21 julio 2020

Síndrome del bosque vacío

CRISTINA YUSTE
El síndrome de bosque vacío, la más silenciosa de las extinciones
Un bosque en el valle del Roncal, en el Pirineo navarro. EFE/J.J. Guillén
     Son “bosques de muertos vivientes”, como les han bautizado los biólogos, lugares donde está “colapsado” el ciclo natural de la regeneración de una determinada especie porque se ha perdido la interacción con otros seres vivos necesaria para que ésta tenga lugar.
     Y es que las interacciones de beneficio mutuo entre seres vivos conforman “redes mutualistas” en la naturaleza que cuando se rompen por la ausencia o la disminución de alguno de ellos provocan esta silenciosa muerte conocida como el “síndrome de bosque vacío”.

Condenados a morir

      Son “bosques con plantas, pero sin animales, condenados a degradarse y desaparecer en un futuro inmediato víctimas de esa falta de seres vivos que cumplen en ellos funciones ecológicas fundamentales”, ha explicado en una entrevista con Efe Pedro Jordano, investigador de la Etación Biológica de Doñana.
      De hecho, en bosques defaunados “se ha documentado la pérdida de hasta tres cuartas partes de su potencial de almacenamiento de carbono”, es decir, “los árboles siguen ahí, pero no sus funciones ecosistémicas”, ha señalado.
      “No existe ni una sola especie en todo el planeta que viva sola, sin interrelacionarse con otras especies”, ha asegurado Jordano; es el caso del depredador y la presa o del parásito y el huésped, todos ellos conforman “la arquitectura de la biodiversidad”. Porque, si bien hay hábitats que persisten de manera adecuada aunque se pierdan determinadas especies, en otros casos “esas especies son fundamentales para el correcto funcionamiento del ecosistema, que sin ellas colapsa por completo”.
      En el caso de las aves, aunque la mayor parte de ellas son insectívoras, existe un segundo grupo formado por las frugívoras, que se alimentan de frutos carnosos, flores, néctar, polen o tubérculos, y que “son las responsables de diseminar las semillas” a través de sus heces o por regurgitación, ha explicado Jordano.
      “Son las jardineras del bosque y sin ellas colapsaría por completo la regeneración natural de muchos de ellos, como los bosques tropicales”, aunque también en el bosque mediterráneo entre un 50 y un 70 por ciento de las especies leñosas producen frutos carnosos y dependen de la diseminación por animales frugívoros.
      Y cualquier factor que intervenga en la pérdida de la funcionalidad ecológica de las especies, ya sea por su extinción o porque su densidad sea residual, pone en riesgo ese equilibrio; “los lobos están en Sierra Morena, pero no ejercen una función ecológica en ese ecosistema”, ha señalado el experto.
      Jordano se ha referido a la alteración del hábitat de las especies frugívoras, que necesitan áreas grandes de campeo; “si se fragmenta el bosque, esas especies no podrán subsistir y con ellas el propio bosque”. “Si disminuye muy fuertemente la cantidad o abundancia local de aves frugívoras, el proceso de dispersión de la planta colapsa, los frutos maduros se secan en ella o se los comen los roedores, los herbívoros matan a la plántula y no hay un proceso de dispersión de la semilla que sea efectivo”.


La complejidad del bosque

      Para este investigador, abordar el problema a escala global “es desalentador”, porque se trata de sistemas muy complejos de relaciones entre especies, y el número de especies es muy elevado en un ecosistema, desde artrópodos e insectos polinizadores, hasta vertebrados polinizadores o frugívoros.
      “Estamos perdidos si pretendemos enumerar cada interacción, tenemos que entender la complejidad para enfocar cuáles son las interacciones más centrales dentro de la propia red, qué grupos de especies no podemos perder bajo ningún concepto”, ha afirmado.
      Y en este sentido, “ya existen líneas de investigación, ese abordaje ya se está teniendo, hay frentes que se están abriendo, pero falta su aplicación”.
      Para Pedro Jordano, el síndrome de bosque vacío es “una forma insidiosa de extinción, que no es perceptible a no ser que miremos con una lupa; los árboles pueden estar allí, pueden ser árboles adultos, que florecen, que dan sus frutos y éstos caen al suelo, pero allí no germina ni una sola semilla”.
 

