12/07/2010

EL JACARANDÁ - América 
Cuento popular argentino

     Cuando los españoles empezaron a poblar Corrientes, trayendo consigo sus familias, vino a habitar este suelo un caballero que traía consigo a su hija. La bella jovencita de escasos dieciséis años, de tez blanca, ojos azul oscuro y negra cabellera.
     Se instalaron en una zona no muy retirada de la ciudad de las Siete Corrientes, en una reducción donde los jesuitas cumplían una misión evangelizadora y civilizadora, enseñando no sólo el amor a Cristo sino también a cultivar la tierra a los guaraníes.
     Entre los jóvenes de esa reducción se distinguía Mbareté, un mocetón veinteañero alto y fornido, que trabajaba la tierra con tesón, como queriendo arrancar de sus entrañas toda su riqueza y sus secretos.
     Una tarde en que Pilar -la joven española- salió a caminar en compañía de una doncella que la servía, vio a Mbareté y fue verlo y prendarse de su apostura. El indio también la observó con disimulo al principio, con desenfado después, y admiró su blanca piel, su negro cabello y el color de sus ojos.
     El encuentro fue fugaz. Tan sólo intercambiaron una mirada. Pero Mbareté la siguió con la vista hasta que la joven desapareció entre unos arbustos.
     El indio buscó la forma de que el jesuita le asignara tareas cerca de las casas y, en silencio, hurgaba por cuanta abertura había, para poder ubicar a la joven.
     Pilar, entre tanto, no podía borrar de su retina la imagen del joven aborigen. No podía olvidar lo hermoso que le pareció su torso desnudo, cubierto de gotas de sudor que le parecían chispas del sol que se le pegaban al cuerpo, al estar realizando su rudo trabajo.
     No pasó mucho tiempo y un día Pilar y Mbareté se encontraron. Esta vez las miradas fueron largas y profundas. Tan profundas que -sin palabras- se adentraron en el espíritu de ambos, mutuamente.
     Mbareté pidió al sacerdote que los instruía que le enseñara el castellano. Y aprendió rápido todas aquellas palabras que le sirvieran para expresarle a Pilar que la amaba desde el primer día en que se conocieron. Y buscó la forma de encontrarla a solas y poder hablarle.
     Y esa oportunidad la tuvo el día en que halló a la joven rodeada de indiecitos a quienes les enseñaba el catecismo. El joven se acercó al grupo y sin musitar palabra permaneció observándola hasta que los niños se fueron. Entonces, Mbareté caminó junto a ella y, ante su asombro, le habló en español -balbuceante al principio- para confesarle su amor. Pilar se ruborizó, se sintió confundida, quiso ocultar sus sentimientos, pero sus hermosos ojos azules y su cálida sonrisa la traicionaron y el joven pudo comprobar que era correspondido.
     Los encuentros se repitieron. Mbareté le propuso huir juntos, lejos, donde su padre no pudiera encontrarlos. Le habló de construir una choza, junto al río, para ella y allí unir sus vidas.
     Pilar aceptó y, cuando la choza estuvo construida, amparados en las sombras de una noche en que Yasy les brindó su complicidad, escapó con su amado.
     A la mañana siguiente, el caballero español buscó infructuosamente a su hija, hizo averiguaciones y alguien de la reducción le comentó que la habían visto frecuentemente en compañía de Mbareté y que éste también había desaparecido.
     Furioso, el padre convenció a varios compañeros para que lo ayudaran a encontrar a la pareja y, fuertemente armados, comenzaron la búsqueda. Pasaron varios días hasta que descubrieron la choza junto al río.
     Sigilosamente tomaron posiciones para observar a sus moradores. Así vieron llegar a Mbareté en su canoa con el producto de su pesca, y vieron también salir a Pilar a recibirlo.
     El padre de la joven no resistió la visión de la tierna escena de los amantes abrazados y salió de su escondite gritando el nombre de su hija y apuntando con su arma al indio. La joven vio el fuego del odio en los ojos de su padre y comprendió lo que cruzaba por su mente. Trató de evitarlo, de explicarle su actitud, pero el español siguió avanzando con el dedo en el disparador. Pilar se interpuso entre los dos hombres en el preciso instante en que la carga fue lanzada y cayó con el pecho teñido de rojo, fulminada por el propio padre. Al ver esto, Mbareté quedó atónito, tieso, sin atinar a defenderse.
     Fue entonces cuando otro disparo le dio en plena frente y el joven se desplomó sobre el cuerpo de su amada.
     El padre, dolorido e indignado, no se acercó siquiera a los cuerpos yacentes e instó a sus compañeros a volver a la reducción.
     Esa noche, la imagen de su hija no pudo apartarse de su mente, y con las primeras luces del alba, inició el camino hacia el lugar donde tan tristemente terminara ese amor tan grande que motivó que los jóvenes se olvidaran de sus diferencias de raza.
     Cuando llegó a la choza, el español no halló restos de la tragedia y en el lugar donde la tarde anterior yaciera la pareja -sin que existiera ningún rastro de sangre allí derramada- se erguía un hermoso árbol de tronco fuerte, cubierto de flores azul oscuro que se mecían suavemente con la brisa.

