9/24/2022

ROBER NASI, en "El País"
Las maravillas forestales de África y las amenazas a las que se
enfrentan


Camino de baobabs en Morondava, Madagascar

Los bosques de África son una de las grandes maravillas naturales del mundo. Al ser una persona que lleva décadas estudiando la ecología y la gestión de los ecosistemas forestales, aquellos que son exclusivos del continente no dejan de sorprenderme.
      Es muy probable que algunos de ellos sean desconocidos para el público en general y, sin embargo, son muy fascinantes e importantes para hacer frente a los problemas actuales a los que se enfrenta el mundo en materia de biodiversidad y clima. Empezando por el noroeste y terminando por el sureste, me gustaría compartir los que son especiales para mí. Se trata de una selección totalmente personal. Otras personas habrían elegido otros, pues hay muchas opciones. Pero ¿durante cuánto tiempo?
      Los bosques africanos, como muchos otros, se ven amenazados por la sobreexplotación, la conversión a otros usos del suelo y el cambio climático. Es probable que muchos desaparezcan o se degraden hasta tal punto que lleguen a un punto de inflexión en el que pierdan la valía que tienen ahora.
      Espero que este viaje a través de África contribuya a despertar el interés e inste a conservar y gestionar mejor estos ecosistemas únicos.

Los árboles de argán de Marruecos

No muy lejos de Agadir, en la costa atlántica marroquí, crece el árbol de argán (Argania spinosa). Es el único miembro de la gran familia Sapotaceae que crece en el hemisferio norte, la única especie de su género y es endémica de un área de unas 800.000 hectáreas.

Árboles de argán en Agadir, Marruecos

El ser humano lleva más de tres mil años explotándolo y gestionándolo para obtener aceite de argán. Este es el aceite más caro del mundo, con un coste de hasta 275 euros por litro en un mercado de 450 millones de euros. El aceite de argán es, quizás, el que más se usa como hidratante y se suele encontrar en productos como lociones, jabones y acondicionadores para el cabello.
     Además, el árbol de argán es también una fuente de madera para cercas, así como una fuente de carbón vegetal y de forraje para las cabras. Es verdaderamente polivalente, y resulta esencial sobre todo para el sustento de las mujeres.
     Por desgracia, a pesar de ser reserva de la biosfera de la UNESCO, está muriendo lentamente a causa del sobrepastoreo, la deforestación y el cambio climático. Esperemos que el auge de su aceite ayude a conservar y restaurar este ecosistema forestal único.

La selva tropical de la cuenca del Congo

     Si volamos hacia el sureste, sobre el desierto del Sáhara y las sabanas sahelianas, llegamos a la selva tropical de la cuenca del Congo.
     El congoleño es la segunda área verde tropical más grande del mundo (después del Amazonas). Es el hogar de muchos gigantes, como el sipo o el moabi. Estos y otros son el origen de la preciada madera, pero también de importantes recursos para la población local, como alimentos y medicinas. También es el hogar de animales como elefantes, búfalos y gorilas de tierras bajas.
     En lo más profundo de la cuenca del Congo se encuentra el mayor bosque pantanoso de turba del mundo. Descubierto recientemente por la ciencia, este lugar era conocido por la comunidad aka, que lo habita con la creencia de que es el sitio por el que vagaba Mokele Mbembe, un mítico monstruo del tamaño de un elefante que se asemeja a un dinosaurio.
     Nadie lo ha visto nunca, pero en la actualidad se sabe que este territorio almacena más de 30.000 millones de toneladas de carbono. Su tala haría que se liberase todo el carbono y, si esto ocurre, habremos desencadenado un monstruo mucho peor que el Mokele Mbembe.

Río Loya, en el este de la República Democrática del Congo

     Afortunadamente, debido a su lejanía y dificultad de acceso, este espacio ha estado protegido de forma natural hasta ahora, pero, si no permanecemos atentos, pronto podría verse amenazado por las prospecciones petrolíferas.

Los bosques afromontanos de África oriental

     En la frontera oriental de la cuenca del Congo se alzan las montañas Ruwenzori, en cuyas laderas yacen los últimos bosques afromontanos, que conforman el hábitat del árbol más alto de África, un Entandrophragma excelsu. Escondido en un remoto valle del Kilimanjaro, posee la sorprendente altura de 81,5 metros.
     Estos bosques albergan un alto nivel de endemismo –lo que quiere decir que muchos de estos árboles solo pueden encontrarse en este lugar– y biodiversidad. También actúan como depósitos de agua, regulándola y proporcionándola a las tierras bajas y a sus habitantes.