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19 julio 2020

Una historia tradicional india

EL BANIANO
Una historia tradicional de India

     En algún lugar de India, en un gran bosque, había un gran baniano que era el hogar de muchas criaturas. En las raíces del árbol vivía una familia de ratones. Los escarabajos trepaban por el tronco. En las ramas vivía una manada de monos que se balanceaban de rama en rama. Algunas aves vivían en lo alto entre las ramas superiores. Unas abejas vivían en un agujero en el tronco que les encantaba probar las dulces flores que crecían entre las hojas.
      Un día un hombre entró en el bosque. Era leñador. Llevaba un hacha. Estaba buscando un árbol grande para cortar. Vagó por ese enorme bosque hasta que llegó al baniano. "¡Qué árbol tan grande!" exclamó." “Puedo cortar este árbol y vender la madera. Entonces ganaré mucho dinero por mí mismo". El hombre se arremangó y se preparó para cortar el árbol.
      Cuando los animales vieron que el hombre se preparaba para cortar el árbol, se asustaron mucho. Cuatro ratoncitos salieron a hablar con el leñador. "Por favor, no tale nuestro árbol", decían. “Este árbol es nuestro hogar. Vivimos en las raíces ". El hombre miró a los ratones y rió. "Iros y buscad otro hogar", gritó. "¡Este árbol es mío!" Luego, algunos escarabajos se arrastraron por el tronco para hablar con el leñador. "Por favor, no tale nuestro árbol", decían, “El árbol es nuestro hogar. Vivimos en el tronco". El hombre miró a los escarabajos y rió.
      Después las abejas salieron volando del agujero en el tronco para hablar con el leñador. "Por favor, no talen nuestro árbol", zumbaron. “El árbol es nuestro hogar. Vivimos en un agujero del tronco. El hombre miró a las abejas y rió. "Id y buscad otro hogar", gritó. "¡Este árbol es mío!" Después de eso, dos monos bajaron rápidamente de las ramas para hablar con el leñador. "Por favor, no talen nuestro árbol", gritaban. “El árbol es nuestro hogar. Vivimos entre las ramas ". El hombre miró a los monos y rió.
      Finalmente, los pájaros volaron rápidamente desde las ramas para hablar con el leñador. "Por favor, no talen nuestro árbol", piaron. “El árbol es nuestro hogar. Vivimos en lo alto entre las ramas ". El hombre miró a los pájaros. No se rio esta vez. Esta vez su rostro enrojeció: "Iros todos AHORA MISMO", gritó. “Iros y buscad otro hogar. ¡Este árbol es mío!" Y comenzó a perseguir a las criaturas con su hacha.
      Los animales se mostraron realmente enojados. Los ratones salieron corriendo y mordieron los dedos del leñador. "¡Ay! "Gritó el leñador ... ¡Alto!" Las abejas zumbaron alrededor de su cabeza y le picaron la cara. Los escarabajos recorrieron su cuerpo y le mordieron los brazos. Los pájaros volaron alrededor de su cabeza y le tiraron del pelo. Los monos le apedrearon. El leñador dejó caer su hacha y salió corriendo tan rápido como sus piernas pudieron. Todas las criaturas vitorearon la huida del leñador. Habían salvado su hermosa casa. Todos juntos vivieron felices en el árbol-higuera el resto de sus vidas. El leñador nunca volvió a por su hacha.

---Fin---

17 julio 2020

El encanto de los árboles gigantes

TAKAHASHI HIROSHI (Japón, 1960)
El encanto de los árboles gigantes
      Al oír hablar de árboles gigantes, los japoneses suelen pensar en el famoso cedro Jōmon-sugi, que se yergue en la isla de Yakushima. Pero en Japón hay otros muchos árboles gigantes de gran personalidad. En esta serie presentaremos un breve muestrario con lo más selecto en la materia, atendiendo al tamaño, a la originalidad de la forma y a la calidad del ramaje (...)  
     Muy alargado de Norte a Sur, el archipiélago japonés presenta características medioambientales que favorecen el crecimiento de una gran variedad de árboles gigantes, siendo Japón, en ese aspecto, una rareza entre los países del mundo.
      En Japón, los árboles gigantes comenzaron a interesar al gran público en 1993, a raíz de la inclusión de la zona montañosa de Shirakami-Sanchi (prefecturas de Aomori y Akita) y de la isla de Yakushima (prefectura de Kagoshima) en el patrimonio natural de la Unesco. El protagonista indiscutible de esta etapa fue el Jōmon-sugi, nombre que recibió un milenario ejemplar de "cedro" japonés (Cryptomeria japonica) que todavía se yergue en la citada isla de Yakushima. El Jōmon-sugi se hizo tan famoso que se convirtió en sinónimo de “árbol gigante”. Ciertamente, es un digno representante de la flora arbórea japonesa, pero por el perímetro de su tronco no pasa de ocupar el vigésimo lugar en el ranking nacional. Como especie capaz de alcanzar un gran desarrollo es muy conocido en Japón el alcanforero (Cinnamomum canphora), y es precisamente un alcanforero de la prefectura de Kagoshima, conocido como Kamō-no-kusu, el árbol japonés con un mayor perímetro de tronco: algo más de 24 metros. Si nos situamos junto a su base y contemplamos la gigantesca copa, quedaremos literalmente asombrados. Nadie tendrá que convencernos de que el Kamō-no-kusu es no un poco, sino mucho más grueso que el famosísimo Jōmon-sugi.
      Lo que define el árbol gigante es, normalmente, el grosor de su tronco. Por eso, los expertos coinciden en distinguir entre los kyoboku o grandes árboles, con perímetros de más de tres metros, y los kyoju o árboles gigantes, que superan los cinco metros. Por más que un ejemplar pueda ser milenario y alcanzar gran altura, si su tronco no tiene el suficiente perímetro no entra en esta última categoría. En Japón, además de las dos especies ya citadas (en japonés, sugi y kusunoki), crecen con gran vigor el olmo keyaki (Zelkova serrata) y el ichō (Ginkgo biloba). Pero podrían citarse también el sudajii (Castanopsis sieboldii), el ichiigashi (Quercus gilva), el katsura (Cercidiphyllum japonicum), los subgéneros del Quercus conocidos genéricamente como nara, el pino o matsu, el mukunoki (Aphananthe aspera), o el edohigan, una variedad local del Cerasus spachiana.
      Cerca de la costa Oeste de Estados Unidos las secuoyas (Sequoiadendron giganteum), que están entre los árboles más grandes del mundo, crecen en grandes grupos, pero es muy raro que existan bosques formados exclusivamente por árboles gigantes de las otras especies. En Japón vemos a menudo que los recintos ajardinados de los templos y santuarios tienen una variada representación de árboles gigantes, que pueden ser el sugi, el keyaki y el ichō, por ejemplo. El clima templado y húmedo de Japón sustenta una gama de especies muy amplia.
      Los árboles gigantes son los seres vivos de mayores dimensiones del planeta y también los más longevos. Su existencia se desarrolla a otra escala, muy superior a la de la vida de los seres humanos. Esto es lo que nos hace abrigar un sentimiento de reverente temor. El sino de los árboles es continuar viviendo siempre en un mismo lugar, allí donde un día echaron raíces. Pero un cambio en el ambiente circundante puede acabar en un abrir y cerrar de ojos con esa vida, efímera al fin y al cabo, así se trate de un árbol gigante enraizado en el lugar desde 1.000 años atrás. No hay que olvidar este hecho.

