3/09/2012


PIETRO MARTIRE (Italia 1457-1526) Sommario dell'Indie Occidentali

El Nuevo Garoé, plantado en 1948
Describe así la isla de Hierro, haciendo referencia al Garoé...

"El veinticinco de septiembre de 1493, con próspero viento, alzamos velas de Gades, y el primero de octubre llegamos a una de las Canarias llamada isla de Hierro; en la cual dicen que no hay otra agua para beber que aquella del rocío, que brota de un árbol y cae en una laguna hecha a mano en un monte de dicha isla."


De Mitología de las Plantas, de Angelo de Gubernatis

3/05/2012

Escudo de El Hierro
Fray JUAN DE ABREU GALINDO (1535-?)
El viejo Garoé

El siguiente texto, extraído de la “Historia de la Conquista de las siete islas de Canaria” (1602), es la principal referencia del mítico árbol desaparecido en 1610. Posteriormente otros muchos cronistas hablarán de este monumental til (Ocotea foetens)

“Este lugar y término donde está este árbol se llama Tigulahe, el cual es una cañada que va por un valle arriba desde la mar, a dar a un frontón de un risco, donde esta nacido en el mismo risco el Árbol Santo, que dicen llamarse en su lengua garoé; el cual por tantos años se ha conservado sano, entero y fresco; cuyas hojas destilan tanta y tan continua agua, que da de beber a la isla toda.
(…) y no se sabe qué especie de árbol sea, más de que quieren decir que es til. Está sólo, sin que de su especie haya otro árbol allí. (…) La manera que de destilar agua este Árbol Santo o garoé, es que todos los días por las mañanas se levanta una nube o niebla del mar, cerca de este valle, la que va subiendo con el viento Sur o Levante de la marina por la cañada arriba, hasta dar con el frontón; y, como halla allí este árbol espeso, de muchas hojas, asiéntase en él la nube o niebla y recógela en sí, y vase deshaciendo y distilando por la hojas todo el día, como suele hacer cualquier árbol que, después de pasado el aguacero, queda distilando el agua que recogió”.
 
(Texto de la entrada del recinto del Garoé-Isla del Hierro)
Los vientos aliseos, cálidos y cargados de humedad, chocan contra las islas a una altura media de 800m. Este es el sistema con el que captan, si conservan la cubierta vegetal, hasta un 80% del agua. Para entender bien el fenómeno sólo tenemos que visualizar un cuarto de baño y una ducha de agua caliente. El vapor rápidamente se condensa en las superficies lisas y frías, tal y como sucede en las hojas anchas, lustrosas y frías de la laurisilva, el conjunto de árboles de diversas especies de la zona media de las islas de la Macaronesia (Canarias, Madeira, Azores, Salvajes y Cabo Verde).

3/01/2012

TOMÁS MORALES (Moya-G.C.- 1884-1921)
Tarde en la Selva (de LAS ROSAS DE HÉRCULES)

                                                  A los hermanos Millares

Tarde en la selva. Agreste soledad del paisaje,
decoración del rayo de sol entre el ramaje
y lento silabeo del agua cantarina,
madre de la armoniosa tristeza campesina.
¡Tarde en la selva! Tarde de otoño en la espesura
del boscaje, en el triunfo de la arboleda oscura,
bajo la advocación de las copas sonoras
y el plácido consorcio de las dormidas horas...

¡Oh paz! ¡Oh último ensueño crepuscular del día!
El ambiente era todo fragancia; atardecía,
y la lumbre solar, en fastuosas tramas
quemaba en las florestas su penacho de llamas.
Todo el bosque era un hálito de aromas peculiares;
las hojas despertaban sus ritmos seculares,
y, bajo ellas, soñando y a su divino amparo,
la mística frescura del riachuelo claro
que el salto de una roca transformaba en torrente.
(Caballera brumosa, donde, divinamente,
ilustró el arco iris, con siete resplandores
la fugaz maravilla de sus siete colores.)

Y el alma se hizo copia de esta virtud silente;
por su influjo, el ensueño tornose transparente
e iba hundiéndose en una renunciación discreta.
La soledad y el ocio, amigos del poeta,
vestían mis quimeras con ropajes corpóreos
y eran trasuntos vivos los efluvios arbóreos...

¡Oportuna la hora! De entre los matorrales
surgen, tímidamente, los genios forestales,
y mi presencia espían, avizores e inquietos,
tras los olmos rugosos y los blancos abetos.
Remisos, un momento, se consultan dudosos,
y en un punto, en el claro, penetran tumultuosos.
Y hacen, desorbitados como frutos gigantes,
columpio de las ramas los elfos trashumantes;
giran los blandos silfos de carnes sonrosadas
con sus alas de insectos tibiamente irisadas;
trenzan ralas piruetas los gnomos casquivanos,
chafando la hojarasca con sus cuerpos enanos,
y los lares acuáticos croan sus voces ruines
viscosos y adobados de lacustres verdines...