Lago Bjuku y monte Stanley, cordillera de Rwenzori, Uganda

     Estas frondas afromontanas almacenan más carbono por hectárea que la selva amazónica. Lamentablemente, en los últimos 20 años se han perdido 0,8 millones de hectáreas a causa de la agricultura. La mayor parte se encuentra en la República Democrática del Congo, Uganda y Etiopía. Esto ha provocado la emisión de más de 450 millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera.

Bosques de miombo

      Si continuamos nuestro viaje hacia el sur, pronto llegamos a la inmensa zona de los bosques de miombo. Se calcula que abarcan una superficie total de unos 2,7 millones de kilómetros cuadrados: desde Angola, en el oeste, a Tanzania, en el este, y hasta el extremo septentrional de Sudáfrica.
     Más de 65 millones de personas dependen de estos ecosistemas para su subsistencia, ya que hacen uso de recursos como la leña, la madera, la producción de carbón vegetal, las frutas, la miel, las setas, las plantas medicinales y el pienso para el ganado.
     Solo una especie arbórea conforma todo el paisaje: el Colophospermum mopane.
     Es un ecosistema importante para la diversidad y la biomasa de los grandes mamíferos de África meridional, incluidas algunas de las poblaciones más importantes que quedan de rinoceronte negro, elefante, rinoceronte blanco, hipopótamo, búfalo, jirafa y kudú mayor. 

El gusano Mopane vivo se ve en los árboles en la zona rural de Kezi antes de que se cosechen a mano el 7 de abril de 2021 en Bulawayo

     Este lugar es también la única fuente de un animal menos emblemático, pero muy relevante: el gusano mopane. Gonimbrasia belina, por su nombre en latín, es una fuente estacional de proteínas muy valiosa para las poblaciones que viven cerca
     Por desgracia, la disminución de la densidad de los árboles de mopane, las precipitaciones más bajas de lo habitual y las temperaturas más altas de lo normal han afectado considerablemente a la disponibilidad del gusano y a los casos de brotes, amenazando los ya precarios medios de vida de las poblaciones locales.

 

El bosque espinoso de Madagascar

     Cruzando el canal de Mozambique llegamos a Madagascar. En el suroeste de la Grande Ile crece el bosque espinoso. Se trata de un paraje como ningún otro en la Tierra, donde rarezas endémicas como el árbol pulpo (Didierea madagascariensis) y otros extraños miembros de la familia Didieraceae crecen mezclados con baobabs hinchados (Adansonia rubrostipa) y otros árboles botella (Pachypodium geayi).
     El bosque espinoso está habitado por animales aún más extraños, como lémures blancos y fantasmales que son inmunes a las espinas, pájaros que cantan en comunidad y un camaleón que pasa la mayor parte de su vida en forma de huevo.
     Por desgracia, al igual que las otras maravillas únicas de África, esta superficie se ve amenazada por la sobreexplotación para la producción de carbón vegetal, dado que los productores locales se han visto fuera del negocio debido al clima cada vez más imprevisible, y no tienen muchas otras oportunidades en el empobrecido y seco suroeste de Madagascar.
     Hemos llegado al final de nuestro viaje por África. Nuestras elecciones son subjetivas y podríamos haber presentado otras maravillas forestales, pero esperamos que esto sea suficiente para convencer a los lectores de la importancia de estos ecosistemas y de que se encuentran amenazados por culpa de nosotros, los humanos. Deberíamos protegerlos y gestionarlos mejor, pues dependemos de ellos para sobrevivir.

