10/28/2018

JOAQUÍN COSTA
El arbolado, de "El Campo", Año XV, nº 68, Julio de 1930

      Van ganando rápidamente el favor universal las doctrinas que proclaman el arbolado como órgano vitalísimo en la economía del planeta y en la economía social.
      Los árboles, se dice, son los reguladores de la vida y como los socialistas y niveladores de la creación. Rigen la lluvia y ordenan la distribución del agua llovida, la acción de los vientos, el calor, la composición del aire. Reducen y fijan el carbono, con que los animales envenenan en daño propio la atmósfera y restituyen a ésta el oxígeno que aquellos han quemado en el vivido hogar de sus pulmones; quitan agua a los torrentes y a las inundaciones, y la dan a los manantiales; distraen la fuerza de los huracanes, y la distribuyen en brisas refrescantes; arrebatan parte de su calor al ardiente estío, y templan con él la crudeza del invierno; mitigan el furor violento de las lluvias torrenciales y asoladoras, y multiplican los días de lluvia dulce y fecundante. Tienden a suprimir los extremos, aproximándolos a un medio común.
      Las plantas domesticas encuentran en ellos protección contra el frío, contra el calor, contra el granizo, contra los vientos y el progreso de las arenas voladoras. Almacenan el calor excesivo del verano y el agua sobrante de los aguaceros, y los van restituyendo lentamente durante el invierno y en tiempo de sequía.
      Que fomentan las lluvias, no permite ponerlo en duda la experiencia. Los vientos que vienen del mar cargados de humedad dejan su preciosa mercancía allí donde los convidan a descansar esas factorías del comercio univer­sal que llamamos bosques. La capa de aire frío que los circunda por todas partes, efecto de la evaporación ince­sante del agua por la exhalación de las hojas, produce el efecto de un vaso refrigerante, a cuyo influjo el vapor se condensa en nubes, y las nubes se precipitan en lluvia, mientras que su madre, la mar, hizo oficio de gene­rador del grandioso alambique. Y no sólo obran como refrigerante y condensador de los vapores acuosos procedentes del mar, de los ríos, de las tierras cultivadas; son, además, generadores directos del vapor, aumentan­do la superficie de evaporación del agua de lluvia rete­nida en su follaje y en el césped y matojos que crecen a su abrigo, y exhalando por las hojas el agua de vegetación absorbida por las raíces. Verdaderas bombas aspi­rantes, levantan al agua oculta en las entrañas de la tierra por las raíces, y la arrojan en forma de vapor a la atmósfera por conducto de las hojas. Aumentan la masa de vapor acuoso en la atmósfera, disminuyen su temperatura, dificultan el paso de las corrientes aéreas: no hay que decir más para comprender el influjo del arbolado en la producción de las lluvias. El agua que cae en los montes, en los montes queda por lo pronto: no se hin­chan con ella en gran modo las corrientes superficiales; mas luego, poco a poco la van devolviendo en forma de manantiales por el pie, y de vapor acuoso, y a la postre de lluvias, por las hojas, y abasteciendo con ella al pró­digo suelo cultivado, que no supo conservar más de algunos días el agua con que lo regalaron las nubes en un día de tempestuosa orgía.
      Los bosques son el proveedor universal de los manantiales. Hacen más esponjoso y más absorbente el suelo: la mullida alfombra de césped que se tiende a su som­bra, lo consolida: los brezales aprisionan como otras tantas redes las hojas secas; y las hojas, obrando como esponja, retienen el agua de lluvia y la obligan a filtrarse a través de la roca, hasta los depósitos formados en las entrañas de los montes, o a derramarse por los es­tratos inclinados que la llevan a largas distancias. Las torrenteras están en razón inversa de los bosques, como las tinieblas están en oposición con el sol; son incompatibles: se descuaja el monte, y al punto se abren torrentes por doquiera, y por su cauce se precipita la tie­rra vegetal, y los ríos se hinchan, inundan y devastan campiñas, matan hombres y animales repuéblanse los montes, y las torrenteras desaparecen como por encanto, y las antiguas fuentes, nuevamente surtidas, vuelven a manar. A menos árboles, más torrentes; a más torren­tes, menos manantiales: esta es la cadena.

