1/25/2015

GERMÁN PARDO GARCÍA (Colombia, 1902-1991)
Al volver de los bosques (fragmento)

He vuelto de los bosques y escucho en mi subsangre
moverse universos acabados de nacer entre verdes espumas.

¡Así sois, oh, magníficos pobladores de la tierra;
oh, consumadas estaturas
que defendéis la actividad del hombre
y la multiplicación de sus sueños!

Hacia vosotros voy seducido por mágicos influjos
y en vuestra soberanía dejo clavar mi carne
como porción de madera en el costado de un roble.
Así sois, oh, clementes.
Así voy hacia vosotros cuando el sol más violento asedia
la integridad de todas las figuras;
cuando del aire bajan electrones
a saturar la solidez del mundo;
cuando la luz de misteriosas venas
invade los eternos logaritmos;
cuando el cuerpo camina más seguro
de su gravitación sobre las cosas,
y cuando la distancia de la muerte
no labra todavía por nosotros
sus jardines de sal adonde llegan
servidumbre y formas apagadas...
-----

1/21/2015

JOSÉ SARAMAGO (Portugal, 1922-2010)
Fragmento del discurso en la entrega del Nöbel
 
Releía el discurso de José Saramago cuando recibió el premio Nobel de Literatura y brotaba también un árbol en la memoria de este escritor sabio y brillante... 

(...) Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: «José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera». Había otras dos higueras, pero aquella, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. 
      En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, el mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: «¿Y después?» Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir.
      Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los 14 años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo,
me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: «No hagas caso, en sueños no hay firmeza». Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras (...)

-----

1/18/2015

TOM ZETTERSTROM (USA, 1945)
Fotógrafo


As a photographer of trees and an activist in their protection Tom Zetterstrom has probably done more to promote their beauty and value than Joyce Kilmer
Eleanor Charles, The New York Times, November 12, 2000 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
-----
 

1/15/2015

RABINDRANATH TAGORE (Calcuta,
1861-1941)

La vida y la mente

I

Frente a mi ventana la senda rojiza serpentea hasta perderse en las aldeas lejanas allá en el horizonte. La carreta de bueyes, cargada de mercancías, pasa chirriando por este camino; las muchachas santal, con haces de paja a la cabeza, van al mercado de la aldea y regresan al anochecer haciendo resonar
el aire con sus risas. Pero hoy mi mente no está atenta a ese camino principal por el que pasa el tráfico de la humanidad.
      Esa parte de la vida que se inquieta, acosada por las preocupaciones y afanada en actividades humanas, se encuentra hoy dormida, pues mi cuerpo está enfermo y mi mente no se interesa por nada.
      El mar de las tormentas es sólo el de la superficie; en las profundidades, allí donde se encuentra la matriz de la tierra, las olas no pueden llevar su mensaje. Sólo cuando se extinguen las olas, capta el océano su unidad indivisa: la unidad de lo visible y lo invisible, de las capas superiores y las capas más profundas.
      Del mismo modo, en cuanto abandoné mi vida activa, encontré mi lugar en esa vida mía más rotunda donde se lleva a cabo el juego de todas las fuerzas cósmicas. Mientras iba presuroso por el camino, no tenía tiempo de dirigir una mirada al baniano, que se alzaba silencioso a mi vera. Al dejar el camino y acercarme hoy a mi ventana, pude comenzar nuestro diálogo. Al contemplarme en silencio durante horas, parece como si de pronto el baniano se inquietara y quisiese decirme: «¿No puedes acaso entenderlo todo?»
Yo le consuelo diciéndole: «Sí, lo entiendo No te inquietes así.» Durante un rato, el baniano se tranquiliza. Luego, de pronto, vuelve a agitarse, y nuevamente tiembla, susurra y se estremece de un extremo a otro. Le tranquilizo otra vez:« ¡Sí, sí! No te preocupes. Soy tu compañero de juegos. En este patio de recreo de la Madre Tierra, durante incontables eternidades, yo también he bebido hasta la saciedad la luz del sol, y he compartido contigo la leche de su pecho.»
      Entonces, de pronto, oigo que la brisa le acaricia y que él balbucea: «¡Sí, sí! Sí.»
      El mensaje que danza en mi sangre y que vibra en la luz del cielo llega hasta mí a través de la música de las hojas temblorosas. Esa sinfonía es la música del coniunto del Universo. La nota dominante de esa sinfonía es: Soy, existo, todos existimos.» ¡Es un mensaje de alegría! Cada partícula del Universo se estremece con ese júbilo...¡el gozo del puro existir!
Hoy he intercambiado con el baniano ese mensaje de alegría. «¿estás ahí?», me pregunta el baniano.
      Y yo le contesto: «Sí, aquí estoy, amigo mío»


