23 diciembre 2025

CLEMENTE ÁRVAREZ, en "El País", julio-2025
La muerte sin llamas de los árboles: investigadores advierten de la degradación de los bosques por el clima

Aunque se presta más atención a los incendios, en zonas como Cataluña la sequía ha impactado desde 2012 en tantas hectáreas como las que han ardido en 40 años.

Árboles muertos por la sequía en las montañas de Prades en Tarragona (Cataluña), en una imagen cedida por CREAF

En un árbol, el primer síntoma de que algo va mal por la sequía o las altas temperaturas es el cambio de color, ocurre porque cierra sus estomas (los poros de las hojas) para evitar perder agua y esto reduce la fotosíntesis. Luego llega la pérdida de hojas, la defoliación, y si se agrava la situación, puede producirse la muerte. Este es un fenómeno difícil de medir en las masas forestales del país, pues algunas veces, con la llegada de las lluvias los ejemplares se recuperan, y otras quedan moribundos, sentenciados, pero tardan años en sucumbir. Aun así, los episodios recientes de muerte masiva de ejemplares en Cataluña, Comunidad Valenciana o Murcia han mostrado la magnitud de un proceso que se espera vaya amplificándose con la crisis climática y que tiene importantes implicaciones tanto para el paisaje como, en los casos más extremos, para el futuro de los bosques y los numerosos servicios ambientales que proporcionan (en forma de biodiversidad, madera, alimentos, absorción de CO₂, regulación de cursos del agua, protección del suelo...).

Josep Maria Espelta, científico del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), asegura que en cerca de una década, de 2012 a 2023, la sequía en Cataluña afectó de forma significativa a un 10% de su superficie forestal, uno de cada diez árboles. Esto no incluye solo árboles muertos, por la complejidad para confirmar su fin, sino también ejemplares con afecciones de decoloración o defoliación que se cree están relacionadas con el clima extremo. Según recalca, esto supone unas 120.000 hectáreas, una cifra similar a la superficie quemada en 40 años en esta comunidad.

     “Hoy en día somos muy conscientes del problema de los incendios, pero no lo tenemos tan integrado con la sequía”, incide el biólogo. “Obviamente, la perturbación no es de la misma magnitud, pues el fuego suele destruir toda la cubierta vegetal, pero la afección por las sequías es muy preocupante, no estábamos acostumbrados a ver masas tan grandes de árboles muertos o moribundos”.

Existen diferentes iniciativas que monitorean la situación de las masas forestales del país. Las más amplias son las redes de seguimiento que lleva el Ministerio para la Transición Ecológica, dentro del programa ICP-Forest, un proyecto europeo puesto en marcha en 1985 como consecuencia de la gran alarma provocada en aquellos años por el deterioro de los bosques del norte del continente a causa de la lluvia ácida (problema en este caso originado por la contaminación atmosférica). El informe de 2024 de la denominada red de nivel I, señala que la mayoría de las especies arbóreas presentan defoliaciones medias “ligeras”, pero considera notable el número de variedades con una pérdida de hojas superior al 25% en su copa (en comparación con un ejemplar con un follaje ideal), entre ellas, las especies de carácter más mediterráneo como el alcornoque, la encina, el quejigo, el acebuche, el pino carrasco y la sabina albar. Este trabajo concluye también que la principal causa de este decaimiento es la sequía, seguido de los insectos. Y, a partir de estos mismos registros de la red de nivel I, el último dossier del ICP-Forest muestra unos gráficos de evolución desde 1990 que, en el caso de España, reflejan un cada vez mayor deterioro de los bosques por este proceso de defoliación.

El seguimiento de las redes del ICP-Forest destaca por su amplitud en el territorio y continuidad en el tiempo, pero acerca solo una parte de la realidad, pues no monitorea el conjunto de los bosques sino una selección. En concreto, en España, 620 parcelas repartidas por todo el territorio que comprenden unos 14.880 árboles, una cantidad pequeña en comparación con los 7.000 millones de ejemplares estimados para todo el país hace unos años. Sobre todo, para rastrear los muertos.