     El hombre no tardó en comprender que Dios había sentido misericordia de los enamorados y había convertido a Mbareté en ese árbol, y que los ojos de su hija lo miraban desde todas y cada una de la azules flores del Jacarandá.
---Fin---

12/03/2010

José Pascual - El árbol de la música de Soria

PEPE PASCUAL, Soria
EL ÁRBOL DE LA MÚSICA DE SORIA
Texto y fotos: Pepe Pascual

El árbol con el kiosco de la música era una de las sorpresas que recibíamos cuando de críos íbamos a Soria capital al dentista o algo así. De estudiantes vivimos los paseos veraniegos por la dehesa y el espectáculo de los músicos, uniformados y con gorra, subiendo por la escalera con los soportes para las partituras y los instrumentos. Para nuestro asombro todos cabían. Atendían a la dirección de don Francisco García Muñoz (don Paco, nuestro profesor de música en Magisterio). Numeroso público esperaba pacientemente el inicio del concierto al mediodía. La atención era tan grande como largos  los aplausos posteriores. Un intermedio para el descanso y segunda parte. El público recibía con fruición una de las interpretaciones: la "sanjuanera" del año, sobre todo si era el día de la presentación, unas semanas antes de las fiestas. Llegadas estas, tras el pregón, allí, en aquella explanada tenía lugar un baile público muy concurrido, aunque hubiera otros en varias plazas más. Pese a ser jóvenes concedíamos gran valor a ese olmo y a otros dos que guardaban línea con él y que duraron algo más en el tiempo: sus troncos eran descomunales. Al secarse el olmo, la música pasó a situarse en el suelo, junto a una de las fuentes y un sauce llorón, también de hermoso porte.
Este gran olmo había sido plantado, junto a 150 compañeros, en 1611 y fue talado en 1988, tras morir por grafiosis.
     "En Soria había un árbol. O mejor, en la Dehesa de Soria había un árbol muy viejo, lleno de nudos y de cuya corteza salía una resina densa, imposible de quitar de los trajes de los domingos. Olía a campo, a sol del mediodía, a corte de vainilla del quiosco de al lado, a pradera y a la arena del camino por el que sobresalían sus raíces que se enredaban en las piernas de los niños que, a menudo, iban a caer a sus pies. Tenía un tronco ancho, que se bifurcaba en tres ramas poderosas, capaces de convertirse en miles de hojas que dejaban pasar la luz como el colador deja pasar el agua. Esos puntos de luz se movían al compás de su música porque ese árbol era capaz de sacar, directamente de su copa, música. Lo descubrí de pequeña y, todavía, recuerdo el asombro que me causó. Levanté la vista y arriba, muy arriba, había muchos señores sentados, de uniforme y muy serios, tocando algo que olvidé. Me quedé hipnotizada, mirando lo que, por aquel entonces, me pareció un milagro. Estaban todos sentados entre el verde, con las partituras pegadas a los instrumentos. El director de la orquesta, igual que el Barón Rampante de Calvino, permanecía de pie y su cabeza quedaba escondida entre el follaje.
Por eso decidí que yo también quería ser como él y que, algún día, me subiría a ese árbol para convertirlo en música. Nunca lo hice pero, desde aquel descubrimiento infantil, cuando escucho música clásica miro hacia arriba, porque es en lo alto, entre las nubes, donde me parece que reside."  Ayanta

