FEDERICO GARCÍA LORCA (Granada, 1898 -1936)
Invocación al laurel
A Pepe Cienfuegos
Por el horizonte
confuso y doliente
venía la noche preñada de estrellas.
Yo,
como el barbudo mago de los cuentos,
sabía el lenguaje de flores
y piedras.
Aprendí
secretos de melancolía,
dichos por cipreses, ortigas y
yedras;
supe del ensueño por boca del nardo,
canté con los
lirios canciones serenas.
En el bosque
antiguo, lleno de negrura,
todos me mostraban sus almas cual
eran:
el pinar, borracho de aroma y sonido;
los olivos viejos,
cargados de ciencia;
los álamos muertos, nidales de hormigas;
el
musgo, nevado de blancas violetas.
Todo hablaba
dulce a mi corazón
temblando en los hilos de sonora seda
con
que el agua envuelve las cosas paradas
como telaraña de armonía
eterna.
Las rosas
estaban soñando en la lira,
tejen las encinas oros de leyendas,
y
entre la tristeza viril de los robles
dicen los enebros temores de
aldea.
Yo comprendo
toda la pasión del bosque:
ritmo de la hoja, ritmo de la
estrella.
Mas decidme, ¡oh cedros!, si mi corazón
dormirá en
los brazos de la luz perfecta.
Conozco la lira
que presientes, rosa:
formé su cordaje con mi vida muerta.
¡Dime
en qué remanso podré abandonarla
como se abandonan las pasiones
viejas!
¡Conozco el
misterio que cantas, ciprés;
soy hermano tuyo en noche y en
pena;
tenemos la entraña cuajada de nidos,
tú de ruiseñores
y yo de tristezas!
¡Conozco tu
encanto sin fin, padre olivo,
al darnos la sangre que extraes de
la Tierra,
como tú, yo extraigo con mi sentimiento
el óleo
bendito que tiene la idea!
Todos me
abrumáis con vuestras canciones;
yo sólo os pregunto por la mía
incierta;
ninguno queréis sofocar las ansias
de este fuego
casto que el pecho me quema.
¡Oh laurel
divino, de alma inaccesible,
siempre silencioso, lleno de
nobleza!
¡Vierte en mis oídos tu historia divina,
tu
sabiduría profunda y sincera!
¡Árbol que
produces frutos de silencio,
maestro de besos y mago de
orquestas,
formado del cuerpo rosado de Dafne
con savia potente
de Apolo en tus venas!
¡Oh gran
sacerdote del saber antiguo!
¡Oh mudo solemne cerrado a las
quejas!
Todos tus hermanos del bosque me hablan;
¡sólo tú,
severo, mi canción desprecias!
Acaso, ¡oh
maestro del ritmo!, medites
lo inútil del triste llorar del
poeta.
Acaso tus hojas, manchadas de luna,
pierdan la ilusión
de la primavera.
La dulzura tenue
del anochecer,
cual negro rocío, tapizó la senda,
teniendo de
inmenso dosel a la noche,
que venía grave, preñada de estrellas.
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Se cumplen 79 años del asesinato del poeta