24 septiembre 2025

CHRISTOPHE GUINET, (Francia)
Los insólitos y poéticos troncos de árbol del artista Monsieur Plant
     Nacido en París, creció entre la ciudad y el campo y desarrolló una cierta cercanía a la naturaleza. De adolescente, también se interesó por la cultura urbana, incluido el arte callejero, sin olvidar su primera pasión por la flora hasta convertirla en el tema central de su arte.
     En particular, en plena naturaleza y sea cual sea la estación del año, desentierra tocones y troncos de árboles que luego transforma en verdaderas piezas artísticas que buscan desafiar al espectador. A través de sus composiciones artísticas, desea expresar sentimientos fuertes, pero también denunciar los excesos de nuestra sociedad moderna, como la carrera por la innovación o el consumo excesivo.

     Su último proyecto, llamado TWIST, pretende poner en relieve el universo fantástico e inesperado que puede ofrecer la naturaleza. La colección consta de cinco esculturas de gran tamaño, con formas que van desde símbolos identificables como un corazón y un bucle infinito hasta configuraciones comunes, como la bobina de un muelle y el nudo. La obra más grande y compleja, Encaje de madera, presenta una intrincada confluencia de formas arbóreas.
     Con TWIST, Monsieur Plant ha creado una llamativa obra que es a la vez formalmente bella y engendra una sensación de asombro y curiosidad a cualquier que se tope con ellas. Uno sólo puede imaginar la experiencia de encontrarse con una de estas obras en la naturaleza y cuestionarse todo lo que sabe sobre lo que los árboles pueden y no pueden hacer.
     "No tengo una especie favorita. Es durante mis paseos por la naturaleza cuando más a menudo encuentro la inspiración", dice el artista. "Esta es la razón por la que he querido trabajar en la deformación, exagerando las formas para desafiar y cuestionar a la persona que observa mis obras
     Las obras de Guinet se consiguen mediante un meticuloso proceso de esculpido en yeso antes de cubrirlas con corteza de pino para crear la ilusión de un tronco de árbol real. El efecto final es digno de admiración y desafía completamente la lógica, incluso de cerca.
     Los trabajos anteriores del artista incluyen instalaciones en la naturaleza, performances e intervenciones con objetos hechos por el hombre que complican sus orígenes y los confunden con procesos de crecimiento orgánico, como un par de zapatillas de deporte completamente cubiertas de pétalos de flores o corteza.

 

Información:
https://www.designboom.com/tag/christophe-guinet/
https://culturainquieta.com/arte/escultura/los-insolitos-y-poeticos-troncos-de-arbol-del-artista-monsieur-plant/?_gl=1*18hpys6*_ga*TDVBcjlNemtnTFViLUI5M1dvNDhtMnNFSkFrbk5mSW1tcDZscWYybVFJeHprT1BIdGhwUmZWM0lwTlMyQVlVZQ..*_ga_MC7XEE9W9V*MTc0NjA4Njg4NS4xLjEuMTc0NjA4Njg4NS4wLjAuMA
https://www.designboom.com/art/monsieur-plant-tree-trunk-sculptures-nature-10-03-2022/
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21 septiembre 2025

LLUCIA RAMIS (La Vanguardia, julio-2025)
Fobia a los árboles

En primavera, su perfume invadía el piso. En verano, impedían que el sol irrumpiera a lo bestia por la puerta del balcón. Los árboles hacían que la calle fuera más fresca que el resto de la ciudad. En otoño dejaban una estampa de colores dorados y, de hoja caduca, en invierno permitían que la luz entrara de nuevo por las ventanas. Luego me mudé junto a un parque que lo pasa mal si hay sequía, y que es el climatizador natural de la zona.

La Via Laietana reformada. Gorka Urresola

Ver al menos tres árboles desde casa, tener un 30% de cobertura vegetal en el barrio y estar a 300 metros de un parque o bosque. Es la regla 3-30-300 para tener una ciudad saludable, que debería contar con 50 metros cuadrados de superficie verde por habitante. Eso rebajaría las temperaturas y el consecuente consumo de energía, proporcionaría sombra y mitigaría inundaciones. Y reduciría la contaminación, la angustia y la mortalidad prematura.

Científicos y expertos en urbanismo están de acuerdo en que los árboles contribuyen a crear ciudades más amables cuando el calentamiento global se intensifica. Pero las administraciones les tienen manía. En la nueva Via Laietana de Barcelona no hay una triste rama bajo la que cobijarse (ni la habrá hasta otoño). Recuerda a esa cruzada arboricida que hay en Madrid por la que se arrasa parte del patrimonio verde, se inauguran parques áridos o se ponen toldos en la Puerta del Sol tan caros como inútiles.

