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23 diciembre 2025

CLEMENTE ÁRVAREZ, en "El País", julio-2025
La muerte sin llamas de los árboles: investigadores advierten de la degradación de los bosques por el clima

Aunque se presta más atención a los incendios, en zonas como Cataluña la sequía ha impactado desde 2012 en tantas hectáreas como las que han ardido en 40 años.

Árboles muertos por la sequía en las montañas de Prades en Tarragona (Cataluña), en una imagen cedida por CREAF

En un árbol, el primer síntoma de que algo va mal por la sequía o las altas temperaturas es el cambio de color, ocurre porque cierra sus estomas (los poros de las hojas) para evitar perder agua y esto reduce la fotosíntesis. Luego llega la pérdida de hojas, la defoliación, y si se agrava la situación, puede producirse la muerte. Este es un fenómeno difícil de medir en las masas forestales del país, pues algunas veces, con la llegada de las lluvias los ejemplares se recuperan, y otras quedan moribundos, sentenciados, pero tardan años en sucumbir. Aun así, los episodios recientes de muerte masiva de ejemplares en Cataluña, Comunidad Valenciana o Murcia han mostrado la magnitud de un proceso que se espera vaya amplificándose con la crisis climática y que tiene importantes implicaciones tanto para el paisaje como, en los casos más extremos, para el futuro de los bosques y los numerosos servicios ambientales que proporcionan (en forma de biodiversidad, madera, alimentos, absorción de CO₂, regulación de cursos del agua, protección del suelo...).

Josep Maria Espelta, científico del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), asegura que en cerca de una década, de 2012 a 2023, la sequía en Cataluña afectó de forma significativa a un 10% de su superficie forestal, uno de cada diez árboles. Esto no incluye solo árboles muertos, por la complejidad para confirmar su fin, sino también ejemplares con afecciones de decoloración o defoliación que se cree están relacionadas con el clima extremo. Según recalca, esto supone unas 120.000 hectáreas, una cifra similar a la superficie quemada en 40 años en esta comunidad.

     “Hoy en día somos muy conscientes del problema de los incendios, pero no lo tenemos tan integrado con la sequía”, incide el biólogo. “Obviamente, la perturbación no es de la misma magnitud, pues el fuego suele destruir toda la cubierta vegetal, pero la afección por las sequías es muy preocupante, no estábamos acostumbrados a ver masas tan grandes de árboles muertos o moribundos”.

Existen diferentes iniciativas que monitorean la situación de las masas forestales del país. Las más amplias son las redes de seguimiento que lleva el Ministerio para la Transición Ecológica, dentro del programa ICP-Forest, un proyecto europeo puesto en marcha en 1985 como consecuencia de la gran alarma provocada en aquellos años por el deterioro de los bosques del norte del continente a causa de la lluvia ácida (problema en este caso originado por la contaminación atmosférica). El informe de 2024 de la denominada red de nivel I, señala que la mayoría de las especies arbóreas presentan defoliaciones medias “ligeras”, pero considera notable el número de variedades con una pérdida de hojas superior al 25% en su copa (en comparación con un ejemplar con un follaje ideal), entre ellas, las especies de carácter más mediterráneo como el alcornoque, la encina, el quejigo, el acebuche, el pino carrasco y la sabina albar. Este trabajo concluye también que la principal causa de este decaimiento es la sequía, seguido de los insectos. Y, a partir de estos mismos registros de la red de nivel I, el último dossier del ICP-Forest muestra unos gráficos de evolución desde 1990 que, en el caso de España, reflejan un cada vez mayor deterioro de los bosques por este proceso de defoliación.

El seguimiento de las redes del ICP-Forest destaca por su amplitud en el territorio y continuidad en el tiempo, pero acerca solo una parte de la realidad, pues no monitorea el conjunto de los bosques sino una selección. En concreto, en España, 620 parcelas repartidas por todo el territorio que comprenden unos 14.880 árboles, una cantidad pequeña en comparación con los 7.000 millones de ejemplares estimados para todo el país hace unos años. Sobre todo, para rastrear los muertos.

Los incendios forestales tienen una alta repercusión social, el decaimiento de los bosques no tiene el mismo impacto, es mucho más silencioso, pero está ahí, es algo que está debilitando los bosques y que puede provocar cambios en el paisaje, como la transición de especies, por ejemplo”, comenta Mireia Banqué, también investigadora del CREAF y coordinadora de Deboscat, una red de seguimiento de los bosques en Cataluña. Aunque todavía no han hecho públicos sus datos de 2024, esta ambientóloga incide en la mejoría del estado de las masas forestales en esta comunidad desde las lluvias otoñales del año pasado. Muchos ejemplares de especies de frondosas o planifolias (con hojas planas, como las encinas) que parecían moribundos, y que habían teñido de marrón laderas enteras, han vuelto a brotar. Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con las coníferas (con hojas en forma de aguja, como los pinos). “Cuando las coníferas sufren este proceso de decoloración y defoliación, no pueden sacar nuevos brotes. Si un pino tiene la copa marrón, está sentenciado”, detalla.

Acaben muriendo o no los árboles que han perdido su color verde, para Banqué lo significativo es el decaimiento general. A una escala más pequeña, la red Deboscat sí monitorea todos los bosques de Cataluña. No obstante, con apenas 13 años de existencia, no cubre un periodo de tiempo suficientemente grande para detectar tendencias. Aun así, la investigadora tiene claro que algo está cambiando. “Sin tener datos empíricos, la gente que vive en el territorio sí percibe que los pinos tienen copas menos frondosas”, destaca. “Si te fijas un poco o si vives cerca del entorno más rural, es fácil darse cuenta que hay muchos más árboles muertos que hace 10 años”.

Paloma Ruiz es profesora del departamento de Ciencias de la Vida en la Universidad de Alcalá y una de las coordinadoras de la Red Española de Seguimiento del Decaimiento Forestal. Esta iniciativa, creada hace solo un año, a través de la Asociación Española de Ecología Terrestre, no toma mediciones sino que busca poner en común el trabajo de los especialistas que trabajan en este campo. Esta ambientóloga incide también en la dificultad para evaluar la degradación de los bosques y relacionarlo con factores climáticos como la sequía o las altas temperaturas. Sin embargo, ella misma ha publicado junto a otros investigadores distintos trabajos que apuntan en este sentido. A partir del Inventario Forestal Nacional, que da una detallada radiografía de los bosques cada 10 años, han mostrado cómo están cambiando los patrones de mortalidad y daños en las florestas mediterráneas y cómo en esto está resultando determinante la cada vez mayor intensidad de las sequías. En un último trabajo publicado de forma reciente también ponen de manifiesto una marcada disminución de la productividad forestal debido al cambio climático y cómo los eventos extremos climáticos inciden de forma diferente entre regiones, afectando a múltiples funciones ecosistémicas. “Es muy importante que haya redes de investigación en aquellos sitios en los que se están produciendo eventos de decaimiento, en los que un alto porcentaje de árboles muere o decae, para entender qué está pasando”, subraya Ruiz.

