MIGUEL PAZ CABANAS, en "Diario de León"
El país de los tejos
Tres años después de que los médicos me dijeran que nunca podría volver a subir un monte, decidí probar suerte: acabé derrengado, pero llegué al sitio. Supongo que mereció la pena.
A la salida de Rioscuro, camino de Los Bayos, hay un desvío que te permite internarte en un bosque que, como dictan los cánones, se va haciendo impenetrable. Tiene un prestigio razonable, porque en él se hallan varios de los tejos más antiguos de Europa Occidental. Llegar allí, sin embargo, no es sencillo, pues las indicaciones desaparecen a mitad de trayecto. A partir de ahí puedes extraviarte fácilmente, convertido en un druida loco o en un dominguero enajenado y quejumbroso. Salvo que, como a nosotros, se te aparezca la Virgen.
La Virgen, en realidad, tenía el aspecto de un minero retirado que lleva por nombre Luis Martínez. Es propietario de un refugio donde ofrece pan, vino y aliento. Es también aficionado al tiro con arco y ha escrito un maravilloso libro de botánica. Si, como era mi caso, detecta que nunca llegarás por tus propios medios, es posible que te acompañe personalmente: creo que hay cientos de personas que han conseguido ver esos árboles milenarios solo gracias a él.
Es difícil describir ese bosque sin emocionarte profundamente. Es un espacio lento y fabuloso, como aquellos que nombraran en sus sueños los hermanos Grimm: a primera hora de la mañana, hay una luz transparente hecha de pequeños cristales helados; más tarde, esa misma luz hace pensar en muchachas brillando débilmente en medio de la oscuridad. Las cuestas son exigentes y los árboles amenazadores; el corazón se te sale de la boca. Así era para mí, aunque a mi alrededor los demás, bastón en mano, ascendían con soltura. La temperatura bajaba y el terreno se volvía resbaladizo. Súbitamente, sin aviso previo, aparecen los tejos.
No son muchos, pero su aspecto, tortuoso y formidable, te deja sin palabras. Llevan allí mil años, piensas, y aunque los Rolling Stones no les andan a la zaga, su presencia tiene algo de leyenda murmurada: hombres que combatieron a sus pies, criaturas trasfiguradas, hogueras de llamas pavorosas. Uno de ellos, el más grande, está totalmente hueco y su tamaño te deja meterte en su interior. Cuando alzas los ojos hacia arriba observas un destello que, seguramente, se parece a esa luz que, en el último suspiro, deben ver los moribundos.
En el corral de mi casa hay plantado un tejo, obsequio de unos amigos por no bañarme antes de tiempo en las aguas del río Leteo. Eso fue hace tiempo. A veces me veo en esa montaña con los pulmones a punto de estallar, las piernas temblando como las de un niño y pienso que mi tumba debería estar al lado de ese tejo que me mira muchas tardes con ironía.
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