martes, 30 de diciembre de 2008

SAN JUAN DE LA CRUZ - Cántico espiritual (fragmento)

SAN JUAN DE LA CRUZ (Ávila, 1542-1591)
Cántico espiritual
(fragmento)
...
Pregunta a las criaturas

¡O bosques y espesuras,
plantadas por las manos del amado!
¡O prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado.

Respuesta de las criaturas

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
e, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

...

Entrándose ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del amado.
Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.
...
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lunes, 29 de diciembre de 2008



El ABEDUL DE PLATA
Cuento de Alemania


Una pobre pastora iba un día recorriendo un bosque buscan­do una oveja perdida y recogiendo los trozos de lana que encontraba enganchados en los matorrales. Pero, ¡estaba tan cansada! Decidió detenerse un rato para tomar aliento, se sentó en el suelo y apoyó la espalda en el blanco tronco de un abedul.
De pronto, le pareció estar soñando: el árbol se curvó y se inclinó hacia ella y, entre las ramas, creyó ver un rostro que la miraba. Se tra­taba de un rostro encantador, de madera, con corteza en lugar de piel. Un rostro de mujer que se acercaba y le sonreía.

¿Que si la embargó el miedo? ¡Por supuesto! Se puso en pie de golpe, dispuesta a echar a correr, pero el rostro la tranquilizó con su voz de hojas crujiendo:
—Niña, ¡quédate! No huyas. Espera un segundo. Deja que te vea bien, sobre todo tus pequeños pies blancos que pisan con tanta dul­zura. Piensa en cómo me siento yo, con mis raíces hundidas en lo más profundo de la tierra. No puedo bailar ni caminar. Baila para mí, niña, aunque sólo sea un ratito...

¿Qué hubierais hecho vosotros? La niña estaba asustada, pero sen­tía lástima por el árbol. ¿Qué daño podía hacerle bailar un poco?
Se levantó dando un salto y empezó a bailar. Sus pies se movían con gracia y soltura alrededor del árbol. Pero al dar una vuelta, una de las ramas bajas la sujetó como si de un brazo se tratara. Y mientras la rama la asía con fuerza, el árbol se puso a temblar y a sacudir sus raí­ces en lo profundo de la tierra hasta que, de pronto, se elevó por enci­ma del suelo.

Entonces, bailaron juntos, cada vez más rápido, con más y más fuerza. La niña se quedó sin aliento y quiso detenerse pero el árbol no la dejó.
Y así pasaron todo el día bailando. Y cuando cayó la noche, siguie­ron bailando.
En un momento dado, la joven pastora se echó a llorar y suplicó:
—¡Por favor, abedul! Me duelen los pies. Deja que descanse. ¡No puedo seguir bailando!
Y cuando estaba a punto de desesperarse, convencida de que al árbol no le importaba su dolor, éste la tomó entre sus ramas y la acu­nó como si fuese un bebé. La acarició con suavidad y la dejó en el suelo con extrema ternura. El abedul suspiró y volvió a hundir sus raíces en la tierra.

Luego se inclinó hacia el oído de la joven pastora y le dio las gracias de corazón:
—Niña, gracias a ti ya tengo bailes con los que soñar, tengo recuerdos que nun­ca olvidaré. Gracias. No temas, encontrarás a tu oveja y formarás tu ovillo...Te espe­ran tiempos de buena fortuna. Lleva contigo unas cuantas de mis hojas y no olvi­des nunca que has bailado con un árbol.
¿Fue todo un sueño? La pobre niña no sabría decirlo. Se despertó apoyada en un tronco quieto y fuerte, y se sentía tan descansada como si hubiese dormido mucho tiempo. Vio a su lado mucha lana hilada, tan bien trabajada que parecía seda. Y tam­bién estaba la oveja perdida, que la esperaba pacientemente.

La niña se irguió, guardó varias hojas en su delantal, le dio las gracias al abedul y se marchó con su oveja.
Estaba contenta, pero el delantal le pesaba mucho. Y lo extraño era que con cada paso que daba, pesaba más y más. ¿Cómo era posible que las hojas fuesen tan pesadas?
Al final se detuvo porque no era capaz de soportar el peso y las fue dejando en el camino. Al caer, las hojas hacían un ruido metálico y brillaban. Se arrodilló para observarlas mejor.
¡Las hojas se habían convertido en plata!
Y mientras volvía a casa bailando, le pareció escuchar una risa de hojas, a lo lejos.

---Fin---

domingo, 28 de diciembre de 2008

SYLVIA PLATH - The moon and the yew tree

 SYLVIA PLATH (1932-1966)
The moon and the yew tree

This is the light of the mind, cold and planetary
The trees of the mind are black. The light is blue.
The grasses unload their griefs on my feet as if I were God
Prickling my ankles and murmuring of their humility
Fumy, spiritous mists inhabit this place.
Separated from my house by a row of headstones.
I simply cannot see where there is to get to.

The moon is no door. It is a face in its own right,
White as a knuckle and terribly upset.
It drags the sea after it like a dark crime; it is quiet
With the O-gape of complete despair. I live here.
Twice on Sunday, the bells startle the sky ----
Eight great tongues affirming the Resurrection
At the end, they soberly bong out their names.

The yew tree points up, it has a Gothic shape.
The eyes lift after it and find the moon.
The moon is my mother. She is not sweet like Mary.
Her blue garments unloose small bats and owls.
How I would like to believe in tenderness ----
The face of the effigy, gentled by candles,
Bending, on me in particular, its mild eyes.

I have fallen a long way. Clouds are flowering
Blue and mystical over the face of the stars
Inside the church, the saints will all be blue,
Floating on their delicate feet over the cold pews,
Their hands and faces stiff with holiness.
The moon sees nothing of this. She is bald and wild.
And the message of the yew tree is blackness -- blackness and silence

