricana, República de Congo, Angola, Zambia, Camerún, Tanzania, Ruanda y Burundi— y alberga siete de cada diez árboles del continente.
     Pese a su importancia vital como segundo pulmón del planeta después del Amazonas, la cuenca del Congo mengua cada año a un ritmo insostenible y pronto de forma irreversible: un estudio de la Universidad estadounidense de Maryland advierte de que, a este ritmo de deforestación, los bosques primarios de Congo habrán desaparecido en el año 2100.
     En realidad, el problema no es solo Congo; es global. El portal Global Forest Watch denunció que en 2021, se talaron bosques en el mundo equivalentes a la superficie de Catalunya y Baleares juntas.
     Aunque en otros puntos del globo las agresiones riman con las de Congo, en el país africano se suman otros factores que favorecen la devastación. A la tala ilegal, de empresas chinas pero también libanesas y europeas, se suma la tala a causa de la minería y de una pobreza generalizada que también mata árboles: como la población se ha duplicado en 20 años, se ha disparado la producción de carbón artesanal y la agricultura de quema, en la que los campesinos talan y prenden zonas para cultivarlas y las abandonan en cuanto pierden fertilidad.
Compañías chinas, europeas y libanesas explotan el negocio de la madera en el Congo. Algunas de ellas, esquivan la legalidad y ponen en peligro el frágil ecosistema de la cuenca del Congo
La cuenca del Congo alberga siete de cada diez árboles de África
     La codicia hace el resto. La corrupción sistémica de Congo y la dificultad de controlar las irregularidades en una selva sin infraestructuras y de difícil acceso, pero que a su vez tiene en el río Congo un método de transporte de los troncos barato y eficaz, ha provocado la irrupción de empresas ávidas de beneficiarse de un negocio con un mercado amplio. Según Forest Trends, un grupo de conservación estadounidense, los principales mercados de productos de madera congoleses son Vietnam, la Unión Europea y China.
     Para Ettiene Kasereka, las imágenes de cientos de árboles cortados y transportados en barcazas río abajo se había convertido en algo personal. Tras trabajar en aduanas del río, Kasereka vio la podredumbre del negocio maderero desde dentro y decidió combatirlo. Le costó amenazas y un despido, pero no se rindió: se convirtió en activista y miembro de la organización local GASHE (Grupo de Acción para salvar al hombre y al medio ambiente, en sus siglas en francés). “La situación de la explotación de madera en Congo es catastrófica. No se respeta la reglamentación, ni hay ningún control. Multinacionales chinas y autoridades congolesas corruptas se benefician de la destrucción de nuestra selva”.
Todos los árboles deben ser marcados para controlar su origen, fecha de tala y si la madera tiene los permisos en regla. Pese a ello, algunas empresas falsifican documentos para explotar extensiones más grandes o especies de árboles protegidos.
Varios árboles esperan para ser transportados río abajo hasta la capital, Kinshasa
     Kasereka conocía de sobras las trampas de las empresas extranjeras, que vestían de legalidad su depredación del ecosistema. “Cortan en una concesión que debe talarse en 25 años y arrasan con ella en tres o cuatro años, sin preocuparse de si hay árboles protegidos, de replantar o si matan a árboles más pequeños. No respetan las moratorias y cortan con documentos fraudulentos. Actúan con total impunidad porque saben que si sobornan a la persona adecuada podrán seguir actuando”.
     Aquellas agresiones al bosque no solo eran un crimen ecológico, también condenaban a la pobreza a los pueblos locales. Y para los pigmeos, un pueblo nómada, cazador y recolector, cuya supervivencia dependía de la naturaleza, aquella devastación era una condena a muerte.
     A la aldea de Ikenge se llegaba por una cicatriz de barro. El centro del poblado estaba atravesado por una carretera enfangada por la que circulaban excavadoras, bulldozers y camiones cargados de árboles gigantescos de la empresa china Maniema Union. El pasado de la empresa era turbio: la oenegé Global Witness había destapado que la compañía asiática había obtenido su licencia de tala en Congo de manera ilegal gracias a un general congoleño sancionado por violaciones de derechos humanos tanto por la Unión Europea como por Estados Unidos.
Los pueblos pigmeos de la región, que dependen de la caza y de la recolección de frutos del bosque, son los más afectados por los estragos de la tala masiva e ilegal
Lundi Bokoko, cazador pigmeo de la aldea de Ikenge, denuncia que, a causa del ruido de la tala, los animales han huido y la desnutrición de su comunidad se ha disparado

