2/24/2021

Animación: Avenida de los gigantes

ALOIS DI LEO
Avenida de los gigantes


Corto de animación realizado en 2016.
En un bosque de árboles gigantes, Oquirá, una niña indígena de seis años desafiará a su destino y empezará a comprender el ciclo de la vida.

Animation : Tiago Rovida & Henrique Lobato
Original Music by Tito La Rosa
Editing : Helena Maura & Alois Di Leo
Sound Design and Mix : Daniel Turini & Fernando Henna
Additional Music : Gustavo Monteiro
 

Ver el original: Aquí, tomado vía Krapo arboricole

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2/21/2021

Una protesta en toda regla, del cronista de Canarias

JUAN GUZMÁN OJEDA, Ing. téc. forestal
El último paloblanco majorero no fructifica

Si en sentido figurado fuéramos a representar la foresta canaria, trazaríamos un brochazo verde desde La Palma hacia Lanzarote, aunque la pintura casi se nos habría gastado en Gran Canaria. Pero esto no fue siempre así. En la Historia, las denominadas Purparias (Lanzarote y Fuerteventura) llegaron a ser fértiles, no en vano durante más de cinco millones de años se cree que formaron una sola isla, la única que por aquel entonces constituía la todavía sin bautizar Canarias.


     Resulta cuanto menos contradictorio que en este archipiélago nos atrevamos a hablar de sostenibilidad, o presumir de nuestra biodiversidad, cuando todavía hoy asistimos a la degradación y alteración de hábitats. Fuerteventura, pese a la sensación de paz y sosiego que transmite, oculta una violenta historia de deforestación, incluyendo la extinción de especies. Desde su conquista en el siglo XV hasta hoy, viene soportando una enorme presión, sobre todo herbívora, y no solo de cabras, durante años también fueron burros y camellos los que pastaban libremente en el medio natural. Siempre quedará en el aire la pregunta de cómo sería actualmente esta isla si no hubiera sufrido el maltrato que todavía sufre.
      Junto al Pico de la Zarza, en Jandía, máxima altitud de la isla con 810 metros, se concentra el máximo de biodiversidad insular: de doce especies exclusivas de la isla, ocho se encuentran en este enclave.
      El Pico de la Zarza se asemeja a esos dibujos infantiles en los que las montañas aparecen siempre rodeadas de nubes, en este caso las del alisio. De todos es sabido la habilidad de la cabra como artista de la verticalidad. Es por ello que, pese a lo abrupto del terreno, desde el año 2000 se instaló un vallado de protección para la flora en este lugar. Después, en 2006, se llevó a cabo una importante restauración con planta del lugar, si bien alguna que otra cabra ha logrado colarse ramoneando o pisoteando sobre el matorral de jorgao (Astericus sericeus), que hoy sustituye al que seguramente fuera el primer bosque de laurisilva de estas islas. Según un estudio reciente, los musgos que alberga la zona son los mismos que hoy habitan en el Parque Nacional de Garajonay.

Pared inaccesible
      La pared que mira al norte del Pico de Jandía resulta en gran parte inaccesible, incluso para las increíbles equilibristas de cuernos, y es precisamente en uno de sus andenes donde, sobre finales de los 80, botánicos del Jardín Canario Viera y Clavijo señalaron la presencia de un ejemplar de paloblanco (Picconia excelsa). El paloblanco es uno de los elementos más sobresalientes de la laurisilva, llegando a alcanzar grandes portes, aunque el protagonista de esta entrega apenas supera los tres metros de altura, apenas son dos pequeñas ramas erguidas sobre el vacío. Dada la pendiente de la zona resulta demasiado aventurado precisar una coordenada; a pie podemos llegar a situarnos unos 200 metros por debajo del mismo.
      El paloblanco es un árbol que produce flores hermafroditas, por lo que este individuo podría regenerar por sí mismo el entorno, especialmente ahora que la presión herbívora es limitada (y también vigilada periódicamente). La observación experta de Stephan Scholz, distinguido botánico del desierto canario, sin embargo, indica que este ejemplar lleva varios años sin fructificar.     
      La historia de este testigo mudo de la destrucción ambiental no es la única, igual suerte espera a los peralillos (Gimnosporia cryptopetala) o adernos (Herberdenia excelsa). La riqueza genética de la flora majorera es probablemente muy diferente a la del resto del archipiélago, tristemente estos parientes directos de los “abuelos de la laurisilva” no dejarán descendencia.
      Poco puede hacer la administración ambiental para contrarrestar la práctica ancestral del ganado guanil, actividad claramente precursora de la erosión acelerada. Pero quizás lo peor pueda ser la falsedad con la que se educa a los niños majoreros y canarios, inculcándoles en los centros educativos el valor de la importancia de la naturaleza canaria, toda vez que pueden ser sus propios familiares los que permiten que sus ganados la sigan deteriorando. Creo que ya está bien de imitar a los aborígenes, que no tenían otra alternativa. Como habitantes de esta tierra única debemos recordar que en materia de ética responsable y ambiental no hay lugar para las contradicciones.