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La luna y el tejo

Esta es la luz de la mente, fría y planetaria.
Los árboles de la mente son negros. La luz es azul.
Las hierbas se lamentan a mis pies, como si yo fuera Dios,
hiriendo mis tobillos murmuran su humildad.
Espirituosas brumas humeantes habitan este lugar
separado de mi casa por una hilera de lápidas.
Simplemente no puedo ver si hay un sitio adónde ir.
La luna no es una puerta. Es una cara por derecho propio,
blanca como un nudillo y terriblemente turbada.
Arrastra al mar detrás de sí, como un crimen oscuro;
y está en calma con el bostezo en O del total desencanto. Yo vivo aquí.
Dos veces cada domingo las campanas sobresaltan el cielo-
ocho grandes lenguas afirmando la Resurrección.
Finalmente, ellas proclaman con sobriedad sus nombres.
El tejo apunta hacia arriba. Su forma es gótica.
Sus ojos se elevan por sobre él, y encuentran a la luna.
La luna es mi madre. Ella no es dulce como María.
Sus vestiduras azules sueltan pequeños murciélagos y lechuzas.
Cómo desearía creer en la ternura-
el rostro de la efigie, dulcificado por las velas,
inclinándose, sobre mí en particular, con ojos indulgentes.
¡He caído tanto! Las nubes están floreciendo,
azules y místicas sobre el rostro de las estrellas.
Dentro de la iglesia, los santos serán todos azules,
flotando con sus pies delicados sobre los bancos fríos,
sus cabezas y sus caras rígidas de santidad.
La luna no ve nada de esto. Ella es calva y salvaje.
Y el mensaje del tejo es negrura -negrura y silencio.
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sábado, 27 de diciembre de 2008

ANATOLE FRANCE - Les arbres

ANATOLE FRANCE (París, 1844-1924)
Les arbres


Ô vous qui, dans la paix et la grâce fleuris,
Animez et les champs et vos forêts natales,
Enfants silencieux des races végétales,
Beaux arbres, de rosée et de soleil nourris,

La Volupté par qui toute race animée
Est conçue et se dresse à la clarté du jour,
La mère aux flancs divins de qui sortit l'Amour,
Exhale aussi sur vous son haleine embaumée.

Fils des fleurs, vous naissez comme nous du Désir,
Et le Désir, aux jours sacrés des fleurs écloses,
Sait rassembler votre âme éparse dans les choses,
Votre âme qui se cherche et ne se peut saisir.

Et, tout enveloppés dans la sourde matière
Au limon paternel retenus par les pieds,
Vers la vie aspirant, vous la multipliez,
Sans achever de naître en votre vie entière.
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viernes, 26 de diciembre de 2008

ANDERSEN - El abeto

HANS CHRISTIAN ANDERSEN (Dinamarca, 1805-1875)
El abeto


Había en el bosque un abeto pequeño y bonito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol, no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.
Pero el pequeño abeto sólo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorrían el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.
Al año siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.
“¡Ay!, ¿por qué no he de ser yo tan alto como los demás? -suspiraba el arbolillo-, podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros".
Le eran indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, desde la mañana al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo.
Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Cómo se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y años: esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.
En otoño se presentaban los leñadores y cortaban algunos de los árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.
¿Adónde iban? ¿Qué suerte les aguardaba?
En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el abeto:
-¿No sabéis dónde los llevan? ¿No los habéis visto en alguna parte?
Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:
-Sí, creo que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!
-¡Ah! ¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero, ¿qué es el mar, y qué aspecto tiene?
-¡Sería muy largo de contar! -exclamó la cigüeña, y se alejó.
-Alégrate de ser joven -decían los rayos del sol-; alégrate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.
Y el viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el abeto no lo comprendía.
Al acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos -y eran siempre los más hermosos- conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.
«¿Adónde irán éstos? –se preguntaba el abeto-. No son mayores que yo; uno es incluso más bajito. ¿Y por qué les dejan las ramas? ¿Adónde van?».
-¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! -piaron los gorriones-. Allá, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con los objetos más preciosos: manzanas doradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.
-¿Y después? -preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas-. ¿Y después? ¿Qué sucedió después?
-Ya no vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.
-¿Quién sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino? -exclamó gozoso el abeto-. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente porque llegue la Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero, ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa.
-¡Goza con nosotros! -le decían el aire y la luz del sol- ¡Goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto!
Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, decían: -¡Hermoso árbol!-. Y he ahí que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La despedida no tuvo nada de agradable.
El árbol no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oyó la voz de un hombre que decía:
-¡Ese es magnífico! Nos quedaremos con él.
Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué vendría luego?
Criados y señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas. Muñecas que parecían personas vivientes -nunca había visto el árbol cosa semejante- flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente magnífico.
-Esta noche -decían todos-, esta noche sí que brillará.
«¡Oh! -pensaba el árbol-, ¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?».
Creía estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.
Al fin encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!
-¡Dios nos ampare! -exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron descolgándose uno tras otro los regalos.
«¿Qué hacen? -pensaba el abeto-. ¿Qué ocurrirá ahora?».
Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían derribado.
Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una manzana.
-¡Un cuento, un cuento! - gritaron de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito y rollizo.
El hombre se sentó debajo de la copa.
-Pues así estamos en el bosque -dijo-, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y no más. ¿Prefieren el de Ivede-Avede o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.
-¡Ivede-Avede! -pidieron unos, mientras los otros gritaban-: ¡Klumpe-Dumpe!
¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿y yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.
El hombre contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando: -¡Otro, otro!-. Y querían oír también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe-Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual. «Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo» -pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable-. «¿Quién sabe? Tal vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y frutas.
«Mañana no voy a temblar -pensó-. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia de Klumpe-Dumpe, y quizá, también la de Ivede-Avede». Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.
Por la mañana se presentaron los criados y la muchachada.
«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro, al que no llegaba la luz del día.
«¿Qué significa esto? –se preguntó el árbol-. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente ocultado; ¿era posible que se hubieran olvidado de él?
«Ahora es invierno allá fuera -pensó-. La tierra está dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».
«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.
-¡Hace un frío de espanto! -dijeron-. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?
-¡Yo no soy viejo! -protestó el árbol-. Hay otros que son mucho más viejos que yo.
-¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? -preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente curiosos-. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?
-No lo conozco -respondió el árbol-; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros -. Y les contó toda su infancia; y los ratoncillos, que jamás oyeron semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron: - ¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!
-¿Yo? -replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles-. Sí; en el fondo, aquéllos fueron tiempos dichosos. Pero a continuación les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.
-¡Oh! -repitieron los ratones-, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!
-¡Digo que no soy viejo! -repitió el árbol-. Hasta este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor de la edad, sólo que he dado un gran estirón.
-¡Y qué bien sabes contar! -prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos agradables aquéllos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.
-¿Quién es Klumpe-Dumpe? -preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo, sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a éstas el cuento no les pareció interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo tuvieron también en menos.
-¿Y no sabe usted más que un cuento? -inquirieron las ratas.
-Sólo sé éste -respondió el árbol-. Lo oí en la noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad.
-Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?
-No -confesó el árbol.
-Entonces, muchas gracias -replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus congéneres.
Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».
Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.
«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.
«¡Ahora a vivir!», pensó éste alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.
-¡Miren lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! -exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas.
El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe-Dumpe.
«¡Todo pasó, todo pasó! -dijo el pobre abeto-. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».
Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol a pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en Klumpe-Dumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.
Y así hasta que estuvo del todo consumido.
Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.