Rondan, danzan, simulan fieras acometidas
y entre sí se apedrean con las bayas caídas;
armando una algazara jovial y volandera;
que, caprichosa, rapta la brisa pasajera
y el eco desbarata, tras la arboleda honda
entre murmullos de agua y susurros de fronda...

Y el alma, arrebatada de ascensional destreza,
ingrávida, abandona la temporal corteza
y se suma a la ronda, milagrosa y liviana,
y en el coral divino pone su nota humana...
¡Oh alma mía, he escuchado tu jubiloso acento
sensible en la suprema calidad del momento!
Ahora gozan mis ojos de la victoria cierta
de verte, enteramente, absoluta y liberta.
¡Cuanto más disgregada, más en mi compañía;
fuera de mí y, no obstante, tan sumamente mía!
¡Alma que recobraste la original limpieza:
sé una parte en el Todo de la Naturaleza !

De pronto, en el silencio, un golpe temeroso
atraviesa el recinto de la selva en reposo;
son cobarde, en el viento, persistente y salvaje,
que llena de profundos terrores el boscaje.
¡Es el hacha! Es el golpe de su oficiar violento
que, bruscamente, llega, desolador y cruento,
de la entraña del bosque, donde un tilo sombroso
yergue su soberana magnitud de coloso...

¡Oh dolor! El monarca de la selva suntuosa,
el patriarca de verde cabellera gloriosa
que preside el sagrado misterio de la umbría,
mira llegar su muerte con la muerte del día.
Y hay un grave silencio meditabundo, inmenso,
y es tan grande la duda y el temor tan intenso
que callan, espantados, hojas, lares y fuentes
para escuchar medrosos...  y oyen, intermitentes,
en el dolor tremendo, los redobles del hacha
prendidos en el pasmo de la encalmada racha
donde triunfan lo breve de un estadillo seco
y mueren duramente, sin amor y sin eco...

Y los viejos del bosque, los viejos de alma fuerte,
temen, presentidores de una uniforme suerte;
y hay en sus copas trémulas como un sollozo humano,
como un plañir de preces por el perdido hermano
que a cada golpe arguye con un mortal gemido
y tiembla, y se estremece, como un titán herido...

Súbitamente, un grito hiende la selva, ronco:
creyérase el lamento postrimero del tronco
que al ceder maldijera...  Y el coloso vacila,
y la enorme silueta, pesadamente, oscila.
Heridas por la muerte sus savias vigorosas,
ved, cómo el triste extiende sus ramas temblorosas
como brazos que quieren asir, inútilmente,
la ramazón cercana, que cruje sordamente.
Aún en el aire, un punto gira alocado, incierto,
y raudo cae de bruces sobre el camino: ¡muerto!


                                     EPITAFIO


Grave señor del bosque, que sobre el verde prado,
inmóvil y maltrecho, yaces abandonado:
no abatieron tu frente gloriosos capitanes,
sino el golpe pechero de los ruines jayanes.
Ya, sobre tus cabellos, no volarán los ruidos
propicios al geórgico misterio de los nidos.
Tus frondas, que escucharon los silvestres cantares,
caldearán, ahora, los ahumados lares
de la pobre cocina o el salón solariego
y estallarán dolidas a los besos del fuego.
Mientras tanto, en el seno de la selva sombría,
tu cuerpo mutilado flagelará la fría
caricia del invierno...  Pero el tronco marchito
volverá a fecundarse con el calor bendito,
y, activamente henchido de virzales renuevos,
cubrirá sus arrugas con los retoños nuevos,
cuando llegue en el carro del aura mensajera,
precedida de un rayo de sol, la Primavera

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(Sobre la desaparición de la Selva de Doramas en Gran Canaria)

2/26/2012

JOSÉ DE VIERA Y CLAVIJO (Los Realejos 1731-1813)
Del "Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias"