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2/18/2021

Tkahashi en Saitama 2, el cronista de Japón (022)

TAKAHASHI HIROSHI (Yamagata, 1960)
El Tochi de la Cascada de Fudō, Saitama, Japón

Especie: Tochinoki (Aesculus turbinata, familia Sapindáceas, género Aesculus).
Dirección: Ōtaki Tochimoto, Chichibu-shi, Saitama-ken 369-1901
Perímetro del tronco: 6,5 m.   Altura: 25 m.   Edad: 500 años.
Tamaño: ★★★    Vigor: ★★★★★   Porte: ★★★★   Calidad del ramaje: ★★★★
Majestuosidad: ★★★★

En el término municipal de la ciudad de Chichibu (prefectura de Saitama) podemos encontrar un gran número de cascadas. La de Fudō es una de las más famosas, pero pocos han reparado en el tochi o tochinoki que se alza a su costado. Es una pena que tampoco el panel que indica el lugar de la antigua carretera nacional 140 de donde parte el camino de ascenso hacia la cascada dé la menor noticia de su existencia.
      Partiendo de la antigua carretera, hay que bajar una empinada cuesta hasta un puente colgante sobre el río Arakawa, situado 50 metros más abajo. Cruzando el puente, hay que salvar ahora una altitud de 100 metros y la ascensión no es nada fácil. Una vez ganado el collado, en unos 20 minutos, las vistas se ensanchan y súbitamente aparece ante nuestros ojos la espléndida cascada de Fudō. Es un momento mágico. En el conjunto de sus tres tramos, la cascada marca una caída de 50 metros. Su gran caudal de agua le da un aspecto magnífico. El llamativo árbol que se eleva ante ella es el Gran Tochi de la Cascada de Fudō. Diríase que su función es la de vigilar y proteger la niebla que rodea la cascada. Una vista que parece extraída de un cuadro.
      Especies como el katsura o el tochinoki gustan del agua y no es raro hallarlos a la orilla de un río, pero encontrar todo un árbol gigante asomándose a una cascada de renombre no es algo que ocurra todos los días. Y encerrar en un mismo marco una cascada tan preciosa como esta y un gran tochinoki recubierto de musgo de vivo color verde es ya una suerte irrepetible.
      El árbol ha arraigado en la misma roca que sirve de lecho a la cascada. Ha envuelto la roca en sus raíces y alza su formidable cuerpo aferrándose a ella con todas sus fuerzas. Uno se maravilla de que el árbol haya sido capaz de desarrollarse hasta este punto sin caer ni sufrir otros percances. Un lugar inmejorable para huir del calor del verano y un paisaje que, de poder permitírselo, uno desearía contemplar a lo largo de todo un día.


