12 julio 2019

Los árboles canarios, del cronista de Canarias

JUAN GUZMÁN OJEDA, Ing. técn. forestal
¿Imaginan a un drago dando sombra a un dinosaurio?

Ilustración de Mary Anne Kunkel
     Hablar de árboles de Canarias es hablar de aquellos cuyas semillas llegaron espontáneamente hasta nuestras islas, ya fuera volando libremente o cautivas dentro del extracto digestivo de las aves. La diferencia máxima de edad geológica entre las islas más antiguas, Fuerteventura y Lanzarote, respecto a la más joven, El Hierro, resulta de 19 millones de años. A buen seguro, las islas orientales hicieron de puente dispersor, albergando todos los árboles que luego fueron colonizando el resto del Archipiélago. Pero, ¿cuántas especies de árboles hay en Canarias?
     Aunque la respuesta pueda parecer fácil, hay que hacer ciertas consideraciones para llegar hasta el número de 30. En efecto, hay muchas especies que claramente lo son, pero otras quedan en una difusa frontera. Consideramos a la palmera canaria y a nuestros dragos como árboles, aunque sustituyan la dura madera por la flexible fibra. Vegetales como el brezo, el peralillo o el tarajal tienen por lo general un carácter arbustivo, pero en muchos casos se desarrollan con gran vitalidad adquiriendo el tamaño y la fisonomía propia de un árbol. En Garajonay podemos observar altos brezos con portes torcidos hacia los resquicios de luz, mientras que en algunos barrancos majoreros la dinámica torrencial aún arrastra restos de tarajaleras hasta el mar.
      Gran parte de los árboles salvajes de Canarias también habitaron en el área mediterránea hace millones de años, finalmente fue en las islas donde encontraron un refugio estable y benigno ante las variaciones climáticas europeas. Esta es la razón de que muchas veces se adjetiven como “fósiles vivientes” que convivieron durante el Jurásico con los grandes reptiles que poblaron el continente europeo. ¿Imaginan la estampa de un descomunal drago dando sombra a un dinosaurio? Sin duda nos acerca a las leyendas de la Sangre del Dragón.
      La exclusividad de nuestros árboles queda de manifiesto en el apellido “canariensis”, que se repite hasta 10 veces en sus nombres científicos. Con cada nueva revisión suele aparecer la referencia geográfica local dentro del nomenclátor botánico. A su vez, una gran parte de los árboles que conforman los “bosques de lauráceas” comparten su hábitat con otros archipiélagos macaronésicos.
 