---FIN---
EL ESPÍRITU DEL ÁRBOL
Cuento africano

     Había una vez una muchacha cuya madre había muerto y tenía una madrastra que era muy cruel con ella. Un día en que la muchacha estaba llorando junto a la tumba de su madre, vio que de la tumba salía un tallo. Éste creció hasta hacerse un arbolillo y pronto un gran árbol. El viento, que movía sus hojas, le susurró a la muchacha que su madre estaba muy cerca y que debía comer las frutas del árbol. La muchacha así lo hizo y comprobó que las frutas eran muy sabrosas y que le hacían sentirse mucho mejor. A partir de entonces, todos los días iba a la tumba de su madre y comía de los frutos del árbol que allí había crecido.
     Pero un día, su madrastra, le vio y pidió a su marido que talara el árbol. El marido lo taló y la muchacha lloró durante mucho tiempo junto al árbol talado, hasta que un día, entre las hojas muertas, vio que algo crecía. Creció y creció hasta convertirse en una hermosa calabaza. Había un agujero en ella del que manaban gotas de jugo. La muchacha probó las gotas y las encontró muy sabrosas. Pero de nuevo su madrastra se enteró y una noche oscura, cortó la calabaza y la arrojó lejos. Al día siguiente, la muchacha vio que la calabaza no estaba, y lloró y lloró hasta que de pronto, oyó el rumor de un riachuelo que le decía "Bébeme, bébeme". Ella bebió y comprobó que era muy refrescante. Pero un día, la madrastra lo vio y pidió al marido que cubriera el arroyo con tierra. Cuando la muchacha regresó a la tumba, vio que ya no estaba el el riachuelo y ella lloró y lloró.
     Llevaba mucho tiempo llorando, cuando un joven cazador salió del bosque, vio a la hermosa muchacha sentada en el árbol muerto y pensó que era justo lo que él necesitaba, una mujer y un árbol para fabricarse un nuevo arco y flechas. Habló con la muchacha quien le dijo que el árbol había crecido en la tumba de su madre. La pareja se gustó mucho y, después de charlar, el cazador fue a hablar con su padre para pedirle permiso para casarse con ella.
     El padre consintió a condición de que el cazador matara una docena de búfalos para la fiesta de la boda. El cazador nunca había matado más de un búfalo de una sola vez. Pero esta vez, tomando su nuevo arco y flechas, se dirigió al bosque. Pronto vio una manada de búfalos que descansan a la sombra. Cogiendo una de sus nuevas flechas disparó y un búfalo cayó muerto. Luego cayó un segundo búfalo, un tercero, y así hasta doce. El cazador regresó a decirle al padre que mandara hombres para llevar la carne para la fiesta de la aldea.
     La aldea nunca había conocido una fiesta tan grande. La muchacha adivinó que todo lo había preparado su madre.

---Fin---

jueves, 25 de diciembre de 2008

CHATEAUBRIAND - La forêt


FRANÇOIS-RENE DE CHATEAUBRIAND (Francia, 1768-1848)
La forêt


Forêt silencieusee, aimable solitude,
Que j'aime à parcourir votre ombrage ignoré
Dans vos sombres détours, en rêvant égaré,
J'éprouve un sentiment libre d'inquiétude,
Prestige de mon coeur! je crois voir s'exhaler
Des arbres, des gazons, une douce tristesse:
Cette onde que j'entends murmure avec mollesse,
Et dans le fond des bois semble encor m'appeler.
Oh! que ne puis-je, heureux, passer ma vie entière
Ici, loin des humains! Au bruit de ces ruisseaux,
Sur un tapis de fleurs, sur l'herbe printanière,
Qu'ignoré je sommeille à l'ombre des ormeaux!
Tout parle, tout me plaît sous ces vo¸utes tranquilles:
Ces genêtes, ornements d'un sauvage réduit,
Ce chèvrefeuille atteint d'un vent léger qui fuit,
Balancent tour à tour leurs guirlandes mobiles.
Forêts dans vos abris gardez mes voeux offerts,
A quel amant jamais serez-vous aussi chères?
D'autres vous rediront des amours étrangères;
Moi, de vos charmes seuls j'entretiens vos déserts.

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VICTOR HUGO - Aux arbres

VICTOR HUGO (Francia, 1802-1885)
Aux arbres 

Arbres de la forêt, vous connaissez mon âme!
Au gré des envieux, la foule loue et blâme;
Vous me connaissez, vous! - Vous m'avez vu souvent,
Seul dans vos profondeurs, regardant et rêvant.
Vous le savez, la pierre où court un scarabée,
Une humble goutte d'eau de fleur en fleur tombée,
Un nuage, un oiseau, m'occupent tout un jour.
La contemplation m'emplit le coeur d'amour.
Vous m'avez vu cent fois, dans la vallée obscure,
Avec ces mots que dit l'espirt à la nature,
Questionner tout bas vos rameaux palpitants,
Et du même regard poursuivre en même temps,
Pensif, le front baissé, l'oeil dans l'herbe profonde,
L'étude d'un atome et l'étude du monde.
Attentif à vos bruits qui parlent tous un peu,
Arbres, vous m'avez vu fuir l'homme et chercher Dieu!
Feuilles qui tressaillez à la pointe des branches,
Nids ddont le vent au loin sème les plumes blanches,
Clairières, vallons verts, déserts sombres et doux,
Vous savez que je suis calme et pur comme vous.
Comme au ciel vos parfums, mon culte à Dieu s'élance,
Et je suis plein d'oubli comme vous de silence!
La haine sur mon nom répand en vain son fiel;
Toujours - je vous atteste, ô bois aimés du ciel! -
J'ai chassé loin de moi toute pensée amère,
Et mon coeur est encor tel que le fit ma mère

Arbres de ces grands bois qui frissonnez toujours,
Je vous aime, et vous, lierre au seuil des antres sourds,
Ravins où l'on entend filtrer les sources vives,
Buissons que les oiseaux pillent, joyeux convives
Quand je suis parmi vous, arbres de ces grands bois,
Dans tout ce qui m'entoure et me cache à la fois,
Dans votre solitude où je rentre en moi-même,
Je sens quelqu'un de grand qui m'écoute et qui m'aime!

Aussi, taillis sacrés où Dieu même apparaît,
Arbres religieux, chênes, mousses, forêt,
Forêts! c'est dans votre ombre et dans votre mystère,
C'est sous votre branchage auguste et solitaire,
Que je veux abriter mon sépulcre ignoré,
Et que je veux dormir quand je m'endormirai.
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martes, 23 de diciembre de 2008

PHILIP LARKIN - The trees

PHILIP LARKIN (England, 1922-1985)
The trees

The trees are coming into leaf
Like something almost being said;
The recent buds relax and spread,
Their greenness is a kind of grief.