Los incendios forestales tienen una alta repercusión social, el decaimiento de los bosques no tiene el mismo impacto, es mucho más silencioso, pero está ahí, es algo que está debilitando los bosques y que puede provocar cambios en el paisaje, como la transición de especies, por ejemplo”, comenta Mireia Banqué, también investigadora del CREAF y coordinadora de Deboscat, una red de seguimiento de los bosques en Cataluña. Aunque todavía no han hecho públicos sus datos de 2024, esta ambientóloga incide en la mejoría del estado de las masas forestales en esta comunidad desde las lluvias otoñales del año pasado. Muchos ejemplares de especies de frondosas o planifolias (con hojas planas, como las encinas) que parecían moribundos, y que habían teñido de marrón laderas enteras, han vuelto a brotar. Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con las coníferas (con hojas en forma de aguja, como los pinos). “Cuando las coníferas sufren este proceso de decoloración y defoliación, no pueden sacar nuevos brotes. Si un pino tiene la copa marrón, está sentenciado”, detalla.

Acaben muriendo o no los árboles que han perdido su color verde, para Banqué lo significativo es el decaimiento general. A una escala más pequeña, la red Deboscat sí monitorea todos los bosques de Cataluña. No obstante, con apenas 13 años de existencia, no cubre un periodo de tiempo suficientemente grande para detectar tendencias. Aun así, la investigadora tiene claro que algo está cambiando. “Sin tener datos empíricos, la gente que vive en el territorio sí percibe que los pinos tienen copas menos frondosas”, destaca. “Si te fijas un poco o si vives cerca del entorno más rural, es fácil darse cuenta que hay muchos más árboles muertos que hace 10 años”.

Paloma Ruiz es profesora del departamento de Ciencias de la Vida en la Universidad de Alcalá y una de las coordinadoras de la Red Española de Seguimiento del Decaimiento Forestal. Esta iniciativa, creada hace solo un año, a través de la Asociación Española de Ecología Terrestre, no toma mediciones sino que busca poner en común el trabajo de los especialistas que trabajan en este campo. Esta ambientóloga incide también en la dificultad para evaluar la degradación de los bosques y relacionarlo con factores climáticos como la sequía o las altas temperaturas. Sin embargo, ella misma ha publicado junto a otros investigadores distintos trabajos que apuntan en este sentido. A partir del Inventario Forestal Nacional, que da una detallada radiografía de los bosques cada 10 años, han mostrado cómo están cambiando los patrones de mortalidad y daños en las florestas mediterráneas y cómo en esto está resultando determinante la cada vez mayor intensidad de las sequías. En un último trabajo publicado de forma reciente también ponen de manifiesto una marcada disminución de la productividad forestal debido al cambio climático y cómo los eventos extremos climáticos inciden de forma diferente entre regiones, afectando a múltiples funciones ecosistémicas. “Es muy importante que haya redes de investigación en aquellos sitios en los que se están produciendo eventos de decaimiento, en los que un alto porcentaje de árboles muere o decae, para entender qué está pasando”, subraya Ruiz.

Si bien la muerte de una porción de los árboles forma parte del proceso de reajuste natural de los bosques al calentamiento del planeta, para el biólogo Josep Maria Espelta “lo ideal sería poder acompañar a las masas forestales en esta adaptación, para que sea lo menos traumática posible tanto para el monte como para nosotros”. Una forma de hacerlo es aumentando la gestión forestal en algunas zonas, para disminuir la densidad de árboles (reduciendo la competencia entre ellos) y dotar a los bosques de una mejor estructura. No obstante, para este investigador, esto no basta y resulta también necesario sustituir árboles: “En la península Ibérica tenemos muchas especies que se encuentran en el límite sudoccidental de su área de distribución, como el haya, el pino albar, el pino silvestre, el abeto. Con el cambio climático, hay muchas poblaciones de árboles que probablemente ya están fuera de lo que serían sus condiciones climáticas adecuadas”.

