9/07/2012

EL PEQUEÑO PLÁTANO
Cuento de China

     El señor Wang era muy viejo. Sin embargo, se pasaba día trabajando, porque era muy pobre. Con enorme esfuerzo plantó plátanos a lo largo de la orilla del río. Los árboles crecieron pronto, pero una riada se los llevó a todos. El viejo Wang lloró su mala suerte.
     —Eso es lo que te pasa por ponerte a cultivar a orillas de un río —se burlaron de él sus amigos—. ¿A quién se le ocurre hacer una cosa así? Ahora tendrás que esperar hasta la próxima cosecha.
     Sin embargo, a las tres semanas retoñó uno de sus plataneros. El viejo Wang lo mimó cuanto pudo. Dormía a su lado y espantaba a cuantas moscas querían posarse en él. De esta forma, el platanero creció frondoso.
     «¡Ojala dé mucho fruto! —se decía, esperanzado—. Si no, tendré que ponerme a mendigar.»
     Pero el árbol sólo dio un plátano. Eso sí: Era tan gordo que ni un hombre podría abarcarlo con sus brazos. Un día, cuando ya estaba maduro, llegó volando un pavo real. Era hermosísimo y se posó al lado del plátano. Lo picó tres veces y se abrió como si fuera una flor.

     —¡Cielo santo! —exclamó el viejo—. ¿Estoy soñando o es verdad lo que veo?
     Del plátano salió un niño. Su piel era muy blanca y vestía de amarillo. Al ver al viejo Wang, le abrazó con ternura y dijo:
     —¡Papá, papá! ¡Tenía tantas ganas de salir a verte!
     Después, fijándose en su chepa, le preguntó llorando:
     —¿Qué es lo que tienes en la espalda? ¿Por qué no caminas recto como todo el mundo?
     El viejo Wang se echó a reír y contestó:
     —Mi pequeño plátano, a los hombres el trabajo se nos acumula en la espalda. Arrancamos frutos a la tierra, pero cada uno de ellos nos roba un poco de nuestros cuerpos.
     —No me gusta verte así —replicó el pequeño plátano—. Yo trabajaré para ti y tu espalda volverá a ser recta.
     Sin embargo, el tiempo pasó y la chepa del viejo Wang no se enderezó.
     «Tiene que haber algún remedio —se dijo el pequeño plátano—. Saldré a buscar una medicina para su mal y no regresaré hasta que no la haya encontrado.»
     Así llegó a un bosque impenetrable. En su centro había un lago hermosísimo. En él se estaba lavando la cabeza un hada muy bella.
     —¿Qué es lo que quieres? —preguntó, al verle—. Si tus intenciones no hubieran sido buenas, jamás hubieras podido entrar en este bosque.
     —Mi padre tiene una chepa horrible de tanto trabajar y quiero curarle —respondió el pequeño plátano.
     —Vete al oriente. Allí hay una cueva que guarda un pequeño jarrito de leche. Dáselo a beber a tu padre, porque puede curar todas las enfermedades.
     Así lo hizo el pequeño plátano: llegó al oriente y encontró la cueva con el jarrito de leche. Pero, al regresar a la aldea, se encontró con un pastor tumbado en el suelo. Estaba llorando y se retorcía como una culebra.
     —¿Qué te pasa? —le preguntó el pequeño plátano—. ¿Por qué lloras de esa forma?
     —Estaba cuidando las vacas —respondió el pastor—, cuando dos de ellas empezaron a pelearse. Se engancharon por los cuernos y, al ir a separarlas, una de ellas me atacó y me partió una pierna.
     —No te preocupes —dijo, conmovido, el pequeño plátano—. Toma esta leche y te pondrás bien.
     En efecto, el pastor la bebió; y se marchó saltando como un arroyo. El pequeño plátano tuvo que regresar al bosque del hada. Estaba sentada sobre una piedra secándose los cabellos.
     —¿Ya está bien tu padre? —preguntó, al verle—. Una chepa es algo que afea mucho.
     —No —respondió el pequeño plátano—. Me encontré con un pastor que tenía la pierna rota y le di a él la leche.