Is it they are born again
And we grow old? No, they die too.
Their yearly trick of looking new
Is written down in rings of grain.

Yet still the unresting castles thresh
In fullgrown thickness every May.
Last year is dead, they seem to say,
Begin afresh, afresh, afresh.

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LOS ÁRBOLES

Los árboles ya comienzan a brotar
como algo casi a punto de ser dicho;
los nuevos tallos descansan y se propagan,
su verdor es una especie de tristeza.

¿Se trata de que ellos nacen nuevamente
y nosotros nos hacemos viejos? No, también mueren,
Su truco anual de lucir nuevos.
Se inscribe en sus fibras en anillos.

Sin embargo, los incansables castillos desgranan
su gruesa madurez cada primavera.
Ha muerto el último año, parecen decir,
comencemos otra vez, otra vez, otra vez.

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ANGEL LARREA - Zuhaitza


ANGEL LARREA 
Zuhaitza



Zuhaitza zutik egoten ohi da,
haritza eta pagoa, aldiz,
sarritan okertuta ikusian,
inkontzienteki, pentsatzen dugu

arbola madarikatuak
edo
arbola sakratuak
direla.
Madarikatuak tximistak jo dituelako;
sakratuak euren abarretan
Ama Birjina agertu delako.
Hala ere, zuhaitzaren energia
eta tximistaren energia,
biak bat dira:
lurra eta zerua.
Zuhaitza eta Hartza, alde batetik,
Su(ge)a eta Dragoia, bestetik;
edo
Haritza, Diana jainkosa, alde batetik,
Sua edo Vulkano jainkoa, bestetik.
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viernes, 19 de diciembre de 2008

WALT WHITMAN - Vi en Louisiana...

 WALT WHITMAN (EE.UU.
1819-1892)
Vi en Louisiana crecer una encina

Vi en Luisiana crecer una encina,
Se erguía sola y el musgo colgaba de las ramas,
Creció allí sin compañero, emitiendo alegres hojas, de color verde oscuro,
Y su aspecto rudo, inflexible, robusto, me hizo pensar en mí mismo,
Pero me preguntaba cómo podía la encina emitir alegres hojas allí sola, sin su amigo cercano, pues bien sabía yo que no podía imitarla.
Y arranqué una ramita cubierta de hojas y entrelacé con ellas un poco de musgo,
Y me la llevé, y la he puesto en un lugar visible en mi cuarto,

No la necesito para que me recuerde a mis amigos queridos
(Pues creo que últimamente casi no he pensado sino en ellos),
Pero es para mi un curioso emblema, me hace pensar en el amor viril;
A pesar de ello, y aunque la encina brilla allá en Luisiana, solitaria en medio de un vasto claro,
Y emite alegres hojas durante toda su vida sin un amigo o amante cercano,
Sé muy bien que yo no podría imitarla.

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I Saw in Louisiana a Live-Oak Growing

I saw in Louisiana a live-oak growing,
All alone stood it and the moss hung down from the branches,
Without any companion it grew there uttering joyous leaves of dark green,
And its look, rude, unbending, lusty, made me think of myself,
But I wonder'd how it could utter joyous leaves standing alone there without its friend near, for I knew I could not,
And I broke off a twig with a certain number of leaves upon it, and twined around it a little moss,
And brought it away, and I have placed it in sight in my room,
It is not needed to remind me as of my own dear friends,
(For I believe lately I think of little else than of them,)
Yet it remains to me a curious token, it makes me think of manly love;
For all that, and though the live-oak glistens there in Louisiana solitary in a wide flat space,
Uttering joyous leaves all its life without a friend or lover near,
I know very well I could not.

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jueves, 18 de diciembre de 2008

JORGE LUIS BORGES - El árbol de los amigos

JORGE LUIS BORGES (Argentina, 1899-1986)
El árbol de los amigos


Existen personas en nuestras vidas que nos hacen felices por la simple casualidad de haberse cruzado en nuestro camino.

Algunas recorren el camino a nuestro lado, viendo muchas lunas pasar, más otras apenas vemos entre un paso y otro. A todas las llamamos amigos y hay muchas clases de ellos.

Tal vez cada hoja de un árbol caracteriza uno de nuestros amigos.

Los primeros que nacen del brote son nuestro amigo papá y nuestra amiga mamá, que nos muestran lo que es la vida.

Después vienen los amigos hermanos, con quienes dividimos nuestro espacio para que puedan florecer con nosotros.

Pasamos a conocer a toda la familia de hojas a quienes respetamos y deseamos el bien.

Más el destino nos presenta a otros amigos, los cuales no sabíamos que irían a cruzarse en nuestro camino.

A muchos de ellos los denominamos amigos del alma, de corazón. Son sinceros, son verdaderos. Saben cuando no estamos bien, saben lo que nos hace feliz.

Y a veces uno de esos amigos del alma estalla en nuestro corazón y entonces es llamado un amigo enamorado. Ese da brillo a nuestros ojos, música a nuestros labios, saltos a nuestros pies.

Más también hay de aquellos amigos por un tiempo, tal vez unas vacaciones, o unos días o unas horas. Ellos acostumbran a colocar muchas sonrisas en nuestro rostro, durante el tiempo que estamos cerca.

Hablando de cerca, no podemos olvidar a amigos distantes, aquellos que están en las puntas de las ramas y que cuando el viento sopla siempre aparecen entre una hoja y otra.

El tiempo pasa el verano se va, el otoño se aproxima y perdemos algunas de nuestras hojas, algunas nacen en otro verano y otros permanecen por muchas estaciones. Pero lo que nos deja más felices es que las que cayeron continúan cerca, alimentando nuestra raíz con alegría. Son recuerdos de momentos maravillosos de cuando se cruzaron en nuestro camino.

Te deseo, hoja de mi árbol, paz, amor, salud, suerte y prosperidad. Hoy y siempre... Simplemente porque cada persona que pasa en nuestra vida es única. Siempre deja un poco de sí y se lleva un poco de nosotros.

Habrá los que se llevarán mucho, pero no habrá de los que no nos dejaron nada.

Esta es la mayor responsabilidad de nuestra vida y la prueba evidente de que dos almas no se encuentran por casualidad.
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JOAN ALCOVER - Desolació

JOAN ALCOVER (1854-1926)
Desolació


Jo só l'esqueix d'un arbre, esponerós ahir,
que als segadors feia ombra a l'hora de la sesta;
mes branques, una a una, va rompre la tempesta,
i el llamp, fins a la terra, ma soca migpartí.

