sábado, 20 de febrero de 2021

Una protesta en toda regla

JUAN GUZMÁN OJEDA, Ing. téc. forestal
El último paloblanco majorero no fructifica

Si en sentido figurado fuéramos a representar la foresta canaria, trazaríamos un brochazo verde desde La Palma hacia Lanzarote, aunque la pintura casi se nos habría gastado en Gran Canaria. Pero esto no fue siempre así. En la Historia, las denominadas Purparias (Lanzarote y Fuerteventura) llegaron a ser fértiles, no en vano durante más de cinco millones de años se cree que formaron una sola isla, la única que por aquel entonces constituía la todavía sin bautizar Canarias.
      Resulta cuanto menos contradictorio que en este archipiélago nos atrevamos a hablar de sostenibilidad, o presumir de nuestra biodiversidad, cuando todavía hoy asistimos a la degradación y alteración de hábitats. Fuerteventura, pese a la sensación de paz y sosiego que transmite, oculta una violenta historia de deforestación, incluyendo la extinción de especies. Desde su conquista en el siglo XV hasta hoy, viene soportando una enorme presión, sobre todo herbívora, y no solo de cabras, durante años también fueron burros y camellos los que pastaban libremente en el medio natural. Siempre quedará en el aire la pregunta de cómo sería actualmente esta isla si no hubiera sufrido el maltrato que todavía sufre.
      Junto al Pico de la Zarza, en Jandía, máxima altitud de la isla con 810 metros, se concentra el máximo de biodiversidad insular: de doce especies exclusivas de la isla, ocho se encuentran en este enclave.
      El Pico de la Zarza se asemeja a esos dibujos infantiles en los que las montañas aparecen siempre rodeadas de nubes, en este caso las del alisio. De todos es sabido la habilidad de la cabra como artista de la verticalidad. Es por ello que, pese a lo abrupto del terreno, desde el año 2000 se instaló un vallado de protección para la flora en este lugar. Después, en 2006, se llevó a cabo una importante restauración con planta del lugar, si bien alguna que otra cabra ha logrado colarse ramoneando o pisoteando sobre el matorral de jorgao (Astericus sericeus), que hoy sustituye al que seguramente fuera el primer bosque de laurisilva de estas islas. Según un estudio reciente, los musgos que alberga la zona son los mismos que hoy habitan en el Parque Nacional de Garajonay.

Pared inaccesible
      La pared que mira al norte del Pico de Jandía resulta en gran parte inaccesible, incluso para las increíbles equilibristas de cuernos, y es precisamente en uno de sus andenes donde, sobre finales de los 80, botánicos del Jardín Canario Viera y Clavijo señalaron la presencia de un ejemplar de paloblanco (Picconia excelsa). El paloblanco es uno de los elementos más sobresalientes de la laurisilva, llegando a alcanzar grandes portes, aunque el protagonista de esta entrega apenas supera los tres metros de altura, apenas son dos pequeñas ramas erguidas sobre el vacío. Dada la pendiente de la zona resulta demasiado aventurado precisar una coordenada; a pie podemos llegar a situarnos unos 200 metros por debajo del mismo.
      El paloblanco es un árbol que produce flores hermafroditas, por lo que este individuo podría regenerar por sí mismo el entorno, especialmente ahora que la presión herbívora es limitada (y también vigilada periódicamente). La observación experta de Stephan Scholz, distinguido botánico del desierto canario, sin embargo, indica que este ejemplar lleva varios años sin fructificar.     
      La historia de este testigo mudo de la destrucción ambiental no es la única, igual suerte espera a los peralillos (Gimnosporia cryptopetala) o adernos (Herberdenia excelsa). La riqueza genética de la flora majorera es probablemente muy diferente a la del resto del archipiélago, tristemente estos parientes directos de los “abuelos de la laurisilva” no dejarán descendencia.
      Poco puede hacer la administración ambiental para contrarrestar la práctica ancestral del ganado guanil, actividad claramente precursora de la erosión acelerada. Pero quizás lo peor pueda ser la falsedad con la que se educa a los niños majoreros y canarios, inculcándoles en los centros educativos el valor de la importancia de la naturaleza canaria, toda vez que pueden ser sus propios familiares los que permiten que sus ganados la sigan deteriorando. Creo que ya está bien de imitar a los aborígenes, que no tenían otra alternativa. Como habitantes de esta tierra única debemos recordar que en materia de ética responsable y ambiental no hay lugar para las contradicciones.

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