Número 022  

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2/15/2021

Verde posidonia

MAR VERDEJO
Verde posidonia

 
Hay muchos tipos de verde. Está el verde lima, pera, musgo, esmeralda, pino, trébol, albahaca, salvia, helecho, enebro, botella, jade, pistacho, floresta, menta, grama, verde mar, agua marina, manzana, caña, etc. Dice el Romance Sonámbulo de Federico García Lorca: “Verde que te quiero verde. Verde viento, verde ramas”. Incluso el Greenery fue tendencia para el Instituto del color Pantone: un verde que evoca a los primeros días de primavera con un cierto color amarillento. Verde refrescante y revitalizante, que nos acerca a lo sostenible. La Naturaleza, como tendencia, invitándonos a una alimentación saludable y al respeto al medio ambiente. El verde es el color de la esperanza, de las políticas eco y, además, nos da serenidad. De todos ellos: ¿qué verde elegiríamos para la posidonia? Llevo unos días preguntándome cómo sería ese verde posidonia.
      La posidonia, al igual que nosotros, salió del mar para convertirse en planta. Nosotros, los seres humanos, salimos y nos subimos a los árboles. Ella, al igual que las ballenas y los delfines, regresó al mar primigenio para alcanzar la eternidad, aunque sus restos, como un naufragio acaban en la playa, para dar más vida, como en el bosque mediterráneo caducifolio, en diferentes formas: hoja, fruto y rizoma. ¿Sabías que florecen esplendorosamente pero con discreción porque no esperan a ningún animal que las polinice? En cada baño en el mar, están ahí para darnos un cálido abrazo ancestral. Forman parte de nuestra vida y cultura mediterránea, a este lado y al otro lado de la orilla. 
     Las praderas de posidonia son auténticos bosques mediterráneos que nos aguardan en la puerta de casa. En buen estado oxigena y aumenta la transparencia de las aguas, porque sus hojas se dedican a captar las partículas en suspensión. Son auténticas heroínas porque durante milenios retienen el CO2 (conocido también como el carbono azul). Esta planta da cobijo a numerosas especies (más de cuatrocientas especies vegetales y a más de mil animales). Las praderas son un paraíso sumergido para la biodiversidad, protegiendo a las playas y a la línea de costa, amortiguando la fuerza invencible del mar; generando playas de calidad con los restos de conchas de los diversos habitantes que viven en la pradera. Aún así, esta heroína de los mil verdes, está desapareciendo, aunque la Ciencia la empieza a considerar el ser vivo más longevo del Planeta (se han calculado praderas con una edad de dos a cinco mil años). La Posidonia oceánica (este es su nombre científico), es una planta marina endémica, eso quiere decir que es 100% Mediterránea, que desde hace millones de años se ha adaptado, con éxito, a los diferentes devenires del litoral formando parte de nuestra vida y cultura, manteniendo los recursos naturales, nuestras playas y el litoral. Su presencia, o no, nos indica la calidad de sus aguas, y como dicen en el LIFE Posidonia: “como si fuese un bosque caducifolio renueva cada año sus hojas”. 
     Es una especie protegida y vulnerable que se ha usado para la ganadería, agricultura, comercio, construcción, medicina, etc. Sus hojas acintadas, con las que hace el milagro de la vida: la fotosíntesis, van del verde limón al verde floresta y acaban siendo marrones y grises en la orilla (o incluso en los días de Poniente en mi terraza). Crecen muy despacio, porque van muy lejos: tardan un siglo en crecer un metro de altura. Necesitan también cien años para cubrir de uno a seis metros, y milenios para formar una pradera. Mil años que con su carácter propio garantizan la habitabilidad y la biodiversidad en el mar; y fuera de él, bajo sus hojas en la playa, donde forman auténticos colchones o grandes arribazones. Está en auténtico peligro y a diario nos lanzan un S.O.S. urgente. En los últimos 30 años hemos perdido la mitad de las praderas de posidonia del Mediterráneo: las obras en el litoral, los dragados, la pesca de arrastre, la contaminación, el fondeo de embarcaciones, el cambio climático, etc. son sus enemigos, pero también lo es nuestra ignorancia.
      Dicen que: “Almería es desértica”, piensan que está ausente de manto verde clorofílico, sin bosques frondosos y sin biodiversidad. Y esto no es cierto, es una de las provincias más biodiversas de Europa y también es una gran desconocida, incluso para las personas que habitamos en ella. Bajo su manto azul celeste, en el mar nos aguarda uno de los bosques más frondosos del Mediterráneo: bosques sumergidos que contienen todos los matices de verdes inimaginables. Verdes, que son sinónimo de vida milenaria y eterna en el Mediterráneo.
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