lunes, 18 de octubre de 2010

RICARDO CODORNÍU Y STÁRICO (Cartagena, 1846-1923)
"el apóstol del árbol"

El árbol en el huerto
A Ricardo de C. y C. 

     Un naranjo vivía feliz en la huerta de Murcia, porque el hortelano le quitaba, en tiempo debido, las ramas secas y las chuponas, le abonaba al cavarle, para que las nuevas raicillas hallasen la tierra substanciosa y mullida, y luego le mimaba, a fin de que las malas hierbas no le disputasen los jugos de la tierra ni el calor del verano desecase el suelo; en una palabra: lo cultivaba a uso y costumbre de buen labrador.
     No era extraño, por tanto, que al llegar la primavera se le creyese árbol criado en el famoso jardín de las Hespérides y aún en el Paraíso Terrenal, tanto por sus hojas nuevas, que de raso parecían, y  formaban armonioso contraste con las oscuras y aterciopeladas nacidas el año anterior, como por sus hermosos frutos y sus encantadoras flores de celestial aroma, que son el adorno más estimado de las desposadas.
     Una cerca de alambre espinoso rodeaba el huerto, defendiéndolo de animales y merodeadores, y además una cortina de cipreses moderaba el ímpetu de los secos vientos de poniente, para que no se mustiasen las hojas ni viniese a tierra el dorado fruto, que el exportador transforma en oro de ley.
     Mas cierto día, un diminuto insecto, algo emparentado con la temible filoxera, y cuyo nombre vulgar es tan nauseabundo como feo el que le asignan los naturalistas (1), llegó a una hoja, y después de corto paseo, atravesó la epidermis con el pico, que hundió en el tejido celular, para no volver a sacarlo. El resto de su vida lo pasó el animalito chupando y chupando, como hacen las sanguijuelas con la sangre humana; pero hay la diferencia de que cuando éstas se sacian, se sueltan para hacer la digestión, y el parásito del árbol sigue adherido, hasta el fin de su existencia, como el empleado a la nónima, ¡sí le dejan!
      Creció el cuerpo del insecto, mas no sus patas, que por el género de vida adoptado le habrían de ser inútiles en lo sucesivo. Al mismo tiempo, empezó a exudar cierta sustancia semejante a la cera, con la que formó una coraza muy útil para defenderse contra la lluvia y otros enemigos. Luego puso muchos huevos que pronto se hicieron insectos, los que, reproduciéndose rápidamente, llenaron no sólo aquel árbol sino también los de los alrededores, tiznando hojas y frutos y convirtiendo la belleza en fealdad y miseria.
     El hortelano se esforzaba en combatir aquel terrible enemigo del árbol y del hombre. ¡Cuántos y cuántos medios puso en práctica para exterminarlo! Lavó y pulverizó el árbol con los malolientes menjunjes formados por el jabón cáustico, petróleo, creosota, aceites de pescado, brea,… Hasta empleó vapores de ácido cianhídrico, del terrible veneno que mata el insecto… y aún al hombre, ¡al menor descuido! Después de gastar mucho dinero, el hortelano se declaró vencido por falta de recursos y, resignado, dejó obrar a la Naturaleza.
     Entonces empezaron a llegar volando otros insectos, cuya mayor longitud no pasa de medio milímetro y corresponden al mismo orden en que están clasificadas las laboriosas abejas y hormigas. ¿Qué podían hacer los insectillos de débiles mandíbulas contra los acorazados himenópteros de largo pico? Sin embargo, las hembras llevan en el extremo de su abdomen un taladro y es curioso saber como lo emplean.
     Al llegar a la hoja elegida, se posan sobre una coraza, y atentamente la recorren del borde al centro, una vez y otra, hasta cerciorarse de que debajo existe el insecto que buscan. Segura ya la hembra, endereza el aladro y traspasa con él la capa cerosa; saca el instrumento, prueba la gotita de líquido que sale del agujero, acaso para ver si agradará a su descendencia; de nuevo una, dos y tres veces vuelve a introducir el oviducto, hasta que, satisfecha de sus investigaciones, pone algunos huevos, ya junto al cuerpo de la víctima, ya en su interior. (2)
     Cuando las larvas del parásito salen del huevo, comienzan a devorar a su víctima, mas con la prudencia necesaria para no quitarle algún órgano de los absolutamente indispensables a la vida, pues si muriese antes de tiempo, también la larva moriría de hambre.
     Al fin todo es comido, y en breve salen nuevos insectos a continuar su labor, en extremo perjudicial para el insaciable chupador de naranjos, que es vencido al fin, gracias a la rápida multiplicación del casi invisible amigo del hombre.
     Curioso es recordar que el utilísimo insecto alado, en la mayoría de los casos sólo tuvo madre y en no pocos, ni siquiera abuelo ni aún bisabuelo.
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     Se admira cuán grande es Dios al contemplar los planetas y las estrellas, mas no parece menor al estudiar los átomos.

(1) Piojo rojo (Chriysonphalus distyosperni)
(2) Entre los afelinos que son parásitos en el interior del piojo rojo, figura el "Coccophagus lunulatus", y al exterior el "Aphelinus chrymsophali"; éste, descubierto por el famoso entomólogo español Don Ricardo García Mercet.

---fin--

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