La excusa suele ser el subsuelo y que los maceteros entorpecerían el paso de vehículos de emergencias. Hormigón, metro, tuberías, cables, parkings que, al privatizar lo que hay debajo, convierten el espacio público de la superficie en un lugar muy distinto a lo que prometían los renders. España deberá rehabilitar su parque de viviendas para lidiar con el calor extremo porque el 90% de los edificios que habrá en el 2050 carecen de aislamiento. Y es frustrante recordar que el plan Cerdà, diseñado en el siglo XIX, contemplaba que cada manzana tuviera su propio jardín.

Las prioridades viraron hacia las plazas duras. Porque las ciudades se fijan más en los costes de cuidarlos que en los beneficios medioambientales, sociales, económicos, estéticos y de salud que proporcionan los árboles. En la era de la república independiente de tu casa, no existe la concepción de lo que sería mejor para el conjunto.

Lo hemos leído aquí 

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18 septiembre 2025

Boom Die Alles Zag (El árbol que lo vio todo)

EL ÁRBOL QUE LO VIO TODO
Het Groeiend Monument


De Boom Die Alles Zag (El árbol que lo vio todo) es un álamo gris (Populus × canescens) ubicado en Bijlmermeer, Ámsterdam, Países Bajos, que sobrevivió al accidente del vuelo 1862 de El Al el 4 de octubre de 1992. El avión se accidentó en una zona urbana donde un edificio fue destruído. Un árbol situado al lado del edifio destruido, sobrevivió.  Debido a los patrones en forma de ojo en su tronco, el árbol fue considerado testigo ocular del accidente y de sus consecuencias. 
    Alrededor del árbol fue creciendo un monumento donde cada año se recuerda a los desaparecidos. Reunirse para recordar a sus seres queridos  junto al álamo fue casual. Allí, bajo el árbol, ponían flores, fotos y recuerdos. El árbol fue el corazón en cuyo entorno creció el Monumento. "El todo" está enmarcado por una pared en la que se han escrito textos conmemorativos y recuerdos.
     El árbol perdió una parte de sus raíces durante la limpieza del suelo pues el avión era de carga y llevaba "ciertas" sustancias tóxicas, por lo que fue necesario sostenerlo con cables. La tierra se le volvió a cambiar en 2017 para estimular el crecimiento de las raíces. Según las pruebas de tracción realizadas cuatro años después mejoró su condición, pero el árbol todavía está sostenido por cables.
     El diseño de la zona afectada por el siniestro consta de cinco partes diferentes que forman el Monumento Creciente, ya que, con el tiempo, se iban añadiendo elementos.
 
La alfombra-mosaico
Alrededor del árbol que lo vio todo es una enorme mosaico multicolor hecho en baldosas de pavimento. Se montó un taller cercano al lugar para que cualquier persona pudiera decorar una baldosa con el fin de despedirse de alguien o de procesar el duelo. Entre agosto de 1995 y julio de 1996  casi dos mil personas: familiares, residentes locales, escolares, maestros, periodistas, políticos y trabajadores humanitarios hicieron un azulejo de mosaico. Los casi dos mil pequeños mosaicos están conectados al monumento, como un recordatorio duradero del desastre aéreo. La idea fue de Akelei Hertzberger, iniciadora y diseñadora de la alfombra-mosaico. La organización estaba en manos de Jolanda van de Graaf.

El plano del edificio destruido
La huella del edificio desaparecido se hace visible en el Monumento con la impresión de su plano. El espacio que ha surgido de esta manera simboliza el vacío y la pérdida que quedó después del desastre. El punto de impacto de la aeronave está marcado por una pequeña fuente.

El paseo
Es un camino recto y largo que cruza toda la zona. Conecta el lugar del árbol que vio todo y la impresión del plano del edificio destruido. El paseo forma una conexión con los alrededores y está flanqueado por árboles que procedían del Museo de Ámsterdam. Estos árboles expresan las condolencias de toda la ciudad de Ámsterdam para con las víctimas.

El jardín de flores
El área entre el paseo marítimo y la impresión de plano del edificio destruido alberga un jardín de flores en el que hay flores de diferentes regiones del mundo. Murieron 43 personas de 11 nacionalidades.  Las flores son un signo de nueva vida.

El domingo 4 de octubre de 1992, a las 6:30 p.m, el avión de carga Boeing 747 de EI AI  se estrelló contra los edificios de apartamentos Groeneveen y Kruitberg. Este monumento construido alrededor del "árbol que lo vio todo" conmemora el accidente.

 

 

Información:
https://hart.amsterdam/nl/page/1763153/vandaag-30-jaar-geleden-de-vliegramp-in-de-bijlmer
https://amsterdam.kunstwacht.nl/kunstwerken/bekijk/9910-groeiend-monument-bijlmerramp
https://en.wikipedia.org/wiki/De_Boom_Die_Alles_Zag
https://es.wikipedia.org/wiki/Vuelo_1862_de_El_Al
https://www.komoot.com/es-es/discover/El_%C3%A1rbol_que_lo_vio_todo/@52.3189600,4.9745800/tours?sport=tourigbicycle&map=true&toursThroughHighlight=3335776&focusedTour=e389085324&pageNumber=1

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15 septiembre 2025

VARLAM SHALÁMOV (Rusia, 1907-1982)
El «stlánik», de relatos de Kolymá.