Si bien la muerte de una porción de los árboles forma parte del proceso de reajuste natural de los bosques al calentamiento del planeta, para el biólogo Josep Maria Espelta “lo ideal sería poder acompañar a las masas forestales en esta adaptación, para que sea lo menos traumática posible tanto para el monte como para nosotros”. Una forma de hacerlo es aumentando la gestión forestal en algunas zonas, para disminuir la densidad de árboles (reduciendo la competencia entre ellos) y dotar a los bosques de una mejor estructura. No obstante, para este investigador, esto no basta y resulta también necesario sustituir árboles: “En la península Ibérica tenemos muchas especies que se encuentran en el límite sudoccidental de su área de distribución, como el haya, el pino albar, el pino silvestre, el abeto. Con el cambio climático, hay muchas poblaciones de árboles que probablemente ya están fuera de lo que serían sus condiciones climáticas adecuadas”.

Lo hemos leído aquí 

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08 diciembre 2025

De la quina al gin-tonic

El MUNDO DE LA QUININA

Segundo escudo del Perú de 1825

Primer escudo peruano de 1821

Cinchona officinalis


La primera versión del escudo nacional del Perú fue diseñada por el general José de San Martín y aprobada mediante decreto en Pisco el 21 de octubre de 1821. Vemos lo importante que fue el mundo de la quina cuando el 25 de febrero de 1825, Simón Bolívar y el Congreso Constituyente promulgaron una ley que definía nuevos símbolos patrios, estableciéndose un nuevo escudo nacional, similar al que se emplea actualmente, donde figura el árbol patrio de la quina (el mundo vegetal), junto a una vicuña (el mundo animal) y una cornucopia que derrama oro (el mundo mineral). 
     La corteza de quina, también llamada corteza jesuita o corteza peruana, es el nombre histórico del remedio específico para evitar todas las formas de la malaria. Se dio este nombre porque se obtuvo de la corteza de varias especies del género Cinchona, de la familia Rubiaceae, originaria de las regiones orientales de los Andes del Perú, descritas e introducidas por primera vez por sacerdotes Jesuitas haciendo trabajo misional en Perú. Otros términos que refieren a la preparación y su fuente son, "árbol Jesuita", "polvo Jesuita" y "Pulvis Patrum". Es patrimonio natural y símbolo patrio del Perú.
     Los incas conocían las propiedades medicinales de las plantas que crecían en los Andes y en la selva amazónica, entre ellas el árbol que producía la amarga corteza que utilizaban como antipirético (reduce la fiebre), analgésico (alivia el dolor), lupus (enfermedad autoinmunitaria), y para tratar trastornos como calambres musculares y artritis reumatoide. La palabra quechua kina significa corteza, pero esta corteza se conocía asimismo con el nombre de kina-kina, "corteza de cortezas", dando así origen al nombre quinina. Cuando los europeos portaron la malaria a América, los pobladores se dieron cuenta de que una de sus medicinas tradicionales, la quina o corteza del quino, ofrecía alivio a los síntomas de esta enfermedad, de ahí que la quinina se utilizara como antipalúdico, para tratar la malaria. Algunos consideran a la corteza de cheta como nombre originario de la quina, “la más importante planta medicinal de ultramar”.
     El nombre chinchona, así como el nombre científico del género Cinchona, procede de la condesa de Chinchón (esposa de un virrey en Perú, Luis Fernández de Cabrera), quien en 1632 se recuperó de una malaria gracias a esta corteza, lo cual, según la tradición, daría a conocer la quinina en Europa. Debemos apuntar que en España se erradicó la malaria tan solo en el año 1964.
     La forma de la quinina más eficaz en el tratamiento de la malaria fue encontrada por Charles Marie de La Condamine en 1737. La quinina se aisló y fue nombrada en 1820 por los investigadores franceses Pierre Joseph Pelletier y Joseph Bienaimé Caventou.
     Antes de 1820, la corteza se secaba primero, se molía en un polvo fino y después se mezclaba en un líquido (comúnmente vino) que era entonces bebido.
     Alrededor de 1870, la empresa de Jacob Schweppe lanzó la primera tónica comercial, agua carbonatada con quinina, consolidando la bebida. En la India colonial británica los soldados mezclaban ginebra, un alcohol relativamente barato, con agua tónica que contenía quinina para hacer el medicamento más apetecible. La adición de limón o lima por sus propiedades antiescorbúticas, añadió un toque cítrico que perdura hasta hoy. La comercialización de agua tónica por parte de empresas como Schweppes, consolidaron la bebida como el popular cóctel que conocemos.
     La tónica, aparte de aportar energía por su contenido en quinina, tiene ciertas propiedades: induce la secreción refleja de las glándulas salivares y gástricas, a la que sigue una vascularización de la mucosa gástrica y cierto grado de actividad de la pared muscular del estómago; de esta forma se refuerza el apetito y la digestión resulta más "rápida y completa", confiriendo a la tónica sus propiedades digestivas.
     El gin tonic se popularizó en la élite británica y se extendió por todo el mundo. Con el tiempo, la cantidad de quinina en la tónica disminuyó, transformando el gin tonic, de una medicina, a un cóctel popular, disfrutado por su sabor refrescante.
     El quino siguió siendo la única fuente útil de quinina hasta la segunda guerra mundial cuando se intensificaron los esfuerzos para lograr su síntesis. Los químicos americanos R.B. Woodward y W.E. Doergin lograron sintetizarla en 1944. Desde entonces, se han conseguido otras síntesis totales más eficaces, pero ninguna de ellas puede competir a nivel económico con las técnicas de aislamiento y purificación del alcaloide a partir de fuentes naturales, lo que ha llevado a la planta a estar en peligro de extinción. Hoy en día, la Cinchona officinalis está amenazada no sólo por la sobreexplotación histórica sino también por los métodos de extracción de corteza que a menudo matan a los árboles.

Información:
https://es.wikipedia.org/wiki/Escudo_del_Per%C3%BA
https://es.wikipedia.org/wiki/Corteza_de_quina
https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_la_malaria
https://es.wikipedia.org/wiki/T%C3%B3nica_(bebida)
https://es.wikipedia.org/wiki/Quinina#:~:text=La%20quinina%20o%20chinchona%2C%20C,por%20esta%20sustancia%20produce%20cinconismo.&text=(25%20%E2%84%83%20y%201%20atm,la%20adulteraci%C3%B3n%20de%20la%20hero%C3%ADna.

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09 septiembre 2025

ALFONSO SANTOS, en "EL PAÍS" (agosto-2025)
Las vacas y el árbol milagro de los incendios de Tres Cantos: la historia tras la foto viral

 
Gracias a los voluntarios y a los bomberos, ojalá sirvan de esperanza en estos tiempos duros en los que las llamas asolan España. 
Historia de esta foto

