domingo, 29 de julio de 2012

DAMASO ALONSO (Madrid 1898-1990)
Voz del árbol


¿Qué me quiere tu mano?
¿Qué deseas de mí, dime, árbol mío? 
...Te impulsaba la brisa: pero el gesto
era tuyo, era tuyo.

Como el niño, cuajado de ternura
que le brota en la entraña y que no sabe
expresar, lentamente, tristemente
me pasaste la mano por el rostro,me acarició tu rama.
¡Qué suavidad había
en el roce! ¡cuán tersa
debe de ser tu voz! ¿Qué me preguntas?
Di, ¿qué me quieres, árbol, árbol mío?

La terca piedra estéril,
concentrada en su luto
—frenética mudez o grito inmóvil—,
expresa duramente,
llega a decir su duelo
a fuerza de silencio atesorado.

El hombre
—oh agorero croar, oh aullido inútil—
es voz en viento: sólo voz en aire.
Nunca el viento y la mar oirán sus quejas.
Ay, nunca el ciclo entenderá su grito;
nunca, nunca, los hombres.

Entre el hombre y la roca,
¡con qué melancolía
sabes comunicarme tu tristeza,
árbol, tú, triste y bueno, tú el más hondo,
el más oscuro de los seres! ¡Torpe
condensación soturna
de tenebrosos jugos minerales,
materia en suave hervor lento, cerrada
en voluntad de ser, donde lo inerte
con ardua afinidad de fuerzas sube
a total frenesí! ¡Tú, genio, furia,
expresión de la tierra dolorida,
que te eriges, agudo, contra el cielo,
como un ay, como llama,
como un clamor! Al fin monstruo con brazos,
garras y cabellera:
¡oh suave, triste, dulce monstruo verde,
tan verdemente pensativo,
con hondura de tiempo,
con silencio de Dios!

No sé qué altas señales
lejanas, de un amor triste y difuso,
de un gran amor de nieblas y luceros,
traer querría tu ramita verde
que, con el viento, ahora
me está rozando el rostro.
Yo ignoro su mensaje
profundo. La he cogido, la he besado.
(Un largo beso).
                     ¡Mas no sé qué quieres
decirme!