     Al oír el nombre de la empresa, el jefe pigmeo Biondo Ikemwa no podía contener la ira. La llegada de los asiáticos, decía, había significado la destrucción de miles de árboles y había vaciado sus selvas y sus tripas: el ruido de las máquinas había ahuyentado a los animales salvajes y había acabado con una fuente de proteínas básica para los pigmeos. La malnutrición se había disparado.
     — Si destruyen el bosque, nos destruyen a todos, decía. 
     Además de las condiciones de trabajo infrahumanas, con salarios indecentes, sin comida ni lugar para pernoctar, los pocos pigmeos que trabajaban para la empresa china denunciaban una total ausencia de medidas de seguridad y una desidia absoluta en caso de accidente.
     Mboyo Mali, de 45 años y madre de siete hijos, solo tres de ellos vivos, lloraba porque no sabía cómo maldecir su mala suerte. Sí sabía cuándo había empezado: cuando la maderera china Maniema contrató como talador a su marido. “Estábamos felices porque ganaba un poco de dinero, llevaba casi tres años trabajando para ellos, pero un día un tronco le cayó en la espalda y le dejó paralítico. Su jefe chino dijo que mi marido no tenía contrato, la empresa había cambiado de nombre y no podía hacer nada por él. No nos dieron ni un céntimo, nada”. Para pagar los médicos, Mboyo limpió la pocilga de un bantú que le pagaba 25.000 francos al mes (12 euros). “Solo comíamos mandioca, todos los días. Mi marido se deprimió y empezó a beber. Decía que el accidente le había convertido en inservible. Con la llegada de los chinos, mi vida cambió y se llenó de sufrimiento. Rezo a Dios para que se vayan de nuestros bosques para siempre”.

La caza es clave para la alimentación del pueblo pigmeo. A la huida de los animales por la pérdida de su hábitat, se une la tala de los árboles habitados por el gusano "pose", otra de las fuentes de proteínas indispensables para la comunidad de Ikenge

Una mujer pigmea recoge mandioca fermentada en unos pozos artesanales a las afueras de la aldea de Ikenge

      A la salida del poblado, había que subir por un camino de tierra y barro que se ensartaba en la selva para llegar a la cantera de Banjo, donde la empresa china había instalado una docena de contenedores metálicos en una explanada yerma. Era el centro de operaciones de la empresa en esa zona selvática, donde vivían 10 empleados asiáticos que coordinaban a los 140 empleados locales. La decena de asiáticos vivían dentro de los contenedores, acondicionados con un wifi precario, ventiladores y cocina. Los congoleses vivían en chozas de barro y paja a unos cien metros de allí. Aunque la mayoría de los empleados chinos declinó hablar con este periodista, finalmente Ashil Zheng Zhou aceptó dar su opinión. Zheng llevaba cuatro meses en la selva congolesa por dinero: tenía un hijo y por trabajar en Congo su empresa le pagaba un 50% más que en China. Le quedaban 18 meses antes de regresar a casa.
     — Para el medio ambiente lo que hacemos es malo. Aquí cortamos árboles, eso no es bueno para la naturaleza. Pero el gobierno nos da permiso, tenemos todo en regla.
El río Congo y sus afluentes son vías de transporte básicas para la explotación maderera del interior del país
Grandes barcazas cargadas con cientos de troncos de varias toneladas descienden cada día por el río Congo hasta la capital

