5/12/2012


SILOS-KO ZLIHAITZARI
Donostiako apaizgaiak

Gaur arte ez zaitugu ezagutu,
eta horrelako handia zinela ez genuen uste.

Inoiz, ixiltzen zarenean
eta lehiotik begira jartzen
sure ederrez txorarazten gaituzu,
geu bezain atsipen handiz
geu bezain etsipen zaharrez.

Ez da orduan atseginik,
hartatik libra gaitzakeenik
ez eta musu bat ere
ez eta hizt bat bakarrik.

Zu ikustera behartua egote honek
zuregandik bereizteko, bakarrik, gure begiak izanik,
gure ondoan zu sumatze honek,
baina guregandik urrun zarelarik, gu gabe jaioa zarelarik,
erdiminez urratzen zaizkiguzu erraiak.

Ixilik, handitasunez begiranen duzu.
Haizeak, terteka, ilea astintzen dizu:
ur baretan, kainaberak bezala,
zure bekoki gainean emana.

Inoiz, hodei bat txirristatzen duk zeruan,
eta haren errainua ikusten dugu zure aurpegian.
Orduan, betikotasuna zarela iruditzen zaigu,
eta une batez bakarrik
bizi gaitezkeela zure ondean,
geure aldikortasuna bide dela.
Orduan aurpegia amaten diguzu
eta zure irribarra ikustera eman…

19-2-1977
Autor: Federico Vélez - 2008, restauración del Ciprés

AL ÁRBOL DE SILOS
Seminarista de San Sebastián

Hasta hoy no te hemos conocido
y no creíamos que eras tan grande.

Alguna vez, cuando te callas
y te miramos por la ventana,
nos enloquecemos con tu hermosura,
con agrado grande como nosotros,
con viejo agrado como nosotros

Entonces no hay placer
que nos libre de aquel enloquecimiento,
ni un beso siquiera,
ni una sola palabra.

El tener que estar contemplándote
siendo nuestros ojos lo único que nos diferencia de ti,
este sentirte junto a nosotros,
pero estando lejos de nosotros,
habiendo nacido sin nosotros,
nos parte por medio nuestras entrañas

En silencio miras con grandeza,
el viento, de vez en cuando, te sacude el cabello
como una caña en aguas mansas
que pega encima de tu frente.

Alguna vez un rayo brilla en el cielo
y vemos un resplandor de tu rostro.
Entonces no parece que eres la eternidad
y parece que un momento sólo
podemos vivir a tu lado,
dada nuestra temporalidad.
Entonces nos muestras tu rostro
y nos das a ver tu sonrisa.
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5/04/2012


DON RICARDO CODORNIU Y STÁRICO  (Cartagena 1846-1923)  
"El Apóstol del Árbol"
 El árbol de la fiesta

A María del Dulce Nombre H-R y C.
      El día era hermoso. Terminada la misa acudió el pueblo a la  escuela, donde se celebraba una exposición de arbolitos y plantas de adorno, que habían sido cultivados por los niños y se otorgaron premios a los más bellos.
       Luego se reunieron en la plaza, empezando la procesión cívica precedida por los   alumnos, ataviados con los trajecitos de gala, y llevando cada uno de los niños el árbol que debía plantar, y las niñas regaderas adornadas con cintas y flores. Seguían las personas más importantes de la población y cerraba la marcha el ayuntamiento en pleno, precedido del pendón municipal.
       Al partirse entono el himno y la bandera, siguieron los cantos escolares de los  niños y al llegar al lugar de la plantación, que estaba adornado con banderitas, guirnaldas y escudos, se lanzaron multitud de cohetes, entre los atronadores vivas de la multitud que allí esperaba. Cantose el himno al árbol, el párroco bendijo los que se habían de plantar, dedicó una sentida plática a los niños rogándoles al terminar que, cuando muriera, pusieran árboles sobre su tumba, a fin de que se alimentasen de su polvo, como recuerdo del gran cariño que les profesó en vida.
       Luego comenzó la plantación, dirigida por el sobreguarda de montes, mientras los maestros explicaban a los niños la razón de lo que efectuaban.
       El alcalde plantó el primer árbol, dedicándolo á la memoria de un bienhechor del pueblo, recientemente fallecido. Llenas de agua las regaderas, que las niñas llevaban, cada una vertió el precioso líquido sobre uno de los arbolitos, y así tuvo padrino y madrina que le protegiesen.
       Nuevos vivas, un discurso del alcalde, reparto de meriendas,.., y los muchachos a soñar con que la fiesta se repetiría al año siguiente.
       No se pusieron a los árboles tablitas, con los nombres de los padrinos, ¿Para qué? Bien sabía cada niño qué árbol era el suyo, y allí después regándolos, enterrando a su alrededor un puñado de ceniza, quitándoles la oruga que roía una hoja y la ramita chupona, apenas se permitía iniciar el primer brote; y cuando no, los contemplaban embelesados como si sus miradas los hicieran creer.
       Siempre que les era posible veíse  Juan y  Pedro en el camino del sitio de la plantación, para hacer una visita a sus árboles, y a Fuensanta y a Martina con sus cantaritos de agua, para regar los que aquellos habían plantado.
       Pasaron años y las visitas no cesaban, creyendo advertir ir algunos maliciosos que, al principio, Juan miraba a Fuensanta tanto como al árbol y después más, mucho más.
       Llagó la quinta; Juan y Pedro fueron llamados al servicio de las armas, y Juan y Fuensanta se despidieron al pie de su árbol. Pedro se despidió sido del suyo, pues Martina andaba algo distraída y ya rara vez lo visitaba. Marcharon a Madrid los dos amigos y poco después a Melilla, donde la Madre Patria les enviaba a pelear.  Allí, al hablar los dos de su pueblo, de su familia y aún de sus árboles, algunas lágrimas asomaban a sus párpados, con intención de regar sus rostros, atezados por el sol africano; pero las contenían juzgándolas debilidad impropia de soldados. En tanto los árboles no estaban desatendidos, pues Fuensanta visitaba el suyo con harta frecuencia, y más de una vez se halló con la madre de Pedro, que acudía a contemplar el que su hijo había plantado.
      Pasó tiempo, Juan volvió al pueblo, ostentando en su pecho la medalla de África y una cruz del mérito militar. Pedro no volvió, porque había dado toda su sangre por la Patria.
      Una tarde Juan y Fuensanta se hallaban al pie de un árbol, formando risueños proyectos para el porvenir, mas de pronto se anublaron sus ojos, porque vieron a la madre de Pedro que estaba regando con sus lágrimas el árbol plantado por su hijo; del tronco pendía una corona de laurel con negro crespón, que el alcalde había colocado allí solemnemente. El árbol se había convertido en un monumento dedicado al obscuro héroe.
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4/30/2012