Unos son abundantes y otros, muy raros
      En general, podemos dividir la presencia de los árboles canarios en dos grupos: el primero formado por los más abundantes y conocidos, y el segundo por los más escasos y desconocidos (incluso para muchos profesionales forestales). Dentro del grupo de los extraños o raros se encuentran especies como el delfino, el aderno, el naranjero salvaje, el sauco o el marmulano, cuya presencia no llega a ser abundante en ninguna isla. ¿Se trata quizás de eslabones perdidos en la evolución? En cualquier caso, a día de hoy la acción humana ha desequilibrado esta posible evolución o regresión natural. Dentro del cajón de las rarezas extremas encontramos dos subespecies: el barbuzano negro en La Gomera y la faya romana en El Hierro.
Seguramente el árbol con el dorsal número uno, la primera especie que como formación boscosa empezó a crear sombra y suelo en las islas, debió de ser el pino canario. Este portento adaptativo ya traía marcado en su ADN diversos mecanismos de resistencia frente a los incendios y aunque, evidentemente, esto no le salvaba de sucumbir ante los episodios volcánicos, normalmente los pinares más alejados de los epicentros eruptivos se verían menos afectados ante los ocasionales incendios.
      El árbol que mejor resiste junto al mar es el tarajal, mientras que el que mejor tolera los rigores de las cumbres es el cedro canario. Sobre esta especie se cree que existieron pequeños bosques a gran altitud. En todo caso, la especial orografía de cada isla y sus particulares avatares forestales, han dado como resultado una distribución irregular de las especies, lo que también genera dudas sobre posibles presencias en determinadas islas. Por ejemplo, para ver mocanes hay que ir a El Hierro (merece la pena aprovechar la visita para ver sabinares y compararlos en belleza con los de La Gomera), para ver hijas hay que desplazarse hasta Anaga, en Tenerife, y si lo que nos atraen son los acebuchales, Gran Canaria es el destino. Quizás ya hayas descubierto, estimado lector, el ser vivo más grande y posiblemente más anciano de Canarias, en caso contrario te invitamos a que lo visites en la siguiente coordenada: 28º 9´54.5´´ N y 16º 38´ 13´´ W.
      Entre los árboles oriundos también encontramos parientes muy cercanos a clásicos frutales: el aguacate es un primo hermano del viñátigo, mientras que el lentisco y el almácigo son muy próximos al pistacho. Otros como el acebuche son tan parecidos al olivo, que se han usado como patrón para la producción local de antiguas variedades, destacando la verdial de Huévar, de la que se obtiene un aceite de excelente calidad.
      En el número 30 encontramos el último árbol que se descubrió en Canarias hace apenas quince años: el drago de Gran Canaria. Tal vez la causa de que se tardara tanto en identificar esta especie es que ni uno solo de sus individuos salvajes resulta accesible a pie. A su vez, los estudiosos de la flora de Fuerteventura tienen localizados a los “últimos mohicanos” de árboles como el marmulano o el paloblanco, testigos mudos de otras épocas y que, tras siglos de presión ganadera, presentan serios problemas para fructificar. Tal vez el puesto 31 habría correspondido al árbol de Santa María, especie del monteverde que llegó a citarse en La Orotava, pero que a día de hoy sólo localizamos en Madeira.
      Como podemos deducir, conocer los árboles canarios es toda una aventura, ni siquiera dentro de la misma especie hay dos árboles iguales, los clones en la naturaleza no existen. Son vegetales admirables de gran plasticidad, variedad, belleza y resistencia y además forman parte de nuestro acervo cultural y patrimonial. Si bien es cierto que el hombre prácticamente ha abandonado la vida en la naturaleza, la relación hombre-árbol continúa siendo muy estrecha. Por el bien de nuestra especie, todos los que también poblamos estas paradisíacas islas, deberíamos adaptarnos a sus necesidades.

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08 julio 2019

JESSICA LEIGH HESTER
Un antiguo bosque hundido surge en una playa galesa

Los tocones, como se vio en mayo de 2019, recuerdan a algunos observadores de aletas de tiburón.
Los tocones, como se vio en mayo de 2019, recuerdan a algunos observadores las aletas de tiburón. Matthew Horwood / Getty Images
     Mucho antes de que se tratara de una zona arenosa que colinda con Cardigan Bay, la playa cerca de Ynyslas, en Borth, Gales, era una pradera, y antes, hace miles de años, un bosque. La prueba está justo ahí en la arena empapada, pero solo es completamente visible de vez en cuando. Y cuando aparece, parece algo salido de un cuento de hadas.
      Durante las épocas de fuerte viento y oleaje, las capas de sedimento húmedo se desprenden, y emergen grupos de turba sulfurosa y tocones de árboles muertos hace mucho tiempo. Están saturados de agua, por lo que los picos de abedules, pinos y robles, tienen un color marrón oscuro, casi ónix. Cientos, tal vez miles, de estos tocones están dispersos a lo largo de unas pocas millas de la costa, que sobresalen a través de la arena en puntiagudos ángulos. El tamaño y la forma a menudo le recuerdan a Martin Bates a las aletas de tiburón.
     Bates creció a pocos kilómetros de este bosque hundido, y el amor por los árboles antiguos está en su sangre. "Siempre ha habido una conexión entre el bosque y mi familia", dice. Su padre trabajaba en la playa como geólogo, y ahora Bates también lo estudia. "Cuando emerge, es una visión increíble", dice Bates, que trabaja como geoarqueólogo en la Universidad de Gales Trinity St. David. "Es una gran masa marrón oscura que se extiende en la distancia".
     Las arenas movedizas son una metáfora demasiado fácil para el paso del tiempo: los cantos rodados se convierten en piedras, las piedras se convierten en playas, granos que caen en un reloj de arena.  
     Pero en Borth, el verdadero cambio en la arena se mueve con el tiempo y ayuda a los investigadores a reconstruir cómo esta costa ha cambiado a lo largo de miles de años. Cuando los troncos son fácilmente observables en marea baja, como lo son ahora después de una tormenta a final de mayo de 2019, son como si el pasado se levantara a través de la arena hasta el presente.

