domingo, 24 de febrero de 2013

THE TWO TREES
William Butler Yeats (1865-1939)  

And LOREENA MCKENNIT





Beloved, gaze in thine own heart,
The holy tree is growing there; 

From joy the holy branches start, 

And all the trembling flowers they bear. 

The changing colours of its fruit 

Have dowered the stars with merry light; 

The surety of its hidden root 

Has planted quiet in the night; 

The shaking of its leafy head 

Has given the waves their melody, 

And made my lips and music wed, 

Murmuring a wizard song for thee. 

There the Loves a circle go, 

The flaming circle of our days, 

Gyring, spiring to and fro 

In those great ignorant leafy ways; 

Remembering all that shaken hair 

And how the wingèd sandals dart, 

Thine eyes grow full of tender care:
Beloved, gaze in thine own heart.

Gaze no more in the bitter glass 

The demons, with their subtle guile,
Lift up before us when they pass, 

Or only gaze a little while; 

For there a fatal image grows 

That the stormy night receives, 

Roots half hidden under snows, 

Broken boughs and blackened leaves. 

For all things turn to barrenness 

In the dim glass the demons hold, 

The glass of outer weariness, 

Made when God slept in times of old. 

There, through the broken branches, go 

The ravens of unresting thought; 

Flying, crying, to and fro, 

Cruel claw and hungry throat, 

Or else they stand and sniff the wind, 

And shake their ragged wings; alas! 

Thy tender eyes grow all unkind: 

Gaze no more in the bitter glass.

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LOS DOS ÁRBOLES 

Amada, mira en tu propio corazón,
el árbol sagrado crece allí;
desde la alegría brotan las sagradas ramas
y todas las trémulas flores que sostienen.
Los colores cambiantes de sus frutas
han salpicado a las estrellas de luz sagrada;
la seguridad de su raíz escondida
ha plantado tranquilidad en la noche,
el vaivén de su cabeza de hojas
le ha dado a las olas su melodía.
Casados, mis labios y mi música
murmuran una mágica canción por ti.
Entonces los amores giran en círculo,
círculo llameante de nuestros días,
en espirales desde aquí para allá,
sobre ignorantes caminos de hojas;
recordando aquella cabellera suelta
y el movimiento de tus sandalias aladas.
Tus ojos crecen plenos de tierno cuidado
Amada, mira en tu propio corazón.

No mires de nuevo en el amargo espejo
que los demonios de sutiles intenciones
levantan delante de nosotros cuando pasan.
O solo míralo un poco.
Porque desde allí una imagen fatal crece
acuñada en noches tormentosas
de raíces semiescondidas en la nieve
ramas rotas y hojas ennegrecidas.
Porque todas las cosas se vuelven desierto
en el oscuro vidrio que los demonios sostienen,
el vidrio de la extenuación, creado
mientras Dios dormía en tiempos antiguos.
Allí, a través de las quebradas ramas, van
los cuervos del pensamiento constante
volando, chillando, de aquí para allá,
de crueles garras y garganta hambrienta,
y allí se paran y olfatean el viento
y sacuden sus arruinadas alas; “¡alas!”
Tus tiernos ojos crecen perversos.
No mires de nuevo en el amargo espejo.
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