Probablemente habréis visto una foto de unas cuantas vacas debajo de un árbol en Tres Cantos con todo lo de alrededor quemado. Está presente en todas las redes sociales y muchos medios de televisión la han puesto en antena. Que esas vacas se salvasen fue un milagro, pero no fue el árbol quien las salvó: fue el milagro de la gente. Yo soy el hijo del dueño de esas vacas y, a eso de las 20:00, entrábamos mi madre, mi padre y yo corriendo en el campo donde estaban los animales mientras todo ardía. Este campo tiene una vaquería y unos corrales para guardar las reses, y cuando llegué, el fuego estaba a tres metros de la vaquería. Con los aproximadamente 2.000 kilos de paja que había dentro, habría ardido en cuestión de minutos.
     En el momento en el que entramos corriendo en el campo, ya había mucha gente intentando ayudar como podía. Pero poco podían hacer: no tenían agua con la que apagar el fuego. Por suerte, teníamos más de 20 garrafas de 40 litros de agua llenas, preparadas no para un incendio, sino para el día a día en el campo. Toda esa gente que estaba intentando ayudar empezó a vaciar las garrafas en cada frente del fuego que pudiera hacer que se incendiase el campo donde estaban las vacas o incluso la vaquería. 
     El primer milagro se produjo aquí: además de nosotros, mi hermano y unos primos dueños también del terreno, había unas 15 personas que no nos conocían de nada —alguno que ni siquiera sabía hablar español—, que se jugaron su salud para que el fuego no llegase a tocar el edificio ni incendiase el campo. Literalmente se la jugaron: teníamos fuego por delante y por detrás, y a 10 metros un chamizo que estuvo cinco horas ardiendo con llamas de dos metros. Además, estábamos en el único sitio con pasto sin quemar, por lo que cualquier cambio de viento habría sido fatal.
     Me gustaría poner el foco, sobre todo, en D., un soldado que no solo nos ayudó a nosotros, sino que cuando vio cómo ardía la hípica donde falleció Mircea intentando liberar a los caballos, fue para allá sin dudarlo, acompañado de otras personas que no conocía de nada, y se metió en el fuego para intentar ayudar en lo posible a Mircea y a las otras personas atrapadas en el incendio. Ninguna crónica que haya contado lo que pasó en la hípica habla de él, pero ahí estuvo como un héroe. Según me consta, fue el primero que fue al coche ardiendo a sacar a quien hubiese allí. Un héroe que, al día siguiente, fue de nuevo a la hípica a ver si podía ayudar en algo. Gracias, D. 
Vista del terreno ardiendo durante el incendio de Tres Cantos la pasada madrugada, del 11 al 12 de agosto. Alfonso Santos
     Pasado un tiempo, el único campo que quedaba sin quemar era el del árbol milagroso con las vacas, la vaquería y los desconocidos que ayudaban allí. Tuvimos que tomar una decisión con las vacas: era cuestión de tiempo que el fuego entrase en el campo y ellas no podían quedarse ahí. Podíamos llevarlas a la zona donde ya había pasado el fuego, pero esos campos están delimitados con estacas de madera que se habían quemado, por lo que las vacas podían irse a cualquier sitio con el riesgo que eso conlleva. Así que decidimos meterlas en unos corrales de cemento, donde no podían quemarse y, de algún modo, podían protegerse de las llamas, aunque no del humo, del estrés o del calor que se vivía.
     El tiempo pasaba y el fuego empezó a acercarse a la vaquería con el corral donde estaban las vacas. Tras mucho dilema y con las llamas a unos 700 metros, decidimos soltarlas y obligarlas a que se fuesen a la zona ya quemada para ir a buscarlas al día siguiente. Y en el preciso momento, cuando con ayuda de la Guardia Civil íbamos a sacarlas del corral, sucedió el segundo milagro: apareció a lo lejos un camión de bomberos que protegió la vaquería. No se me olvidará nunca cómo un bombero nos dijo: “Ya estamos aquí, no os preocupéis por las vacas, esto ya lo salvamos nosotros”.
     Y así, gracias a héroes anónimos, junto con los bomberos, esos 36 animales se salvaron del incendio. Es doloroso escribir esto sabiendo que, a nuestro alrededor, varios amigos ganaderos que viven por y para sus animales los han perdido tan trágicamente. Pero quería agradecer a toda esa gente que probablemente nunca más vuelva a ver en mi vida y que nos ayudó. También a los bomberos, que hicieron todo lo posible para que el dolor fuese menor. Que la imagen del árbol “milagroso” y las vacas descansando debajo pueda servir de esperanza en estos tiempos duros de incendios que están asolando España.
 
Lo hemos leído aquí 
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24 agosto 2025

Takahashi en Tochigi, el cronista de Japón, (121)

TAKAHASHI HIROSHI (1960, japón)
El Senbon Katsura de Kasosan (prefectura de Tochigi) 

La estación de las lluvias

Para los árboles, que han gastado en el salto a la primavera buena parte de sus reservas nutritivas, el tsuyu o baiu (estación de las lluvias) es un importante periodo para volver a aprovisionarse de dichas sustancias. Presentaremos a continuación árboles que brillan con esplendor en esta estación pasada por agua, como el katsura (Cercidiphyllum japonicum), que en algunos casos es adorado y objeto de rogativas por la lluvia en zonas montañosas apartadas de los núcleos de población, o el akagi, especie considerada sagrada según las creencias de las islas Ryūkyū (prefectura de Okinawa).
     Durante la última parte de la primavera, el verde de las hojas cobra intensidad y los árboles lucen exultantes de vida, pero lo cierto es que sus energías no dan para mucho más. Especialmente en el caso de los caducifolios, que han gastado en el esfuerzo de crecimiento primaveral todos los nutrientes acumulados durante el otoño anterior, puede hablarse incluso de una incipiente precariedad nutritiva.
     El tsuyu visita, tras la primavera, todo el territorio japonés, si exceptuamos la septentrional isla de Hokkaidō y el lejano archipiélago de Ogasawara, perdido en el océano Pacífico. Entre el 20 % y el 25 % de todas las precipitaciones pluviales anuales que recibe Japón (un país que dobla el promedio mundial de lluvia) se produce en este periodo. El agua que se evapora de las hojas de todas las especies vegetales trae nieblas y con ellas los bosques quedan empapados de humedad. En este ambiente, los árboles van atesorando los nutrientes que necesitarán para el verano. Si nos fijamos en los diversos fenómenos relacionados con el agua que son propios de esta estación, como el kisame (literalmente, “lluvia de árbol”, la que cae al condensarse la lluvia en la superficie de ramas y hojas y formar gotas) o el jukanryū (literalmente “corriente por tronco de árbol”, en referencia al flujo formado en el tronco por la lluvia recogida por toda la copa) sentiremos con gran inmediatez cómo el bosque vivo, con todo su dinamismo, promueve el ciclo del agua.
     A diferencia de las grandes lluvias producidas por la temporada de los tifones, que suelen acarrear grandes daños a los árboles, las suaves lluvias de esta estación son en muchos casos benéficas. Claro está, no se trata simplemente de que llueva mucho, pues la escasez de horas de sol que acompaña a los días de lluvia puede convertirse en un factor de retraso en el crecimiento de las especies. Si el volumen de precipitaciones es el adecuado, la aportación de humedad y nutrientes será suficiente y los árboles podrán seguir creciendo sanos y fuertes cuando reciban los rayos del sol estival.
     A muchos japoneses, pese a todo, el tsuyu no les resulta grato. Sus argumentos son un tanto egocéntricos: el ambiente empapado de humedad se les hace muy molesto, la ropa tendida no se seca, etcétera. Pero para los árboles, que en primavera han echado brotes, este es el momento de acceso a esa esperada estación de plena actividad, en la que se harán más frondosos y desarrollarán su ramaje. Si salimos al encuentro de los árboles gigantes, que hallaremos exultantes, recibiendo la lluvia en toda su anatomía, es muy probable que la imagen que teníamos del tsuyu cambie.