Todo el bosque está abierto a los visitantes.
Todo el bosque está abierto a los visitantes. Matthew Ashton / AMA / Corbis a través de Getty Images
     En su mayor parte, cualquier cosa que hayamos dejado a lo largo de la costa, por encima o por debajo de la línea de la marea, será amenazada o alterada de alguna manera por el cambio climático. Los restos humanos en los cementerios a pocos msnm pueden ser arrastrados, las pilas de basura de antaño conocidas como los basureros pueden desprenderse, y los faros históricos u otras atracciones costeras pueden caer al agua. Los arqueólogos, por su parte, a menudo ven el cambio climático como una carrera contra reloj, para guardar o documentar lo que puedan antes de que nuestras costas cambien para siempre. En el bosque hundido, sin embargo, la imagen es un poco diferente.
     "El hecho de que tengamos más tormentas e inestabilidad climática significa que estamos viendo "el bosque" con más frecuencia que en el pasado", dice Bates. Eso es útil, porque en Borth, el registro del pasado es un poco como un libro con capítulos en blanco. Los investigadores saben que el área era un pantano de cañas antes que un bosque, y que los árboles florecieron hace unos 6.000 años. Luego, hace aproximadamente 4.500 años, dice Bates, los árboles parecen haberse extinguido a medida que aumentaban los niveles de agua. Según lo que pueden ver en el registro de polen, las praderas aparecieron hace unos 3.000 años. "Habría sido un lugar extraño", dice Bates, con árboles muertos en medio de la hierba, ahogados por el agua salada.

Los tocones pueden asemejarse a islas en el mar.
Los tocones pueden asemejarse a islas en el mar. Matthew Ashton / AMA / Corbis a través de Getty Images
     Los tocones de los árboles se mezclan con una capa de turba, de unos tres pies de espesor, que se había secado antes de que los árboles comenzaran a crecer. Debajo de los tocones, hay una capa de arcilla y limo de unos 60 a 100 pies de profundidad. El sedimento probablemente contiene información sobre lo que vino antes de los bosques y los pastizales, sobre las marismas, las planicies y las aguas salobres, así como la vida que floreció allí, pero Bates no ha podido profundizar hasta donde le gustaría. Esta arena, que se desmorona, se cae de los barrenadores y rompe las piezas de la máquina, "es la peor pesadilla de un perforador", dice. Sin embargo, tiene la esperanza de que eventualmente conseguirá alguna herramienta mejor y llenará los espacios en blanco.
     Cada vez que las olas descubren el bosque, "tienes que ser bastante rápido para salir", dice Bates, es decir, rápido y eficiente en el peinado de la costa para catalogar nuevas vistas antes de que el sedimento vuelva a aparecer. "A menudo, me encuentro caminando por la playa y pensando, 'Uf, ¿por qué estoy aquí otra vez? ¿Qué voy a ver que sea nuevo? Cuarenta y nueve veces de cada 50, todo es  habitual, pero luego, esa vez 50, ves algo nuevo o algo que habías visto antes con una luz ligeramente diferente: "¡Oh!"
     Después de una gran tormenta, dice, generalmente es cuestión de dos o tres meses antes de que la arena cubra de nuevo completamente los tocones. Se ha demostrado que es tiempo suficiente para hacer nuevos descubrimientos interesantes y reexaminar algunos viejos. Hace unos años, por ejemplo, las tormentas expusieron los restos de un gran canal que alguna vez fluyó a través del bosque. Eso llevó a los investigadores a comprender mejor por qué, exactamente, un antiguo uro, ganado salvaje, abundante y con cuernos que se extinguió en el siglo XVII, entró y murió allí. (Sus restos aparecieron en la década de los 60). Cuanto más información puedan recabar los investigadores sobre estos antiguos ecosistemas, las pequeñas observaciones tendrán sentido en el panorama general, dice Bates.    