Brots de migrades fulles coronen el bocí,
obert i sens entranyes, que de la soca resta;
cremar he vist ma llenya; com fumerol de festa,
al cel he vist anar-se'n la millor part de mi.

I l'amargor de viure xucla ma arrel esclava,
i sent brostar les fulles, i sent pujar la saba,
i m'aida a esperar l'hora de caure, un sol conhort:

cada ferida mostra la pèrdua d'una branca;
sens mi, res parlaria de la meitat que em manca;
jo visc sols per a plànyer lo que de mi s'és mort.
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miércoles, 17 de diciembre de 2008

MARIO BENEDETTI - Como árboles

MARIO BENEDETTI (Uruguay 1920-2009)
Como árboles

Quién hubiera dicho
que estos poemas de otros
iban a ser
míos
después de todo hay hombres que no fui
y sin embargo quise ser
si no por una vida al menos por un rato
o por un parpadeo
en cambio hay hombres que fui
y ya no soy ni puedo ser
y esto no siempre es un avance
a veces es una tristeza
hay deseos profundos y nonatos
que prolongué como coordenadas
hay fantasías que me prometí
y desgraciadamente no he cumplido
y otras que me cumplí sin prometérmelas
hay rostros de verdad
que alumbraron mis fábulas
rostros que no vi más pero siguieron
vigilándome desde
la letra en que los puse
hay fantasmas de carne otros de hueso
también los hay de lumbre y corazón
o sea cuerpos en pena almas en júbilo
que vi o toqué o simplemente puse
a secar
a vivir
a gozar
a morirse
pero además está lo que advertí de lejos
yo también escuché una paloma
que era de otros diluvios
yo también destrocé un paraíso
que era de otras infancias
yo también gemí un sueño
que era de otros amores
así pues
desde este misterioso confín de la existencia
los otros me ampararon como árboles
con nidos o sin nidos
poco importa
no me dieron envidia sino frutos
esos otros están
aquí
sus poemas
son mentiras de a puño
son verdades piadosas
están aquí
rodeándome
juzgándome
con las pobres palabras que les di
hombres que miran tierra y cielo
a través de la niebla
o sin sus anteojos
también a mí me miran
con la pobre mirada que les di
son otros que están fuera de mi reino
claro
pero además
estoy en ellos
a veces tienen lo que nunca tuve
a veces aman lo que quise amar
a veces odian lo que estoy odiando
de pronto me parecen lejanos
tan remotos
que me dan vértigo y melancolía
y los veo minados por un duelo sin llanto
y otras veces en cambio
los presiento tan cerca
que miro por sus ojos
y toco por sus manos
y cuando odian me alegro de su rencor
y cuando aman me arrimo a su alegría
quién hubiera dicho
que estos poemas míos
iban a ser
de otros.

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ANTONIO MACHADO - A un olmo seco


ANTONIO MACHADO (Sevilla, 1885-1939)
A un olmo seco

    Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
    ¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
    No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
    Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
    Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Soria, 4 de mayo de 1912


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martes, 16 de diciembre de 2008


JOSEP LLUÍS PONS I GALLARZA (Barcelona, 1823-1894)
L'olivera mallorquina


Conta’m, vella olivera,
mentre sec alenant sobre la roca,
noves del temps d’enrera
que escrites veig en ta surenca soca.

Jo vinc a recolzar-me
a tes nuades rels, trist d’enyorança,
perquè vulles tornar-me
dels béns que n’he perduts sols l’esperança.

Ton delicat fullatge,
que sota lo cel blau l’embat oreja,
és de la pau la imatge,
de tots los goigs de la ciutat enveja.

Ta rama verda i blanca
com cabellera d’àngel t’emmantella,
i a ta esqueixada branca
falta pel vent l’arrabassada estella.

Quan, jove i vincladissa,
creixies sobre el marge de la coma,
xermava ta verdissa
la falç del llaurador fill de Mahoma.

L’àrab i sa mainada,
respirant-ne tes flors, pel maig sortien,
i ta oliva escampada
sos fills, per la tardor, la recollien.

Ah, quin dol! Escoltant
del corn aragonès lo toc de guerra,
tallà tos brots, donant
empriu a l’host de la guanyada terra!

I el jorn de la conquista,
ab llàgrimes del cor senyant sos passos,
sense girar la vista,
sortí ab l’infant més xic estret als braços.

Los cavalls trepitjaren
dins lo solc sarraí les brulles tendres,
i els ferros enfonsaren
de l’alqueria en les calentes cendres.

*
Com reposava a l’ombra,
deslliurat lo baró dels durs arnesos,
mentre els llebrers sens nombre
jeien al sol, assedegats i estesos!

I de son puny volant,
el manyac esparver dalt tu es posava,
les ungles encreuant,
i els tendres cims dels branquillons vinclava.

*
Quan era una alta ermita
aquest claper de trossejada runa,
lo místic cenobita
aquí s’agenollava al clar de lluna.

Al toc del monestiri,
mans plegades al pit, pregàries deia,
i el cel, en son deliri,
per lo reixat de ton ombratge veia.

*
Ara aquí el temps enganya
lo pastoret que embadalit s’atura
i ab flabiol de canya
gira el ramat que al comellar pastura.

Mentre l’ovella tosa
ab lo clapat anyell entorn apila,
la cabra delitosa
tos tanys novells per rosegar s’enfila.

*
Arbre amic del qui plora,
dosser sagrat d’eternitat serena,
jo et sento grat de l’hora
que m’has aidat a conhortar ma pena.

Tu al cor m’has donat força,
tu apar que em tornes joventut perduda,
com de ta eixuta escorça
la saba n’ix que ton brancatge muda.

Jo moriré i encara
espolsarà el mestral ta negra oliva;
res serà del que és ara;
tu sobre el blau penyal romandràs viva.

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MIQUEL COSTA I LLOBERA - El pino de Formentor

MIQUEL COSTA I LLOBERA (Mallorca, 1845-1922)
El pino de Formentor

(Versión castellana del autor en Líricas, 1899)

                                                                                                    Electus ut cedri

Hay en mi tierra un árbol que el corazón venera:
de cedro es su ramaje, de césped su verdor;
anida entre sus hojas perenne primavera,
y arrastra los turbiones que azotan la ribera,
añoso luchador.

No asoma por sus ramas la flor enamorada,
no va la fuentecilla sus plantas a besar;
mas báñase en aromas su frente consagrada,
y tiene por terreno la costa acantilada,
por fuente el hondo mar.