Especie: Katsura (Cercidiphyllum japonicum), familia Cercidiphyllaceae, género Cercidiphyllum
Dirección: 1710 Kamikuga, Kanuma-shi, Tochigi-ken 322-0254
Perímetro del tronco: 8,25 m.
Altura: 38 m.
Edad: 1.000 años (atribuida)
Designado monumento natural prefectural
Tamaño ★★★★        Vigor ★★★★        Porte ★★★★
Calidad del ramaje ★★★★         Majestuosidad ★★★★★

     Si, entre los árboles que alcanzan grandes dimensiones, hay alguno cuyo aspecto mejore con la lluvia, ese es sin duda el katsura. Tanto su tronco, que brilla empapado de lluvia, como sus bellas hojas acorazonadas parecen recibir con gozo el agua que tan generosamente mana en esta estación. El santuario sintoísta de Kasosan está rodeado de un bosque de cedros. Ascendiendo durante unos 30 minutos por el camino de montaña que partiendo de un costado de su pabellón principal y remontando el curso de un arroyo conduce al monte Ozaku, aparece nuestro gigante en plena quebrada, cortándonos el camino. Por su majestuosidad, diríase que estamos ante el dueño y señor del bosque. Una enorme personalidad la de esa estampa suya de árbol ennoblecido por el paso del tiempo, a la que contribuye no poco su corteza cuarteada y poblada de musgo.
     Este katsura está formado por dos cepas bien definidas y de diverso tamaño que se han ido desarrollando entorno al antiguo tronco principal. Este debió de ocupar la parte central del conjunto, pero terminó pudriéndose por completo. Según el ángulo desde el que lo miremos podría parecernos un único árbol y es esta compenetración lo que le ha ganado desde antiguo la fama de árbol propiciador de uniones y ha hecho de él el árbol sagrado asociado al citado santuario de Kasosan, al pie de la montaña. Tampoco quienes hayan tomado este camino solo para llegar hasta el pabellón trasero del santuario pueden ocultar su sorpresa ante una aparición tan aparatosa y se les ve detener su paso olvidados de sí mismos y levantar sus ojos hacia las ramas superiores, que alcanzan una altura de unos 40 metros. El árbol aparece justo cuando el visitante desearía tomarse un descanso en su ascenso, así que es el lugar ideal para recuperar el aliento refugiándose en la sombra y hacer acopio de valor para afrontar la dureza del camino restante.

Nº 121

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18 agosto 2025

RYSZARD KAPUŚCIŃSKI (Polonia, 1932-2007)
En África, a la sombra de un árbol

 
El viaje toca a su fin. En cualquier caso, el fin de ese fragmento suyo que hasta aquí he descrito. Ahora –camino de vuelta– aún queda un breve descanso a la sombra de un árbol. El árbol en cuestión crece en una aldea que se llama Adofo y está situada cerca del Nilo Azul, en la provincia etíope de Wollega. Es un inmenso mango de hojas frondosas y perennemente verdes. El que viaja por los altiplanos de África, por la infinitud del Sahel y de la sabana, siempre contempla el mismo y asombroso cuadro que no cesa de repetirse: en las inmensas extensiones de una tierra quemada por el sol y cubierta por la arena, en unas llanuras donde crece una hierba seca y amarillenta, y sólo de vez en cuando algún que otro arbusto seco y espinoso, cada cierto tiempo aparece, solitario, un árbol de copa ancha y ramificada. Su verdor es fresco y tupido y tan intenso que ya desde lejos forma, claramente visible en la línea del horizonte, una nítida mancha de espesura. Sus hojas, aunque en ninguna parte se percibe una sola brizna de viento, se mueven y despiden destellos de luz. ¿De dónde ha salido el árbol en este muerto paisaje lunar? ¿Por qué precisamente en este lugar? ¿Por qué uno solo? ¿De dónde saca la savia? A veces, tenemos que recorrer muchos kilómetros antes de toparnos con otro.
      A lo mejor, en tiempos, crecían aquí muchos árboles, un bosque entero, pero se los taló y quemó y sólo ha quedado este único mango. Todo el mundo de los alrededores se ha preocupado por salvarle la vida, sabiendo cuán importante era. Es que en torno a cada uno de estos árboles solitarios hay una aldea. En realidad, al divisar desde lejos un mango de estos, podemos tranquilamente dirigirnos hacia él, sabiendo que allí encontraremos gente, un poco de agua e, incluso, tal vez algo de comer. Esas personas han salvado el árbol porque sin él no podrían vivir: bajo el sol africano, para existir, el hombre necesita sombra, y el árbol es su único depositario y administrador.
     Si en la aldea hay un maestro, el espacio bajo el árbol sirve como aula escolar. Por la mañana acuden aquí los niños de todo el poblado. No existen cursos ni límites de edad: viene quien quiere. La señorita o el señor maestro clavan en el tronco el alfabeto impreso en una hoja de papel. Señalan con una vara las letras, que los niños miran y repiten. Están obligados a aprendérselas de memoria: no tienen con qué ni sobre qué escribir.
     Cuando llega el mediodía y el cielo se vuelve blanco de tanto calor, en la sombra del árbol se protege todo el mundo: los niños y los adultos, y si en la aldea hay ganado, también las vacas, las ovejas y las cabras. Resulta mejor pasar el calor del mediodía bajo el árbol que dentro de la choza de barro. En la choza no hay sitio y el ambiente es asfixiante, mientras que bajo el árbol hay espacio y esperanza de que sople un poco de viento.
     Las horas de la tarde son las más importantes: bajo el árbol se reúnen los mayores. El mango es el único lugar donde se pueden reunir para hablar, pues en la aldea no hay ningún local espacioso. La gente acude puntual y celosamente a estas reuniones: los africanos están dotados de una naturaleza gregaria y muestran una gran necesidad de participar en todo aquello que constituye la vida colectiva. Todas las decisiones se toman en asamblea, las disputas y peleas las soluciona la comunidad en pleno, que también resuelve quién recibirá tierra cultivable y cuánta. La tradición manda que toda decisión se tome por unanimidad. Si alguien es de otra opinión, la mayoría tratará de persuadirlo tanto tiempo como haga falta hasta que cambie de parecer. A veces la cosa dura una eternidad, pues un rasgo típico de estas deliberaciones consiste en una palabrería infinita. Si entre dos habitantes de la aldea surge una disputa, el tribunal reunido bajo el árbol no buscará la verdad ni intentará averiguar quién tiene razón, sino que se dedicará, única y exclusivamente, a quitar hierro al conflicto y a llevar a las partes hacia un acuerdo, no sin considerar justas las alegaciones de ambas.
     Cuando se acaba el día y todo se sume en la oscuridad, los congregados interrumpen la reunión y se van a sus casas. No se puede debatir a oscuras: la discusión exige mirar al rostro del hablante; que se vea si sus palabras y sus ojos dicen lo mismo.
     Ahora, bajo el árbol, se reúnen las mujeres; también acuden los ancianos y los niños, curiosos por todo. Si disponen de madera, encienden fuego. Si hay agua y menta, preparan un té, espeso y cargado. Empiezan los momentos más agradables, los que más me gustan: se relatan los acontecimientos del día y se cuentan historias en que se mezclan lo real y lo imaginario, cosas alegres y las que despiertan terror. ¿Qué ha hecho tanto ruido entre los arbustos esta mañana, ese algo oscuro y furioso? ¿Qué pájaro tan extraño ha levantado el vuelo y ha desaparecido? Unos niños han obligado a un topo a esconderse en su madriguera. Luego la han descubierto y el topo no estaba. ¿Dónde se habrá metido? A medida que avanzan los relatos la gente empieza a recordar que, en tiempos, los viejos hablaban de un pájaro extraño que, en efecto, había levantado el vuelo y había desaparecido; otra persona se acuerda de que, cuando era pequeña, su bisabuelo le dijo que una cosa oscura llevaba tiempo haciendo ruido entre los arbustos.
     ¿Cuánto? Hasta donde llega la memoria. Aquí, la frontera de la memoria también lo es de la Historia. Antes no había nada. El antes no existe. La Historia no llega más allá de lo que se recuerda.
     Aparte del norte islámico, África no conocía la escritura; la Historia nunca ha pasado aquí de la transmisión oral, estaba en las leyendas que circulaban de boca en boca y era un mito colectivo, creado involuntariamente al pie de un mango, en la profunda penumbra de la tarde, cuando no se oían más que las voces temblorosas de los ancianos, puesto que las mujeres y los niños, embelesados, guardaban silencio. De ahí que los momentos en que cae la noche sean tan importantes: es cuando la comunidad se plantea quién es y de dónde viene, se da cuenta de su carácter singular e irrepetible, y define su identidad. Es la hora de hablar con los antepasados, que si bien es cierto que se han ido, al mismo tiempo permanecen con nosotros, siguen conduciéndonos a través de la vida y nos protegen del mal.
     Al caer la noche el silencio bajo el árbol sólo es aparente. En realidad lo llenan muchas y muy diversas voces, sonidos y susurros que llegan de todas partes: de las altas ramas, de la maleza circundante, de debajo de tierra, del cielo. Es mejor que en momentos así nos mantengamos unidos, que sintamos la presencia de otros, presencia que nos infunde ánimo y valor. El africano nunca deja de sentirse amenazado. En este continente la naturaleza cobra formas tan monstruosas y agresivas, se pone máscaras tan vengativas y terroríficas, coloca tales trampas y emboscadas, que el hombre, permanentemente asustado y atemorizado, vive sin saber jamás lo que le traerá el mañana. Aquí todo se produce de manera multiplicada, desbocada, histéricamente exagerada. Cuando hay tormenta, los truenos sacuden el planeta entero y los rayos destrozan el firmamento haciéndolo jirones; cuando llueve, del cielo cae una maciza pared de agua que nos ahogará y sepultará de un momento a otro; cuando hay sequía, siempre es tal que no deja ni una gota de agua y nos morimos de sed. En las relaciones naturaleza-hombre no hay nada que las suavice, ni compromisos de ninguna clase, ni gradaciones, ni estados intermedios. Todo –y durante todo el tiempo– es guerra, combate, lucha a muerte. El africano es un hombre que desde que nace hasta que muere permanece en el frente, luchando contra la –excepcionalmente malévola– naturaleza de su continente, y ya el mero hecho de que esté con vida y sepa conservarla constituye su mayor victoria.