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martes, 24 de julio de 2012

EL CASTAÑO
Cuento japonés

     En el tiempo en que los príncipes gobernaban las tierras del Japón, había un pobre pescador llamado Saburo que vivía en una aldea junto a la playa con su mujer, Hana, y su preciosa hijita, Aiko. La casa de Saburo era sencilla y humilde -dañada por muchos años de sol y de lluvia- y dentro prácticamente no tenían nada. Los tablones de madera de las paredes no estaban bien clavadas y en las noches de viento era como si toda la casa y la familia que en ella se refugiaba temblaran.
     En la temporada de pesca, Hana se levantaba pronto para preparar albóndigas de arroz para Saburo, quien se adentraba en la bahía con la barca y se quedaba allí hasta la tarde echando las redes para pescar. Hana y Aiko esperaban intranquilas a que él regresara. De vez en cuando, si Saburo había pescado una pieza grande, Hana preparaba una espesa sopa con trozos de pescado de verdad en vez del caldo aguado que comían todos los días, y también le hacía pastelillos de arroz a Aiko. Para la niña, aquellas comidas tan especiales junto a sus padres eran los mejores momentos. Quería a sus padres con locura.
     Pasaron los años y Aiko se convirtió en una joven muy hermosa, tan delicada que los vecinos no podían evitar hacer comentarios. Un día, durante la temporada de pesca, Saburo salió con la barca como siempre. El cielo estaba cubierto por unas nubes oscuras y amenazadoras. Como el día se oscurecía cada vez más y Saburo no volvía, Hana y Aiko se preocuparon. El viento no paró de soplar en toda la noche, pero Saburo tampoco volvió. Hasta la mañana siguiente Hana y Aiko no supieron que Saburo se había ahogado. Un gran barco había chocado contra su barca y ésta se había hundido. Aquel día, la vida de las dos mujeres cambió para siempre. Los vecinos las ayudaron a sobrellevar su dolor tras la muerte de Saburo, y les llevaban pequeñas bandejas con comida y cuencos llenos de arroz, porque eran buenas personas y sabían que la mala suerte puede tocarle a cualquiera. Pero es difícil ser generoso cuando se es pobre y no se tiene casi nada para repartir.
     Cuando se les acabaron los ahorros, Aiko no pudo soportar ver a su madre languidecer de hambre. «Iré a la ciudad a buscar trabajo», anunció. A pesar de las protestas de su madre, Aiko caminó una hora hasta la ciudad más cercana, Uchimira. Llamó a muchas puertas ofreciéndose como sirvienta, pero la mayoría de las casas ya tenían servicio. Al final, llegó a una casa muy rica, en la que se colocó como criada. El trabajo era duro y no se terminaba nunca, y las manos de Aiko se estropearon de tanto limpiar y fregar, cargar leña y barrer suelos. Muchas veces, mientras hacía sus tareas, se le cerraban los ojos de cansancio. Y como prefería volver todos los días a su casa andando que quedarse a dormir en la casa de la señora, como hacían las demás criadas, cada vez se sentía más agotada. A medio camino entre el pueblo y la ciudad, Aiko se paraba a descansar bajo un enorme castaño. En cuanto veía el árbol, a Aiko le invadía una sensación de alivio porque sabía que ya había recorrido gran parte del camino. Se sentaba junto al árbol, acariciaba su corteza marrón y arrancaba las ramillas que nacían del tronco. Después cogió la costumbre de hablar con el árbol y de contarle su vida y la pena que afligía a su anciana madre. Al lado del árbol se sentía muy confortada y ya le gustaba en todas las estaciones. En verano le llevaba a su madre los racimos de pequeñas flores. En otoño, veía cómo las hojas de color verde oscuro se volvían de un bonito color amarillo pálido, y era el momento de coger las bolas cubiertas de espinas que contenían las deliciosas castañas. Tras sus secretos encuentros con el árbol, Aiko siempre se sentía un poco mejor. Era como si el árbol le transmitiera su fuerza y el trayecto transcurriera más deprisa.
     Los años pasaron y Aiko se convirtió en una mujer joven. Una tarde, cuando se detuvo junto al castaño para descansar, captó en el aire un sentimiento de tristeza y se acercó más a su amigo para consolarse. De repente, oyó una extraña voz que venía de más arriba, como si surgiera del árbol. -Aiko, hija mía -dijo la voz-. Ha llegado el momento de separarnos. El príncipe ha ordenado que me corten. Escúchame atentamente. Me convertirán en un barco. Ese barco zarpará de tu pueblo. No me moveré hasta que vengas y me abraces como haces todos los días, y me digas: «Soy Aiko, tu amiga». Aiko miró para arriba. Los árboles no hablan, se dijo. Pero, ¿de dónde sino podía venir la voz? Quizá estaba cansada y se imaginaba cosas. Sintió que el árbol había compartido con ella su tristeza. Confusa y apenada, Aiko partió a toda prisa hacia su casa cuando ya había anochecido.