Al ver sobre las olas rayar la luz divina,
no escucha débil trino que al hombre da placer;
el grito oye salvaje del águila marina,
o siente el ala enorme que el vendaval domina
su copa estremecer.

Del limo de la tierra no toma vil sustento;
retuerce sus raíces en duro peñascal.
Bebe rocío y lluvias, radiosa luz y viento;
y cual viejo profeta recibe el alimento
de efluvio celestial.

¡Árbol sublime! Enseña de vida que adivino,
la inmensidad augusta domina por doquier.
Si dura le es la tierra, celeste su destino
le encanta, y aun le sirven el trueno y torbellino
de gloria y de placer.

¡Oh! sí: que cuando libres asaltan la ribera
los vientos y las olas con hórrido fragor,
entonces ríe y canta con la borrasca fiera,
y sobre rotas nubes la augusta cabellera
sacude triunfador.

¡Árbol, tu suerte envidio! Sobre la tierra impura
de un ideal sagrado la cifra en ti he de ver.
Luchar, vencer constante, mirar desde la altura,
vivir y alimentarse de cielo y de luz pura...
¡Oh vida, oh noble ser!

¡Arriba, oh alma fuerte! Desdeña el lodo inmundo,
y en las austeras cumbres arraiga con afán.
Verás al pie estrellarse las olas de este mundo,
y libres como alciones sobre ese mar profundo
tus cantos volarán.

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lunes, 15 de diciembre de 2008

JACINT VERDAGUER - Lo pi de les tres branques

JACINT VERDAGUER (Barcelona, 1845-1902)
Lo pi de les tres branques



Preguen que sia aqueix Pi
l'arbre sagrat de la pàtria

Per on baixa el Llobregat
dels Pirineus a la plana,
don Guillem de Mont-rodon
a trenc de dia davalla,
voltat de comtes i ducs
en ufanosa colcada.
De l'alta sella en l'arçó,
sobre arabesca gualdrapa,
seu en Jaume nostre rei;
no du més corona encara
que la de son cabell d'or
que algun àngel li ha deixada.
Lo tenia presoner
Narbona dins sa muralla:
al vencedor de Muret
Mont-rodon lo demanava,
Montfort no l'hi vol donar
per gendre diu que se'l guarda.
Si serà son gendre o no
Mont-rodon ho diu al Papa;
la resposta que li fa
al vell Montfort no li agrada:
-Que torne el rei a Aragó
i als Pirineus la seva àliga.-

Catalunya, aixeca al front,
doble sol avui t'aguaita,
lo sol que et surt a Orient
i el que t'ix a tramuntana.

Lo que et surt al Pirineu
te vol donar una ullada,
mes ell, infant de six anys,
no vol ésser vist encara,
ja el veuran a Lleida prou
davant la cort catalana.
Abans d'arrivar a Berga
s'enfilen per la muntanya,
per entre Estela i Queralt
de Campllong envers la plana;
quan són al mig de Campllong
la nit fosca és arribada.

Lo Campllong té com un bres
dues serres per barana,
per coberta un bosc de pins
verds tot l'any com l'esmaragda.
Corona immensa de tots
és una hermosa pinassa,
pinetells semblen los pins
entorn de llur sobirana,
geganta dels Pirineus
que per sang té rius de saba.
Com una torre és son tronc
que s'esbadia en tres banques
com tres titans rabassuts
que sobre els núvols s'abracen,
per sostenir en lo cel
una cúpula de rama,
que fa ombra a tot lo pla
como una nova muntanya.

Don Jaume cau de genolls
i en son èxtasis exclama:
-Al Pare, Fill i Espirit
per tots los segles hosanna,
tres persones i un sol Déu
que aquí sa firma ha posada,
com en l'arbre de Mambré
on Abraham reposava.-
Fent lo senyal de la creu,
se recolza a la pinassa,
i la son del paradís,
a ses parpelles davalla.
Don Guillem de Mont-rodon,
que és son àngel de la guarda,
l'abriga amb son gran escut
on vermellegen les barres.
Alça els ulls a l'infinit
que obira en sa tenda blava
clavetejada d'estels
i al cim la Lluna minvanta.

En dolça contemplació
lo sorprèn lo bes de l'alba;
al bes de l'alba i al seu
don Jaume se desvetllava:
-He somiat que era gran
i d'un bell país monarca,
d'un bell país com aqueix
entre la mar i la muntanya.
Com eix pi meravellós
mon regne posà tres branques,
foren tres regnes en un,
ma corona els coronava.-
Esbrinant somni tan dolç
lo sol li dóna a la cara
i esporuguida a ponent
la Mitja Lluna s'amaga.
Lo somni del rei infant
lo vell templari l'acaba
en extàtica oració,
espill de visió més clara.
Veu Catalunya la gran
fer-se més gran i més ampla,
robant els moros València,
prenent-los l'Illa Daurada.
Unides veu a les tres
com les tres cordes d'una arpa,
les tres nimfes d'eixa mar,
d'aqueix jardí les tres Gràcies.
Mes al veure desvetllar
lo lligador d'eixa garba,
profeta, al Conqueridor
sols li diu eixa paraula:
-Preguen, que sols Déu és gran,
los homes són ombra vana;
preguen que sia aqueix Pi
l'arbre sagrat de la pàtria.-

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JEFE SEATTLE y la supervivencia


ASÍ TERMINA LA VIDA Y COMIENZA LA SUPERVIVIENCIA


El documento fue escrito por el Jefe Seattle de la tribu Suwamish de los territorios del noroeste de los Estados Unidos que ahora forman el Estado de Washington. Se trata de una carta que Seattle envió en 1855 al Presidente Franklin Pierce en respuesta a la oferta de compra de las tierras de los Suwamish. (Traducción de Godofredo Stutzin).


El Gran Jefe en Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos qué poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe en Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.

¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podríais comprarlos a nosotros? Lo decidiremos oportunamente. Habéis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja.

Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las crestas rocosas, las savias de las praderas, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.

Por eso, cuando el Gran Jefe en Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda decir que nos reservará un lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Mas ello no será fácil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centellean­te que corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos estas tierras, tendréis que recordar que ellas son sagradas y deberéis enseñar a vuestros hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y hermanos vuestros, deberéis en adelante dar á los ríos el trato bondadoso que daríais a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que otro porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga. Cuando la ha conquistado, la abandona y sigue su camino. Deja detrás de él las sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fueran corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un desierto.

No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente de la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el rozar de las alas de un insecto. Pero quizá sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. ¿Y qué clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cara del lago y el olor del mismo viento, purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos.

El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y, si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.

Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el hombre blanco que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo al que sólo matamos para poder vivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también al hombre. Todas las cosas están relacionadas entre sí. Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos.

Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de la vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen en el suelo, se escupen a si mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a si mismo. Lo que ocurra a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.

Aun el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con él de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Quizá seamos hermanos, después de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco tal vez descubra algún día, que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis quizá que sois dueños de El tal como, deseáis ser dueños de nuestras tierras, pero no podréis serlo. Él es el Dios de la humanidad y Su compasión es igual para el hombre de piel roja que para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para Él, y causarle daño significa mostrar desprecio hada su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez antes que las demás tribus. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero aún en vuestra hora final os sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció.

Así termina la vida y comienza el sobrevivir....
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martes, 9 de diciembre de 2008

ANTONIO MACHADO - Las encinas

ANATONIO MACHADO (Sevilla, 1875-1939)
Las encinas


¡Encinares castellanos
en laderas y altozanos,
serrijones y colinas
llenos de oscura maleza,
encinas, pardas encinas:
humildad y fortaleza!
Mientras que llenándoos va
el hacha de calvijares,
¿nadie cantaros sabrá,
encinares?
El roble es la guerra, el roble
dice el valor y el coraje,
rabia inmoble
en su torcido ramaje;
y es más rudo
que la encina, más nervudo,
más altivo y más señor.
El alto roble parece
que recalca y ennudece
su robustez como atleta
que, erguido, afinca en el suelo.
El pino es el mar y el cielo
y la montaña: el planeta;
la palmera es el desierto,
el sol y la lejanía:
la sed; una fuente fría
soñada en el campo yerto.
Las hayas son la leyenda.
Alguien, en las viejas hayas,
leía una historia horrenda
de crímenes y batallas
¿Quién ha visto sin temblar
un hayedo en un pinar?
Los chopos son la ribera,
liras de la primavera,
cerca del agua que fluye,
pasa y huye,
viva o lenta,
que se emboca turbulenta
o en remanso se dilata.
En su eterno escalofrío
copian del agua del río
las vivas ondas de plata.
De los parques las olmedas
son las buenas arboledas
que nos han visto jugar,
cuando eran nuestros cabellos
rubios y, con nieve en ellos,
nos han de ver meditar.
Tiene el manzano el olor
de su poma,
el eucalipto el aroma
de sus hojas, de su flor
el naranjo la fragancia;
y es del huerto
la elegancia
el ciprés oscuro y yerto.
¿Qué tienes tú, negra encina
campesina,
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con fu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza,
con tu vigor sin tormento,
y tu humildad que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdioscura fronda
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece tu talante.
Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.
El campo mismo se hizo
árbol en ti, parda encina.
Ya bajo el sol que calcina,
ya contra el hielo invernizo,
el bochorno y la borrasca,
el agosto y el enero,
los copos de la nevasca
los hilos del aguacero,
siempre firme, siempre igual,
impasible, casta y buena,
¡oh, tú, robusta y serena,
eterna encina rural
de los negros encinares
de la raya aragonesa
y las crestas militares
de la tierra pamplonesa;
encinas de Extremadura,
de Castilla que hizo a España,
encinas de la llanura,
del cerro y de la montaña;
encinas del alto llano
que el joven Duero rodea,
y del Tajo que serpea
por el suelo toledano;
encinas de junto al mar
—en Santander—, encinar
que pones tu nota arisca,
"como un castellano ceño,
en Córdoba la morisca,
y tú, encinar madrileño,
bajo Guadarrama frío,
tan hermoso, tan sombrío,
con tu adustez castellana
corrigiendo
la vanidad y el atuendo
y !a hetiquez cortesana!...
Ya sé, encinas
campesinas,
que os pintaron, con lebreles
elegantes y corceles,
los más egregios pinceles,
y os cantaron los poetas
augustales,
que os asordan escopetas
de cazadores reales;
mas sois el campo y el lar
y la sombra tutelar
de los buenos aldeanos
que visten parda estameña,
y que cortan vuestra leña
con sus manos.
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viernes, 5 de diciembre de 2008

Árboles venerables de INGLATERRA



ENGLAND - GRAN BRETAÑA
Apuntes de: Meetings with remarcable trees, T. Pakenhan

GB, England, Bicton College, Devon, Araucaria, Monkey puzzle, P4m h30m
Araucaria araucana

GB, England, Borrowdale and Lorton, Cumbria, Tejo-Yew,
Taxus baccata

GB, England, Bowthorpe, Near Bourne, Lincolshire, Roble albar-Common oak,
Quercus robur

GB, England, Bryanston School, Dorset, Platanero-London plane, P5m h48m
Platanus x hispanica

GB, England, Burnham Beeches, Buckinghmshire, London, Haya-Beech,
Fagus sylvatica

GB, England, Caerhays Castle, Cornwall, Magnolia-Campbell's magnolia,
Magnolia campbellii

GB, England, Cheshisre, "The Marton", Roble-Oak, P44pies

GB, England, Church of St Michael, Stow-on-the-Wold, Oxfordshire, Tejo-Yew,
Taxus baccata

GB, Engalnd, Clapton Court, Somerset, Fresno-Common ash, P9m h12m
Fraxinus exelsior

GB, England, Coowhurst Church, Surrey, Tejo-Yew,
Taxus baccata

GB, England, Emmanuel College, Cambridge, Botanic Gardens, Secuoya-Dawn redwood,
Metasequoia glyptostroboides

GB, England, Emmanuel College, Cambridge, Platanero-Oriental plane,
Platanus orientalis

GB, Engalnd, Fredville, Kent, Roble albar-Comon oak, P12m h24m
Quercus robur

GB, England, Goodwood House and Nymans, Sussex, Cedro del Libano-Cedar of Lebanon,
Cedrus libani

GB, England, Harlington Churchyard, Middlesex, Tejo-Yew,
Taxus baccata

GB, England, Heligan, Cornwall, Common tree ferm, helecho gigante
Dicksonia antarctica

GB, England, Hyde Park, London, Sauce llorón-Weeping willow,
Salix x sepulchralis

GB, England, Holker, Lancashire, Tilo-Common lime, P7m h22m
Tilia x vulgaris

GB, England, Knap Hill Nurseries, Surrey, Haya-Weeping beech,
Fagus sylvatica

GB, England, Kew Royal Botanic Gardens, Surrey, Hybrid strawberry tree,
Arbustus x andrachmoides

GB, England, Kew Royal Botanic Gardens, Surrey, Chesnut-leaved oak, P7m h33m
Quercus castaneifolia

GB, England, Kew Royal Botanic Gardens, Surrey, Gingo-Maidenhair tree,
Ginkgo biloba