*

      Pues bien, ha caído la noche, estamos sentados bajo un árbol enorme y una muchacha me ofrece un vaso de té. Oigo hablar a gentes cuyos rostros, fuertes y brillantes, como esculpidos en ébano, se funden con la inmóvil oscuridad. No entiendo mucho de lo que dicen pero sus voces suenan serias y solemnes. Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla. Nadie puede decir: leedla en los libros, pues nadie los ha escrito; no existen. Tampoco existe la Historia más allá de la que sepan contar aquí y ahora. Nunca nacerá esa que en Europa se llama científica y objetiva, porque la africana no conoce documentos ni censos, y cada generación, tras escuchar la versión correspondiente que le ha sido transmitida, la cambia, altera, modifica y embellece. Pero por eso mismo, libre de lastres, del rigor de los datos y las fechas, la Historia alcanza aquí su encarnación más pura y cristalina: la del mito.
     En dichos mitos, el lugar de las fechas y de la medida mecánica del tiempo –días, meses, años– lo ocupan declaraciones como: «hace tiempo», «hace mucho tiempo», «hace tanto que ya nadie lo recuerda». Todo se puede hacer caber en estas expresiones y colocarlo en la jerarquía del tiempo. Sólo que ese tiempo no avanza de una manera lineal y ordenada, sino que cobra forma de movimiento, igual al de la Tierra: giratorio y uniformemente elíptico. En tal concepción del tiempo, no existe la noción de progreso, cuyo lugar lo ocupa la de durar. África es un eterno durar.
     Se hace tarde y todos se van a sus casas. Cae la noche, y la noche pertenece a los espíritus. ¿Dónde, por ejemplo, se reunirán las brujas? Se sabe que celebran sus encuentros y asambleas en las ramas, sumergidas y ocultas entre las hojas. Más vale no molestarlas, mejor retirarse del refugio del árbol: no soportan que se las mire, escuche, espíe. Saben ser vengativas y son capaces de perseguirnos: inocular enfermedades, infligir dolor, sembrar la muerte.
     De modo que el lugar bajo el mango permanecerá vacío hasta la madrugada. Al alba en la tierra aparecerán, al mismo tiempo, el sol y la sombra del árbol. El sol despertará a la gente, que no tardará en ocultarse ante él, buscando la protección de la sombra. Es extraño, aunque rigurosamente cierto a un tiempo, que la vida del hombre dependa de algo tan volátil y quebradizo como la sombra. Por eso el árbol que la proporciona es algo más que un simple árbol: es la vida. Si en su cima cae un rayo y el mango se quema, la gente no tendrá dónde refugiarse del sol ni dónde reunirse. Al serle vetada la reunión, no podrá decidir nada ni tomar resolución alguna. Pero, sobre todo, no podrá contarse su Historia, que sólo existe cuando se transmite de boca en boca en el curso de las reuniones vespertinas bajo el árbol. Así, no tardará en perder sus conocimientos del ayer y su memoria. Se convertirá en gente sin pasado, es decir, no será nadie. Todos perderán aquello que los ha unido, se dispersarán, se irán, solos, cada uno por su lado. Pero en África la soledad es imposible; solo, el hombre no sobrevivirá ni un día: está condenado a muerte. Por eso, si el rayo destruye el árbol, también morirán las personas que han vivido a su sombra. Y así está dicho: el hombre no puede vivir más que su sombra.
     Paralelamente a la sombra, el segundo valor más importante es el agua.
     —El agua lo es todo –dice Ogotemmeli, el sabio del pueblo dogón, que habita en Malí–. La tierra procede del agua. La luz procede del agua. Y la sangre.
     —El desierto te enseñará una cosa –me dijo en Niamey un vendedor ambulante sahariano–: que hay algo que se puede desear y amar más que a una mujer. El agua.
     La sombra y el agua, dos cosas volátiles e inseguras, que aparecen para luego desaparecer no se sabe por dónde.
     Dos modos de vivir, dos situaciones: a todo aquel que por vez primera se encuentre en uno de los hipermercados norteamericanos, en uno de esos mallos gigantescos e interminables, le chocará la riqueza y la diversidad de las mercancías allí expuestas, la presencia de todos los objetos posibles que el hombre ha inventado y fabricado, y luego los ha transportado, almacenado y acumulado, con lo cual ha hecho que el cliente ya no tenga que pensar en nada: lo han pensado todo por él y ahora lo tiene todo listo y a mano.
     El mundo del africano medio es diferente; es un mundo pobre, de lo más sencillo y elemental, reducido a unos pocos objetos: una camisa, una palangana, un puñado de grano, un sorbo de agua. Su riqueza y diversidad no se expresan bajo una forma material, concreta, tangible y visible, sino en esos valores y significados simbólicos que dicho mundo confiere a las cosas más sencillas, tan baladíes que son inapreciables para los no iniciados. Sin embargo, una pluma de gallo puede ser considerada como una linterna que ilumina el camino en la oscuridad, y una gota de aceite, como un escudo que protege de las balas. La cosa cobra un peso simbólico, metafísico; porque así lo ha decidido el hombre, quien, por el mero hecho de elegirla, la ha enaltecido, trasladado a otra dimensión, a la esfera superior del ser: a la trascendencia.
     Tiempo ha, en el Congo, me permitieron acceder al misterio: pude ver la escuela de iniciación de los niños. Al acabarla se convertían en hombres adultos, tenían derecho a voz y voto en las reuniones del clan y podían fundar una familia. Al visitar una de estas escuelas, tan archiimportantes en la vida del africano, el europeo no parará de sorprenderse y de frotarse los ojos, incrédulo. ¡Cómo? ¡Pero si aquí no hay nada! ¡Ni bancos, ni tan siquiera una pizarra! Sólo unos arbustos espinosos, unos manojos de hierba seca y, en lugar de suelo, una capa de ceniza y arena gris. ¿Y a esto llaman escuela? Y, sin embargo, los jóvenes se mostraban orgullosos y solemnes. Habían alcanzado un gran honor. Es que allí todo se basaba en un contrato social –tratado con mucha seriedad–, en un profundo acto de fe: la tradición reconocía que el lugar donde permanecían aquellos muchachos era la sede de la escuela del clan, la cual, al introducirlos en la vida, gozaba de un estatus de privilegio, solemne e, incluso, sagrado. Una nadería se convierte en algo importante porque así lo hemos decidido. Nuestra imaginación la ha ungido y enaltecido.
     El disco de Leshina puede ser un buen ejemplo de esa transformación ennoblecedora. La mujer que llevaba el apellido Leshina vivía en Zambia. Tenía unos cuarenta años. Era vendedora en la pequeña ciudad de Serenje. No se distinguía por nada especial. Corrían los años sesenta y en los más diversos rincones del mundo se topaba uno con gramófonos de manivela. Leshina tenía un gramófono de aquellos y un disco, uno solo, gastado y rayado hasta lo imposible. El disco contenía la grabación de un discurso de Churchill, de 1940, en el que el orador exhortaba a los ingleses a aceptar las privaciones y los sacrificios de la guerra. La mujer colocaba el gramófono en su patio y daba vueltas a la manivela. Del altavoz, metálico y pintado de verde, salían roncos gruñidos y borbolleos que retumbaban en el aire y en los que se podían adivinar los ecos de una voz llena de pathos, pero ya incomprensibles y desprovistos de sentido. Al populacho que allí acudía, cada vez más numeroso con el paso del tiempo, Leshina le explicaba que era la voz de dios, que la nombraba su mensajera y ordenaba obediencia ciega. Auténticas muchedumbres empezaron a acudir a su casa. Sus fieles, por lo general pobres de solemnidad, con un esfuerzo sobrehumano construyeron un templo en la selva y comenzaron a decir allí sus oraciones. Al principio de cada oficio el estrepitoso bajo de Churchill los sumía en estado de trance y éxtasis. Pero como los líderes africanos se avergüenzan de tales manifestaciones religiosas, el presidente Kenneth Kaunda mandó contra Leshina su tropa, que en el lugar del culto a la mujer, asesinó a varios cientos de personas inocentes y cuyos tanques convirtieron en polvo su templo de arcilla.