10/25/2018


MAPLAL LOBOCH (Guinea Ecuatorial, 1912-1976)
El baobab (Pángola)
Árbol quizá el mayor
de cuantos se adornan
los campos de mi patria chica
¿qué mal hiciste que
doquier te hallas
opá do-fía te llaman?

Dicen mis viejos
allá en sus tiempos
y aún más allá de ellos,
a pesar de su frondosidad,
pájaro ninguno de los pocos
que tenemos por vecinos
vino a hacer su nido
en este árbol, que muere de tristeza
al borde del camino.

Enmudecidas quedan las lenguas
de grandes y chicos todos
de madres y mozas en particular,
y sólo sisean y cuchichean
bajo tu sombra al pasar
por no hallar otro ser al pasar
por no hallar otro sendero
que abreviar el camino
cuando el ocaso contrapuesto,
porque el sol se ha puesto
a la hora del regreso
o invertidas también las sombras
se dirigen hacia el mismo camino.

Niños todos de este pueblo,
desde edad muy temprana,
en sus pechos son depositadas
las sospechas que te atribuyen;
morada de demonios, espíritus malos
brujos, duendes y fantasmas
sólo hacen su nido es este árbol.
¿Qué mal hiciste que
doquier que te hallas
así te motejan?

Mis viejos sospecharon de ti
todas esas atribuciones, y más,
forasteros vendidos acá, que
conociendo lo superticiosos que son
o para intimidarles o acreditarse
de hechiceros capaces de aliviarles penas
o su simpatía ganar, a todos,
grandes y chicos, opá do-fía.

De "Antología de la literatura guineana" de Donato Ndong-Bidyogo
(Biblioteca de Sangüesa)

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10/21/2018

JULIO CORTÁZAR, Argentina (1914-18984)
Musicalizado por Atahualpa Yupanqui
El árbol, el río y el hombre



Al árbol ya cortado
No lo claves en tierra
Porque su copa seca
No engañará a los pájaros

Al río que discurre
No le levantes diques
Porque en el aire libre
Cabalgarán las nubes

Al hombre desterrado
No le hables de su casa
La verdadera patria
Caro lo está pagando

El árbol ya cortado
El río que discurre
Y el hombre desterrado
Caro lo están pagando

Atahualpa elige la melodía de una antigua y melancólica canción catalana que, nos cuenta, le gustaba a Julio: "El testamento de Amelia".

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10/17/2018

FRANCIS HALLÉ entrevistado por Ramiro Velázquez Gómez
"El poder no sabe el valor del árbol"
En elcolombiano.com
La pérdida de biodiversidad por desaparición del bosque tropical es algo muy negativo, considera Francis Hallé. FOTO DONALDO ZULUAGA
Foto: Donaldo Zuluaga
     Ha recorrido los bosques tropicales y los ha estudiado. Pero también le interesa el árbol urbano. Es preciso en sus conceptos, directo. Cree que el poder político no sabe bien el valor de los árboles, pero sí la gente. Esto dice Francis Hallé, botánico francés, que llegó a Medellín, Colombia, invitado por Colombiodiversidad y la Alianza Francesa. La ciudad, dice, le gusta y destaca el Jardín Botánico.

¿Cómo se resume?
Soy un botánico francés, especializado en plantas tropicales hace 60 años. Durante mi vida he visto desaparecer el bosque tropical en todo el mundo. Es un problema muy grave y tengo una especie de lucha contra la deforestación en muchos países. Aquí en Colombia me dicen que no hay exportación de madera. Eso es positivo”.

¿Dónde está más amenazado el bosque tropical?
“El sureste de Asia. En esta región ya desapareció. Sólo queda bosque secundario sin ningún interés y sin ningún valor económico. En África es mejor. En América del Sur está entre los dos. Hay una región con mucho bosque tropical, Melanesia: Nueva Guinea, norte de Australia, Salomón, etc”.

También ha estudiado el árbol urbano, ¿como debería ser?
“Me interesa mucho el árbol urbano. Medellín es una ciudad muy verde, estuve varias veces en el Jardín Botánico y me parece magnífico, pero no conozco detalles. El árbol debe ser grande, sin podarlo y sin peligro. Si hay flores y frutos mejor, la especie no importa. No hay una lista de especies para la ciudad, depende de la gente.”