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9/21/2022

La industria artesanal en torno al 'abrigo' del alcornoque es negativa en huella de carbono

Eloi Madrià
JOSÉ A. GONZÁLEZ
El milagro ecológico del corcho


«¡Chsss! ¡Escucha! Él nos dirá si está listo», asegura Eloi Madrià, sacador de corcho. «No os preocupéis le voy a hacer una pequeña intervención quirúrgica», apunta con una sonrisa mientras rodea un alcornoque catalán centenario. Un golpe de hacha sobre la hendidura de la corteza del árbol y su piel se rasga. «Hemos acertado hoy», añade.
     Así comienza la saca del corcho, justo cuando las hogueras de San Juan se apagan, «le quitamos el abrigo al alcornoque», responde Madrià. Un desviste que dura hasta San Jaime, justo un mes después. «Pero, no pasa nada, porque le vuelve a salir el abrigo, ¿eh?», confirma el veterano sacador mientras deja reposar en el suelo una de las planchas de corcho extraída.
     Un breve paseo por el Macizo de Les Gavarres (Gerona) deja ver que el ‘cirujano’ Madrià ha comenzado sus intervenciones. «Esto no causa ningún impacto negativo», asegura. «El corcho es un material natural renovable», le añade Albert Hereu, director de la Fundación Institut Català del Suro (corcho en catalán).
     Este trabajo artesanal «tiene una huella de carbono negativa», advierte Hereu. «Desde su sacada hasta que se convierte en tapón», apostilla. La extracción de este «abrigo» es un «oficio», responde Madrià. Un hacha y poco más es su utensilio diario. Si se tiene en cuenta todo el ciclo de vida del tapón de corcho, se confirma que la producción ayuda a retener 234 gramos de dióxido de carbono.


     Y es que la respuesta está en el alcornoque, «es un árbol muy generoso», defiende Madrià. Plantas centenarias con una captación de CO2 superior a la media y «que multiplica la fijación tras la extracción del corcho», apunta el director de la Fundación Institut Català del Suro.
     Sin embargo, este acto de servicio milenario cada vez es más complicado por la situación de los bosques. «Vivimos un mal momento», denuncia Madrià. «Hay que gestionarlos», apostilla Hereu. Uno de cada cuatro hectáreas de alcornocal está en España, un total de 506.000 hectáreas.
     Los incendios y la falta de lluvias dejan una cicatriz cada vez más persistente en los paisajes de los alcornocales por toda la Península Ibérica. «El fuego se apaga en invierno y eso ya no se hace», deja caer el sacador catalán.
     Estos bosques son sistemas forestales únicos y muy exclusivos, sólo siete países cuentan con estas plantas: España, Portugal, Francia, Italia, Argelia, Marruecos y Túnez. Sus gustos por los climas calientes y húmedos del Mediterráneo y la influencia atlántica hacen que la Península Ibérica sea su terreno preferido, aunque «se están adaptando bien al cambio climático», asegura Madrià.
     Estos árboles son un freno a la desertización, gracias a la capacidad de retener el terreno en sus raíces al mismo tiempo que con sus copas frenan la intensidad de la lluvia, reduciendo la escorrentía del agua y evitando la erosión del terreno.


De bellota a tapón

     De los alcornocales españoles salen todos los años más de 1.000 millones de tapones de corcho, además de placas aislantes y otros materiales. Solo España, concretamente Andalucía, Extremadura y Cataluña, representa el 30% de la producción de corcho a nivel mundial.
     Una industria puntera, junto con la portuguesa, pero que tiene sus propios tiempos. «Ahora estamos trabajando el corcho del año pasado», explica Joan Enric de Maria, responsable de compras y producción de 'De María Taps’, una empresa corchera con sede en Gerona.
     Trescientos sesenta y cinco días de reposo marcados por el CIPR (Código Internacional de Prácticas Corcheras por sus siglas en inglés) «para que el logre una estabilización óptima». Un descanso que se puede hacer en el propio bosque, durante el periodo de saca es habitual verlas apiladas cerca de los alcornocales o también se pueden almacenar en las propias fábricas. «El tiempo nunca puede ser inferior a seis meses», señala este reglamento. Pero, «el corcho tiene más tiempo», advierte Madrià.