Stubby, nudoso y viejo.
Stubby, nudoso y viejo. Matthew Horwood / Getty Images
     Bates dice que mientras otros bosques hundidos, como los de Jersey, en las Islas del Canal, están siendo fragmentados y demolidos por el agua, el de Borth parece bastante seguro por el momento.      El Consejo local del condado de Ceredigion, que administra el bosque hundido, prometió 39 millones de libras para los rompeolas y otras defensas costeras para proteger las 450 casas cercanas contra la inundación y la erosión. Varios miles de toneladas de arena también se utilizarán para extender la playa hacia el mar .
      Mientras tanto, el bosque hundido está abierto para cualquiera que quiera pasear entre los esqueletos de los árboles muertos hace mucho tiempo. Partes de la misma han sido designadas como "sitios de especial interés científico" y protegidas por las leyes nacionales de conservación, explica Bates, pero esas regulaciones no limitan el acceso casual. Bates agrega que la orilla atrae a los surfistas y turistas, y la oficina de turismo local sugiere que podría ser parte del mundo perdido del legendario Cantre'r Gwaelod, mencionado en El Libro Negro de Carmarthen, que se cree que es el texto más antiguo que se ha escrito completamente en galés. (Incluso hay una aplicación para ayudar a los visitantes a explorar el reino perdido).
      Bates entiende por qué el paisaje le parece maravilloso a la gente. La topografía cambiante y la intrusión ocasional del pasado lejano en el presente lo convierten en "un lugar mágico y ligeramente mítico", dice Bates. "Nunca sabes muy bien lo que vas a ver".
 
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04 julio 2019


La agonía del árbol más hermoso de Galicia
 


     No es el más antiguo, ni el más grande. Pero tal vez sea el más hermoso de todos. El árbol que lo vio todo, el carballo de Santa Margarita, en Pontevedra, luce achacoso y visiblemente enfermo después de cinco siglos de existencia. Quizá no haya un monumento natural más importante, con mayor carga simbólica en la cultura popular. Cada poco tiempo, Xosé Carlos Morgade pasea por su base y lo observa, como quien visita a un ser querido que consume los últimos días de su vida. Es el presidente de los comuneros de Mourente, el colectivo que ha alzado la voz todos estos años para sensibilizar a la sociedad sobre la agonía del árbol de los enamorados, y al que el padre Sarmiento, ya en el siglo XVIII, le dedicó sus versos. “Santa Margarida/De Monteporreiro/ Quen ten o carballo/ maiore do reino”.
     No hay muchos ejemplares en Galicia a los que se le haya dedicado una extensa y completa biografía, como sí hizo Carlos Rodríguez Dacal con este roble. Una investigación que habla de su pasado y de su presente, aunque ahora lo que preocupa es el futuro: una supervivencia que está comprometida por el asfaltado que recubre su base, lo que impide respirar a sus raíces. El tráfico de la zona, el constante flujo de vehículos que circulan por el vial, propiedad de la Diputación de Pontevedra, han mermado la salud de este ejemplar, situado junto a la capilla románica del mismo nombre, como si la respiración del carballo fuese la de un fumador empedernido. Los conductores han llegado a quejarse de la inclinación de la copa hacia la carretera, lo que dificultaba la circulación de los camiones. Hay algo paradójico en la vida de este carballo. A lo largo de la historia, ha sorteado toda clase de infortunios: un temporal en 1884, un huracán en 1886 y varios incendios, tanto en el siglo XIX como en el año sesenta. Y sin embargo, es el asfalto y la plaga del cemento el que lo amenaza de muerte tras una larga existencia. Algunos le atribuyen una antigüedad de mil años, edad que los científicos sitúan en 500.
     Como si fuera una representación del mundo, una metáfora de la desigualdad, el carballo de Santa Margarita tiene dos caras: un lado norte, mejor conservado, en la que luce el verde; y el sur, con madera podrida y seca. Hasta ahora, los trabajos para conservar el ejemplar han consistido en la retirada de ramas afectadas por los insectos xilófagos y en la colocación de sujeciones en las ramas con más carga, para evitar caídas. La Estación Fitopatolóxica do Areeiro, dependiente de la Diputación de Pontevedra, a petición del Concello, ha sido la que ha chequeado la salud del ejemplar. Los comuneros, sin embargo, creen que el problema es más complejo: la normativa de Medio Ambiente sobre árbores senlleiras, es decir, de la Xunta, establece que es el dueño el que debe correr con los gastos de conservación. Y en este caso, la propiedad del roble es de la Archidiócesis de Santiago. Y para incidir en el entorno, en el asfalto que afecta a la estabilidad del carballo, es necesario el concurso de la Diputación. «Nós o que propoñemos é que se cree un padroado, unha mesa que implique a todas as administracións, porque ningunha está asumindo o coidado deste carballo, patrimonio de todos, que está a morrer; ¿De que vale ter unha regulación de árbores singulares?», se pregunta Morgade. Los comuneros de Mourente tienen claro cuál es el tratamiento que precisa el roble: darle por la base el mismo espacio que ocupa por la copa. Esto es, eliminar el asfalto para que respiren sus raíces.
     A la sombra de este carballo se ha ido escribiendo una parte de la historia de Galicia. Fue allí, en 1846, donde se reunieron los líderes progresistas gallegos para urdir el levantamiento del 2 de abril, lo que propició el alzamiento de Pontevedra, que se sumó a la rebelión gallega que acabó con el trágico suceso conocido como los Mártires de Carral. Desde 1902, también es el lugar escogido para las reuniones fraternales de obreros y campesinos en la conmemoración del 1 de mayo, y el sitio que inspiró una viñeta de Castelao sobre los enamorados. Allí también, a los pies del árbol, fueron fusilados quienes se oponían a la ideología de Franco. Las ramas de ejemplar han sido testigo de muchos cosas. Galicia está llena de árboles majestuosos y legendarios, pero tal vez ninguno con tanta historia, con tanto poder simbólico. A Xosé Carlos Morgade siempre le preguntan en Mourente y en Pontevedra sobre la salud del carballo, como si fuera su pariente más cercano, con la misma naturalidad con la que un vecino se interesa por el otro. «¿Cómo va el abuelo?»
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30 junio 2019