      Ante la insistencia de irregularidades de su empresa, lanzaba balones fuera.
     — Sí que existe la corrupción. Otros actúan así. Pagan sobornos para poder hacer lo que quieren y ganar mucho dinero. Mucho dinero. Pero nosotros actuamos bien, el 99% bien.
     Al pedirle la documentación de la explotación, dio por terminada la entrevista.
     En realidad, aquel punto en mitad de la selva solo era el inicio de un negocio que llevaba toda esa madera lejos de allí. Tras cortarlos, decenas de camiones trasladaban los cadáveres de madera hacia el Congo o uno de sus afluentes para iniciar su lento descenso hacia el mar y de allí al mercado internacional.
     Antes, todos esos árboles cortados debían pasar por un punto clave cientos de kilómetros río abajo: Kinkole. El principal puerto maderero de las afueras de la capital congolesa, Kinshasa, recibía cada día barcazas que cargaban troncos gigantescos del interior del país.

Las barcazas son además pequeñas ciudades flotantes y decenas o cientos de habitantes se distribuyen entre los troncos para decender la corriente
Las almadías, balsas de troncos atados unos a otros que sus ocupantes van a vender a la capital, son la forma más artesanal y precaria del transporte de madera en el Congo. Las embarcaciones, inestables y lentas, tardan meses en llegar a su destino.
     Era también un supuesto lugar de control, aunque el caos no invitaba al optimismo. En el lugar todo era madera: las botas se hundían en una alfombra de arena, barro, serrín, astillas y cortezas. Si en el agua los barcos hacían fila para descargar su mercancía, en tierra firme la vertiente artesanal e industrial del negocio se fundían en un mismo espacio.
     En la orilla, varias docenas de hombres con machetes cortaban sus árboles en trozos mientras un poco más atrás, las excavadoras, dragalinas o grúas cargaban pesados troncos en los camiones que los iban a trasladar hasta el océano: a partir de Kinshasa el río Congo se retuerce en varias cascadas que impiden su navegación hasta Matadi.
     Para Richard Mondjali, que se presentaba como el presidente de los explotadores forestales artesanales del “punto clave de la explotación y comercialización de madera de Congo”, si alguien quería hacer trampas, no esperaba hasta llegar a Kinkole. “En la selva es más fácil engañar, poner que unos árboles vienen de un lugar y no de otro, o que las autoridades no controlen bien la tala, pero en este puerto hay muchos ojos ya observando”.
Kinkole, a las afueras de la capital congolesa, es el principal puerto maderero del país. Desde allí, los troncos son transportados por carretera hasta Matadi, a 150 kilómetros del mar, donde el río Congo vuelve a ser navegable. 
A la tala industrial, se suma la práctica artesanal y otra amenaza para los bosques: la agricultura de quema, en la que los campesinos prenden fuego a zonas boscosas para cultivarlas y abandonarlas cuando dejan de ser fértiles. 
     Mondjali criticaba el descontrol y la corrupción en el sector, pero se ofendía ante las críticas extranjeras de tala masiva en Congo.
     “¿Qué quieren esos ecologistas? ¡Los árboles son nuestra riqueza! Si los extranjeros no quieren que cortemos nuestros bosques es porque en Europa, China o América ya los han cortado todos. Desde sus casas bonitas y confortables nos dicen que cuidemos nuestros árboles. ¿De qué vamos a vivir? Estos árboles nos permiten alimentar a nuestras familias”.
     Mientras Mondjali hablaba, una enorme máquina movió un árbol a sus espaldas, tan pesado que, al dejarlo caer sobre un camión, el suelo retumbó y los hierros del vehículo protestaron con un quejido metálico. Casi un chillido animal.