¿Pero es una forma de reducir el efecto isla de calor?
“Sí, el calor, el aire que respiramos y el ruido también, pero hay algo más importante en el árbol: hay una relación cercana con el ser humano y por eso necesitamos árboles. Tengo un estudio reciente en Estados Unidos en grandes ciudades como Chicago: donde hay más árboles hay menos crímenes; donde faltan la criminalidad sube. Es lo mismo en hospitales: si los enfermos pueden ver árboles hay una recuperación muy buena de la salud, si no pueden verlos no es tan buena”.

¿Influye también la grama? Porque en muchas ciudades como Medellín están retirando la grama para construir grandes aceras de cemento, ¿importa eso?
“Sí importa porque cada hoja produce el oxígeno que respiramos. Si se quita la hierba falta el oxígeno. Se ve muy bien en el Jardín Botánico: ayer he visto un montón de gente en la grama. La necesitamos, es muy útil y no cuesta nada, mucho menos que el concreto.”

¿Cuánto deben tener las ciudades de espacio verde?
“Depende de la región, de la altitud y de la latitud. Vengo del sur de Francia, cerca del Mediterráneo, faltan muchos árboles en las ciudades del Mediterráneo pero está el mar, acá no hay mar, si no hay mar y no hay árboles es una vergüenza para la gente, que no sabe cómo utilizar los domingos y los días libres.”

Un experto decía que los árboles no deben estar tanto afuera sino adentro de la ciudad…
“En la ciudad el único límite es que el árbol no debe ser peligroso. Es el único límite, más árboles es mejor para la gente. Deben ser sólidos, sin peligro”.

Se le atribuye a usted afirmar que en las obras que se hacen en las vías en la ciudad, se dice ‘vamos a cortar 100 árboles, pero vamos a sembrar 200 nuevos’ y eso no es bueno. ¿Es así?
“Los árboles viejos no necesitan dinero, no necesitan agua, no necesitan nada, pero si se cortan los viejos y se plantan nuevos, hay que comprarlos, hacer huecos con buena tierra, irrigación, cuesta mucho. Pero lo más importante es ecológico: la producción de oxígeno de un árbol está en relación a su superficie y los jóvenes no pueden competir con la superficie de los grandes. Por eso, si remplazamos los grandes por pequeños, durante 25 años la gente del barrio no tendrá sombra y falta el oxígeno, es una posibilidad de violencia y de crímenes. Está bien en la sociedad humana remplazar viejos por jóvenes (ríe) pero en árboles no.”

¿Cree usted como botánico que se les da más importancia a los animales que a las plantas?
“Para la gente en todas partes lo más importante son las plantas medicinales, porque la mayoría de nuestros medicamentos viene de ellas y no de los animales. Por eso hay un interés muy fuerte, incluso acá en Colombia, de la gente para las plantas y árboles medicinales.”

¿Se debería estudiar más eso, como en Colombia, cómo se puede hacer?
“Quizás se necesitan más etnobotánicos, que estudian la relación entre la gente y las plantas. He visto algunos en Bogotá, pero creo que faltan, sería mejor tener muchos más. También erboristas y farmacéuticos.”

¿Qué pasa si se pierde un árbol, cuántas especies se afectan?
“Hay resultados muy nuevos en Amazonas: en un árbol enorme hay insectos endémicos de este árbol y por eso si se destruye ya perdimos especies animales. Hay una relación muy fuerte. Para pequeños animales un árbol es como una isla, aislado de los otros y por eso hay endémicos en la copa de un árbol.”

¿Hay conciencia en el mundo sobre la necesidad de conservar los árboles, los bosques?
“No. En la población sí, pero en los políticos no. Acá no conozco bien pero en todos los países es casi igual, a la gente le gustan mucho los árboles y el bosque, saben que es útil, lo necesitamos, pero el poder no lo sabe.”

¿Es en todo el mundo?
“Hay regiones muy interesantes donde el poder político tiene interés en el bosque. Por ejemplo Costa Rica, Sri Lanka, Gabón en Centro África, pero no hay muchos.”

¿Qué se necesitaría para que haya más conciencia?
“El nivel de conciencia es muy alto en la población, acá, en Europa, en Norteamérica, el problema es cómo podemos dar esta conciencia a los políticos. Voy a dar una conferencia: es cierto que los políticos no vendrán y la gente que viene ya conoce la importancia de los árboles. En Francia hay una escuela para los políticos, Escuela Nacional de Administración, es muy grande y fuerte, no hay ni una sola palabra de ecología…”.

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