     La majestad con que un robusto árbol levanta su copa a los cielos, le da un aspecto halagüeño y le imprime un aire de grandeza, que ningún ser viviente suele tener. ¡Qué género de conmoción no se experimenta a la vista de un alte pino o de un copudo castaño, de un descollado tilo o de una eminente palma! ¡Quién será el que al penetrar en un bosque no sienta en su interior no sé qué extraña impresión que no es posible encarecer! La dulce calma, el grato olor, la media luz vista por entre el templado verdor, el silencio, lo erguido de los troncos, lo dilatado de la perspectiva, todo convida al placer le meditar. Por el contrario, ¡qué desnudez más triste la de un terreno sin árboles!
     Así, después de haber bajada de la cima del pico de Teide de Tenerife, por medio de lavas de volcanes y páramos de piedra pómez, los primeros arbustos que yo encuentro son los escobones o "cítisos prolíferos", y aquellas retamas de flor blanca que regalan mi olfato y que recrean mis ojos.
Más abajo se me presenta una. selva de pinos gigantescos, entre los cuales se distinguen algunos cedros del Líbano. Luego el monte verde poblado de brezos, tilos, avernos, palos blancos, viñátigos, acebiños, xinjas, laureles, barbusanos, follados, hayas, lentiscos, saúcos, acebuches, hormigones, madroños, sauces, etc. Y, por último, los predios de castaños, nogales y otros frutales especiosos.
     Sabemos que todavía a principios del siglo XVII se iba desde la villa de la Orotava al puerto de Garachico, que son casi cinco millas de camino, por debajo cíe una floresta continuada de laureles, acebuches, palmas, dragos, cipreses, etc., cuyo olor perfumaba el contorno. (Viaje de Purchass, tomo 5, cap. 11).
     Si por otra parte me acerco a la célebre montaña de Doramas, en Canaria, el peristilo de acebiños y laureles por el cual entro, desde luego me anuncia que voy a penetrar a paraje más intrincado, donde los mayores árboles descuellan. Llego, en efecto, al sitio llamado las "Madres de Moya", y unos excelsos tilos con eminentes bóvedas que las espesas ramas tejieron, me presentan un templo augusto, imagen de la Catedral, cuyo nombre lleva. Sentado a su benigna sombra mi pecho se dilata; respiro un aura suave; oigo el canto de los pájaros canarios, capirotes y mirlos, y el susurro de las aguas que corren, frías, diáfanas y delgadas. Miro hacia arriba., y por los claros de las aberturas de las ramas alcanzo a ver las inmediatas cumbres de los altos peñascos que rodean aquel ameno valle, y pendientes en ellos algunas cabras y la manada de ovejas que guía un pastorcillo vestido con capote de lana blanca con aguadera..
     Pero pasemos del placer que los árboles nos ocasionan a los bienes innumerables, que les debemos. Aquel fuego que la leña mantiene para las necesidades de la vida; aquel arado que surca la tierra; aquella fragua, aquella barca, aquel torno, aquel techo, en su¬ma, todas aquellas artes en que se emplean las maderas, ¿podrán existir sin los árboles, por ventura? Mas antes que ellos caigan víctimas del hacha, ¿con cuántos ricos presentes no nos favorecen? De sus ramas bajan, a echarse a nuestros pies la castaña, la aceituna, la nuez, la almendra; y se ponen en nuestras manos: la naranja, la granada, la ciruela, la pera, el plátano, el limón... Corre el aceite de la oliva, y el vino de la parra. El moral nos da seda y el algodonero su preciosa pelusa. Suda el drago su sangre, el almácigo su resina, el pino su brea, el cardón y la tabaiba su leche...
     ¿Y por qué aquellas lomas se han descarnado, y perdido su antigua feracidad? ¡Ah! Priváronlas de los árboles que con sus raíces entrelazadas sos¬tenían la tierra. ¿Y por qué el otro cerro se reviste ahora todos los años de nuevos céspedes y de lozanas yerbas? Porque las hojas de los árboles y arbustos inmediatos, habiéndose deshecho y podrido, le ofrecen sin cesar una admirable tierra hortense.
     Además de esto, nadie puede ignorar que la espesura de los montes es una de las cosas que más atraen las benéficas lluvias, y que contribuyen, por consiguiente, a enriquecer los manantiales de agua viva. Por tanto, no cortes jamás un árbol sin haber plantado antes diez. Catón, en su Libro de la Vida Rústica, decía: "Cuando se trata de edificar, delibéralo largo tiempo; mas cuando se trata de plantar, el deliberar sería, un absurdo: no te detengas, planta sin dilación; esta es una ocupación digna de un honrado vecino, es un obsequio debido a la naturaleza, y fácil de practicar. Pero, al contrario, tropezamos a cada paso unos hombres que tienen la osadía de destruir en pocos instantes la bella obra de los siglos, y el patrimonio de la posteridad, mientras no han hecho en toda su vida nada útil ni dejarán en los campos vestigios de su existencia.
    ¡Qué placer se puede igualar al de extender la vista por la campiña que uno ha vestido de árboles, y decir: ¡Dios crió las especies; yo, las he multiplicado! ¡La posteridad bendecirá mis cuidados, cuando eche de ver que yo he tenido la generosidad de trabajar para ella; la Patria me tributará elogios, porque he aumentado sus verdaderos bienes...! Gratas reflexiones que deberían animar a todos los canarios, amenazados de la temible situación de carecer de árboles de montaña.

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