domingo, 24 de abril de 2011

RICARDO CODORNÍU Y STÁRICO (Cartagena, 1846-1923)
"el apóstol del árbol"
El árbol de rivera
A Rafael H-R. y C.

         En el parque de Murcia, cerca del Segura, se ve un grupo de cipreses, que alzan sus aguzadas copas, y junto a la misma orilla del agua un bello sauce, de los llamados poéticamente ya llorones, ya desmayos, porque sólo a que lloran o a que desfallecieron puede atribuir el pueblo la dejadez de sus ramas.
        Cierta tarde de primavera de 1914, cuando la tierra llevaba cinco años enteros privada de abundantes lluvias, dijo el río al árbol...
        -¿A qué viene esa exclamación de extrañeza, amigo lector? ¿Supones que no soy verídico, porque trato de referir lo que el Segura dijo? ¿Olvidaste que el más famoso lírico español, el reverendo Fray Luis de León aseguró, en maravillosas estrofas, que el río Tajo sacó fuera el pecho, y dirigió un intencionado discurso al último rey godo?
         El Segura, menos poeta y orador que el Tajo; pero sin duda mas preguntón, dijo al árbol:
         -Te compadezco, caro vecino, porque siempre estás triste, y hasta lamento en extremo que tú y los de tu misma especie, que os miráis en mi linfa, no halléis alivio al dolor que os embarga, derramando algunas lágrimas, porque con ello, al mismo tiempo, algo acrecería mi escasísimo caudal. Ya veis a qué lamentable extremo me hallo reducido: al de pedir que, siquiera como limosna, me den una gotita de agua, porque la prolongada sequía de los últimos años me ha empobrecido, me ha arruinado. Por eso el otro día, olvidando mi gloriosa historia, un paseante se atrevió a llamarme riachuelo y aunque tal insulto despertó mi cólera y ansiaba el dulce placer de la venganza, ya que no me caracteriza la humildad, nada pude hacer. Añoré aquellos felices tiempos en que mi lecho era mucho más profundo, cuando el hombre aún no había venido a transformar la tierra y numerosos cocodrilos se bañaban en mi corriente, porque cualquiera de ellos bastara para imponer silencio perpetuo al calumniador.
          ¡Si a lo menos hubiese sido suficientemente fuerte para inundar la huerta de Murcia, como hice mas de una vez en tiempos no lejanos! Mas ahora me muero de sed y ni aún hallé suficientes gotas para salpicar la cara del muy desvergonzado! Dejando esto aparte, ya que no tiene remedio, cuéntame querido sauce tus pesares, como yo te he referido los míos.
         -Así se escribe la historia, dijo éste. ¡Suponen que las aguas ríen y los sauces lloran! Porque los sauces no somos tan charlatanes como las corrientes de agua, a pesar de nuestro claro y alegre follaje se nos compara a los cipreses, a esos estúpidos árboles, que aspirando a huir de la tierra, porque no les agrada lo que en ella ocurre, sólo logran ser destinados a entristecer los cementerios. Los árboles de mi especie somos por el contrario verdaderos filósofos de esa prudente filosofía que hace mas grata la vida y a nosotros mas aptos para cumplir nuestros deberes. Gracias a ella aprendimos a transformar lo malo en bueno y lo ingrato a lo menos tolerable. Se dice, con razón, que el mundo anda transtornado ... mas esto sólo sucede desde que el hombre tomó posesión de la tierra, porque antes todo estaba admirablemente dispuesto. Viendo el mal y aspirando a cumplir nuestro deber, nos dijimos los de mi especie: ya que no podemos cambiar la marcha de la tierra y sin embargo debemos vivir en ella para purificar el aire y embellecer el paisaje, busquemos la orilla del agua e inclinando nuestras ramas, miremos el mundo en su líquido espejo. Así le vemos debidamente arreglado: contemplamos lo rápidamente que se hunde el vicio y cómo la virtud se eleva hacia nosotros; y cuando la brisa produce un pequeño oleaje, los contornos ganan en belleza lo que pierden en precisión; todo se hace mas poético, y el sol al ser reflejado por el líquido elemento, en vez de cegarnos se nos muestra transformado en brillantes. Lloren los cipreses de columnas, eleven sus agujas sin mirar a la tierra; nosotros preferimos contemplar el cielo en lo profundo de las aguas.

---Fin---

1 comentario:

Nuestro Garito dijo...

Hermosa historia. Aunque habría que escuchar la versión de los pobres cipreses...

Saludos, compañero.