Placas de corcho apiladas. / José A. González

     Las explotaciones de alcornoques suelen tener una duración de 200 años, «si se gestiona bien», apostilla el sacador catalán. El clima, las lluvias, las plagas y la acción humana son los factores que pueden arrancar años de vida a estas plantas, pero «bien trabajadas dan mucho», añade.
     Así el corcho que llega a las botellas de vino de las mesas españolas pueden tener un ‘padre’ centenario. «Los alcornoques del Mediterráneo tienen un corcho más denso, porque viven en un clima más seco y su primer descorche se hace a los 25 años», explica Madrià. Esa cifra se reduce en los alcornocales portugueses, extremeños y andaluces que «suele ser a los 8 o 9 años», puntualiza.
     Esta primera saca, «no es válida para los tapones de vino», apunta Hereu. Su uso es para paneles aislantes o pavimentos. Una década después llega el segundo descorche con el «corcho segundero que tampoco vale para tapones», explica Hereu. Es en la tercera saca, cuando el árbol tiene entre 40 y 50 años, y posteriores, cuando se obtiene con las propiedades adecuadas para la producción de tapones de calidad. «Cuenta el tiempo que pasa entre que cae la bellota al suelo, crece el alcornoque y podemos hacer un tapón», cuenta Madrià.
     Es este el momento que los expertos del sector llaman «corcho de reproducción». Desde ese instante, «el alcornoque dará unas 14-15 sacas», revela el sacador catalán. «Tardan en regenerar su abrigo unos 9-14 años y que quede claro que no se tala ningún alcornoque», aclara. «El proceso de envejecimiento del alcornocal es largo y costoso. Muchos no le ven rentabilidad, pero si entendieran todo el proceso la cosa sería distinta», responde de María.

80.000 tapones diarios

     Tras su periodo de reposo, las planchas se «sanean, porque han estado mucho tiempo a la intemperie», detalla Alicia de Maria, responsable de administración y finanzas de 'De María Taps’. Luego se le dan varios hervidos, varios secados para quitar la humedad y listos para tapar botellas. «Nosotros nos dedicamos a vinos no espumosos», revela la responsable de esta compañía catalana.

Tapones de corcho. / José A. González

     Un trabajo mecanizado que al día produce entre 70.000 y 80.000 tapones, «al año son entre quince y veinte millones», asegura Joan Enric. «Y no desperdiciamos nada», asegura su hermana Alicia. En toda la cadena se aprovecha hasta el último gramo de corcho, «los recortes y los restos no aprovechables se reutilizan como biomasa», apostillan.
     La asignatura pendiente está en el reciclaje tras su uso. El tapón de corcho natural «es totalmente reciclable», asegura Hereu. Sin embargo, el cierre del círculo aún no está sellado.
     Estos pequeños objetos han de ser desechados al contenedor marrón de orgánico, en las ciudades o comunidades donde exista, porque, una vez recogidos se pueden triturar y destinar a la confección de productos de corcho no destinados a alimentación, como materiales para la construcción.

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9/18/2022

El corcho, la memoria del bosque

EUGENIO MONESMA (Huesca, 1952)
El corcho

Extracción artesana del tronco de alcornoques y su transformación en tapones

     En la Sierra Norte de la provincia de Sevilla se encuentra la localidad de El Pedroso, centro vital de una intensa actividad humana desarrollada tradicionalmente en torno al alcornoque. Al llegar el primer día de junio se inicia en El Pedroso la temporada de la saca de corcho que durará todo el verano y finalizará el 30 de septiembre. En el año 2000, acompañamos a los corcheros para conocer su trabajo de la extracción de este producto de los alcornoques.

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9/15/2022

El origen del cocotero
Leyenda de Upolu, Samoa

Los isleños cuentan que había una joven llamada Sina. Era tan hermosa que la fama de su belleza llegó a oídos de un rey de las islas Fiji, a cientos de km. Los comentarios sobre la belleza de la joven alteraban los sentidos del rey. En su pensamiento sólo cabía conocer a la joven y casarse con ella. Para conocerla se transformó en anguila y fue nadando hasta la isla de Upolu, en Samoa. La anguila llegó a ser el animal favorito de Sina; pero cuando empezó a hacerle insinuaciones, ella, como es comprensible, se asustó y huyó.
     Según me dijeron la fábula tiene sus variaciones pero en todas ellas se dice que la anguila persiguió a Sina de isla en isla hasta quedar agotada. Con su último aliento la anguila confesó su amor a Sina, diciéndole que era realmente un rey de Fiji. La anguila prometió que si Sina la enterraba frente a su casa en Upolu, siempre le proporcionaría sombra, alimento y bebida. Así que Sina trasladó el cuerpo de la anguila a Upolu y la enterró allí en su jardín. Poco después observó cómo una planta nacía y crecía serpenteante con hojas frondosas y frutos extraños. Era, por supuesto, el cocotero, y cada vez que Sina bebía el agua de su fruto, sabía que estaba besando a su amante.

---Fin---