*
    Estando en África, el europeo no ve más que una parte de ella: por lo general, ve tan sólo su capa exterior, que a menudo no es la más interesante, ni tampoco reviste mayor importancia. Su mirada se desliza por la superficie, sin penetrar en el interior, como si no creyese que detrás de cada cosa pudiera esconderse un misterio, misterio que, a un tiempo, se hallara encerrado en ella. Pero la cultura europea no nos ha preparado para semejantes viajes hacia el interior, hacia las fuentes de otros mundos y de otras culturas. El drama de éstas –incluida la europea– consistió, en el pasado, en el hecho de que sus primeros contactos recíprocos pertenecieron a una esfera dominada, las más de las veces, por hombres de la más baja estofa: ladrones, sicarios, pendencieros, delincuentes, traficantes de esclavos, etc. También se dieron casos –pocos– de otra clase de personas: misioneros honestos, viajeros e investigadores apasionados, pero el tono, el estándar y el clima los creó y dictó, durante siglos, la internacional de la chusma rapiñadora. Es evidente que a ésta no se le pasó por la cabeza el intentar conocer otras culturas, respetarlas, buscar un lenguaje común. En su mayoría, se trataba de torpes e ignorantes mercenarios, sin modales ni sensibilidad alguna y a menudo analfabetos. No les interesaba sino conquistar, saquear y masacrar. De resultas de tales experiencias, las culturas –en lugar de conocerse mutuamente, acercarse y compenetrarse– se fueron haciendo hostiles las unas frente a las otras o, en el mejor de los casos, indiferentes. Sus respectivos representantes –excepto los mencionados truhanes– guardaban prudentes distancias, se evitaban, se tenían miedo. La monopolización de los contactos interculturales por una clase compuesta de brutos ignorantes decidió y selló el mal estado de sus relaciones recíprocas. Las relaciones interpersonales habían empezado a fijarse de acuerdo con el criterio más primitivo: el color de la piel. El racismo se convirtió en una ideología según la cual los hombres definían su lugar en el orden del mundo. Blancos-negros: en esta relación a menudo ambas partes se sentían mal. En 1894, el inglés Lugard penetra, al frente de un pequeño destacamento, en el interior de África para conquistar el reino de Borgu. Primero quiere entrevistarse con el rey. Pero sale a su encuentro un emisario que le dice que el soberano no lo puede recibir. Dicho emisario, mientras habla con Lugard, no para de escupir en un recipiente de bambú que lleva colgado del cuello: escupir significa purificarse y protegerse de las consecuencias de un contacto con el hombre blanco.
     El racismo, el odio hacia el otro, el desprecio y el deseo de erradicar al diferente hunden sus raíces en las relaciones coloniales africanas. Allí, todo esto ya había sido inventado y llevado a la práctica siglos antes de que los sistemas totalitarios modernos trasplantasen aquellas sórdidas e infames experiencias a la Europa del siglo XX.
     Otra consecuencia de aquel monopolio de los contactos con África, ostentado por la mencionada clase de ignorantes, radica en el hecho de que las lenguas europeas no han desarrollado un vocabulario que permita describir adecuadamente mundos diferentes, no europeos. Grandes cuestiones de la vida africana quedan inescrutadas, o ni siquiera planteadas, a causa de una cierta pobreza de las lenguas europeas. ¿Cómo describir el interior de la selva, tenebroso, verde, asfixiante? Y esos cientos de árboles y arbustos, ¿qué nombres tienen? Conozco nombres como «palmera», «baobab» o «euforbio», pero precisamente estos árboles no crecen en la selva. Y esos árboles inmensos, de diez pisos, que vi en Ubangi y en Ituri, ¿cómo se llaman? ¿Cómo llamar a los más diversos insectos con que nos topamos por todas partes y que no paran de atacar y de picarnos? A veces se puede encontrar un nombre en latín, pero ¿qué le aclarará éste a un lector medio? Y eso que no son más que problemas con la botánica y la zoología. ¿Y qué pasa con toda la enorme esfera de lo psíquico, con las creencias y la mentalidad de esta gente? Cada una de las lenguas europeas es rica, sólo que su riqueza no se manifiesta sino en la descripción de su propia cultura, en la representación de su propio mundo. Sin embargo, cuando se intenta entrar en territorio de otra cultura, y describirla, la lengua desvela sus límites, su subdesarrollo, su impotencia semántica.
     África significa miles de situaciones. De lo más diversas, distintas, contradictorias, opuestas. Alguien dirá: «Allí hay guerra.» Y tendrá razón. Otro dirá: «Allí hay paz», y también tendrá razón. Todo depende de dónde y cuándo.
     En tiempos anteriores a la colonización –así que tampoco hace tanto– en África habían existido más de diez mil países, entre pequeños Estados, reinos, uniones étnicas, federaciones. Un historiador de la Universidad de Londres, Ronald Oliver, en su libro titulado African Experience (Nueva York, 1991), centra su atención en la paradoja, aceptada de manera generalizada, según la cual los colonialistas europeos llevaron a cabo la división de África. «¿División?», exclama Oliver, asombrado. «Brutal y devastadora, pero ¡fue una unificación! El número diez mil se redujo a cincuenta.»
     Aun así, queda mucho de aquella diversidad, de aquel fulgurante mosaico, que se ha vuelto un cuadro creado con terrones, piedrecillas, astillas, chapitas, hojas y conchas. Cuanto más lo contemplamos, mejor vemos cómo todos esos elementos diminutos que forman la composición, ante nuestros ojos cambian de lugar, de forma y de color hasta ofrecernos un impresionante espectáculo que nos embriaga con su versatilidad, su riqueza, su resplandeciente colorido.