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20 diciembre 2025

UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA, Escrito por UCC+i
La migración de las aves puede dispersar semillas a más de 500 kilómetros

La Universidad de Córdoba participa en un estudio que demuestra el papel de especies frugívoras, como el zorzal, en la distribución de plantas y la supervivencia de poblaciones vegetales
     Las aves migratorias frugívoras tienen una enorme capacidad para dispersar semillas a largas distancias: al consumir frutos carnosos para alimentarse de su pulpa, defecan o regurgitan sus semillas, proporcionando a las plantas servicios de dispersión a cambio del alimento recibido en una relación mutualista. Especies como el zorzal común (Turdus philomelos) son capaces de transportar semillas a más de 500 kilómetros durante su migración, un proceso ecológico que puede ser crucial para explicar la distribución de las plantas, la colonización de islas oceánicas, la supervivencia de poblaciones vegetales en paisajes fragmentados por la actividad humana o la respuesta de las plantas al cambio climático. 
     Así lo pone de manifiesto un trabajo publicado en la revista Proceedings of the Royal Society B por personal investigador de la Universidad de Cádiz (UCA), la Universidad de Córdoba (UCO), la Universidad de Glasgow de Reino Unido, la Universidad de Marburg en Alemania y la Fundación Migres, que ha empleado datos de los vuelos migratorios, tiempos de consumo de frutos y de retención de semillas en el tracto digestivo de las aves para desarrollar modelos matemáticos que permiten simular su dispersión. Los resultados muestran que la dispersión de semillas facilitada por la migración de especies como el zorzal puede alcanzar distancias extraordinarias, promoviendo cientos de miles de eventos de dispersión de semillas a más de 100 kilómetros cada año. 
     Para dar seguimiento a los vuelos migratorios de las aves, los científicos equiparon con dispositivos GPS satelitales a zorzales en diferentes puntos de Europa. En concreto, llevaron a cabo campañas de marcaje en la campiña de Cádiz, para el seguimiento de la migración primaveral hacia al norte; y en la isla de Heligoland (Alemania), la península de Falsterbo (Suecia) y el cabo Ventės (Lituania), para seguir la migración otoñal hacia el sur. Hay que tener en cuenta que los zorzales migran de noche, iniciando la mayor parte de los vuelos migratorios pocos minutos después de la puesta de sol. En paralelo, experimentos realizados en el Zoobotánico de Jerez (Cádiz) permitieron obtener información sobre los tiempos de retención de semillas en el tracto digestivo de las aves.
     "La dispersión de semillas por aves en migración contrasta con las distancias mucho más cortas que alcanzan las semillas cuando son dispersadas por movimientos no migratorios de estas mismas aves, es decir, durante su estancia en las zonas de invernada, de cría, o en las pausas que realizan durante la ruta migratoria", comenta Claudio A. Bracho-Estévanez, investigador que lideró este trabajo como parte de su tesis doctoral, realizada en la Universidad de Cádiz, y actualmente contratado por la Universidad de Córdoba. En dichos casos, "las semillas rara vez son dispersadas a más de un kilómetro de distancia de la planta dónde las aves consumieron los frutos".
     Otros animales como los zorros, las garduñas o los primates no humanos también contribuyen a la dispersión de semillas, pero a distancias máximas mucho menores, generalmente por debajo de los 10 kilómetros. Solo algunas aves acuáticas migratorias, como las anátidas (patos y gansos), pueden facilitar distancias de dispersión de semillas comparables a las de aves como los zorzales durante su migración. "Este trabajo pone de manifiesto hasta qué punto la migración de las aves es un poderosísimo motor para la dispersión de las plantas a grandes distancias, conectando ecosistemas separados por centenares de kilómetros" indica Pablo González Moreno, coautor del estudio e investigador Ramón y Cajal de la UCO y el IISTA. 