 Lo hemos leído aquí

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22 junio 2026

El Oyamel, el anfitrión de las Mariposas Monarca en México

EL OYAMEL Y LAS MARIPOSAS "MONARCA"

El oyamel (Abies religiosa) es una conífera de la familia de las pináceas. Es nativo de las montañas centrales y del sur de México y del oeste de Guatemala. Crece a altitudes de 2500 a 4100 m.s.n.m. en bosques frescos y con alta precipitación, de veranos húmedos y caída de nieve invernal. Es el árbol preferido de la mariposa Monarca en los bosques de hibernación de Michoacán y Estado de México, que proporciona protección contra el frío, la nieve y la lluvia durante el invierno. Los lugares donde se concentran para pasar el invierno se llaman santuarios. Éstos son bien conocidos en México:  

Estado de Michoacán: El Rosario en Ocampo y Sierra Chincua, en Angangueo 
Estado de México: La Mesa (Sierra Campanario), El Capulín, en el cerro Pelón, municipio de Donato Guerra, y San Mateo Almomoloa, en Piedra Herrada.

Ciclo de las mariposas monarca

 El nombrar estos lugares no excluye que se puedan agrupar en otros enclaves y tampoco que sean determinados árboles sobre los que se posen. De temporada en temporada hay ligeras variaciones. Las áreas de agrupación suelen acordonarlas los municipios y el visitante solo puede recorrer la zona perimetral. La época para la visita es en invierno, siendo a principios de Febrero cuando se desperezan y comienza la danza del apareamiento, momento que precede a la migración de las hembras pues los machos mueren después de la cópula. A esta generación que, habiendo nacido en el norte, emigra hasta México y que en la primavera vuelve al norte, EE.UU y Canadá, se le llama la "matusalén" porque llega a vivir 6-8 meses. Al llegar al norte en primavera hacen la puesta en las plantas del género Asclepia/algodoncillos, por ser el alimento de las larvas. Después se suceden dos o tres generaciones hasta que la que ha nacido antes del otoño es la que emigra e hiberna en México. 

Este árbol proporciona a las monarca un microclima perfecto para hibernar en México. Sus densas copas actúan como una "cobija" y un "paraguas" natural, protegiéndolas del frío intenso, la nieve y las tormentas invernales:

  • Refugio climático: La estructura del bosque de oyamel mantiene una temperatura adecuada, ayudando a las mariposas a no perder el calor corporal durante las noches frías.
  • Protección física: Protege a las mariposas de congelarse durante las tormentas invernales, evitando que se mojen sus alas.
  • Zona de descanso: El oyamel proporciona las ramas perfectas donde las mariposas se cuelgan y ahorran energía, entrando en un estado de letargo o reposo.
  • Descripción del oyamel

    Es un árbol de tamaño grande, perennifolio, de 25 a 60 m de altura, con un tronco recto de hasta 2 m de diámetro. La puntas de sus ramas tienen forma de cruz, de ahí su nombre "religiosa" (algunos se exceden en imaginación). Las hojas son como agujas, chatas, de 15 a 35 mm de longitud y 1.5 mm de ancho por 0.5 mm de espesor, verde oscuro en el haz, y con dos bandas azul blancas de estomas en el envés; el extremo de la hoja es agudo. El arreglo de hojas es en espiral. Los conos tienen 8-16 cm de longitud y 4-6 cm de ancho, antes de madurar azul púrpura oscuro; las brácteas son púrpura o verdosas, de moderada longitud. Las semillas aladas se despegan cuando los conos se desintegran en la madurez, 7 a 9 meses después de la polinización. 
         Hay una corriente científica que critica las talas que se están haciendo en diversas zonas ya que todavía no se ha dilucidado si hay hasta tres especies diferentes de oyamel. Durante los estudios en la región del Nevado de Colima se recolectaron muestras de una población que está descrita como Abies religiosa aunque para algunos estudiosos esas poblaciones representan una especie particular y endémica a la región, Abies colimensis. Algunos ejemplares del Nevado de Colima (Jalisco) tienen conos con brácteas grandes, similares al Abies procera. Se calcula que esta especie tan solo cubre el 0.1% del país, por tanto es imperiosa la necesidad de preservar el código genético de estas variedades.