     Al día siguiente se detuvo junto al árbol y como parecía que nada había cambiado, compartió su secreto con él. «He tenido una pesadilla», le dijo. «He soñado que el príncipe ordenaba que te cortaran. No podría soportar que te llevaran lejos de aquí». Y se abrazó al árbol. El viento sopló entre las hojas y Aiko se fue hacia casa. Al cabo de algunos días, cuando Aiko volvía al pueblo, la sorprendió una gran tormenta. La estación de las lluvias era la más difícil. Hacía frío y siempre estaba oscuro. Al oir el estallido de un trueno, Aiko echó a correr para guarecerse bajo el frondoso follaje del castaño. Con horror vio que el árbol ya no estaba. Había desaparecido. Tapándose la boca con las manos, fue corriendo hacia el lugar donde antes crecía el árbol. La lluvia lo mojaba todo a su alrededor y ella, abrazada al tocón, se puso a llorar como si hubiera perdido a un amigo querido. Al final no había sido un sueño. El árbol realmente había hablado con ella.
      Aiko recogió algunas hojas secas en recuerdo de su amistad y se encaminó hacia su casa bajo la lluvia, cansada y afligida en lo más hondo de su corazón. Para Aiko, el camino entre el trabajo y su casa nunca volvió a ser el mismo. A medida que pasaban los días, la joven iba palideciendo y perdiendo las fuerzas. Los vecinos ya no hablaban de su belleza o de su encanto. Era como si la muchacha que un día conocieron hubiera desaparecido.
     Una mañana, cuando se iba a Uchimira, oyó que en el pueblo había un gran bullicio. Aquella noche había llegado un gran barco y se estaban haciendo los preparativos para que zarpara enseguida. Había tanta animación, que Aiko decidió que no iría a trabajar y se quedó mirando embobada cómo los vecinos del pueblo se apiñaban en la playa para ver llegar al príncipe en su palanquín real, dispuesto a botar el barco. El príncipe vestía un magnífico quimono negro, con los escudos de armas bordados en el pecho y en las mangas. Los lugareños agacharon la cabeza a su paso. No tardó en llegar el momento de zarpar, pero tal como el árbol había predicho, el barco no se movió. Un montón de hombres intentaron empujarlo mar adentro, pero parecía que había arraigado en la arena. El príncipe, desconcertado, se dirigió a sus hombres y todo el mundo se vio enfrentado al reto. Muchos pescadores, hombres fuertes y bregados, probaron suerte, pero el barco permaneció inmóvil.
     A Aiko el secreto estaba a punto de hacerle estallar el corazón. «¡Dejadme que lo intente yo!», dijo, ruborizada por los nervios. Todos quedaron en silencio. No podían creer que hubieran oído una voz femenina y se volvieron para ver a quién pertenecía. -¡Anda! ¡Pero si es nuestra Aiko! -gritó un vecino, rompiendo el largo e incómodo silencio. Todos apreciaban a Aiko y la admiraban por la devoción que sentía por su madre, ¿pero qué diantre hacía la chica? Cuando vieron la intensidad de su mirada, la gente empezó a animarla. «¡Aiko!, ¡Aiko.» La joven empezó a caminar hacia el barco. Los guardias reales dieron un paso al frente para cortarle el paso, pero el príncipe, haciendo un gesto con la cabeza, les hizo volver atrás. Era la cosa más rara que había visto en toda su vida. La gente volvió a guardar silencio y miró a Aiko de cerca, temiendo por ella.
     Cuando llegó al lado del barco, Aiko lo abrazó como solía abrazar al árbol. Pero no pasó nada. Superada por la emoción, Aiko se dio cuenta de que había olvidado decir las palabras. Sintiendo el nerviosismo de la gente que tenía detrás, abrazó al barco de nuevo y le susurró: «Soy Aiko, tu amiga». Lentamente, el barco empezó a deslizarse hacia el mar. El príncipe la miró sin salir de su asombro mientras la gente gritaba enloquecida. Él les hizo callar y ordenó que llevaran a Aiko a su presencia. Quería ver de cerca a aquella mujer tan fuerte. Pero en vez de una joven corpulenta, vio una muchacha delgada, que irradiaba una serena belleza. Aiko hizo una gran reverencia ante el príncipe. Éste le preguntó el secreto de su fuerza y Aiko contestó que ella no tenía mucha fuerza. Entonces explicó la historia de su amistad con el castaño.
     -¿Cómo puedo recompensarte? —preguntó el príncipe, incapaz de dejar de mirarla. Aiko dijo que no con la cabeza y le respondió que ya se sentía recompensada con el recuerdo de una amistad tan especial. Entonces las lágrimas resbalaron por sus mejillas. El príncipe estaba fascinado. Y más raro es todavía lo que pasó a continuación. El príncipe le pidió que se casara con él delante de todos los habitantes del pueblo. Primero, una ola de estupefacción recorrió a todos los que allí estaban reunidos, pero después empezaron a gritar entusiasmados y a felicitar a Hana, que se encontraba entre ellos. Aiko miró tiernamente el barco y entonces sus ojos buscaron los de su madre. Hana alzó las manos para bendecir a su hija y Aiko sonrió entre lágrimas. La buena suerte fue, sin duda, un regalo de amistad del castaño.