No todas las plantas llegan igual de lejos
     
Este hallazgo adquiere una importancia especial en el contexto actual de cambio climático, ya que el servicio de dispersión de semillas que brindan aves como los zorzales durante su migración puede ser clave para preservar plantas en regiones fuertemente transformadas por la acción humana. A medida que las temperaturas aumentan, muchas especies vegetales dependen de las aves migratorias para dispersar sus semillas hacia regiones más frías. Sin embargo, no todas tienen las mismas oportunidades en esta carrera por redistribuirse: el estudio también revela que no todas las especies de plantas se benefician por igual de este fenómeno. Las especies con semillas más pequeñas, al permanecer más tiempo en el tracto digestivo de las aves, tienen mayor probabilidad de ser transportadas una vez comienzan los vuelos migratorios y a mayores distancias. En plantas como el tejo, solo el 0,1% de las semillas serían dispersadas a más de 50 kilómetros por zorzales en migración. Sin embargo, en plantas como el madroño, con semillas más pequeñas, la misma fracción alcanzaría distancias superiores a 138 kilómetros. 
   
 "Este trabajo pone de manifiesto la importante función ecológica que las aves frugívoras migratorias desempeñan cada año, contribuyendo a la adaptación y a la resiliencia de los ecosistemas frente a los cada vez más frecuentes cambios ambientales a los que están sometidos. Paradójicamente, las aves frugívoras dispersoras de semillas (zorzales, mirlos, petirrojos, currucas, colirrojos, papamoscas) son grandes desconocidas para la sociedad y ampliamente ignoradas en las políticas medioambientales destinadas a gestionar, restaurar o conservar los ecosistemas", explica Juan P. González-Varo, profesor del Departamento de Biología de la Universidad de Cádiz e investigador principal del proyecto MIGRANTSEEDS.

Referencia: Bracho Estévanez C.A., Morales J. M., González-Moreno P., Onrubia A., Rösner S.,González-Varo J.P. 2025. How far can frugivorous birds disperse seeds during migration? Proc. R.Soc. B 292: 20251545. https://doi.org/10.1098/rspb.2025.1545

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17 diciembre 2025

PAULA MATEU, (en La Vanguardia, jul-2024)
Los árboles captan metano de la atmósfera, al contrario de lo que se creía hasta ahora