CESAR-JAVIER PALACIOS
Las malas hierbas no existen
Olivar florido. Foto: SEO/BirdLife
        
     ¿Qué es eso de “malas hierbas”? ¿De verdad existen hierbas malas? ¿De verdad es necesario acabar con ellas en los campos de cultivo, arrancarlas o rociarlas con herbicidas? ¿También en lo olivares, lo más parecido a un bosque domesticado?
     Amapolas, jaramagos, ajoporros, hinojos, ortigas, esparragueras, manzanillas, olivardas o borrajas han sido tradicionalmente plantas que han acompañado a los olivos en el campo. Muchas se han comido, otras se emplearon con fines medicinales, las hay que son forrajeras, otras que fijan nitrógeno o incluso que actúan como fungicidas o insecticidas. Son las plantas arvenses (plantas silvestres que crecen en los campos de cultivo) que, en cualquier caso, mejoran la estructura y fertilidad del suelo, el verdadero capital del agricultor, evitan la erosión e incrementan la biodiversidad y sus servicios ecosistémicos para la agricultura.

Expresión injusta
     Con tantos beneficios, ¿cómo pueden entonces llamarse ‘malas hierbas’? Para erradicar una expresión tan injusta y equivocada, el proyecto Life Olivares Vivos, coordinado por SEO/BirdLife, ha lanzado la publicación Buenas ‘malas hierbas’ del olivar, junto con el vídeo La cubierta vegetal en el olivar. Unos materiales didácticos que pretenden desmitificar tales prejuicios y percepciones en torno a las plantas arvenses e informar a los olivareros de los beneficios reales derivados de una gestión adecuada de la cubierta herbácea.
     Coincidiendo con la primavera, cuando se realiza el control de la cubierta herbácea en el olivar, esta publicación analiza los pros y contras de los diferentes métodos de manejo de la cubierta herbácea, para que los agricultores puedan decidir cuál es la gestión más adecuada para sus fincas.
      De igual modo, también muestra cómo está cambiando la percepción en torno a estas hierbas, desde la lucha sin cuartel que la mayoría de los olivareros han tenido tradicionalmente en contra de las cubiertas herbáceas, hasta el reconocimiento actual de los beneficios que aporta.

Las plantas como aliadas
     Gestionar adecuadamente la cubierta herbácea en el olivar ofrece toda una serie de ventajas que van desde aquellas más obvias, como son la reducción de la erosión, la fertilización natural de las leguminosas (que fijan en el suelo el nitrógeno atmosférico) o el mantenimiento de la biodiversidad, a otras menos conocidas.
     Entre estas últimas, la publicación destaca los servicios ecosistémicos que generan plantas arvenses relacionadas con el control de plagas y enfermedades del olivar. Por ejemplo, la presencia de la olivarda (Dittrichia viscosa) en zonas improductivas de los olivares aumenta la densidad de predadores de larvas de la mosca del olivo (la principal plaga del olivar y que ocasiona daños significativos en la producción y en la calidad del aceite de oliva), o los beneficios de crucíferas como la mostaza blanca (Sinapis alba) o el jaramago (Diplotaxis virgata), que actúan como fumigadores biológicos del hongo Verticillium dahliae, que causa la verticilosis y que está matando a miles de olivos.

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