Takahashi Hiroshi
 
      Fotógrafo especializado en árboles gigantes. Nacido en 1960 en la prefectura de Yamagata, creció en Hokkaidō. Dio inicio a sus reportajes en 1988 y hasta la fecha ha fotografiado más de 3.300 ejemplares. Es autor de Kami-sama no ki ni ai ni iku (A la busca de los árboles de los dioses; Tōkyōchizu Shuppan), Nihon no kyoju (Árboles gigantes de Japón; Takarajimasha), Sen-nen no inochi: Kyoju, kyoboku wo meguru (Vidas milenarias: un recorrido por los árboles gigantes y grandes; Shinnihon Shuppansha) y otras obras. Es divulgador en el centro informativo Shinrinkan de Okutama (prefectura de Tokio) y responsable de la base de datos de árboles gigantes del Ministerio de Medio Ambiente, además de presidir la Asociación de Árboles Gigantes de Tokio.
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     Hemos comenzado esta serie con la ayuda de Hiroshi, sin renunciar a nuevas incorporaciones. Japón ha sido mi debilidad emocional por su encanto, su diversidad botánica y su esquizofrenia emocional entre lo tradicional y lo moderno.

15 julio 2020

Riqueza genética de los pinos de Arguineguín

ANÍBAL RAMÍREZ en "La Provincia"
Arguineguín, GC, atesora los pinos canarios con mayor riqueza genética

     El pino canario es una especie forestal endémica de las Islas de reconocido valor a nivel mundial por su adaptabilidad al medio y su resistencia al fuego.
     Un reciente estudio desvela que una pequeña población de centenarios Pinus canariensis -unos 120 ejemplares- que se localizan en sendas márgenes del barranco de Arguineguín, Gran Canaria, a una de las cotas más bajas -entre los 200 y 500 metros de altitud- y en un ambiente casi desértico -menos de 200 milímetros de precipitación anual- es la que presenta la mayor variabilidad genética con diferencia de este árbol en toda Canarias.
     Esta mayor diversidad en el ADN le confiere a esta escasa colonia del suroeste grancanario una relevancia trascendental como material forestal ante el inminente cambio climático que en latitudes similares a las del Archipiélago canario prevé un ascenso de las temperaturas de 3 a 5 grados durante el próximo siglo y una disminución de las precipitaciones. Ante esta crucial importancia el Cabildo de Gran Canaria ha creado un banco de conservación en Osorio con semillas de los singulares ejemplares del barranco de Arguineguín de las que se han obtenido ya 185 plantas.
     El estudio señala además la vulnerabilidad de este pinar diseminado en las laderas del principal barranco del suroeste insular y advierte de que "el escaso número de efectivos poblacionales actuales podría suponer si no su desaparición, sí la pérdida del recurso genético por endogamia y deriva genética".
De hecho, el informe ha constatado que se produce una pérdida de diversidad genética del 25 por ciento en el transcurso de una generación. 
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