Los investigadores continúan su estudio en Catalunya, en zonas del Montseny u otras del Prepirineu. Autor: Galdric Mossoll
El metano es, junto con el dióxido de carbono (CO₂), uno de los gases que más contribuyen al calentamiento global; y hasta ahora, se había considerado al suelo como el único reservorio terrestre capaz de captar este gas. Sin embargo, una nueva investigación liderada por la Universidad de Birmingham, con la participación del Creaf, ha descubierto que los árboles también pueden captar metano gracias a unas bacterias que habitan en su corteza.
     Según apuntan los autores de este estudio, publicado en Nature, su hallazgo podría cambiar el paradigma de los planes de reforestación y conservación que, hasta ahora, únicamente contemplaban la capacidad de los bosques para secuestrar dióxido de carbono.
     La mayoría de estudios suelen medir los flujos de metano en el primer metro del tronco, donde los árboles sí emiten este gas hacia la atmósfera. Pero, en esta investigación, se realizaron mediciones también a mayor altura y se observó que, aproximadamente a partir del metro y medio, las bacterias que viven en la corteza absorben mucho más metano del aire del que que se libera a la atmósfera.
     Josep Barba, investigador del Creaf y coautor del estudio, explica que, para entender el fenómeno, es útil pensar en los árboles como “chimeneas” que canalizan el metano de las capas profundas del suelo a través del tronco y lo liberan por la corteza. "Así, conforme se alcanza mayor altura, queda menos metano en el interior del tronco”, aclara Barba. El investigador defiende que, probablemente, la gran contribución del artículo sea desmentir la creencia anterior de que los árboles podían estar emitiendo metano a la atmósfera, “un gas de efecto invernadero, mucho más potente que el CO₂ (28 veces más potente) y que es responsable de una cuarta parte del calentamiento global”.
     "El primer mensaje, por lo tanto, es que los árboles no emiten metano y que, además de todos los beneficios que ya conocíamos, ahora sabemos también que captan este gas”, declara Barba en una entrevista para La Vanguardia.
     En el caso de las estrategias de reforestación, las conclusiones de este estudio también pueden suponer un cambio de visión, sobre todo en lo que respecta a los 'nuevos bosques'. Compuestos por árboles jóvenes, estos bosques no resultan demasiado eficientes como sumideros de carbono, porque tienen poca biomasa.
     Sin embargo, en el caso del metano, lo importante no es lo maduro que sea un bosque, sino la superficie de la corteza que interacciona con la atmósfera, “así que a pesar de que los árboles sean jóvenes, si hay muchos, hay mucha superficie de tronco expuesta y el potencial para captar metano de la atmósfera es alta”, explica Barba.
     En este sentido, Barba considera que este enfoque puede ser muy interesante si se tiene en cuenta el tiempo de residencia de los distintos gases en la atmósfera; porque mientras que el dióxido de carbono permanece durante varias décadas, el metano tiene un tiempo de residencia mucho más corto, de días o semanas.
     “En consecuencia, las políticas que implementemos para reducir el CO₂ no tendrán efectos visibles en las temperaturas hasta dentro de varias décadas“, presenta Barba, y puntualiza: ”en el caso del metano, sin embargo, veríamos resultados en un plazo de tiempo mucho menor, de ahí que pudiera ser también una opción interesante".
     Por otra parte, Vincent Gauci, investigador de la Universidad de Birmingham y autor principal del estudio, argumenta que, según los resultados, “plantar más árboles y reducir la deforestación” deben ser componentes clave para lograr el objetivo de reducir las emisiones de metano en un 30% para finales de la década, como se estableció en el Compromiso Mundial contra el Metano de 2021.
     Barba, no obstante, deja espacio para una última precaución: si bien es cierto que el artículo demuestra un mismo patrón respecto a la emisión y la captación de metano en árboles de ecosistemas muy importantes, los autores no esperan, todavía, impactar directamente sobre los planes de gestión.
     “Nuestra investigación se ha realizado en ubicaciones concretas y lo que esperamos, es que esto genere más estudios en otros lugares; y si vemos que, efectivamente, el impacto se cumple en todos ellos... Entonces sí, el impacto que podríamos tener sobre las políticas de reforestación y de gestión forestal podría ser muy real”, cierra Barba.
 
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https://www.creaf.cat/es/articulos/los-arboles-captan-metano-de-la-atmosfera-gracias-los-microorganismos-que-habitan-en-su-corteza
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14 diciembre 2025

ARIADNA MARRERO , en "EL DÍA"-marzo2022
‘Bárbol’, el cedro que ha vivido seis erupciones en el Teide, ha entrado en la historia


Los investigadores del Parque Nacional que hallaron el árbol más viejo de Europa quieren recuperar las poblaciones de esta especie.

José Luis Martín Esquivel, biólogo del Parque Nacional del Teide, recibió en septiembre una llamada de su compañero investigador José Miguel Olano. «Me dijo que me sentara para que no me cayera de la impresión», rememora Esquivel. Aquel cedro remoto y agarrotado que habían encontrado en el hueco de una pared volcánica del Parque Nacional tenía una edad increíble. La investigación determinó que tiene al menos 1.481 años. Es decir, nació en el 541. Faltaban todavía 955 años para que los castellanos conquistaran Tenerife y los guanches ya poblaban la Isla. «Es probable que tenga más años, ya que no es seguro que hayamos llegado al núcleo, dada la geometría del tronco», precisa Esquivel.