     —No importa —volvió a decir el hada—. En una roca de ágata de las montañas del occidente hay una seta roja. Dásela a comer a tu padre. También ella tiene el poder de curar todas las enfermedades.
     El pequeño plátano fue a las montañas del occidente y, en efecto, encontró una seta roja sobre una roca de ágata. Sin embargo, al regresar junto a su padre, se topó con un leñador. Tenía las costillas rotas y lloraba como si fuera un niño.
     —¿Qué te ocurre? —preguntó el pequeño plátano—. ¿No eres ya muy mayor para llorar de esa forma?
     —Sí, pero es que no puedo remediarlo —respondió el leñador—. Mientras cortaba leña, me cayó un árbol encima y apenas si puedo respirar.
     —No importa —dijo el pequeño plátano—. Toma esta seta y trágatela entera.
     El leñador se sintió tan bien que en seguida tomó el hacha y reanudó su trabajo. De nuevo volvió el pequeño plátano al bosque del hada. Esta vez estaba adornándose los cabellos con flores.
     —Ya sé lo que te ha sucedido —dijo, al verle—. Te has encontrado con alguien enfermo y le has dado la seta roja.
     —Así es —contestó el pequeño plátano—. Un leñador se partió todas las costillas y me dio lástima. Ahora mi padre no podrá enderezar su chepa.
     —No te preocupes —le consoló el hada—. Aún hay esperanza. En los mares australes hay una ostra que encierra una gran perla. Házsela tragar a tu padre, porque también ella, como el jarrito de leche y la seta roja, puede devolver la salud a cualquier enfermo.
     El pequeño plátano viajó hasta los mares australes y, tras no pocas dificultades, se hizo con la perla. Pero, cerca ya de su aldea,...halló a una mujer tumbada en el suelo y a un niño llorando a su lado.
     —Es mi madre —dijo el niño—. Se ha quemado todo el cuerpo. Estaba cocinando, cuando de pronto se le cayó encima un pote de agua hirviendo.
     —No llores más —dijo el pequeño plátano—. Con esto se curará.
     Y, en efecto, al tragar la perla recobró el conocimiento y desaparecieron todas sus quemaduras. Entonces la mujer metió la mano en una bolsa que llevaba y sacó un hermoso pavo real.
     —Acéptalo como prueba de mi agradecimiento —le suplicó la mujer y se marchó camino adelante.
      El pequeño plátano fue otra vez en busca del hada, pero no pudo encontrarla. Llorando, se dirigió a la casa de su padre.
     —No estés triste —le consoló el viejo Wang—. Una chepa no es tan horrorosa como piensas. Lo que hace repulsivos a los hombres es la maldad.
     —Sí —respondió el pequeño plátano—, pero tres veces tuve en mis manos el remedio y otras tantas lo regalé. Lo único que he conseguido, a la postre, ha sido este pavo real.
     —¿Y no estás contento? —volvió a decir el viejo Wang—. Los pavos reales son hermosos animales. Especialmente cuando abren su cola.
     Como si hubiera entendido sus palabras, el pavo extendió la cola. Era hermosísima. El pequeño plátano descubrió en ella la sonrisa del hada.
     —Has sido un buen muchacho —dijo sin dejar de sonreír—. Tienes un corazón tan tierno que, en verdad, mereces que tu padre sea curado.
     Entonces el pavo real comenzó a picar la chepa del viejo Wang. Su dolor era tan fuerte que se revolcó por el suelo, como los caballos. Sin embargo, al cabo de nueve segundos su chepa había desaparecido.
     — ¡Es asombroso! —repetía el viejo Wang—. Esto se lo debo a tu cariño.
     El pequeño plátano dio las gracias al hada, tocando tres veces el suelo con la frente. El pavo real se remontó entonces por encima de las nubes y desapareció para siempre.
---Fin---