    Distribución y hábitat

         Es un árbol de alta montaña muy resistente al frío, pero no así al calor. Prefiere temperaturas medias anuales de entre -10 °C y 15 °C, máximas de 25 °C y una precipitación anual alrededor de 1000 mm o más. Vegeta en suelos jóvenes de origen volcánico, ligeramente ácidos (pH 5-7) y muy ricos en materia orgánica. Prefiere sustratos bien drenados y húmedos la mayor parte del año, por lo que prospera especialmente en barrancas de las laderas norte de los montes. En general forma comunidades puras, aunque en ocasiones se mezcla con árboles de hoja ancha (Alnus jorullensis, Quercus spp.) o con otras coníferas (Cupressus lindleyi, Pinus spp.). Es un árbol que en su etapa inicial no tolera bien el sol directo, casi siempre nace muy replegado al bosque o bajo la sombra de árboles mayores.

    Usos

    Tiene usos en la construcción, como madera para cimbrado y en la fabricación de tarimas y embalajes. Sin embargo, dada su baja densidad, no se recomienda en usos que la sometan a alta resistencia, ya que es una madera suave, ligera y porosa. También suele utilizarse ornamentalmente como árbol de Navidad. Las plantaciones forestales de esta especie están creciendo de manera considerable en México.  


    Información:
    https://www.youtube.com/watch?v=ArwqrGwFY0Q&t=8s (inglés)
    https://es.wikipedia.org/wiki/Asclepias (asclepias /algodoncillo)
    https://www.gob.mx/semarnat/articulos/conoce-seis-santuarios-donde-puedes-conocer-a-la-mariposa-monarca?idiom=es
    https://monarchconservation.org/es/monarch-status/about-the-monarch-butterfly
    https://es.wikipedia.org/wiki/Abies_religiosa
    file:///C:/Users/Win11/Downloads/Dialnet-MapaForestalDelAreaDeProteccionDeFloraYFaunaNevado-10113639.pdf
     

    Diversos tipos de Algodoncillos

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    19 junio 2026

    Un ilustrador sin silencios de color

     HIROO ISONO (Japón, 1945-2013)

    Hiroo Isono, un nombre que evoca la vitalidad de la naturaleza mas exuberante y que se erigió como uno de los artistas más distintivos de Japón. Reconocido por sus vívidas y oníricas representaciones de bosques, paisajes tropicales y animales, sus obras son una sinfonía de color donde la fantasía y el mundo natural se fusionan.
         Isono nació en la prefectura de Aichi, Japón. Emprendió su trayectoria artística tras graduarse del Departamento de Bellas Artes de la Universidad de Educación de Aichi en 1968. Pero Isono no era un artista cualquiera, su pincel parecía transportar la esencia misma de la naturaleza, fusionando color y forma de una manera que te hacía sentir como si estuvieras vagando por un bosque virgen, escuchando el susurro de las hojas y el lejano canto de criaturas invisibles. El profundo vínculo con la naturaleza recorrió toda su carrera, latiendo en cada pincelada, en cada trazo, en cada matiz.  
          Su arte se convirtió en un pasaporte a lugares olvidados, a ecosistemas casi soñados, a islas de fantasía, a bosques tropicales, al denso y húmedo dosel de la selva amazónica, a los imponentes gigantes arbóreos, a sus queridas islas...  todos ellos dejaron una huella imborrable en su imaginación. Artista,  dibujante, ilustrador, Isono  trabajó en varias sagas de videojuegos. En 1991 se encargó de las ilustraciones principales para el Seiken Densetsu: Final fantasy Gaiden de Square Enix. También trabajó en Secret of Mana (Seiken Densetsu 2) en 1993 y en Heroes of Mana (Seiken Densetsu Heroes of Mana) en 2007.
    Falleció el 28 de mayo de 2013, a los 68 años.

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    16 junio 2026

    El árbol devorador de hombres (2 de 2)

    PHIL STEWART ROBINSON (India, 1847-1902)
    El árbol devorador de hombres (The Man-eating Tree)
    (Parte IV - Horas de ocio bajo el Punkab)