---Fin---

jueves, 19 de julio de 2012

TOMÀS GARCÉS (Barcelona 1909- 1993)
A l'ombra del lledoner


A l'ombra del lledoner
una fadrineta plora.
La tarda mor dalt del cim
i llisca per la rossola,
l'esfilagarsen els brucs,
la tenebra se l'emporta.
La noia plora d'enyor:
el lledoner no fa ombra.
Fadrína, l'amor és lluny;
enllà, la carena fosca.

Si passava un cavaller...
Du el cavall blanc de la brida.
L'arbre li dóna repòs,
l'oratge, manyac, arriba.
Al cel la llum de l'estel
és la rosada del dia.
—Cavaller, l'amor és lluny;
amb l'ombra i el cant fugia.
—Fadrina, l'amor és lluny;
per l'ampla plana camina.

La nit sospira, la nit,
el bosc, la riera clara.
Les branques del lledoner
son fines i despullades;
fulla i ocell n'han fugit
però hi crema 1'estelada.
Fadrina, l'amor és lluny;
demana’l a punta d'alba
quan l'ombra del lledoner
s'allargui com un miracle

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sábado, 14 de julio de 2012

JOACHIM DU BELLAY (France 1522-1560)
Les antiquités de Rome

Qui a vu quelquefois un grand chêne asséché,
Qui pour son ornement quelque trophée porte,
Lever encore au ciel sa vieille tête morte,
Dont le pied fermement n'est en terre fiché, 


Mais qui dessus le champ plus qu'à demi penché
Montre ses bras tout nus et sa racine torte,
Et sans feuille ombrageux, de son poids se supporte
Sur un tronc nouailleux en cent lieux ébranché :


Et bien qu'au premier vent il doive sa ruine,
Et maint jeune à l'entour ait ferme la racine,
Du dévot populaire être seul révéré :


Qui ta chêne a pu voir, qu'il imagine encore
Comme entre les cités, qui plus florissent ore,
Ce vieil honneur poudreux est le plus honoré.

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lunes, 9 de julio de 2012

JUANA DE IBARBOUROU (Uruguay 1892-1979)
Carne inmortal


Yo le tengo horror a la muerte.
Mas a veces cuando pienso
que bajo de la tierra he de volverme
abono de raíces,
savia que subirá por tallos frescos,
árbol alto que acaso centuplique
mi mermada estatura,
me digo: -Cuerpo mío,
tú eres inmortal.
Y con fruición me toco
los muslos y los senos,
el cabello y la espalda,
pensando: ¿Palpo acaso
el ramaje de un cedro,
las pajuelas de un nido,
la tierra de algún surco
tibio como de carne femenina?
Y extasiada murmuro:
-Cuerpo mío: ¡estás hecho
de sustancia inmortal!
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miércoles, 4 de julio de 2012

WILLIAM WORDSWORTH (England 1770-1850)
Tejos

Hay un tejo, orgullo del valle Lorton,
que aún hoy, en medio de su tiniebla,
se yergue igual que en los viejos tiempos:
en dar armas no se mostró remiso
a las bandas de Percy o Umfravílle,
o a aquellos que el mar cruzaron
y el arco sonoro tensaron frente a Azincourt,
o tal vez antes, en Crecy o Poitiers.
¡Gran circunferencia y honda penumbra
de ese árbol aislado! ¡Ser viviente,
creció tan lento que morir no puede!
¡Tan magnífico en su forma y aspecto,
Indestructible!. Pero aún más notables
son los cuatro hermanos de Borrowdale,
en amplia y solemne arboleda unidos:
¡Enormes troncos! Y cada uno un muro
de entrelazadas fibras serpentinas
desde antiguo trenzadas, ascendentes;
mas no de fantasía informe, o gestos
que al profano asustan: pilar de sombras
junto a cuya basa de tonos pardos,
perennemente teñida por lánguida umbría
-y bajo cuyo techo sable de ramas adornadas,
cual en fiestas, por las bayas-,
figuras fantasmales se encuentran
(Miedo y la Esperanza trémula,
Silencio, Auspicio, el esqueleto de la Muerte,
sombra del Tiempo) para celebrar,
como en templo natural salpicado
de altares de musgo a piedra impávida,
adoración conjunta; o para, mudos,
oír el murmullo de los torrentes
de la arcana cueva de Glaramara.

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Yew Trees


There is a Yew-tree, pride of Lorton Vale,
Which to this day stands single, in the midst
Of its own darkness, as it stood of yore:
Not loathe to furnish weapons for the Bands
Of Umfraville or Percy ere they marched
To Scotland's heaths; or those that crossed the sea
And drew their sounding bows at Azincour,
Perhaps at earlier Crecy, or Poictiers.
Of vast circumference and gloom profound
This solitary Tree! -a living thing
Produced too slowly ever to decay;
Of form and aspect too magnificent
To be destroyed. But worthier still of note
Are those fraternal Four of Borrowdale,
Joined in one solemn and capacious grove;
Huge trunks! -and each particular trunk a growth
Of intertwisted fibres serpentine
Up-coiling, and inveteratley convolved, -
Nor uninformed with Fantasy, and looks
That threaten the profane; -a pillared shade,
Upon whose grassless floor of red-brown hue,
By sheddings from the pining umbrage tinged
Perennially -beneath whose sable roof
Of boughs, as if for festal purpose decked
With unrejoicing berries -ghostly Shapes
May meet at noontide: Fear and trembling Hope,
Silence and Foresight, Death the Skeleton
And Time the Shadow; there to celebrate,
As in a natural temple scattered o'er
With altars undisturbed of mossy stone,
United worship; or in mute repose
To lie, and listen to the mountain flood
Murmuring from Glaramara's inmost caves.

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