GB, England, Kew Royal Botanical Gardens, Surrey, Tulip tree
Liriodendron tulipifera

GB, England, Kew Royal Botanic Gardens, Surrey, Glicinia-Chinese Wisteria,
Wisteria sinensis

GB, England, Levens Hall, Cumbria, Tejo-Yew,
Taxus baccata

GB, England, Lincolshire-Bourne, Bowthorpe Park Farm, Roble-Oak, P42pies,
Quercus robur

GB, England, Tandridge Church, Surrey, Tejo-Yew,
Taxus baccata

GB, England, Montacute House, Somerset, Monterey pine,
Pinus radiata

GB, England, Montacute House, Somerset, Tejo-Irish yew,
Taxus baccata

GB, England, Much Marcle Church, Hereforshire, Tejo-Yew,
Taxus baccata

GB, England, Penshurt House, Kent, Roble albar-Common oak
Quercus robur

GB, England, Pitchford Hall, Shropshire, Tilo-Broad-leaved lime, P7m h14m
Tilia platyphyllos

GB, England, Tolpuddle, Dorset, Arce-Sycamore
Acer seudoplatanus

GB, England, Tortworth Church, Castaño-Sweet Chestnut,
Castanea sativa

GB, England, Tregrehan, Cornwall, Tejo-Irish yew,
Taxus baccata

GB, England, Wakehurst, Sussex, Tejo-Yew,
Taxus baccata

GB, England, Windsor Park, Berkshire, Roble albar-Common oak,
Quercus robur

GB, England, Welbeck Abbey, Nottinghamshire, Roble albar-Common oak,
Quercus robur

GB, England, Westonbirt arboretum, Gloucestershire, Cedro de California-Incense cedar,
Calocedrus decurrens

GB, England, Westonbirt arboretum, Gloucestershire, Japanese maple,
Acer palmatum

GB, England, Westonbirt arboretum, Gloucestershire, Secuoya-Wellingtonia
Sequoiadendron giganteum

GB, England, Whitfield House, Herefordshire, Secuoya-Redwood
Sequoia sempervirens

GB, England, Wymondham, Norfolk, Roble albar-Common oak
Quercus robur

GB, England, Selborne Churchyard, Hampshire, Tejo-Yew MUERTO
Taxus baccata

GB, England, Chatsworth, Derbyhire, Roble albar-Common oak, MUERTO
Quercus robur


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jueves, 4 de diciembre de 2008

Árboles venerables de IRLANDA



IRLANDA - IRELAND*Apuntes de: "Meetings with remarkable trees", Thomas Pakenham, Random House

*Ir, Charleville Castle, Co. Offaly, Tullamore, Roble albar=Comon oak,
Quercus robur

*Ir, Muckross Abbey Killarney, Co. Kerry, Tejo=Yew,
Taxus baccata http://www.killarney.ac/mapindex.html

*Ir, Rossdohan, Co. Kerry, Cyathea, Helecho gigante
Cyathea dealbata

*Ir, Tullynally, Co. Westmeath, Roble albar=Common oak
Quercus robur http://www.tullynallycastle.com/

*Ir, Tullynally, Castlepollard, Co. Westmeath, Haya=Beech, P7m h33m
Fagus sylvatica http://www.tullynallycastle.com/

*Irlanda, Wild Cherry at Studley Royal, N Yorkshire, 5.7m (18ft 8in) wide
Prunus apium
http://www.nationaltrust.org.uk/main/w-vh/w-visits/w-findaplace/w-fountainsabbeyandstudleyroyalwatergarden.htm


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NORTHERN. IRELAND

N.Ireland, Borrowdale, Cumbria, 3Tejos-Yew, (ver Wordsworth's 1803 poem)
Taxus baccata
N.Ireland, Runnymede, Priory of Ankerwycke, Berkshire, Tejo-Yew, P9,4m(31ft) 2000 años
Taxus baccata
*N. Ireland, Rowallane, Co. Down, Handkerchief tree,
Dividia involucrata

*N. Ireland, Florence court, Co. Fermanagh, Tejo=Irish yew,
Taxus baccata
http://www.nationaltrust.org.uk/main/w-vh/w-visits/w-findaplace/w-florencecourt.htm

*N. Ireland, Old castle at Crom, Co. Fermanagh, (2)Tejos-Yew, h23m,
Taxus baccata
http://www.nationaltrust.org.uk/main/w-vh/w-visits/w-findaplace/w-cromestate.htm


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PABLO NERUDA - Canto General

PABLO NERUDA  (Chile, 1904-1973) 
Canto General - Vegetaciones



A las tierras sin nombre y sin números
bajaba el viento desde otros dominios,
traía la lluvia hilos celestes,
y el dios de los altares impregnados
devolvía las flores y las vidas.

En la fertilidad crecía el tiempo.

El jacarandá elevaba espuma
hecha de resplandores transmarinos,
la araucaria de lanzas erizadas
era la magnitud contra la nieve,
el primordial árbol caoba
desde su copa destilaba sangre,
y al Sur de los alerces,
el árbol trueno, el árbol rojo,
el árbol de la espina, el árbol madre,
el ceibo bermellón, el árbol caucho,
eran volumen terrenal, sonido,
eran territoriales existencias.

Un nuevo aroma propagado
llenaba, por los intersticios
de la tierra, las respiraciones
convertidas en humo y fragancia:
el tabaco silvestre alzaba
su rosal de aire imaginario.
Como una lanza terminada en fuego
apareció el maíz, y su estatura
se desgranó y creció de nuevo,
diseminó su harina, tuvo
muertos bajo sus raíces,
y luego, en su cuna, miró
crecer los dioses vegetales.
Arruga y extensión, diseminaba
la semilla el viento
sobre las plumas de la cordillera,
espesa luz de germen y pezones,
aurora ciega amamantada
por los ungüentos terrenales
de la implacable latitud lluviosa,
de las cerradas noches manantiales,
de las cisternas matutinas.
Y aun en las llanuras
como láminas del planeta,
bajo un fresco pueblo de estrellas,
rey de la hierba, el ombú detenía
el aire libre, el vuelo rumoroso
y montaba la pampa sujetándola
con su ramal de riendas y raíces.

América arboleda,
zarza salvaje entre los mares,
de polo a polo balanceabas,
tesoro verde, tu espesura.
Germinaba la noche
en ciudades de cáscaras sagradas,
en sonoras maderas,
extensas hojas que cubrían
la piedra germinal, los nacimientos.
Útero verde, americana
sabana seminal, bodega espesa,
una rama nació como una isla,
una hoja fue forma de la espada,
una flor fue relámpago y medusa,
un racimo redondeó su resumen,
una raíz descendió a las tinieblas.

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