*

     Hace unos años pasé la Nochebuena en compañía de unos amigos en el Parque Nacional de Mikumi, en el interior de Tanzania. La tarde era cálida, agradable, sin viento. En un claro en medio de la selva, sin más protección que el cielo, había dispuestas varias mesas. Y sobre ellas, pescado frito, arroz, tomates y pombe, la cerveza local. Ardían las velas, las antorchas y las lámparas de petróleo. Reinaba un ambiente distendido y agradable. Como suele pasar en África en ocasiones semejantes, se contaban chistes e historias graciosas. Habían acudido allí ministros del gobierno tanzano, embajadores, generales, jefes de clanes. Era más de medianoche cuando sentí que la impenetrable oscuridad –que empezaba justo detrás de las mesas iluminadas– se mecía y retumbaba. No por mucho rato. El ruido aumentaba por momentos, hasta que de las profundidades de la noche emergió un elefante, justo a nuestras espaldas. Ignoro si alguien de entre vosotros se ha topado con uno cara a cara, no en un zoo o en un circo, sino en la selva africana, allí donde el elefante es el terrible amo del mundo. Al verlo, la persona es presa de un pánico mortal. El elefante solitario, apartado de la manada, a menudo se halla en estado de amok y es un agresor frenético que se abalanza sobre las aldeas, arrasando chozas y matando a personas y animales.
     El elefante era realmente grande, tenía una mirada penetrante y perspicaz y no emitía sonido alguno. No sabíamos qué pasaba por su tremenda cabeza, qué haría al cabo de un segundo. Tras quedarse parado durante un rato, empezó a pasearse entre las mesas, en cuyo derredor reinaba un silencio sepulcral: todo el mundo, inmóvil, estaba paralizado por el terror. Nadie osaba moverse, no fuera a ser que aquello liberase la furia del animal, que es muy rápido; no hay manera de huir de un elefante. Aunque por otro lado, al quedarse sentada quieta, la persona se exponía a que la atacase; en tal caso moriría aplastada bajo los pies del gigante.
     De modo que el paquidermo se paseaba, contemplaba las guarnecidas mesas, la luz, la gente petrificada… Por sus movimientos, por sus balanceos de cabeza, se adivinaba que aún vacilaba, que le costaba tomar una decisión. La cosa se prolongó hasta el infinito, durante toda una gélida eternidad. En un momento dado intercepté su mirada. Nos escrutaba pesada y atentamente, con unos ojos que expresaban una profunda y queda melancolía.
     Al final, después de dar varias vueltas a las mesas y al prado, nos abandonó: se apartó de nosotros y desapareció en la oscuridad. Cuando cesó el retumbar de la tierra y la oscuridad dejó de moverse, uno de los tanzanos que se sentaban a mi lado preguntó:
     —¿Has visto?
     —Sí –contesté, aún medio muerto–. Era un elefante.
     —No –repuso–. El espíritu de África siempre se encarna en un elefante. Porque al elefante no lo puede vencer ningún animal. Ni el león, ni el búfalo, ni la serpiente.
     Sumidos en el silencio, todos se dirigían a sus respectivas cabañas mientras los chicos apagaban las luces en las mesas. Todavía era de noche, pero se aproximaba el momento más maravilloso de África: el alba.
---Fin---

09 agosto 2025

Dr. PATRICK FONTI, Universidad de Amberes | Noticias WSL, Enero-2025
Las raíces siguen creciendo en invierno y es sorprendente 

Cuando bajan las temperaturas, los troncos y las raíces de los árboles dejan de crecer. Eso es lo que pensábamos, pero una investigación realizada por científicos de la Universidad de Amberes, con la participación del Instituto Federal de Investigación Forestal, de la Nieve y del Paisaje WSL, muestra que en los bosques subterráneos hay actividad invernal. 

El mundo subterráneo de los árboles permanece en gran medida inexplorado, ya que es invisible y de difícil acceso sin dañar el árbol. Sin embargo, las raíces son esenciales para la nutrición, la absorción de agua, el anclaje del árbol y el almacenamiento de compuestos de reserva. Las raíces suelen ser tan extensas como las ramas y las hojas. Las de diámetro superior a dos milímetros están fabricados de madera, viven mucho tiempo y almacenan hasta un tercio de la biomasa del árbol. A pesar de su importancia, la comprensión del crecimiento de estas raíces leñosas ha sido limitada y se ha basado en gran medida en suposiciones... hasta ahora.
     La literatura generalmente supone que el crecimiento de las raíces leñosas de árboles de hoja caduca en climas templados sigue el mismo ciclo estacional que el del tronco. Es ampliamente aceptado que ambos se detienen en el otoño debido al clima frío, para reanudarse en la primavera. Sin embargo, esta hipótesis aún no ha sido probada rigurosamente. Un nuevo estudio, realizado por científicos de la Universidad de Amberes con socios europeos, cuestiona esta hipótesis ampliamente aceptada. Muestra que las raíces leñosas continúan creciendo durante los meses más fríos, incluso cuando los troncos dejan de desarrollarse.
     Lorène Marchand (Universidad de Amberes), autora principal del artículo publicado en Nature Ecology and Evolution, dice: "Probamos esta idea porque todos los modelos forestales se basan en esta suposición, que puede ser una fuente de incertidumbre y errores. Nos centramos en las principales especies de árboles que se encuentran en los bosques templados de Europa occidental".