DIEGO CROSA Y COSTA (Sta. Cruz de Tenerife 1869-1942)
Al drago de Icod


En la fiesta de su homenaje

Al fondo el Teide, que rasgando nubes
destaca su figura vigilante
sobre un cielo de rojas transparencias:
pinceladas de sol, al retirarse.

Allá las cresterías de basalto
que sirven al volcán de dura base;
aquí de los jardines, que florecen,
a nota de color, carmínea y suave.

Por donde quiera el agua bienhechora
que surge de sonoros manantiales;
senderos, hondonadas, caseríos
que brindan un reposo al caminante.

De un lado la espesura de los bosques,
donde habitan aún las hamadriades;
del otro la pradera que se viste
de los viñedos con el verde traje
y abajo el mar, que con sus ondas llega
al pie de los frondosos platanales.

Tal el que ofrece, espléndido escenario,
esta villa de Icod, incomparable,
para rendir al Drago, que es su escudo,
con patriótico amor un homenaje.

El Drago es un altar en donde ofician
aún las Mariguadas y Faicanes;
el Drago es tradición, conseja, cuento:
la historia del indígena, imborrable;
el Drago es como un símbolo viviente
de una raza de heroicos insulares;
el Drago es el recuerdo de una tribu
que supo, al ser cautiva, suicidarse;
el Drago es una estatua gigantesca
del indómito y rudo pueblo guanche;
el Drago es de un mencey la fría momia.
¡Oh, si las momias por mi bien hablasen!
Cese ya tu mutismo, Drago abuelo,
y cuenta, con la voz de otras edades,
de un pueblo de valientes las hazañas,
de un pueblo de pastores los afanes.

Dinos de su vivir, de sus costumbres,
de sus leyendas, tiernos madrigales,
de su lucha tenaz con el normando
que quiso, por la fuerza, domeñarle;
de sus triunfos después con los piratas,
aventureros en ladronas naves,
de la bajezas y traiciones ruines
de Berneval y Gadifer la Salle.

Dinos del mencey loco y de su furia,
de Sogoñe el rudo, el indomable;
del pesar de Atraballa y los amores
del fiel Castillo y la princesa Dácil.

Dinos de la victoria de Acentejo
y del de Aguere, trágico desastre;
dinos del mencey loco, que, con furia,
por no rendirse, se arrojó a los mares;
dinos de Zebenzui, el Hidalgo pobre,
que en las Peñuelas decidió un combate.

Dinos del gran Tinguaro, su cabeza
sirviendo en una pica de estandarte,
y dinos de Bencomo y del de Lugo
que dos razas fundieron, abrazándose.
¡La milagrosa Cruz de la Conquista
que se abrazaba al Drago de los guaches!

Cese ya tu mutismo milenario,
que hoy más que nunca nos precisa que hables,
pues es fiesta de unión y de cariño,
de paz y de concordia este homenaje.

Cita a un nuevo Tagóror, y aconseja
a los hijos del Teide y sus volcanes,
una hermandad fecunda y salvadora,
una hermandad común en ideales.

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4/27/2012


EL VIEJO MOCÁN DE LA SOMBRA

En El Hierro, la antigua vía de herradura que une Frontera con Valverde es un hermoso y sudoroso camino. Se puede llegar al mocán bien desde Frontera o desde el balcón de Jinama, es cuestión de elegir. Dejando el coche en el balcón, son unos 45 minutos de descenso y después una hora de ascenso. 
      El camino transcurre en plena laurisilva.  La diversidad de este bosque, ...laureles, tilos, viñátigos, … es su gran riqueza. Si el día coincide con entrada de brumas necesitaremos un chubasquero pero a cambio gozaremos de esas estampas fantasmagóricas que protagoniza la niebla. Esta niebla que se condensa en las lustrosas hojas da lugar a la lluvia horizontal.
 







 
 

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