     El Heraldo de Soria menciona que un soriano, escultor, pintor, etc. que vive hace 20 años en Irlanda (Kilkenny), localizó en Soria, por casualidad, junto a un irlandés y un escocés, los restos de los tres últimos olmos. Solicitó al Ayuntamiento permiso para poder llevar a cabo un plan llamado "OLMO/ LEAMHÁN/ ELM", en relación con el centenario de la llegada de Machado a Soria (1907-2007), que consistió en convertir los tres troncos en figuras humanas, escaleras, extrañas formas policromadas que pudieron ser contempladas por el público soriano y, luego, por el de Kilkenny.

-----

11/29/2010

GABRIELA MISTRAL (Chile, 1889-1957)
Tres árboles
 
Tres árboles caídos
quedaron a la orilla del sendero.
El leñador los olvidó, y conversan
apretados de amor, como tres ciegos.

El sol de ocaso pone
su sangre viva en los hendidos leños
¡y se llevan los vientos la fragancia
de su costado abierto!

Uno torcido, tiende
su brazo inmenso y de follaje trémulo
hacia el otro, y sus heridas
como dos ojos son, llenos de ruego.

El leñador los olvidó. La noche
vendrá. Estaré con ellos.

Recibiré en mi corazón sus mansas
resinas. Me serán como de fuego.
¡Y mudos y ceñidos,
nos halle el día en un montón de duelo!
-----

11/24/2010

Del "DIARIO DE ANA FRANK"

EL ÁRBOL DE ANA FRANK 

El 28 de agosto de 2010 el viento y el tiempo derrumbaron el llamado «árbol de Ana Frank». 

Amsterdan, 12 de junio de 1942, Ana (13 años) comienza su diario. Sus padres, huidos de Alemania en el 33, viendo los acontecimientos sucedidos a otras familias de judíos se refugian-esconden de los nazis. El diario se interrumpe el 1 de agosto de 1944, tres días más tarde los ocho habitantes de la casa y dos de sus protectores son detenidos. Tras la guerra el diario lo publicará su padre Otto, único superviviente de los ocho refugiados.

El castaño, situado en un jardín próximo a "la casa de atrás", lo veían desde la buhardilla y en su famoso Diario lo menciona tres veces, curiosamente después de que en su alma prende el amor por Peter.

"Miércoles, 23 de febrero de 1943
...Cuando subí al desván esta mañana, estaba Peter allí, ordenando cosas. Acabó rápido y vino donde yo estaba, sentada en el suelo, en mi rincón favorito. Los dos miramos el cielo azul, el castaño sin hojas con sus ramas llenas de gotitas resplandecientes, las gaviotas y demás pájaros que al volar por encima de nuestras cabezas parecían de plata,...


Martes, 18 de abril de 1944
...Abril es realmente maravilloso; no hace ni mucho calor ni mucho frío, y de vez en cuando cae algún chubasco. El castaño del jardín está bastante verde, aquí y allá asoman los primeros tirsos....


Sábado, 13 de mayo de 1944
...Ayer fue el cumpleaños de papá, papá y mamá cumplían diecinueve años de casados, no tocaba mujer de la limpieza y el sol brillaba como nunca. El castaño está en flor de arriba a abajo, y lleno de hojas además, y está mucho más bonito que el año pasado..."


Plantones de este árbol se encuentran en muchos colegios y en el Bosque de Amsterdan, un parque al sur de la ciudad. Para los holandeses tenía un gran valor emocional.
El árbol se encontraba en mal estado a causa de edad y los hongos y  había sido objeto de polémica durante los últimos años. Las asociaciones de vecinos se opusieron con éxito a la tala que había solicitado su dueño. Con ocasión de esa disputa, el árbol fue reforzado pero bastaron un viento moderado y 150 años para que el símbolo de la libertad fuera derribado. 


 -----
 Gerardus David Story, compañero de clase de Ana muere en Alcoy en Julio de 2010