Experimento con árboles forestales y árboles jóvenes en macetas.
     Durante dos años, los científicos tomaron micronúcleos de raíces y troncos cada semana, de agosto a marzo, de hayas y abedules adultos en los bosques alrededor de Brasschaat, en el norte de Bélgica. También llevaron a cabo un experimento con hayas, abedules, robles y álamos jóvenes de aproximadamente un metro de altura, cultivados en macetas en Brasschaat, cerca de Barcelona (España) y cerca de Oslo (Noruega), para evaluar si los resultados eran consistentes entre el centro y la periferia de la zona templada europea. En total se estudiaron 330 árboles y se tomaron más de 1.000 muestras de raíces.

Una sección de raíz observada al microscopio (izquierda), una sección de raíz extraída del bosque (centro) y un hayedo estudiado en Bélgica (derecha). B Vista esquemática del crecimiento de la madera en las raíces y el tronco de hayas en septiembre, noviembre y marzo; los colores amarillo y naranja indican células en crecimiento; Adaptado del artículo (Marchand et al. 2025)

     Lorène Marchand: "Lo que encontramos es sorprendente. Mientras que la madera del tronco deja de crecer en otoño a medida que caen las hojas, la madera de la raíz continúa creciendo lentamente durante todo el invierno e incluso hasta la primavera, cuando aparecen nuevas hojas. Este crecimiento de las raíces en invierno contradice la sabiduría convencional de que el crecimiento de las raíces corresponde al crecimiento del tronco. En realidad, el crecimiento de las raíces continúa incluso cuando las temperaturas del suelo están cercanas al punto de congelación, como se observa en Noruega. El patrón de crecimiento de las raíces no depende de la ubicación, siendo nuestras observaciones similares en árboles jóvenes muestreados en España, Bélgica y Noruega, a pesar de variar ampliamente. Nuestros resultados sugieren que, en ausencia de heladas en el suelo, el crecimiento de raíces leñosas en otoño e invierno es una característica común de los árboles de zonas templadas en Europa occidental. 

Implicaciones para los modelos forestales
     Este descubrimiento reconfigura nuestra comprensión del crecimiento de los árboles y su gestión de las reservas de carbono. Demuestra que los tejidos leñosos crecen continuamente, incluso en climas templados, y destaca el papel activo de los bosques en invierno, especialmente bajo tierra. Matteo Campioli, coautor principal, afirma: "Nuestros resultados ofrecen implicaciones importantes para los modelos forestales, que se basaban en suposiciones obsoletas sobre el crecimiento de las raíces, lo que podría conducir a errores en las predicciones del almacenamiento de carbono forestal y la dinámica de crecimiento". 

Información:
Marchand, L.J., Gričar, J., Zuccarini, P. et al. No winter halt in below-ground wood growth of four angiosperm deciduous tree species. Nat Ecol Evol (2025). doi.org/10.1038/s41559-024-02602-6
https://www.wsl.ch/fr/news/les-racines-continuent-de-pousser-en-hiver-et-cest-surprenant/

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19 julio 2025

EL YATAY, leyenda guaraní

Según historias de los viejos Arandu (en guaraní es Manos Sabias), esas que se escuchan junto al fuego por las noches envueltas en humo de tabaco fuerte, Yatay era uno de los Arandu que guiaba a su pueblo guaraní hacia la tierra sin mal.
     Alto y muy fuerte, de edad indefinida, decían que sus años no podían contarse, que seguía vivo y vital gracias a su adoración a Tupa; su astucia y capacidad de conducir a su pueblo lo hacían uno de los sabios mas consultados.
     En la gran migración, después de haber pasado por guerras con otros pueblos, la marcha se continuó durante el invierno. Recolectores y cazadores como eran, sabían que los meses donde caen las hojas la comida es escasa y los animales se vuelven esquivos, situación que sumada a los fuertes fríos comenzó a hacer mella en el espíritu del pueblo.
     Reunidos los Arandu junto al fuego mayor todos buscaron el consejo de Yatay, que indicó que debían seguir avanzando, que llegarían a tierras más cálidas y con mejores condiciones, que quedarse allí sería peor aún. Los Arandu le hicieron escuchar el llanto de los niños que colgados a los pechos de sus madres sin leche lloraban ya de hambre y, seguramente, pronto comenzarían a morir.
     Yatay se mantuvo firme, dijo que a la mañana él encabezaría la marcha y que si en dos días no encontraban comida él daría de comer al pueblo.
     La marcha continuó pero el terreno cada vez fue peor, encontrando arenales ya sin árboles, casi sin leña para el fuego, ni animales, ni frutas, así que volvieron los ancianos a reunirse. Acusaron muy duramente a Yatay de fracasar por lo que fue expulsado del pueblo y su pipa de comunicarse con Tupa (El Dios) fue rota. Se le quitó abrigo, comida y agua, y así, sólo, debió marcharse.
     Cuando ya se perdía en la noche pidió que siguieran la picada por donde él se alejaba, que como prometió allí alimentaría al pueblo. Esto le valió ser golpeado y apedreado por las mujeres desesperadas por el hambre.
     Al día siguiente, apenas se asomó el sol, el pueblo que puso en marcha, entre el llanto de las madres que sabían que en un día mas y sus hijos perecerían de hambre. En la tierra del camino aún se veían las huellas de Yatay.
     Casi con el sol en lo alto, vencidos por el hambre, hicieron un alto y, al mirar hacia adelante, vieron a lo lejos una palmera que no conocían y que estaba rodeada de muchos animales. Los Arandu continuaron caminando hasta árbol cuando, con asombro, vieron que las huellas de Yatay llegaban hasta allí y se perdían. Era una alta palmera de tronco fuerte y de su copa brotaban, entre las grandes hojas, cachos de frutos maduros de penetrante olor. 
     Los cazadores consiguieron carne pero cuando las mujeres probaron los frutos sintieron una nueva energía y sus pechos se hincharon de alimento para sus hijos. Esa leche tenía un fuerte gusto al fruto de la desconocida palmera.
     Ya a salvo el pueblo los Arandu  se dieron cuenta que el viejo Arandu cumplió su promesa. Al segundo día alimentó a su pueblo transformándose él en esa nueva palmera que les daba comida.
---Fin---
     El Yatay justamente se llena de frutas en agosto cuando toda otra fruta escasea, así alimenta a los animales y hombres cuando nada hay para comer, sus hojas secas sirven para fuego que si bien dura poco da excelente calor. Las vacas que comen sus frutas dan leche con gusto a las frutas, e incluso el queso hecho con esa leche mantiene el agradable sabor del Yatay.
     Yatay (Butia yatay) es una palmera propia del Taragui, que da unos frutos sabrosos y de muy buen valor alimenticio. En el campo es común consumirlos y lo que cae de la planta naturalmente sirve de excelente alimento a vacunos y otros animales. La edad de estas palmeras es difícil de calcular y hay quienes dicen "que algunas de ellas están inclinadas porque allí se rascaban los dinosaurios", son elegantes, de tronco duro y lleno de cicatrices de las hojas.