En el extremo norte, donde la taiga se confunde con la tundra, entre abedules enanos, matas achaparradas de serbal con sus bayas amarillentas, jugosas e inesperadamente grandes, entre alerces de seiscientos años, que alcanzan su edad adulta a los trescientos, vive un árbol peculiar, el stlánik. Es un pariente lejano del cedro, el cedro siberiano, un arbusto de pinocha perenne con un tronco algo más grueso que un brazo humano y una altura de dos a tres metros. No es un árbol caprichoso y crece en las laderas agarrándose con las raíces a las grietas de las rocas. Es valeroso y obstinado, como todos los árboles del norte. Y posee una sensibilidad poco común.
     Termina el otoño, hace tiempo que debería haber llegado la nieve, el invierno. Hace mucho que por los bordes del blanco firmamento corren como derrames unas nubes bajas y azuladas. Desde por la mañana, el penetrante viento otoñal se ha calmado como una amenaza. ¿Anuncia nieve? No. No caerá. El stlánik aún no se ha acostado. Uno tras otro pasan los días y la nieve sigue sin caer, las nubes merodean lejos tras los oteros, y en el alto cielo sale un pequeño y pálido sol. Todo es otoñal...
     Pero el stlánik se dobla. Se dobla cada vez más, como bajo un peso insoportable cada vez mayor. El árbol araña con su copa la roca y se apretuja contra el suelo, extendiendo cual patas sus ramas azulinas. Se tiende. Parece un pulpo vestido de plumas verdes. Acostado espera un día, otro, y de pronto del blanco cielo empieza a caer, polvorienta, la nieve, y el stlánik, como el oso, se sumerge en un sueño invernal. Sobre la blanca montaña se alzan enormes bultos de nieve: son los arbustos del stlánik que se han puesto a hibernar.
     A finales del invierno, cuando aún la nieve cubre la tierra con tres metros de espesor y en los desfiladeros las nevascas han formado una capa tan dura que sólo se puede atacar con barras de hierro, los hombres buscan inútilmente en la naturaleza señales de la primavera. Aunque el calendario anuncie la llegada de la nueva estación, el día no se distingue de otro de invierno: el aire es cortante y seco como cualquier día de enero. Por fortuna, la sensibilidad del hombre es muy tosca, sus percepciones demasiado simples. Por lo demás, los sentidos de que dispone el hombre, cinco en total, son pocos, insuficientes para predecir o adivinar nada.
     La naturaleza es algo más sutil que el hombre en sus sensaciones. Sabemos algo de esto. ¿Recuerdan los salmónidos que van a desovar sólo en el río en que cayeron las huevas que les dieron vida? ¿Y las misteriosas trayectorias de las aves migratorias? Son muchas las plantas y flores barómetro que conocemos.
     Pues bien, entre la inmensidad albina de las nieves, en medio de la desesperación más absoluta, de pronto se alza el stlánik. El árbol se sacude la nieve, se alza en toda su estatura y levanta hacia el cielo sus ramas verdosas, ateridas y algo anaranjadas. El stálnik oye la llamada imperceptible de la primavera, y como cree en ella, es el primero en levantarse en el norte. El invierno ha terminado.
     Pero también ocurre esto otro. Arde una hoguera. El stlánik es demasiado confiado. Aborrece tanto el invierno que está dispuesto a confiar en el calor del fuego. Si en invierno, junto a un arbusto de stlánik, que duerme acostado, retorcido su sueño invernal, se enciende una hoguera, el stlánik se levantará. La hoguera se apaga y el defraudado cedro siberiano, llorando por el engaño, de nuevo se doblará para acostarse en el viejo lugar. Y lo cubrirá la nieve.
     No, no sólo predice el tiempo. El stlánik es el árbol de las esperanzas, el único árbol en todo el extremo norte perennemente verde. En medio del blanco cegador de la nieve, sus ramas de un verde apagado nos hablan del sur, del calor y de la vida. Durante el verano es humilde y pasa desapercibido, todo a su alrededor florece con premura, esforzándose por llegar a fructificar en el fugaz verano boreal. Las flores de la primavera, del verano y del otoño se precipitan las unas tras las otras en la incontenible y fragorosa floración. Pero se acerca el invierno y empieza a llover pinocha amarillenta que deja desnudos los alerces, la pajiza hierba se mustia y se seca, el bosque clarea, y entonces se ve cómo entre la pálida hierba y el musgo gris se encienden a lo lejos las enormes antorchas verdes del stlánik.
     A mí, el stlánik siempre me ha parecido el árbol ruso más poético, mejor que el venerado sauce llorón, que el plátano o que el ciprés. Y la leña del stlánik es la que más calienta. 

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