II

Cuando empezó mi amistad con el baniano era primavera, acababan de brotarle las hojas, y los rayos del sol, como chicos traviesos, podían asomarse a través de los resquicios de su follaje y jugar al escondite con las sombras de la tierra. Luego, llegaron las lluvias de julio y se precipitaron sobre la tierra. Las hojas del baniano tomaron también un matiz sombrío, como las nubes del monzón,y a través del tupido follaje los rayos del sol no encontraban la forma de entrar. En primavera, el árbol estaba desnudo como una muchacha pobre; hoy está colmado como una mujer de familia adinerada: es la imagen auténtica de la perfecta satisfacción.
      Esta mañana, el baniano me preguntó: «¿Por qué te quejas dentro de esa jaula de ladrillos y argamasa? ¿Porqué no sales al aire libre y extiendes tus ramas, como yo?
«El hombre tiene que armonizar su mundo interior y su mundo exterior», le contesté.
      El árbol, se estremeció y dijo: «No consigo entenderte.»
      «Yo tengo dos mundos, el interior y el exterior.»
      «¡Un mundo interior! ¿Dónde está ese mundo interior?»
      «Dentro de mi propia barrera.» .
      «¿Qué haces allí?»
      «Creo.»
      «¡Crear dentro de tu barrera! La verdad, no entiendo lo que quieres decir» .
      Del mismo modo que un río se forma dentro de las barreras de sus orillas, la creación sólo puede tener lugar dentro de las limitaciones de lo finito: La materia original, encerrada en un recinto; se convierte aquí en una piedra preciosa, ahí en un baniano.»
      «¿Qué clase de cosa es esa barrera que te rodea?»
      «Es mi mente. Todo lo que queda atrapado en ella se convierte en creación.»
      «¡Qué pequeña debe resultar tu creación al lado de nuestros soles y de nuestras lunas!»
      «No puede medirse con soles y lunas, pues eso pertenece al mundo exterior.»
      «¿Con qué escala la medís entonces?»
      «Con la felicidad ... pero, sobre todo, con la pena.»
      «Esta brisa que sopla del este me habla con un susurro, y todo mi ser le responde. Pero de lo que me han dicho ... no puedo entender ni una palabra
      «¿Cómo puedo aclarártelo? Tan pronto como tu viento del este se enreda en las cuerdas de la vina, se convierte en otra creación. No sé en qué vasto cielo del recuerdo encuentra su lugar esa nueva creación. Siento como si hubiera otro cielo, un cielo donde reina el dolor.»
      «¿Y su tiempo?»
      «Su tiempo no es el tiempo que se mide por acontecimientos, sino por el sufrimiento. Por eso es un tiempo inconmensurable.»
      «¡Tú sí que eres una extraña criatura, que habita en dos cielos y calcula dos tiempos! No llego a entenderte. »
      «¿Necesitas entender?»
      «¿Entiendes tú realmente el lenguaje de mi mundo, de eso que tú llamas mundo exterior?»
      «Cuando tu lenguaje es transformado por mi mundo interior, si quieres llamarlo comprensión, entonces es comprensión; si quieres llamarlo canción, entonces es canción; si imaginación, entonces es imaginación.»


III

El árbol, levantando sus ramas, me dijo: «Espera un momento; Tu problema es que piensas demasiado y hablas demasiado.»
      Al oír esto, me dije: «¡Es totalmente cierto!» «Me he acercado a ti -le confesé para aprender a estar callado-. Pero, por la fuerza del hábito, hasta cuando estoy en silencio, no dejo de argumentar y de reflexionar, como el que habla incluso dormido.»
      Aparté el papel y la pluma y permanecí en silencio, mirando al árbol.
      Sus tiernas hojas, como los dedos de un músico experto, arrancaban melodías de la vina de luz que inundaba los cielos.
       De pronto, mi mente alzó la voz: «¿Dónde está el vínculo entre lo que tú estás viendo y lo que estoy pensando?» Le regañé con aspereza.
      «¡Otra vez con tus preguntas! ¿Quieres callarte ahora?»
      Me quedé en silencio, observando el baniano.
      Fueron pasando las horas.

-----