viernes, 3 de septiembre de 2010

RICARDO CODORNÍU Y STÁRICO (Cartagena, 1846-1923) 
"el apóstol del árbol"

El árbol en la cumbre
A Ricardo H-R y C

      El valle poblado de jardines y huertos, parecía un paraíso; regábanlos las aguas que descendían mansamente de la ladera, cubierta por densas masas de arbolado forestal, en que no penetraban los rayos de sol. Así en el monte el ambiente siempre era fresco y grato, y se respiraba el embriagador aroma del pinar, que sana las heridas de los pulmones y también las del alma. Al rugir el viento sobre las copas, únicamente se permitía bajo ellas murmurar la brisa; pero eran murmullos inocentes, sin malicia, y sólo por pasar el rato.
      Entre los beneficios que la llanura recibía del arbolado forestal vecino, además del aire puro y embalsamado que enviaba, templando los ardores estivales, como los mares y lagos mandan a las playas y riberas su refrescante brisa, debía contarse la incesante labor de las raíces, para hacer productiva la roca del subsuelo, que sólo sirve de peana o cimiento al monte. En efecto las al principio débiles raíces dejan marcada su traza en la superficie del más duro mármol; donde quiera que hallan una hendidura se introducen y al lignificarse obran a modo de cuña, quebrantando las peñas y preparando su trituración.
      Además cuando se cernía sobre el arbolado una tormenta, las hojas eran otros tantos pararrayos, que enviaban oleadas de electricidad de la tierra para neutralizar la de las nubes, protegiendo así grandes extensiones contra las destructoras granizadas. También daban asilo a los pájaros, que impiden la multiplicación de esas plagas de insectos, ruina de los agricultores.
      Conforme se ascendía por la ladera era menor la temperatura del aire; los arroyos, abajo pacíficos, comenzaban a formar pequeñas cascadas y a turbar el majestuoso silencio de la selva; los árboles elevaban menos sus cimas veíanse algunos troncos torcidos; pero los rodales de arbolado permanecían sin solución de continuidad.
      Subiendo mas, se notaban claros donde las peñas sobresalían. Por fin, rota la masa forestal, vegetaban aquí y allá pinos distanciados con troncos tortuosos, ramas pobres de hojas y algunas secas, continuando así hasta la cumbre.
      Esa vanguardia de árboles que aspira incesantemente a escalarla, y sobre todo, sus guerrillas merecen que fijemos nuestra atención. En las alturas la vida es difícil y el batallar incesante, porque cerca de las divisorias de aguas escasea la tierra vegetal, y el calor, el frío, el viento, la nieve, las heladas, adquieren una rudeza que ni aún imaginarse pueden los que habitan las tierras bajas.
      Tales árboles, al defender con tesón su vida, defienden las de sus hermanos por ellos protegidos, que, situados más abajo, gozan de una existencia plácida y tranquila. Los de arriba son feos y tortuosos para que los de abajo sean rectos, altos y bien formados; cada una de aquellos ha de producir, durante años y años millares de semillas para dejar ¡acaso! cuando muera, otro árbol que le releve en el puesto de peligro que le fue confiado.
      Por eso el forestal, que es el amigo, el defensor y el médico del árbol de la sierra, no corta ninguno de los situados en la ancha franja de peligro, que llega desde la cumbre hasta dentro de la masa de monte, a no ser cuando el árbol, no ya cansado de luchar, sino imposibilitado de ello, da signos de que se acerca el día en que ha de caer, ornado con la gloriosa corona del martirio.

---Fin---

      Miremos con respeto los árboles de la cumbre, por raquíticos, por achaparrados que parezcan, que si jamás llegan a mástiles, gracias a ellos se producen, más abajo, los aprovechables en alto empleo. Imitémoslos y estemos persuadidos de que el más noble, el más alto destino a que el hombre puede aspirar, es a cumplir siempre su deber, ¡mirando al cielo!

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