08 octubre 2014

IGNACIO ABELLA (Vitoria)
El gran árbol de la humanidad

Este es un libro que ya lleva unos meses en el mercado pero es ahora cuando lo he visto.

Ignacio Abella, a través de leyendas e imágenes del arte primitivo, nos ofrece un viaje en el tiempo, una panorámica de la memoria mítica colectiva protagonizada por los árboles.
Su lectura nos anima a echar de nuevo raíces y a recorrer el camino que nos devuelve hacia el bosque.

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05 octubre 2014

ANA MANZANO PERAL (Cantabria)
No es sencillo ser árbol
en www.iconosmedievales.blogspot.com

(Fragmento)

En realidad, ser árbol es agotador. Me refiero a ser árbol por parte de padre y de madre, anclado día y
noche a una tierra que se comporta caprichosa con los minerales y los nutrientes y también pendiente de un cielo inalcanzable, a la espera de lluvias que refresquen nuestras hojas.
Ser árbol significa estar siempre de pie y con los brazos abiertos, suspendidos, en tensión, aunque haya mañanas en las que no desees abrazar ni el musgo de tu corteza. Es clavar los pies al suelo, hundirlos muy hondo y nunca echar a andar. Ser árbol, como los de mi especie, es empezar a desnudarse en septiembre y soportar, sin morir, que el frío te congele hasta la savia, mientras el viento te azota su ira invernal.
     A veces somos testigos del amor si en nuestra sombra los amantes se roban un beso. Y otras veces, desecados por el tatuaje de un corazón en nuestra corteza, ese amor nos condena a morir sin remedio, aunque el amor ya no exista.
Ser árbol es también poner la mirada en el cielo, extender los dedos, las ramas, hacia las nubes, escuchar a los pájaros susurrar los secretos de sus vuelos y anhelar el azul, consciente del anclaje eterno.
     Los del mar. Tienen algo de tenebrosos esos troncos rotos que la mar deposita en las orillas. Traen en sus posturas forzadas e imposibles trazas de haber presenciado el horror de las corrientes en los abismos. Han perdido la candidez arbórea de nosotros, sus congéneres de los bosques, y su crujido aún duele días después de haber muerto de marea y sal. La vida va y viene, como las olas, como el mar.

      O los del fuego. Ennegrecidos, tiznados, torturados, asfixiados, retorcidos y en el peor de los casos acabados por delincuentes arbóreos. A éstos, ni agua. A los que los salvan, el homenaje del oxígeno limpio y el frescor de la sombra. (...)
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29 septiembre 2014

LUIS EDUARDO CARO MONTEJO (Colombia, 1955)
Grande ceiba

En la plazuela solitaria,
están las viejas casas coloniales
fantasmales espacios sostenidas en alegres paredes de antaño,
paredes carcomidas por el tiempo,
y habitadas por el polvo del olvido,
manto de recuerdos fenecidos,
y sostenidos en el hilo de tiempos perdidos,
y en el centro de la plazuela
la gran ceiba.

Hermosa Ceiba,
Bailarina estática, vestida de túnica verde tal la diosas griegas,
testigo silencioso por trescientos años mirando con los ojos de las hojas,
el desarraigo de las gentes y el pronto olvido de otra aldea de mi tierra natal.

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