9/01/2012

PIERRE DE RONSARD (France 1524-1585)
Elégies, XXIV   
"Contre les bûcherons de la forêt de Gastine"

Écoute, bûcheron, arrête un peu le bras;
Ce ne sont pas des bois que tu jettes à bas;
Ne vois-tu pas le sang lequel dégoutte à force
Des nymphes qui vivaient dessous la dure écorce?
Sacrilège meurtrier, si on pend un voleur
Pour piller un butin de bien peu de valeur,
Combien de feux, de fers, de morts et de détresses
Mérites-tu, méchant, pour tuer nos déesses?
Forêt, haute maison des oiseaux bocagers!
Plus le cerf solitaire et les chevreuils légers
Ne paîtront sous ton ombre, et ta verte crinière
Plus du soleil d'été ne rompra la lumière.
Plus l'amoureux pasteur sur un tronc adossé,
Enflant son flageolet à quatre trous percé,
Son mâtin à ses pieds, à son flanc la houlette,
Ne dira plus l'ardeur de sa belle Janette.
Tout deviendra muet, Echo sera sans voix;
Tu deviendras campagne, et, en lieu de tes bois,
Dont l'ombrage incertain lentement se remue,
Tu sentiras le soc, le coutre et la charrue;
Tu perdras le silence, et haletants d'effroi
Ni Satyres ni Pans ne viendront plus chez toi.
Adieu, vieille forêt, le jouet de Zéphire,
Où premier j'accordai les langues de ma lyre,
Où premier j'entendis les flèches résonner
D'Apollon, qui me vint tout le coeur étonner,
Où premier, admirant ma belle Calliope,
Je devins amoureux de sa neuvaine trope,
Quand sa main sur le front cent roses me jeta.

Et de son propre lait Euterpe m'allaita.
Adieu, vieille forêt, adieu têtes sacrées,
De tableaux et de fleurs autrefois honorées.
Maintenant le dédain des passants altérés,
Qui, brûlés en l'été des rayons éthérés,
Sans plus trouver le frais de tes douces verdures,
Accusent tes meurtriers et leur disent injures.
Adieu, chênes, couronne aux vaillants citoyens.
Arbres de Jupiter, germes Dodonéens,
Qui premiers aux humains donnâtes à repaître;
Peuples vraiment ingrats, qui n'ont su reconnaître
Les biens reçus de vous, peuples vraiment grossiers
De massacrer ainsi leurs pères nourriciers!
Que l'homme est malheureux qui au monde se fie!
Ô dieux, que véritable est la philosophie,
Qui dit que toute chose à la fin périra,
Et qu'en changeant de forme une autre vêtira!
De Tempé la vallée un jour sera montagne,
Et la cime d'Athos une large campagne;
Neptune quelquefois de blé sera couvert:
La matière demeure et la forme se perd.



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8/27/2012

GABRIELA MISTRAL (Chile 1889-1957)
Selva austral 


Algo se asoma y gestea
y de vago pasa a cierro,
un largo manchón de noche
que nos manda llamamientos
y forra el pie de los Andes
o en hija los va subiendo...

Aunque taimada,  la selva
va poco  a poco entreabriéndose
y en rasgando su ceguera,
ya por nuestra la daremos.

Caen copihues rosados
atarantándome al  ciervo
y los blancos se descuelgan
con luz y estremecimiento.

Ella,  con  gestos  que vuelan,
se va a sí misma creciendo;
se alza, bracea,, se abaja,
echando, oblicuo, el ojeo;
abre apretadas aurículas
y otras hurta, con recelo,
y así va, la Marrullera,
llevándonos magia adentro.

Sobre un testuz y dos  frentes
ahora palpita entero
un trocado cielo verde
de avellanos y canelos,
y la araucaria negra,
toda brazo o  toda cuello.