     Este ejemplar de Juniperus cedrus, apodado por los investigadores como Bárbol, es el árbol más antiguo de Europa. Se encuentra en la zona sur del Parque Nacional del Teide. El 23 de noviembre de 2021 se publicó en la revista científica Ecology de la Ecological Society of America el estudio que demuestra que Bárbol es el ejemplar más longevo del viejo continente. El análisis fue realizado por un equipo de biólogos del Parque Nacional del Teide, junto con un grupo de investigadores del Instituto Universitario de Gestión Forestal Sostenible de la Universidad de Valladolid y la Universidad Rey Juan Carlos I.
     La investigación, liderada por José Miguel Olano, determinó que Bárbol desbanca al pino popularmente apodado como Adonis de 1.081 años, que se encuentra en Grecia. Los árboles de mayor antigüedad, en su gran mayoría, no son los ejemplares más voluminosos. Por ello, José Luis Esquivel y su equipo comenzaron a investigar la antigüedad de los cedros de dimensiones más pequeñas. El desencadenante de este estudio fue otro cedro del Teide conocido como El Patriarca. A este Juniperus cedrus de más de 1.000 años se le realizó una primera prueba. Se tomó una muestra de 12,5 centímetros y luego otra de la parte central del tronco para datarlo mediante la técnica de Carbono 14. El Patriarca tenía 1.118 años.
     Tras el descubrimiento, Esquivel y el equipo de expertos del Parque pensaron que podía haber más ejemplares de una extraordinaria antigüedad en la cima de Tenerife. Por ello, contactaron con Javier Martín Carvajal, coautor de la investigación y escalador. Le preguntaron si había visto en sus escaladas cedros de las características de El Patriarca. Martín Carvajal apuntó una treintena. Fue en esa búsqueda en la que apareció Bárbol.
     El nombre escogido por el propio Esquivel y el resto del equipo científico procede de un personaje con forma de árbol de El Señor de los Anillos. Esta figura es el guardián de Fangorn, uno de los bosques más antiguos del universo ficticio de la saga. Por esta razón consideraron que era el nombre más adecuado para el ejemplar. Siguieron los mismos pasos que con El Patriarca y descubrieron que era el abuelo de los abuelos de entre estos cedros milenarios. Bárbol, desde su privilegiada atalaya, encaramado a una grieta, ha vivido las últimas seis erupciones volcánicas del Teide: las de los años 1492, 1704, 1706, 1798 y 1909. 

     Es el típico cedro de tronco curvado. Además, tal como afirma José Luis Esquivel, doctor en Biología y funcionario del Gobierno de Canarias con más de 30 años de experiencia, «en algún momento de su larga vida, una piedra cayó sobre él y casi lo parte». De ahí que su estructura esté «más arqueada de lo normal». Su tamaño no pasa de los 7 metros. Es posible que algunas capas internas se hayan descompuesto por el paso de tantos años. Este singular cedro, al igual que El Patriarca, es hembra. Ha vivido en condiciones extremas y encontrarlos es «muy complicado», señala el biólogo del Parque Nacional del Teide, «ya que se encuentran en zonas acantiladas».
     Tras emplear el Carbono 14, los investigadores analizaron el ADN para determinar si en épocas tan remotas había otros cedros como estos. Sí los había en las Cañadas. Con la llegada de los primeros humanos a la Isla -los bereberes comenzaron a llegar a Tenerife en torno al siglo V antes de Cristo-, las poblaciones de estos Juniperus cedrus empezaron a desaparecer. Los guanches utilizaban la madera de los cedros para diferentes usos cotidianos. El peor momento se produjo a partir de la conquista de Tenerife, en 1496. También influyó el pastoreo de las cabras.
     Todos estos datos se empezaron a conocer a partir de la declaración de la cima de la Isla como Parque Nacional en 1954. Ya desde las primeras investigaciones exhaustivas, a los biólogos les llamó la atención la aparición de cedros jóvenes. Tras estudiarlos, determinaron que estos ejemplares, que se encontraban a la mayor altitud, desprendían semillas que se dispersaban por todo el espacio. Estos ejemplares han pasado a estar protegidos y se recuperan lentamente.
     Tras el descubrimiento de la edad de Bárbol, los biólogos del espacio natural han elaborado una estrategia: mediante la migración asistida en la zona de las Cañadas, quieren formar un cinturón de cedros, similar al que había antes de la llegada de los humanos. Tienen previsto comenzar con la repoblación a finales de este año. «Los cedros son termófilos; es decir, pueden soportar un clima con condiciones extremas, con lo que se adaptarían muy bien al entorno», concluye José Luis Esquivel, uno de los pocos privilegiados que ha visto a Bárbol en su recóndita guarida del Teide.

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