Huele el  ulmo,  huele el pino,
y el humus huele tan denso
como fue el Segundo Día,
cuando el soplo y el fermento.
Por la merced de la siesta
todo, exhalándose, es nuestro,
y el huemul corre alocado,
o gira  y se  estruja en  cedros,
reconociendo resinas
olvidadas de su cuerpo...

Está en cuclillas el niño,
juntando piñones secos,
y espía a la selva que
mira en madre, consintiendo...
Ella como que no entiende,
pero se llena de gestos,
como que es cerrada noche
y hierve de unos siseos,
y como que está cribando
la lunada y los luceros...

Cuando es que ya sosegamos
en hojarascas y légamos,
van subiendo, van subiendo
rozaduras, balbuceos,
mascaduras, frotecillos,
temblores calenturientos,
pizcas de nido, una baya,
la resina, el gajo muerto...
(Abuela silabeadora,
yo te entiendo, yo te  entiendo...)

Deshace redes y nudos;
abaja,  Abuela,  el  aliento;
pasa y repasa las caras,
cuélate de sueño adentro.
Yo me fui sin entenderte
y tal vez por eso vuelvo,
pero allá olvido a la Tierra
y  en  bajando  olvido el  Cielo...
Y así, voy, y vengo, y vivo
a  puro desasosiego...

La  tribu de tus pinares
gime con oscuro acento
y se revuelve y voltea,
mascullando y no diciendo.
Eres una y eres tantas
que te tomo y que te pierdo,
y guiñas y silbas, burla,
burlando,  y hurtas el cuerpo,
carcajeadora que escapas
y mandas mofas de lejos...
Y no te mueves, que tienes
los pies cargados de sueño...

Se  está volteando el indio
y queda, pecho con pecho,
con la tierra, oliendo el rastro
de la chilla y el culpeo.
Que  te  sosiegues  los  pulsos,
aunque sea el puma-abuelo.
Pasarían   rumbo  al   agua,
secos y duros los belfos,
y en sellos vivos dejaron
prisa, peso  y uñeteo.

El puma sería  padre;
los  zorrillos  eran   nuevos.
Ninguno de ellos va herido,
que van a galope abierto,
y beberemos  nosotros
sobre el mismo sorbo de ellos...
Aliherido el puelche  junta
la selva como en arreo
y con  resollar  de  niño
se queda en pialas durmiendo...

Vamos a dormir, si  es dable,
tú, mi atarantado ciervo,
y mi bronce silencioso,
en mojaduras de helechos,
si es que el puelche maldadoso
no vuelve  a darnos manteo...

Que esta  noche no te corra
la manada por el sueño,
mira que quiero dormirme
como el coipo en su agujero,
con el sueño duro de esta
luna donde me recuesto.

¡Ay, qué de hablar a dos mudos
más   ariscos   que   becerros,
qué disparate no haber
cuerpo y guardar su remedo!
¡A qué dejaron voz
si yo misma no la creo
y los dos que no la oyen
me   bizquean  con  recelo!

Pero no,  que el  desvariado,
dormido   sigue   corriendo.
Algo masculla su boca
en jerga con que no acierto,
y el puelche ahora berrea
sobre los aventureros...

8/22/2012

RICARDO CODORNIU Y STÁRICO (Cartagena, 1846-1923)
El último árbol

A María  Teresa H-R. y  C

Lugar sagrado es un bosque
¡infeliz quien no lo aprecia!
Maldita de Dios la mano
que lo tala o que lo incendia
(Ricardo Sánchez Madrigal)


      El gigante de la selva había nacido en una época de prosperidad para la familia. Cayó un piñón en suelo enriquecido por el mantillo que formó la hojarasca desprendida en los últimos años, halló humedad suficiente cuando las primeras brisas del otoño refrescaron la tierra, y brotó lanzando al aire algunas hojas. Luego, contando ya con ellas para preparar los alimentos, empezó a trabajar con fe, profundizando cuanto pudo la raíz central, sin cuidarse de crecer hasta contar con sólida base, y tomando posesión  del suelo que le había de sustentar y mantener, con tan sabía precaución, que cuando las raíces adquirían alguna fuerza las contraía, para quedar bien sujeto, sujetando a la vez la tierra de la empinada ladera a la roca subyacente.
      Vinieron las suaves temperaturas primaverales, que avivando la actividad de la planta le hicieron producir nuevas hojas, y aunque llegó el verano con sus ardores, como los grandes árboles próximos la resguardaban de los ardientes rayos del sol, conservaba una atmósfera húmeda que convenía a su vida.
      Por ello también eran abundantes los rocíos y las lluvias que empapaban la hojarasca, y se filtraban lentamente en la tierra, dando agua cristalina a los arroyuelos y enriqueciendo los manantiales.
      Como crecía ansioso por hallar la luz, sintió placeres inefables cuando, alzando su delgado tronco limpio de ramaje, joven aún y como en recompensa de su noble aspiración de elevarse al cielo, pudo contemplar sin obstáculo el verde manto que cubría la ladera, y a la vez admirar lo numerosa que era su familia.
     Pero sin duda su mayor encanto era albergar entre sus ramas los pintados pajarillos, que  en ellas colgaban los nidos de sus amores y le recreaban con trinos, ¡y qué espléndidamente pagaban su alojamiento los cantores, librándole de los insectos que aspiraban a vivir a costa del árbol!
     Mas ¡hay! la dicha no es eterna en el mundo. Años tras años pasaron, y empozó a ver que en la base do la montana se aclaraban los árboles. Al principio, gracias a la sombra proyectada, conservaban los pastos su verdura durante el verano; mas a medida que los troncos de pino, bajaban, los claros iban ascendiendo y se convertían en calveros y luego hasta se agostaban los pastos. Por fín, disminuyeron los manantiales, las lluvias ahondaron el lecho de los barrancos y asurcaron las laderas: el aire en verano se hacía abrasador y aunque el pino cerraba sus boquitas de los numerosos estomas de sus hojas, para disminuir la evaporación, apenas podía defenderse de los ardores estivales.
      Además, pasaban las nubes sobre la montana. y en vez de resolverse como antes, en benéfica lluvia, por encontrar la húmeda atmósfera del bosque, hallaban ahora reflejados los rayos del sol ardiente y en el sequísimo aire se disolvían, o bien el exceso de calor originaba tempestades, con los torrenciales aguaceros.
      Viendo el pobre árbol tan mermada su familia, esparcía prodigiosamente sus piñones, aspirando a reproducirse, pero en vano, que el suelo privado de la hojarasca absorbía, al enfriarse por la noche, y esparcía, al calentarse a los rayos del sol, grandes cantidades de aire, que le robaban la humedad, endureciéndolo y dejándolo como calcinado. Si  algún pinito nacía, a pesar de todo, una cabra de satánicos cuernos le hacía objeto de sus mordeduras y lo abrasaba con el fuego de su cáustica baba.
      Los pájaros también huyeron y como consecuencia, se llenó el árbol de bolsas en que habitaban millares de orugas, que le devoraban las hojas apenas nacidas, quitándole los medios de respirar y aún de vivir.
      Por fin se vio sólo en la ladera; para amargar su doloroso aislamiento, un leñador le hizo objeto de bárbaras mutilaciones, y por las anchas heridas penetró el agua, produciendo las caries. Así fue manchando su antes limpio tronco, y dio gracias al cielo cuando, apiadado de sus infortunios, en una tormenta, recibió un rayo, que dio honrosa muerte al gigante de la selva.
      La cabra quedó reina y señora del espantoso erial, del cadáver de la montaña, asesinada por la impiedad, la ignorancia y la codicia del hombre, y hoy muestra al desnudo su esqueleto de rocas.

«Lugar sagrado es un bosque
¡Ay de quien no lo venera!
¡Bendita de Dios la mano
que las montañas repuebla!

---Fin---